Category: Blog

  • Familia de FE

    IMG_8104
    El sol de verano brillaba a través de las montañas en el horizonte, en las afueras de Westminster, Colorado, mientras Bryan Lee aceleraba su gran camioneta de motor diesel en una curva. Pasó en frente de una gran área de trabajo con jardines y parques que sus empleados acababan de terminar, y admiró el trabajo que habían hecho. Su negocio de diseño de jardines y parques había llegado a ser tan próspero que él y su esposa, Cindy, vivían el sueño americano. Habían comprado una casa nueva imponente. Bryan pensaba: Parece un castillo. Tenían dos casas más que rentaban y habían invertido en otras oportunidades de negocios.
    Cuán lejos había llegado. Desacelerando su camioneta, Bryan recordó cómo era su vida 19 años atrás. A pesar de ser un empleado de medio tiempo conduciendo camiones del departamento de limpieza y saneamiento, vivía feliz y contento con su esposa y sus dos hijas. Luego, todo se derrumbó. Su esposa decidió que ya no deseaba estar casada con él. Y contrató a un abogado que iría tras las finanzas de su esposo como un pitbull, quitándole cada centavo y dejándolo sin casi nada para subsistir.
    Bryan sacudió su cabeza cuando recordó lo ingenuo que había sido. Él había pagado sus cuotas alimenticias en efectivo, y a cambio su ex esposa lo llevó a juicio, afirmando que no la había hecho. El juez lo envió a prisión. Había perdido a su esposa, a sus hijas, su hogar, sus finanzas; y luego perdió su empleo.
    Cómo había cambiado su vida.
    Entonces, ¿por qué sentía como si de nuevo estuviera en prisión?
    Deteniendo su camioneta a la orilla del camino, Bryan reclinó su cabeza contra la ventana y suspiró. Era momento de enfrentar la verdad. Él había edificado su vida como una casa de naipes y todo estaba a punto de colapsar. No estaba en prisión, pero estaba aprisionado en una montaña de deudas, obligado a pagar más de un millón de dólares en deudas. Había usado más crédito del que debía, y su matrimonio y su familia se encontraban en una situación estresante.
    Colocando sus manos en su rostro, Bryan oró: “¡Dios, por favor, ayúdame a salir de este desastre!”.

    Pequeños pasos de fe
    Bryan recuerda: «Lo único bueno que surgió de esos años difíciles después de mi divorcio, ¡fue que nací de nuevo en julio de 1988! Anhelaba tanto que mi matrimonio funcionara que por un par de años llevé puesto mi anillo de bodas. Conducía un camión de basura y sobrevivía con mi salario mes a mes. Pensaba que la forma de mostrarle amor a mi ex esposa era con mi mayor esfuerzo, así que pagué la cuota alimenticia en efectivo. Eso me hizo ver como un maníaco ante el juez, y la cantidad del supuesto monto que no había pagado producía intereses a diario. Ella me llevó a la corte más de 30 veces, e hizo que fuera a prisión en varias ocasiones. Pero esa primera vez fue la peor».
    «El juez me permitió trabajar afuera mientras estaba en la cárcel. Vivía y dormía en la prisión, pero me permitían salir durante el día para ir a trabajar. Como nuevo creyente, me sentía animado —aun cuando vivía en la cárcel—, al punto que mi jefe pensó que estaba perdiendo la razón. Y por eso, me despidió. Fue así como empecé a cortar césped para ganarme la vida».
    «Ese mismo año, un amigo me sugirió que sintonizara el programa de televisión La Voz de Victoria del Creyente. Seguí su consejo y mi vida cambió. Compré una vieja camioneta por USD $70, y en agosto de 1989, mi amigo y yo manejamos hasta Fort Worth para asistir a la Convención de Creyentes del Suroeste. Dejamos la camioneta estacionada en Houston Street y durante la convención vivimos allí. Comíamos sándwiches de mantequilla de maní y mermelada».
    «Yo había estado viendo los programas de television a diario, pero asistir a la convención fue como tomar la autopista para aprender a vivir por fe. Mientras estuve allí, tomé la decisión de convertirme en colaborador. Me comprometí a orar por los Ministerios Kenneth Copeland, a sembrar en ellos, a mirar el programa y a asistir a las convenciones. Durante ese tiempo, el Señor me dijo que volviera a casa y les enseñara a mis hijas acerca de la fe».
    Después de la convención, Bryan regresó a casa y se ofreció como voluntario para enseñar en la escuela dominical de su iglesia. Durante los siguientes 10 años, les enseñó a los niños, incluyendo a sus hijas, cómo vivir por fe. Ministró en grupos de su iglesia y comenzó un ministerio para varones y un ministerio para prisioneros.
    Durante esos años continuó orando por KCM, sembró en el ministerio, sintonizó los programas y asistió a las convenciones. La gracia y el favor se encontraban sobre Bryan y sobre su negocio. Él había iniciado su negocio de podar césped con sólo 5 jardines, que se convirtieron en 20 y luego, a 100 jardines mensuales. En el invierno, cuando no había nada que cortar, entregaba gas propano en las montañas. Con el tiempo, inició su propio negocio de diseñar jardines y parques, y prosperó más allá de lo que había soñado.

    Un nuevo pacto
    El 31 de julio de 1999, Bryan se casó con Cindy, a quién conoció en la iglesia. Para ese entonces, las hijas de Bryan eran adolescentes, y Cindy tenía dos hijos preadolescentes. Después de unos años, su familia y negocio crecieron y sus obligaciones en el ministerio también. Poco a poco, otras cosas comenzaron a derrumbarse. Él ya no tenía tiempo para mirar el programa de televisión de forma regular. Estaban demasiado ocupados para asistir a las convenciones —pues alguno de sus hijos siempre tenía algo que hacer—. Y en el ajetreo y el bullicio de la vida diaria, hizo a un lado su colaboración con KCM, incluyendo sus siembras.
    Por exceso de estrés, Cindy comenzó a desarrollar síntomas de fibromialgia. Sabiendo que necesitaban una infusión de fe, Bryan les sugirió asistir a la Campaña de Victoria en Branson 2006.
    Cindy explica: «No quería ir. Había oído del hermano Copeland, pero jamás había escuchado sus enseñanzas. Sabía que necesitaba ayuda, pero no sabía a dónde ir. No obstante, Dios me dijo que asistiera. La Campaña de Victoria en Branson fue inolvidable. Nací de nuevo desde que tenía 18 años, pero jamás había experimentado nada como eso. Esa semana cambió mi vida, y comencé a creer que había recibido mi sanidad. Estaba segura que necesitaba vivir por fe».
    Después de haber sido bien instruido por KCM, Bryan aprendió la importancia de no endeudarse. Ése fue otro punto importante en el que falló. Poco a poco, pasó de ser libre en sus finanzas a estar enterrado en deudas. Luego, vino la recesión económica y con ella se paró la industria de la construcción. Cuando eso sucedió, el negocio de diseño de jardines se detuvo de golpe. Y en lugar de cortar 100 jardines al mes, ahora sólo tenían 5 ó 6. Y como si eso no fuera suficiente, los empleados importantes que estaban a cargo del negocio, habían hecho algunas decisiones incorrectas. El resultado fue que Bryan quedó estancado con maquinaria averiada y un ingreso limitado.
    Bryan admite: «Tuve que arrepentirme. Yo había aprendido del hermano Copeland acerca del peligro de endeudarse. ¡No tropecé con las deudas por accidente! ¡Eso lo sabía muy bien! Un día llegué a casa y encontré a Cindy en la lavandería. Me arrepentí delante de ella y admití que había llevado a nuestra familia por el camino equivocado. Le pedí perdón y le prometí que con la ayuda de Dios, yo los sacaría de deudas y que jamás volveríamos a pedir prestado».

    Semilla para sembrar
    En marzo de 2008, Bryan y Cindy recibieron del gobierno una devolución de impuestos de USD $8.397. Aunque ese dinero habría ayudado para pagarle a sus acreedores, Bryan sabía que eso era algo muy pequeño comparado con lo que necesitaban. Ellos no podían tapar el dique con un dedo; necesitaban un milagro financiero. Por tanto, sembraron toda esa cantidad como una semilla en KCM.
    Sentada en Starbucks, bebiendo una taza de café humeante, Cindy se preguntaba cómo podían escalar esa montaña de deudas. Ella ni siquiera sabía dónde comenzar. Agobiada, ella susurró: “¿Señor, qué deseas que hagamos?”.
    Reúnanse el lunes con un agente de bienes raíces y pongan la casa en venta.
    ¿Había sido esa la voz de Dios? Y de serlo, ¿habría notado Él que la casa del vecino había estado en venta por 5 años? ¿Y que otras casas cercanas habían estado en venta por lo menos dos años?
    “Qué deseas que hagamos”.
    Vayan a casa.
    Tan pronto como ella llegó a casa, una persona que rentaba una de sus casas llamó: «Quiero terminar mi contrato y mudarme. No puedo seguir pagando». Cindy parpadeó para contener sus lágrimas mientras colgaba el teléfono. ¿Acaso, las cosas podían empeorar más?
    Cindy recuerda: «El Señor insistió en que nos reuniéramos con un agente de bienes raíces el lunes. No el martes, ni el miércoles. Debía ser el lunes. Obedecimos, y 8 días después la casa ¡se vendió por el precio que estábamos pidiendo!».

    Venciendo las deudas
    «Al día siguiente, otra casa de nuestro vecindario fue puesta a la venta. La casa era casi idéntica a la nuestra, pero mucho mejor y más equipada. Si hubiéramos esperado un día más, los compradores habrían elegido esa casa, en lugar de la nuestra. Además, al poco tiempo el mercado de bienes raíces colapsó. De no haber puesto la casa en venta cuando lo hicimos, habríamos perdido esa oportunidad».
    «Cuando nuestra casa se vendió, no teníamos a dónde ir. Entonces, le pregunté al Señor qué debíamos hacer y Él nos respondió: Vayan a casa. En ese momento, comprendí a qué se refería. Deseaba que volviéramos a nuestra primera vivienda —¡y la persona que vivía ahí se acababa de ir!—».
    Con el dinero en efectivo de la venta de su casa en mano, Bryan comenzó a pagar sus cuentas y a trabajar con los acreedores para negociar una rebaja de la deuda. Una compañía de tarjetas de crédito a la que le debían USD $25.000 no quiso negociar, así que Bryan y Cindy se comprometieron a realizar pagos mínimos. Sin embargo, otras compañías renegociaron contentos.
    Seis semanas después de sembrar los USD $8.397 como una semilla en la tierra fértil de KCM, Bryan y Cindy pagaron USD $839.700 en deudas. 12 de las 16 deudas con sus acreedores fueron saldadas. Bryan vendió su compañía de diseño de jardines y volvió a su primer negocio —podar césped—. En 30 días, tenía 50 jardines para podar.
    En el 2013, después de realizar pagos por cinco años, los USD $25.000 de deuda de tarjetas de crédito habían disminuido a USD $8.000. Cuando los Lee enviaron por correo su último pago, la compañía no sólo les devolvió el cheque, ¡sino que cancelaron la deuda pendiente de USD $8.000!

    El poder de la colaboración
    Bryan explica: «Literalmente puedo decir que mis altibajos en las finanzas cambiaron al volverme colaborador de KCM. Desde 1989, cuando oraba por el ministerio, daba mis ofrendas, alimentaba constantemente mi fe a través del programa televisivo —el cual veía a diario— y asistía a las convenciones, mis ingresos aumentaban casi en línea vertical. Años después, cuando dejé de hacer todo eso, mis finanzas cayeron en picada. Cuando activé mi fe y volví a conectarme, se elevaron de nuevo. La colaboración con KCM ha representado la diferencia entre la vida y la muerte financiera para nosotros».
    «No fue una bola gloriosa que cayó del cielo la que canceló esos dos últimos acreedores. Tuvimos que ser diligentes por algunos años, y pagamos poco a poco. Sin embargo, hoy tenemos dinero en todas nuestras cuentas y no tenemos presión financiera. Cuando queremos asistir a una convención, jamás tenemos un pensamiento limitado con respecto a nuestras finanzas. Administramos nuestros negocios sin deudas o líneas de crédito. Cuando necesitamos algo, escribimos una oración de petición y Dios nos provee. No existe una mejor forma de vivir que no sea por fe. Nadie puede cambiar mi forma de pensar, ¡jamás retrocederé!».
    Además de sus negocios, hoy Bryan y Cindy ministran en Bryan Lee Ministries. En abril de 2011, bajo la dirección de Dios, Bryan inició su programa radial Heart of the Believer (Corazón del Creyente), el cual actualmente se transmite en cinco estados: Colorado, Texas, Oklahoma, Nuevo México, y Carolina del Norte. Muy pronto será transmitido en Alaska.
    En el 2013 y el 2014, organizaron escuelas de sanidad. En cada reunión las personas fueron sanadas y bendecidas. Además, dos noches al mes, se reúnen bajo el lema: “La familia de fe”, para predicar el evangelio. Lo que han recibido, lo entregan de forma gratuita. Bryan y Cindy Lee son una familia de fe, que libera a los cautivos.

     

  • Viviendo una vida multidimensional (por Keith Moore)

    ¿Algunas vez has considerado el hecho de que eres un ser multidimensional? Con esto, me refiero a que estás compuesto por un ser interior y un ser exterior. Todos lo estamos. Hemos sido llamados a ocupar dimensiones espirituales y físicas al mismo tiempo. Tristemente, la mayoría de personas viven sólo en una de esas dimensiones —la física—. Ignoran por completo o pasan por alto lo que está justo delante de ellos.

    Considera lo siguiente: Si tú y yo nos encontráramos en la misma habitación, pero yo cerrara mis ojos y te diera la espalda, ¿podría verte? No, no podría. Para verte, necesitaría abrir mis ojos y mirar en tu misma dirección. Necesitaría enfocarme y voltearme hacia ti.

    De la misma forma, puedes estar en una habitación con el Señor justo a tu lado, y jamás ver, escuchar o reconocer la realidad espiritual de que Él está allí.

    Debemos aprender a vivir enfocados en el Señor y en lo que Él está haciendo —para vivir  multidimensionalmente, con un ojo en lo físico y con uno en lo espiritual—.

    Enfócate en tu bendición

    En Mateo 13:9, Jesús declaró: «El que tenga oídos para oír, que oiga». Esa frase se encuentra varias veces en las Escrituras, pero ¿qué significa? Los versículos del 12 al 17 nos lo explican:

    «Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo poco que tiene se le quitará. Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden. De manera que en ellos se cumple la profecía de Isaías, que dijo: “Ustedes oirán con sus oídos, pero no entenderán; y verán con sus ojos, pero no percibirán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido; con dificultad oyen con los oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que con sus ojos vean, y con sus oídos oigan, y con su corazón entiendan Y se vuelvan a mí, Y yo los sane”. Pero dichosos los ojos de ustedes, porque ven; y los oídos de ustedes, porque oyen. Porque de cierto les digo, que muchos profetas y hombres justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron».

    «El que tenga oídos para oír, que oiga». Encontramos diferentes versiones de este versículo en el Antiguo Testamento: en Deuteronomio 29:4; Isaías 6:10 y 32:3; y Ezequiel 12:2. Y en el Nuevo Testamento: en Marcos 4:9; Lucas 8:10; Hechos 28:27; y Romanos 11:8.

    El Señor es claro al decirnos que podemos abrir y cerrar nuestros oídos y ojos espirituales, así como podemos abrir y cerrar nuestros ojos y oídos físicos. La decisión es nuestra. Somos seres multidimensionales capaces de obrar en el reino físico y espiritual de manera simultánea.

    Enfócate en lo espiritual

    En una ocasión, el hermano Kenneth Hagin compartió que cuando era un ministro joven vivía en una casa pequeña, y no tenía un lugar específico para su oficina. Con hijos pequeños en casa, tenía una vida hogareña activa. Él tuvo que aprender cómo encontrar una esquina en sí mismo y enfocarse en la Palabra, a pesar del ruido ambiente y de la actividad. En otras palabras, tuvo que desarrollar su concentración espiritual.

    Eso no es lo mismo que enseñan otros cultos religiosos. Nos dirán que vaciemos nuestra mente y que flotemos en la inexistencia cósmica. Este consejo no es otra cosa que el mismo diablo hablando. Dios nunca nos dijo que nos abstrajéramos de nuestra mente. Al contrario, nos dijo que enfoquemos nuestra mente en cosas buenas y específicas, porque cuando lo hacemos, abrimos nuestro espíritu y nos conectamos con ellas.

    De la misma manera, nuestro espíritu se puede contaminar al pensar y meditar en las cosas incorrectas. 2 Corintios 7:1 nos recuerda que debemos limpiarnos de toda suciedad de la carne y del espíritu. Cuando cedemos ante la autocompasión, la depresión, la angustia, la envidia y la ofensa, nos contaminamos con cosas espirituales oscuras.

    La gente habla de las cosas espirituales como si fueran algo imaginario; sin embargo, el Universo tiene más de una dimensión. Los ángeles, los demonios, el diablo, los milagros y las señales y maravillas son reales.

    En Romanos 8, Pablo escribió:

    “Pero aquellos que viven conforme a la carne y son controlados por su profano deseo, fijan su mente y persiguen las cosas que satisfacen la carne. No obstante, aquellos que viven conforme al Espíritu y son controlados por los deseos del Espíritu, fijan su mente en buscar lo que agrada al Espíritu [Santo]. Así que los que lleven la vida de la carne [atendiendo los apetitos y los impulsos de su naturaleza carnal] no pueden agradar a Dios o ser aceptos delante de Él. Sin embargo, tú no vives la vida de la carne, sino la vida del Espíritu, cuando permites que el Espíritu [Santo] de Dios [en realidad] habite en ti [te dirija y tenga el control]. Pero si alguno no tiene el Espíritu [Santo] de Cristo, no es de Él [no pertenece a Cristo, y no es realmente un hijo de Dios]”. (Versículos 5, 8-9, AMP).

    Pablo no está hablando de vivir en un cuerpo físico cuando escribió que aquellos que vivían “en la carne” no pueden agradar a Dios. Pues si se hubiera referido a eso, entonces nadie que tenga un cuerpo físico podría agradar a Dios. No, él dijo que aquellos que viven en la carne y actúan en la carne han fijado su mente —su enfoque— sólo en lo físico. Y la Palabra es clara al enseñarnos que, vivir de esa manera no complace al Padre.

    Enfoque simultáneo

    En todas las epístolas, aprendemos a vivir y a andar en el espíritu. 1 Corintios 14:13-16 dice:

    «Por lo tanto, el que hable en una lengua extraña, pida en oración poder interpretarla. Porque, si yo oro en una lengua extraña, es mi espíritu el que ora, pero mi entendimiento no se beneficia. Entonces, ¿qué debo hacer? Pues orar con el espíritu, pero también con el entendimiento; cantar con el espíritu, pero también con el entendimiento. Porque si tú alabas a Dios sólo con el espíritu, ¿qué hará el que solamente está escuchando? ¿Cómo dirá «Amén» a tu acción de gracias, si no sabe lo que has dicho?».

    Nuestro enfoque determina lo que vemos. Nuestra mente todo el tiempo está en contacto con el ámbito físico y espiritual de manera simultánea. Podemos ver hacia fuera y hacia adentro. Podemos escuchar lo que sucede en el exterior y lo que sucede en el interior. Podemos tocar el exterior y tocar el interior; nuestros sentidos operan en las dos direcciones.

    Por supuesto, el diablo trata de mantener a todos en tinieblas, ignorantes de la dimensión espiritual. Su objetivo es que estemos ciegos, sordos y mudos viviendo únicamente en el ámbito físico. Y si sólo nos enfocamos en la dimensión física, entonces sólo estaremos conectándonos con la muerte. Estaremos confiando en el sistema del mundo, el cual siempre nos lleva hacia la muerte, y al hacerlo defraudaremos todo lo que Jesús proveyó para nosotros a través de Su muerte y Su resurrección.

    Tú y yo no sólo somos seres físicos; hemos nacido de Dios. Nos convertimos en nuevas criaturas. Las cosas viejas han pasado. No existe muerte en nuestro espíritu. Fuimos hechos a la imagen y semejanza del Todopoderoso. Somos seres brillantes y resplandecientes de luz y verdad, y no debemos esperar hasta morir para tocar el reino espiritual.

    Enfócate en lo que no ves

    ¿Cómo podemos ver lo que no se ve? Necesitamos abrir nuestros ojos y oídos espirituales, y ver lo que no se ve. Debemos alimentarnos con la Palabra e invertir tiempo en oración, a fin de que nos conectemos con el ámbito espiritual que se encuentra frente a nosotros. En Lucas 11:33-34, leemos: “Ninguno que haya encendido una lámpara la pone en el sótano o debajo de una canasta, sino la coloca en alto para que aquellos que entran ocasionalmente puedan ver la luz. La lámpara del cuerpo son los ojos.” (Traducción libre de la versión Wuest’s New Testament Expanded Translation).

    Jesús está hablando de nuestro espíritu. Nuestro espíritu tiene contacto con la vida o la muerte, dependiendo de nuestro enfoque. Así como nuestros cinco sentidos reciben información de nuestro entorno, nuestro espíritu también recibe esa información. Nuestros espíritus asimilan todo lo que nos rodea —ya sea bueno o malo—.

    Por tanto, déjame preguntarte: ¿Le has prestado atención a tu espíritu? ¿Lo has escuchado? ¿Has estado viviendo multidimensionalmente —enfocado en ambas dimensiones, la física y la espiritual, al mismo tiempo?

    Enfocarte en el reino espiritual debería ser parte natural de la vida cristiana. No necesitas ser un profeta para vivir de forma multidimensional. Sólo necesitas ejecutar tu habilidad de abrir tus ojos y tus oídos para ver lo que no se ve.

    En Santiago 4:2, se nos enseña que no tenemos porque no pedimos. Y muchas cosas se encuentran a nuestra disposición si tan sólo las pedimos, las vemos y las escuchamos. Sólo cierra tus ojos naturales, enfócate en el Señor y permanece enfocado. Declara: ¡Puedo ver! Mis ojos son bendecidos. ¡Puedo oír! Mis oídos son bendecidos. Estoy enfocado y viviendo multidimensionalmente, preparado para ver y oír lo que el Espíritu Santo está diciendo ¡Amén!

    Keith Moore es el fundador y presidente de Moore Life Ministries y de Faith Life Church en Branson, Missouri, y Sarasota, Florida. Para obtener más información o materiales del ministerio escribe a Moore Life Ministries, P.O. Box 1010, Branson, MO  65615; llama al 1-417-334-9233; o visita moorelife.org.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición agosto 2014, página 22

  • El abc de la abundancia (por Kenneth Copeland)

    En este momento muchos de nosotros enfrentamos necesidades. Necesidades grandes. Necesidades tan grandes que son imposibles de suplir sin la intervención directa de Dios.

    Y es por eso que necesitamos tener certeza absoluta, incluso antes de que podamos entender —y acatar—, acerca de las leyes de la abundancia de Dios. Esas leyes son extremadamente importantes —pero gracias a Dios no son complicadas. En realidad, son tan simples como el A-B-C.

    A: Decídete a sembrar

    En Marcos 4, Jesús comparó el trabajo del Reino de Dios con el oficio de sembrar semillas en la tierra. «Pero que después de sembrada (la semilla)», Él dice que: «crece hasta convertirse en la más grande de todas las plantas, y echa ramas tan grandes que aun las aves pueden poner su nido bajo su sombra.» (Versículo 32)

    Nota que no dice que la semilla sembrada crecerá y se hará más grande ocasionalmente. O que crece y se incrementa si a lo mejor es la voluntad de Dios. Lo que Él dice es que: «crece hasta convertirse en la más grande». Punto.

    La economía de Dios no es como la nuestra. No está fluctuando un día arriba y al otro abajo. Siempre es la misma y siempre trabaja perfectamente. Si tienes tierra buena, semilla buena y agua buena, tendrás crecimiento. Es inevitable. Las leyes de Dios producirán que tu siembra se incremente en cada momento.

    Así que, si estás pasando necesidades, no entres en pánico — ¡Siembra una semilla! Tu semilla puede tener la forma de dinero, tiempo o cualquier otra clase de recurso que tengas para dar. Sin importar la forma que tu semmilla tenga, necesitas entender que el regalo no es la semilla en sí misma, ya que ésta no tiene vida. La semilla es sólo la cáscara.

    Hay personas que han plantado cáscaras durante muchos años, pero como nunca pusieron vida en ellas, nunca fructificaron.  Así que no sólo hagas ruido al poner tu cáscara en el canasto de la ofrenda. Primero dale vida. Alaba a Dios por ella con acción de gracias. Di: “SEÑOR: Te estoy ofreciendo lo mejor para que Tú obres. Y a medida que te entrego lo mejor, me entrego en espíritu, alma y cuerpo.” Ora sobre esa semilla, llénala de fe, alabanza y la PALABRA. Así estará lista para la siembra.

    B. Encuentra buena tierra

    En el Oeste de Texas, en la granja de mi abuelo, habían grandes parches de arcilla arenosa color blanco (llamados caliche). Es la peor clase de tierra que existe para sembrar. Nada crece en ella, sin importar que tan buena y fina sea tu semilla; si la plantas en caliche, no recibirás ninguna cosecha.

    Existen algunos ministerios que espiritualmente son como el caliche. No son buena tierra para tu semilla. Así que antes de dar, ora para saber dónde debes dar tu ofrenda. No confíes en tus propios juicios. No lo razones diciendo: “bueno, este predicador está gritando, llorando y diciendo que está por debajo de tal y cual, así que supongo que le daré a él.” No, ve ante el SEÑOR del diezmo y averigua dónde quiere que des tu dinero. Él es el único que puede dirigirte a buena tierra todo el tiempo.

    C. ¡Riega!

    Una vez que tu buena semilla ha sido plantada en buena tierra, debes continuar regándola con la PALABRA de Dios. Declara fe sobre ella en el transcurso de toda la semana. Declara el crecimiento de esa semilla llamando «las cosas que no existen, como si existieran» (Romanos 4:17). Puede que sea una pequeña semilla, pero necesitas empezar a ordenarle que crezca.

    Quizá digas: “Bueno hermano, yo creo que las cosas se deben decir tal como son”.  Entonces, el resultado será que no verás ningún crecimiento en tu vida, porque las cosas espirituales crecen a medida que las palabras son declaradas. Ésa es la forma en que Dios actúa.

    Charles Capps dijo: aquel que “dice las cosas como son” es como ese hombre que salió al frente de su casa para darle un hueso a su perro. Al salir, vio que su perro no estaba, más encontró solo al gato. Así que empezó a decirle: “aquí tienes gatito… gatito… gatito…” Entonces, su vecino le dijo: “Pensé que querías darle ese hueso al perro”. “Sí, eso era lo que quería” le respondió el hombre, “pero me gusta decir las cosas como son — y encontré el gato, no al perro.”

    No seas como ese hombre. Llama al perro, y éste vendrá. Riega tu semilla con palabras de fe. No llames a la pobreza, si no quieres pobreza. Llámate a ti mismo próspero. Declara que tus necesidades son suplidas. No pasará mucho tiempo hasta que estés lleno de gozo y expectativa a tal nivel, que regar la semilla será divertido.

    Encuentra buena tierra. Siembra la semilla, y riégala. Luego, como dice Marcos 4:27, todo lo que tienes que hacer es «ya sea que él duerma o esté despierto, de día y de noche la semilla brota y crece…».

    Quizá digas: “Pero no entiendo cómo funciona”.

    No importa, solo házlo. Siembra y riega. Duerme y levántate. Y con sguridad, una de estas mañanas te levantarás con abundante cosecha.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición agosto 2014, página 20

  • El secreto para triunfar (por Gloria Copeland)

    8-14_gloria-classicDe ahora en adelante, quiero que dejes de pensar en la Biblia como si fuera un libro de cuentos, relatos religiosos, o un simple libro de historia. Deseo que empieces a verla como un manual de vida. Eso es lo que realmente es la Biblia. Es la sabiduría del Dios todopoderoso escrita, a fin de que tú puedas aplicarla en tu diario vivir, y en cada circunstancia.

    Si la lees de manera constante y la pones en práctica, ésta te convertirá en un ganador; no sólo de vez en cuando, ni en ciertas áreas, sino cada día y en cada área de tu existencia.

    ¿Suena demasiado bueno para ser verdad?

    No te fíes sólo de mi palabra, y permítele al Señor que hable por Sí mismo. En proverbios 4:7-8, Él dijo:

    «La habilidad, y la buena sabiduría es lo principal… Estimen la sabiduría y engrandézcanla; y ésta los exaltará, los promoverá y los honrará cuando la abracen».  (AMP)

    Sé precavido; esta promesa no se refiere a aquellos que anhelan un poco de la Palabra en su vida sólo cuando se encuentran en apuros. Está hablando de quienes están dispuestos a ponerla en primer lugar día tras día.

    Lee una vez más la primera parte del versículo anterior: “La habilidad, y la buena sabiduría es lo principal”. Según este pasaje bíblico, tú tienes que establecer la Palabra como lo más importante en tu vida. En vez de satisfacerte con sólo darle un vistazo, tendrás que desarrollar una pasión por ella. Deberás estimarla en gran manera, poniéndola siempre antes que cualquier otra actividad.

    Cuando lo hagas, Dios promete que la Palabra te exaltará, te promoverá y te honrará. ¿Qué más se podría pedir?

    Existen dos formas muy prácticas para hacerlo.

    Primero, planifica tu horario ajustándolo al tiempo que inviertes en la Palabra; en lugar de intentar que tu tiempo en la Palabra se ajuste a tu horario. Cuando hagas mentalmente tu plan diario, de forma automática aparta el tiempo para estudiar primero la Palabra.

    Sé por experiencia el impacto que puede ocasionar en tu vida. Hace unos 45 años escuché a un gran hombre de Dios, el hermano Oral Roberts, decir que el Señor le había dado la instrucción de leer los Evangelios y el libro de Hechos tres veces en 30 días, a fin de recibir mayor revelación acerca de Jesús. Éso me inspiró a hacer lo mismo.

    Yo sabía que el Señor deseaba que iniciara de inmediato, pero ese momento no podía ser más inoportuno.

    Acabábamos de mudarnos a Tulsa para que Kenneth pudiera asistir a la Universidad de Oral Roberts. Todo en nuestra casa estaba de cabeza, y ni siquiera habíamos terminado de desempacar.

    Y además, debía cuidar a mis hijos. Ambos estaban en edades que demandaban de mucha atención. Kellie tenía 3 años, y John nueve meses. Cuando querían algo no podían esperar 30 minutos, y mucho menos 30 días.

    Me preguntaba, ¿De dónde sacaría el tiempo?

    Sin embargo, yo estaba firme. No importaba cuánto me costara, iba a leer los Evangelios y Hechos tres veces en 30 días.

    Calculé cuantas hojas necesitaba leer por día en mi Biblia Amplificada. Eran aproximadamente más de cuatro horas diarias. Cuando los niños se dormían era el momento que más podía leer, así que apartaba tiempo tres veces al día. Comenzaba a las 5:30 a.m., y leía hasta que toda mi familia se levantaba. Cuando los niños se acostaban a la siesta, volvía a leer. Luego por la noche terminaba lo que me había faltado.

    A pesar de lo que sucediera o necesitara hacer, estaba determinada a darle a la Palabra el primer lugar; incluso si eso significaba dejar mis otras ocupaciones pendientes para el siguiente mes. Sin embargo, el Señor tenía reservada una gran sorpresa para mí.

    Coloca la Palabra de Dios en primer lugar

    El primer día, a las tres de la tarde, ya había terminado mis tareas de la casa — y con bastante tiempo invertido en la Palabra. Los días subsiguientes continué poniéndola en primer lugar. Al cabo de un mes, yo había restaurado por completo cuatro piezas de muebles viejos y usados, había finalizado de planchar la ropa que se había acumulado por semanas, y tenía mi casa en orden. Estaba asombrada. No hubiera logrado todo eso en condiciones normales.

    Para ese entonces, Kenneth y yo sabíamos muy poco de cómo vivir por fe. Yo no sabía que la Palabra hace prosperar nuestro camino y que nuestra vida sea exitosa (Josué 1:8).

    Yo no sabía que si pones la sabiduría de Dios en primer lugar, ésta te promoverá y exaltará.

    No obstante, sin ese conocimiento, experimenté un milagro del Señor. Por fe, puse la Palabra en primer lugar, y el resultado fue que se cumplió en mi vida lo que dice Proverbios 4:7-8.

    ¡Él va a hacer lo mismo por ti! No importa si eres un ama de casa, un mecánico o un ejecutivo. Si te comprometes a hacer de las Escrituras tu prioridad, prosperarás en todo lo que hagas.

    Sin embargo, déjame advertirte algo: nunca podrás sumergirte en la Palabra, si esperas hasta el día que tengas tiempo. Satanás hará todo lo posible para que no lo tengas. Él se opone con firmeza a que tú te alimentes de la Palabra.

    Así que aprende a dejar de lado las cosas que no son importantes. Comienza a ubicar a las Escrituras en el primer lugar de tu agenda, y todo lo demás se ajustará a ella. Jesús lo sabía. Por esa razón dijo: «Por lo tanto, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas» (Mateo 6:33).

    Cuida el tiempo que apartas para leer la Palabra, pues Satanás intentará robártelo. Él utilizará cualquier cosa, desde la televisión hasta las actividades en la iglesia para separarte de la sabiduría de Dios.

    ¿Por qué? Porque sabe que la Palabra te librará de su dominio. Si él logra alejarte de las Escrituras, podrá mantenerte atado y luchando.

    Poner la Palabra en primer lugar es algo que deberías hacer continuamente. Cuando te encuentres estancado en los detalles del diario vivir, cuando te encuentres frustrado por los grandes y pequeños fracasos, analiza cuánto tiempo le dedicas en realidad a la Palabra. Te darás cuenta que dejaste la Palabra en un segundo plano, y que dedicaste el tiempo que era específico para las Escrituras en otras actividades.

    Marta o María

    Eso fue lo que le sucedió a Marta. El mismo Jesús estaba en la sala de su casa enseñando la Palabra. Sin embargo, ella pensó que no tendría tiempo para escuchar, pues estaba muy ocupada cocinándole al Señor. Estoy segura que a ella le pareció correcto ocuparse de la preparación de la comida; después de todo, Jesús y Sus discípulos estaban en su casa. Leamos el pasaje bíblico en Lucas 10:38-42:

    «Mientras Jesús iba de camino, entró en una aldea, y una mujer llamada Marta, lo hospedó en su casa. Marta tenía una hermana que se llamaba María, la cual se sentó a los pies de Jesús para escuchar lo que él decía. Pero Marta, que estaba ocupada con muchos quehaceres, se acercó a Jesús y le dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje trabajar sola? ¡Dile que me ayude!»  Jesús le respondió: «Marta, Marta, estás preocupada y aturdida con muchas cosas.  Pero una sola cosa es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y nadie se la quitará».

    Me imagino a Marta guisando en la cocina, golpeando las cacerolas, y compadeciéndose de sí misma. Quería que Jesús reprendiera a María; no obstante, el Maestro se agradó al ver que ella puso la Palabra en primer lugar.

    Marta también pudo estar a los pies del Maestro si se le hubiera ocurrido. Jesús había alimentado a miles de personas con unos cuantos panes y peces; Él también habría preparado fácilmente un banquete para todos los que estaban en ese lugar.

    A lo mejor pienses: “¡Qué gran oportunidad la que desperdició Marta!  Yo nunca lo hubiera hecho”. Pero, cada vez que permites que otras cosas tomen el tiempo que deberías invertir en la Palabra, estás desaprovechando la oportunidad de sentarte a los pies del Maestro, al igual que Marta.

    Además de planificar tu horario ajustándolo al tiempo de la Palabra, existe una segunda forma de darle prioridad en tu vida — ¡actuar conforme a ella! Sólo adquirir conocimiento de las Escrituras no es suficiente. Debes ponerlo por obra para que pueda dar resultado. Yo podría sentarme toda una noche y estudiar cómo encender la luz, pero si yo no aplico ese conocimiento al levantarme y activar el interruptor, pasaría toda la noche en la oscuridad.

    La Palabra funciona de la misma manera, así que tan pronto aprendas algo, ponlo en práctica.

    Luego, mientras veas cómo la sabiduría de la Palabra produce resultados en tu vida, comenzarás a estimar y a valorar la sabiduría más que cualquier otra cosa que pudieras desear (Proverbios 3:15). Y a medida que pongas la Palabra en primer lugar y la exaltes en tu vida, ésta te promoverá y te exaltará.

    Comienza hoy. Invierte tiempo de calidad en las Escrituras. Haz que ésto sea lo más importante en tu agenda,  y  tus actividades diarias serán más fáciles de llevar a cabo. Si aplicas continuamente la sabiduría que aprendes de la Palabra de Dios, te encontrarás a ti mismo triunfando en cada área de tu vida. “Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él de día y de noche, para que lo guardes, y hagas conforme a todo lo que está escrito en él. Porque sólo así, harás prosperar tu camino, y negociarás sabiamente y tendrás buen éxito” (Josué 1:8, AMP). El éxito te pertenece.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición agosto 2014, página 18

  • Nacido para correr (por Gloria Copeland)

    Hace algunos años, me encontraba en la habitación de un hotel preparándome para predicar, cuando de repente me asomé a la ventana, y observé algo que llamó mi atención: frente al hotel, unos pisos abajo, un hombre limpiaba la calle con una pequeña escoba y una pala para recoger basura. Si hubiera estado limpiando sólo la acera o la entrada del estacionamiento del hotel, quizá no lo habría notado. Pero él estaba limpiando ¡toda la calle!

    Ése es un gran trabajo, pensé.

    Considerando la longitud y el ancho de la calle, me pregunté cómo iba a lograrlo. Así que lo observé por unos momentos. No tardó en evidenciarse que su corazón no estaba enfocado en el trabajo. Permaneció limpiando el mismo lugar al menos por 20 minutos.

    Al final, volví a centrar mi atención en prepararme para el servicio. Cuando volví a mirar por la ventana, ese hombre ya se había ido… dejando muy limpia una pequeña parte del pavimento.

    Más tarde ese día, pensé de nuevo en la situación y en cómo ese hombre había avanzado con lentitud sobre ese pequeña área en la calle con su escoba y su recogedor, y de pronto recibí una revelación: ¡La fe obraría para ese hombre! Obraría para él, de la misma manera que para el presidente de los Estados Unidos.

    Si tuviera fe en la Palabra de Dios y supiera cómo usarla, podría estar haciendo grandes cosas —cosas por las que en realidad estaría emocionado—. En lugar de ser un barrendero público sin motivación, podría ser alguien que mueve montañas en el reino de Dios. Él de cierto califica como uno de los “cualquiera” que Jesús mencionó en Marcos 11:23, cuando dijo: «Porque de cierto les digo que cualquiera que diga a este monte: “¡Quítate de ahí y échate en el mar!”, su orden se cumplirá, siempre y cuando no dude en su corazón, sino que crea que se cumplirá».

    Sé por experiencia propia que tener fe en la Palabra de Dios puede marcar una diferencia maravillosa en la vida de una persona; por tanto, allí en la habitación del hotel, oré por ese hombre. Le pedí a Dios que enviara a alguien a decirle que Jesús lo ama. También le pedí: «Señor, ¡manda a alguien a decirle que puede tener fe!».

    Sabía que Dios respondería esa oración, pues Él tiene planes maravillosos para la vida de ese hombre. Él no deseaba que ese hombre permaneciera atrapado en un trabajo sin futuro y que tampoco disfruta. Dios no quería que ese hombre se quedara en un solo lugar, sin hacer nada y sin ir a ninguna parte.

    Dios tiene un destino que ese hombre debe cumplir. También tiene una maratón divinamente designada que ese hombre debe correr. Una maratón que satisfará los deseos más profundos de su corazón. Una carrera que lo bendecirá más allá de cualquier cosa que pueda pedir o pensar, y que lo convertirá en una bendición para los demás en formas que ni siquiera ha visto en sus sueños más descabellados.

    Participando para ganar

    En realidad, gracias a que Dios nos ama a todos, Él planeó una maratón grandiosa y satisfactoria para cada uno de nosotros. Por esa razón, todos necesitamos tener fe. Si vamos a correr con éxito nuestra carrera, debemos tener la capacidad de hacer lo que Jesús dijo, y declarar la Palabra de Dios sobre los obstáculos que traten de estorbarnos. Necesitamos creer en nuestro corazón que todo lo que digamos se cumplirá.

    Quizá tú digas: “Pero Gloria, es que yo, simplemente, no tengo esa clase de fe”.

    Sí, la tienes.

    La obtuviste cuando recibiste a Jesús como tu Señor y Salvador. Tu fe nació en tu interior en el momento que tú naciste de nuevo. Y Hebreos 12:2 lo confirma. En ese versículo leemos que Jesús mismo es el “Autor y el Consumador” de tu fe.

    Jesús siempre hace una buena obra en todo lo que hace. Por tanto, puedes estar seguro que la fe que él depositó en ti es de la mayor calidad. También puedes estar seguro de que Él termina lo que empieza, y te ayudará a desarrollar tu fe hasta que sea tan fuerte, que cuando cruces la meta de tu vida en esta Tierra, puedas decir, al igual que el apóstol Pablo: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día» (2 Timoteo 4:7-8, RVR95).

    Por supuesto que si tú en realidad deseas finalizar tu maratón de fe triunfando de esa manera, deberás poner todo tu corazón en ella. No puedes actuar como el barrendero público lo hizo ese día, y estar contento mientras avanzas a paso de caracol. Debes correr como si participaras para ganar. Necesitas estar determinado a llegar hasta el final, y correr con todo lo que tengas.

    Como lo dijo una vez el gran escritor cristiano, Andrew Murray: «Debes juzgar todo lo que hay en tu vida bajo un solo estándar: ‘¿Me ayuda esto en la carrera?’».

    En lo personal, pienso que ésa es una pregunta maravillosa —es una pregunta que todos nosotros, como creyentes, deberíamos formularnos con frecuencia—. Podemos hallar la respuesta a este interrogante con tan sólo buscar en la Biblia. La Palabra está llena de escrituras que nos enseñan cómo podemos correr mejor nuestra carrera. Tomemos como ejemplo Hebreos 12:1-2:

    «Por lo tanto, también nosotros, que tenemos tan grande nube de testigos a nuestro alrededor, liberémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el autor y consumador de la fe».

    ¿Alguna vez has visto cómo se preparan los velocistas o corredores de maratón? No se visten con ropas pesadas, mochilas o bolsas de compras. “Ellos hacen a un lado todo el peso”. Desechan todo lo que podría hacerlos ir más lento.

    Como corredores espirituales, debemos hacer lo mismo. Tenemos que deshacernos de todo aquello en nuestra vida que pueda sacarnos del camino y tentarnos a pecar.

    No deberíamos cargar con la basura del mundo. No deberíamos ver películas que glorifiquen la inmoralidad, o mirar programas de televisión que contengan obscenidades, adulterio, fornicación y toda clase de pecado. No deberíamos pararnos alrededor del dispensador de agua en la oficina a chismear o a coquetear con el cónyuge de
    alguien más.

    Quizá digas: “Pero Gloria, ¡todo el mundo hace esas cosas!”.

    ¿Y qué? ¡El mundo está loco! Ellos no conocen a Dios, siguen a Satanás; y no pueden distinguir entre lo bueno y lo malo. Viven en tinieblas, y para ellos ¡pecar es normal!

    ¡Pero tú eres cristiano! Tú has nacido de la luz. Pecar no es algo normal para ti. Jamás serás feliz viviendo como el mundo vive. Jamás estarás satisfecho haciendo cosas que son contrarias a la Palabra de Dios. Esas cosas pueden traerte placer momentáneo, pero siempre terminan en miseria y muerte.

    Por tanto, ¡aléjate de esos malos hábitos! Cuando te veas a ti mismo en el lugar incorrecto, hablando con las personas incorrectas, y te des cuenta que vas mal encaminado, corta la conversación y aléjate. Ve a un lugar con un ambiente más saludable y busca a alguien que conozca a Jesús para que puedas hablar.

    Cuando te veas a ti mismo mirando alguna clase de “entretenimiento” que promueva el pecado y lo muestre como algo atractivo, apaga el televisor. Abre tu Biblia o sintoniza el programa La Voz de Victoria del Creyente. Invierte tiempo mirando y escuchando la Palabra.

    Tus ojos y tus oídos son una puerta hacia tu corazón. Si los llenas con las cosas del diablo, los problemas vendrán. En cambio, si los llenas con la Palabra, la fe vendrá —y ¡fe es lo que tú quieres!—. Cuando la obtengas, podrás correr y ser el vencedor que Dios te creó para ser. Podrás vencer todo lo que el diablo intente lanzarte. Podrás triunfar sobre cualquier problema. ¡Porque ésa es la victoria que vence al mundo, nuestra fe! (1 Juan 5:4).

    Mover el monte Everest puede requerir de tiempo

    Otra instrucción importante que encontramos en Hebreos 12:1, la cual te ayudará a lo largo de tu carrera espiritual, es la siguiente: “Corre con paciencia”.

    La paciencia es un fruto del espíritu (Gálatas 5:22-23). Junto con el amor, el gozo, la paz, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la templanza; la paciencia surgió en ti cuando naciste de nuevo. La paciencia es una fuerza espiritual que te impide sucumbir ante las circunstancias negativas. La paciencia evitará que te rindas o que falles cuando te encuentres bajo presión; y hará que permanezcas firme y fuerte.

    Kenneth llama a la fe y a la paciencia: “las gemelas poderosas”, debido a que la paciencia apoya a la fe y la mantiene activa. La paciencia mantiene fuerte nuestra fe, hasta que se cumple lo que hemos estado creyendo. Saber eso es importante porque, aunque la fe siempre produce resultados, éstos no siempre se ven en forma instantánea. Si así fuera, cada persona en el mundo viviría por fe.

    Pero no es así como funciona. Los proyectos de fe frecuentemente toman tiempo.

    Kenneth y yo descubrimos esa verdad cuando recién empezamos nuestra vida de fe. Una de las primeras cosas por las cuales le creímos a Dios fue por salir de las deudas. Eso sí que era ¡mover una montaña! Para nosotros, esa deuda lucía ¡tan grande como el Monte Everest!

    Los acreedores llamaban, amenazándonos con demandarnos por no pagar. Manejábamos un auto viejo y descompuesto. Teníamos hijos que alimentar y muy poco dinero para vivir. Era una situación muy estresante. Sin embargo, tomamos nuestra postura de fe y permanecimos firmes en ella. No sólo dejamos de pedir dinero prestado, sino que fielmente declaramos la Palabra sobre la situación. Le hablamos a esa montaña de deudas y confesamos ¡que ya estaba pagada, en el nombre de Jesús!

    Los meses transcurrieron y parecía que nada sucedía. Pero no nos rendimos ni dijimos: “Este tema de la fe no está funcionando”. Vamos y compremos un nuevo automóvil a crédito. En lugar de eso, permitimos que la paciencia apoyara a nuestra fe y, en menos de un año, todas las cuentas fueron pagadas. ¡Fuimos libres de deudas!

    Y lo que es más importante, desde entonces hemos vivido libres de deuda. Hemos comprado casas y terrenos, hemos construido edificios en el ministerio, y hemos invertido millones de dólares predicando la Palabra de Dios sin adulteración por todo el mundo. Esto jamás lo habríamos logrado si no hubiéramos aprendido a correr con paciencia nuestra carrera de la fe.

    Tampoco habríamos sido capaces de lograrlo, si no hubiéramos puesto la Palabra de Dios en primer lugar en nuestras vidas. Invertir tiempo en la Palabra es lo que mantiene fortalecidas la fe y la paciencia. Eso fue algo más que Kenneth y yo descubrimos a principios de nuestra vida de fe. Descubrimos que la Palabra de Dios es como la comida; puedes comer lo mismo una y otra vez, y siempre será buena para ti. Todo el tiempo te fortalecerá y hará que tu fe se incremente.

    El año en que comenzamos a creerle a Dios por salir de las deudas, vivíamos en Tulsa Oklahoma, e íbamos a escuchar predicar al hermano Kenneth E. Hagin cada oportunidad que teníamos. En algunas ocasiones, asistíamos cada noche por tres semanas, y en cada reunión el hermano Hagin leía Marcos 11:22-24. Una y otra vez, él enseñaba cómo creerle a Dios, cómo obra la fe y cómo habla la fe.

    Cuando no había ninguna reunión, Kenneth y yo escuchábamos en casa mensajes grabados en cintas del hermano Hagin. Escuché algunas enseñanzas muchas veces, y tomaba tantas notas de esos mensajes que casi los trascribía por completo.

    Cuando nos mudamos a Fort Worth, Texas, e iniciamos nuestro ministerio, viajábamos a Tulsa para escuchar al hermano Hagin predicar acerca de la fe. No lo hacíamos porque necesariamente pensáramos que iba a decirnos algo nuevo. Asistíamos porque estábamos enfrentando obstáculos y necesitábamos alimentarnos de la Palabra.

    La mayoría del tiempo —en especial durante nuestro primer año en el ministerio— nos obligábamos a asistir a esos seminarios de fe porque necesitábamos animarnos. Había imposibilidades que nos desafiaban y sentíamos su presión. Y aunque sabíamos que la Palabra de Dios podía vencer esas imposibilidades, las circunstancias nos habían abrumado y necesitábamos que nuestra fe se agitara.

    Pero una vez más, el hermano Hagin nos leía Marcos 11:23. Mientras escuchábamos por enésima vez sus maravillosos mensajes llenos de la Palabra, nuestra fe se refrescaba y nuestro pensamiento se alineaba con la Palabra.

    La Palabra tiene un asombroso poder para corregir tu curso ¡y mantenerte allí!

    Cuando los seminarios terminaban, volvíamos a casa creyendo en Dios más que nunca y declarábamos: “¡Sí! ¡Podemos mover esa montaña! Podemos lograrlo por fe. Sólo debemos decir lo que Dios dice, hacer lo que nos dice, y negarnos a renunciar hasta que aquello por lo que estamos creyendo, ¡se cumpla!”.

    Kenneth y yo aún actuamos de esa manera, incluso después de más de 45 años en el ministerio. Todavía amamos escuchar a las personas predicando acerca de la fe. Recibimos tanto de las Convenciones de creyentes como lo hacen los demás. Sencillamente algo especial nos sucede cuando nos reunimos con otros creyentes a escuchar la Palabra de Dios.

    No sólo nos alimentamos de la Palabra en las reuniones de creyentes. También leemos y meditamos la Palabra en casa. Kenneth y yo invertimos tiempo cada día en la Palabra porque: «la fe proviene del oír, y el oír proviene de la palabra de Dios» (Romanos 10:17).

    UNA DOSIS DIARIA DE LA PALABRA DE DIOS ES LA CLAVE ¡PARA DISFRUTAR DE UNA VIDA VICTORIOSA!

    Por lo tanto, jamás seas negligente con respecto a la Palabra. Apégate a ella. Aliméntate de ella, declárala y actúa conforme a ella. Haz a un lado todo lo que pueda estorbarte, y activa en tu vida el poder de las gemelas: la fe y la paciencia.

    Dios tiene grandes cosas que debes cumplir. Tiene preparada para ti una carrera emocionante. Es una carrera que satisfará los deseos más profundos de tu corazón, te bendecirá más allá de lo que puedas pedir o pensar, hará que todo sea posible, y te convertirá en una bendición para los demás en formas que ni siquiera jamás has podido soñar.

    ¡Ésta es una carrera, y naciste para ganarla!

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición agosto 2014, página 26

  • Una palabra a la vez (por Melanie Hemry)

    8-14_profileLas campanas resonaban llamando a los feligreses para rezar, mientras Stanley Black, de 17 años de edad, se arrodillaba antes de deslizarse en una vieja banca. Su rostro, que usualmente reflejaba felicidad, ahora estaba marcado con una frente arrugada que expresaba preocupación. Estando ya de rodillas, suspiró y cerró sus ojos. ¿Cómo era… su vida? Se concentró, buscando la expresión correcta. Una mezcla. Ésas eran las palabras perfectas para describirla.

    Su país, Costa Rica, era una mezcla de culturas, una combinación de religiones y selvas que se entrelazaban con ciudades modernas. La familia de su padre había emigrado de la India, mientras que la familia de su madre era escocesa. Stanley había nacido en Jamaica. Sólo para seguir los patrones de emigración de su familia se requería de un mapa global, y también de mucha habilidad para usarlo.

    En la escuela, Stanley escuchó a un sacerdote alemán —quien también era su profesor— hablar acerca de un tema muy popular: «Nuestra iglesia es la madre de todas las religiones» dijo. «Asistir a una iglesia protestante es el pecado imperdonable».

    Stanley sintió un sudor frío corriendo por su cuerpo. Mamá. Papá. No había perdón para el pecado que ellos habían cometido. No existía oración adicional por ofrecer. Su padre, un agricultor, había invitado al veterinario de la familia a su fiesta de cumpleaños. Después de la celebración, el veterinario le dijo: «Me gustaría corresponder la amabilidad que has tenido conmigo. Por favor, visita nuestra iglesia. Y en honor a tu cumpleaños, oraremos por ti». Sus padres, sin escapatoria a la vista, aceptaron.

    Stanley salió de la iglesia con la esperanza de que Dios hubiera escuchado sus oraciones, y que sus padres no hubieran cometido el pecado imperdonable. En su casa, su madre le sonrió, y le dijo: «¡Ahora somos cristianos nacidos de nuevo!».

    El color del rostro de Stanley se desvaneció.

    Stanley recuerda: «Estaba sorprendido por lo que mis padres habían hecho. En 1954 no había mucho evangelio en Costa Rica, y dentro de nuestra iglesia había bastante paganismo. Nunca antes había visto una Biblia, así que no tenía forma de saber si mis padres en realidad habían cometido un pecado al asistir a esa iglesia. Finalmente, después de dos semanas, nos invitaron a mi hermano y a mí para acompañarlos a la iglesia. Ese día, el pastor describió la crucifixión de Jesús con tanto detalle, que temblé al escuchar cómo los clavos habían perforado las manos de Jesús. Cuando el pastor hizo el llamado para pasar al frente, me aferré a mi hermano para conseguir apoyo. Pero cuando me di cuenta, ambos estábamos en el altar.

    De inmediato, mi hermano y yo comenzamos a tocar nuestras guitarras en las calles, y a predicar a todos lo que nos escuchaban. Conseguimos una copia del libro de T.L. Osborne “Sanando enfermos” y empezamos a predicar acerca de la sanidad».

    Fe para un milagro

    Desde una de las ciudades portuarias, comenzó a esparcirse la noticia acerca de dos hombres hospitalizados que habían sido declarados pacientes terminales; ambos se  encontraban en la última fase de la tuberculosis. Stanley se paró al lado de la cama de uno de ellos con la confianza absoluta de que Dios lo sanaría. Stanley y su hermano ungieron a los hombres con aceite, y oraron por ellos.

    ¡Esos hombres no fallecieron! ¡Fueron sanados! Y la historia se propagó por toda la ciudad como un incendio forestal. El doctor a cargo envió a sus pacientes a la capital del país, San José, para que les hicieran un chequeo médico, a fin de comprobar el milagro.

    Los hombres regresaron a casa, caminando por las calles sanos y salvos, mientras que Stanley y su hermano continuaban predicando el evangelio. Muchas personas aceptaron a Jesús como su Salvador, y ellos fundaron una iglesia en ese lugar.

    Stanley explica: «Mi hermano y yo fuimos llamados al ministerio; como él era 3 años mayor, viajó a los Estados Unidos antes que yo. En 1958, me mudé a la ciudad de Greenville, en Carolina del Sur, para asistir al Seminario Teológico Holmes.

    Antes de mudarme a Estados Unidos, pensaba que sabía inglés. Mi padre nos había enviado a una escuela privada para aprenderlo, como complemento a nuestras clases regulares. Sin embargo, estando ya en el seminario, no entendía muchas cosas que escuchaba, y tampoco podía hablarlo. Pasé horas durante la noche orando y llorando ante el Señor. Todos los días asistía a mis clases con los ojos hinchados y rojos. Después de que terminaban las clases, regresaba a mi dormitorio a llorar y orar otro poco. Este ciclo se repitió por varios meses».

    Stanley pasó esa Navidad con unos amigos misioneros en Carolina del Norte. Al asistir a la iglesia de la familia donde estaba hospedado, el pastor lo invitó a predicar el siguiente domingo. Sin embargo, Stanley rechazó la invitación, pues sabía que su inglés no era muy bueno.

    Al regresar a su dormitorio, Stanley sentía haber entristecido al Señor. Cayó de rodillas, suplicándole a Dios: «¡Señor, me abriste una puerta para predicar y yo la cerré de golpe! ¡Lo siento!».

    Stanley regresó a donde estaba el pastor, y le dijo: «Predicaré. Es probable que mi sermón dure uno o dos minutos; pero predicaré».

    Stanley había recordado la confianza que sintió cuando oró por aquellos hombres con tuberculosis. Leyó en la Biblia que era la voluntad de Dios sanar, y sabía que si él cumplía su parte, Dios se encargaría de cumplir la Suya. Quizá necesitaba esa misma confianza en ese momento.

    Llegado el día domingo, Stanley temblaba mientras el pastor lo presentaba ante la congregación. Al dirigirse hacia el púlpito, su mirada recorrió toda la audiencia. Respiró profundamente, y habló. Ese simple acto de fe que había hecho, fue el que activó el poder de Dios para obrar a su favor.

    Stanley Black recibió de manera sobrenatural su milagro: ese día predicó todo el sermón hablando un inglés perfecto.

    Desde ese entonces, Stanley pasó todos sus veranos predicando en campañas de avivamiento por el Sur. En Greenville, también conoció a su esposa, Pearl. Ambos se casaron en octubre de 1961, y regresaron a Costa Rica bajo la cobertura de la iglesia Pentecostal Holiness Church.

    Estando en Costa Rica, Stanley y su esposa asistieron a una reunión con los líderes de su denominación, en la cual hablaron acerca de una pequeña misión en la localidad de Santa Ana. Muchos pastores, incluyendo la mayoría de los que se encontraban en la reunión, habían tratado de hacer que la misión tuviera éxito; sin embargo, la misma nunca había prosperado. En consecuencia, los líderes votaron para que se cerrara la misión, y vendieran la propiedad.

    Stanley les dijo: «Señores, yo no estoy de acuerdo. Yo no creo que el Señor esté en el negocio de cerrar iglesias. Es probable que todos hayan fracasado; no obstante, Dios no ha fracasado. Les pido que nos den esa misión a mi esposa y a mí durante seis meses».

    «¡Siéntate jovencito! ¡Cuando necesitemos tu opinión, entonces te la pediremos!», le contestaron.

    Stanley se sentó y calló, mientras escuchaba el debate que presentaban los demás. Al final, acordaron permitir que Stanley y Pearl tomaran la misión. La iglesia era tan pequeña, que sus pocos miembros se reunían en una diminuta casa pastoral. La iglesia de veras parecía estar muerta. Sin embargo, Stanley Black creía en el poder de la resurrección desde el mismo día que le entregó su vida a Jesús. Y dijo: «Construiré una iglesia».

    Encontrando vida en la selva

    Las personas pensaron que estaba loco, y se preguntaban: “¿Con qué pensarán construir una iglesia?” No había dinero. Se reían y murmuraban: “¿Para quién van a construir la iglesia?”. No había miembros para que la iglesia se llenara. Y aparte de eso, ni siquiera había alguien que la construyera.

    No obstante, Stanley les contestó con mucha confianza: «Dios proveerá».

    Stanley recuerda: «Un día, fui a predicar en medio de la selva. Una noche me encontraba predicando dentro de un pequeñ rancho de paja con piso de tierra. Y cuando hice la invitación para aceptar a Cristo, un hombre que había estado parado afuera escuchando, cayó de rodillas».

    Ese hombre dijo: «Mi nombre es Hugo. Hoy me iba a suicidar. Pero en lugar de la muerte, encontré la vida».

    Al rato, Hugo continuó: «Soy constructor, carpintero, y también sé hacer plomería y trabajos eléctricos».

    Stanley le dijo: «Deseo construir una iglesia, ¿te gustaría mudarte a mi casa y ayudarme?».

    «Sería un honor para mí», contestó Hugo.

    Hugo vivió con ellos durante un año, lo cual bendijo a ambos. Hambriento por conocer más de la Palabra de Dios, Hugo creció en su fe. Y Stanley, quien tenía más fe que dinero, construyó el edificio.

    Stanley recuerda: «El dueño de una plantación donó toda la arena y la piedras para la cimentación del edificio. El dinero para el techo nos lo envió el Instituto ‘Cristo para las Naciones’. Además de pastorear, también enseñaba en la escuela bíblica a donde Hugo también asistía. Hugo se afianzó tanto en el Señor, que cuando Dios nos llamó a mudarnos a México para ministrar en ese lugar, Hugo se quedó como encargado de la iglesia».

    «Muchos años después, regresé a Costa Rica a predicar y decidí visitar la ciudad de Santa Ana. Aquella pequeña casa pastoral, y la iglesia que habíamos construido, habían sido demolidas. Y en su lugar, estaban construyendo dos grandes edificios, los cuales estaban a la venta. ¡La iglesia había crecido tanto que ya no cabían en el nuevo edificio! La iglesia Pentecostal Holiness Church no sólo no cerró la misión, sino que compraron una granja y un terreno para construir un instituto bíblico. Después de un tiempo, también construyeron una capilla y un campamento para jóvenes».

    En 1965, Stanley y Pearl se mudaron a México y estaban ministrando en Guadalajara, cuando Stanley viajó a Dallas para asistir a la conferencia Pentecostal Fellowship of North America. Ministros de todas partes del mundo asistieron a esa conferencia, incluyendo al Dr. David Yonggi Cho, quien era miembro del comité directivo. En la conferencia había dos idiomas oficiales: Inglés y español, y se necesitaban intérpretes para este último. Stanley no sabía que uno de sus amigos lo había recomendado para ocupar ese puesto.

    Stanley recuerda: «¡Al llegar al hotel me di cuenta que estaba asignado para interpretar! Interpretar en vivo es un gran desafío, pues tengo que enfocarme muy atentamente en lo que el ministro está diciendo, a fin de que pueda comunicar el significado correcto, usando la gramática apropiada. Al momento de dirigirme hacia la audiencia, mis piernas temblaban. Sin embargo, cuando di el paso de fe, recibí la unción de Dios para interpretar. Después de eso, todos los conferencistas querían que les interpretara, incluyendo a David Wilkerson».

    De las selvas a los jets

    «Durante la Renovación carismática de 1970, me hice amigo de John Osteen. John me pidió que predicara en su iglesia y en sus conferencias. Y por medio de esa amistad, conocí a Kenneth Copeland, Kenneth E. Hagin, Fred Price y
    T.L. Osborne».

    «Y fue así como me di cuenta que los Ministerios Kenneth Copeland eran tierra fértil, y me convertí en colaborador de ellos. Por medio del hermano Copeland, aprendí el secreto de cómo funciona la fe en nuestro interior, y lo sencillo que es hacerlo. Fue ahí donde entendí por qué llorar y clamar no produce los resultados que deseamos. Sin embargo, permanecer en fe y creerle a Dios siempre da resultados positivos».

    Después de pasar 11 años ministrando en México, el Señor guió a Stanley y a Pearl a mudarse de vuelta a Estados Unidos. Regresaron con sus cinco hijos: Lori, Tina, Mark, Stanley, y Kenneth. En 1982, un gran ministerio a nivel nacional le pidió a Stanley que les interpretara en vivo, y que le hiciera la sincronización de voz y doblaje al español para su programa que se transmitía todos los días. Además de trabajar con ese ministerio, Stanley también agendó sus propias reuniones para predicar en el extranjero.

    Hace unos diez años, Stanley comenzó a hacer interpretaciones en vivo, sincronización de voz y doblaje para Kenneth Copeland.

    Stanley dice: «Es importante interpretar las palabras correctas con el espíritu y la unción correcta. He visto cómo interpretaciones incorrectas arruinaron a un ministerio. Cuando estoy al lado del hermano Copeland, debo estar concentrado al máximo. No puedo darme el lujo de pensar por un instante en algo más».

    Para doblar los mensajes del hermano Copeland, Stanley comienza leyendo una traducción del mensaje, mientras escucha todo el programa en inglés con unos audífonos, tomando notas en donde la traducción necesita ser corregida. Después de este paso, comienza a doblar el mensaje al español, lo cual toma un promedio de 4 a 5 horas. La sincronización de voz es un gran desafío, pues el español es dos veces más largo que el inglés, por lo cual Stanley tiene que acortar la traducción para que encaje con la cantidad de sílabas habladas en inglés. Para hacerlo con la excelencia que se requiere, algunas veces el proceso toma un día entero.

    «Aún continúo viajando por todo el mundo predicando el evangelio. Sin embargo, siempre trato de estar disponible para el hermano Copeland. Todos necesitan escuchar el mensaje de fe, pues siempre ha habido un complejo de inferioridad que ha afectado la cultura hispana. Han aprendido que nacieron pobres, y que entonces morirán pobres. He visto cómo jóvenes hispanos que nunca han tenido un automóvil, obtienen la revelación de fe y escalan montañas para Dios.

    Eso también ha marcado una gran diferencia en mi propia vida. Pues gracias a lo que he aprendido del hermano Copeland, hoy en día no tengo ninguna deuda. No le debemos nada a nadie, excepto amar a todos».

    Han pasado casi 60 años desde que aquel joven de 17 años de edad, Stanley Black, llevó el evangelio a las calles, a los hospitales, y a las selvas de Costa Rica. Y desde aquel entonces, ha llevado las buenas nuevas a 55 países. A sus 76 años de edad, Stanley continúa fuerte, viajando con el hermano Copeland y cambiando al mundo, una palabra a la vez.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición agosto 2014, página 10

  • El poder sanador del perdón (por Kenneth Copeland)

    8-14_kennethNo hay nada más práctico y predecible en el mundo, que la fe en la PALABRA de Dios. Ésta siempre produce resultados seguros y consistentes. Cuando la utilizamos de la manera que Dios la diseñó, vivir por fe se convierte en algo parecido a conducir un auto. Sólo debemos obedecer las instrucciones del manual del fabricante, y ésta nos llevará a destino… todo el tiempo, a cada momento, sin falta.

    Y si en caso dado no lo hiciera, es porque algo está fuera de línea. Y no porque Dios en Su soberanía haya querido poner Su pie sobre el pedal de freno. Y tampoco tiene que ver con lo que algunas personas dicen: “Él obra de manera misteriosa, y nunca sabes lo que hará”. Sino, porque en algún área de nuestra vida, hay un problema.

    La mayoría de nosotros comprende mejor esta situación cuando utilizamos, como ejemplo, nuestros autos. Si ponemos la llave en el interruptor de encendido, tratamos de arrancarlo, y el vehículo no enciende, nosotros no reaccionamos moviendo la cabeza y diciendo: “Bueno, creo que no es la voluntad de General Motors (o de Toyota, de Chevrolet, o cualquier otra marca) que salga hoy. Creo que me tendré que quedar en casa”.

    ¡Por supuesto que no! Lo que declaramos es: “Oye, ¿qué está pasando aquí?”. Luego verificamos el indicador de la gasolina, revisamos el motor, o simplemente llamamos a un mecánico. Sabemos que no podremos salir a ningún lugar hasta que identifiquemos y arreglemos el problema.

    Ésa es la misma actitud que debemos tomar cuando nuestra fe falla, o cuando no funciona de manera apropiada. Si oramos, y creemos que Dios hará algo en particular, pero no lo recibimos, entonces debemos tomar el manual de nuestra fe —la Biblia— y descubrir qué está afectando al sistema. Uno de los primeros versículos que debemos leer lo encontramos en Juan 14:21. Jesús dijo: «El que tiene mis mandamientos, y los obedece, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y me manifestaré a él».

    Es en ese versículo bíblico donde encontramos la manera en que podemos arreglar casi cualquier cosa que pueda parecer una: “falla de fe”. Y lo hacemos por medio de: tener y obedecer los mandamientos de Jesús; al escuchar, creer y obedecer Su PALABRA. Entonces, cuando hagamos todas esas cosas, Jesús mismo podrá manifestársenos —y cuando Él se manifiesta, nuestra fe siempre obtiene los resultados deseados—.

    Quizá digas: “Bueno hermano Copeland, no sé si estoy de acuerdo contigo en ese punto. Para mí, eso suena como legalismo. No creo que tengamos que ganarnos las cosas de Dios obedeciendo Sus mandamientos”.

    Por supuesto que no es así. Jesús ya ganó todo por nosotros y nos hizo Sus coherederos. Y a través de Él toda bendición espiritual en lugares celestiales, y todas las promesas que Dios nos hizo, nos pertenecen, porque hemos nacido de nuevo. Ésa es la belleza del Nuevo Pacto. Nos dio el poder, y nos hizo libres, no para ignorar los mandamientos de Jesús, sino para obedecerlos, ¡porque lo amamos!

    Lecciones de amor por parte de Dios

    En el transcurso de los años, el SEÑOR me ha enseñado muchas cosas acerca de este tema por medio de mi relación con Gloria. Recientemente celebramos nuestro 52º aniversario de bodas. Casi nunca nos separamos, porque siempre que estamos juntos, somos más fuertes de lo que éramos antes. Y Gloria obtiene todo el crédito, pues ella siempre ha sobresalido en su vida de amor.

    Por otro lado, yo no era igual a ella. Particularmente en mis primeros años como creyente, para vivir en amor necesitaba una ayuda extra de parte del SEÑOR, así que se la pedía de manera constante. Hasta que un día, Él me enseñó a ser un mejor esposo, y me dijo algo que nunca olvidaré:

    Si quieres ser como Yo, y si quieres amar como lo hago Yo, escucha a Gloria; y cuando ella te cuente acerca de algo que le gusta, entonces busca la manera de conseguírselo.

    En aquel entonces, pensé que cumplir con eso sería muy fácil. Sin embargo, mientras transcurrieron los años, resultó ser más difícil de lo que yo esperaba. Gloria no es el tipo de persona que va por todos lados expresando lo que quiere. Algunas veces le pregunto: «¿Cómo te gustaría que fuera esto?”.

    Y me contesta: «Oh, está bien así».

    Y vuelvo a preguntarle: «Bueno, ¿entonces te gustaría algo más».

    «No. Estoy bien», me responde.

    A veces me da algunas pistas, y me dice: «¡Guau! Esos aretes están hermosos (un automóvil o cualquier otra cosa)». Inmediatamente soy todo oídos. Y comienzo a pensar: «¿En dónde podré comprarlos?». Luego, tomo el teléfono, pregunto cuánto cuestan, y le creo a Dios por el dinero para comprárselos.

    ¿Por qué lo hago? Porque disfruto bendecirla. Siento un gran placer al darle lo que le gusta. Eso no quiere decir que esté tratando de obtener algo de ella, o de impresionarla. ¡Lo hago simplemente porque la amo!

    Y como creyentes, debemos actuar de la misma forma con Jesús. Tenemos que desarrollar nuestra relación con Él a tal punto que seamos altamente sensibles a lo que Él desea. Cuando pensemos que hay algo que a Él le gusta, tratemos de dárselo. Digamos: “¡Genial! Jesús quiere eso, así que voy a hacerlo”. No porque estemos tratando de obtener algo de Él, sino porque lo amamos.

    Quizá te preguntes: “¿Y si me pide algo que no me gusta hacer?”.

    Entonces confía en que Él cambiará lo que no te gusta, y respóndele: “¡Si, Señor!”. Luego, deposita tu fe en lo que dice Filipenses 2:13: «porque Dios es el que produce en ustedes lo mismo el querer como el hacer, por su buena voluntad».

    Si estás dispuesto a aceptar lo que Dios quiere que hagas, entonces Dios cambiara tus gustos para que se alineen con los del Él. Y en medio de ese proceso, te ayudará a darte cuenta que si Él te ha pedido hacer algo, es para tu propio bien. Luego, comenzarás a ver Sus mandamientos desde una mejor perspectiva.

    Los mandamientos no son opcionales

    Personalmente, estoy muy emocionado con los mandamientos que Dios me ha dado —en especial los referentes a la fe—. Por esa razón, uno de mis pasajes bíblicos favoritos se encuentra en Marcos 11:22-26. Jesús dijo:

    «Tengan fe en Dios. Porque de cierto les digo que cualquiera que diga a este monte: “¡Quítate de ahí y échate en el mar!”, su orden se cumplirá, siempre y cuando no dude en su corazón, sino que crea que se cumplirá. Por tanto, les digo: Todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y se les concederá. Y cuando oren, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en los cielos les perdone a ustedes sus ofensas. Porque si ustedes no perdonan, tampoco su Padre que está en los cielos les perdonará a ustedes sus ofensas».

    Jesús nos dio varios mandamientos en esos versículos. Primero, nos dijo: «Tengan fe en Dios», o como otra traducción lo interpreta: “Tengan el mismo tipo de fe de Dios”. ¿Y cuál es ese tipo de fe de Dios? Es el mismo tipo de fe que Jesús tenía. Es el tipo de fe en la que Él funcionó cuando estuvo en la Tierra; una fe que siempre produce los resultados que deseamos.

    ¿Es realmente posible tener ese tipo de fe? Si, por supuesto que sí, y la razón es la siguiente: Jesús siempre nos autoriza y nos da el poder para hacer lo que Él nos ha encomendado. Así que, si Él nos ha mandado a tener el mismo tipo de fe de Dios —la fe que le habla a las montañas, y recibe cualquier cosa que pide en oración— significa que nos ha dado la autoridad y el poder para hacerlo.

    Ésas son buenas noticias. ¡Y vale la pena gritarlas!

    Pero, Jesús no terminó ahí. Él continuó enseñando algo de mayor importancia: «…cuando oren, si tienen algo contra alguien, perdónenlo».

    ¡Ése es un mandamiento enorme! Todo lo que Jesús enseñó acerca de la fe depende del perdón, pues: «…la fe… obra por el amor» (Gálatas 5:6), y el perdón es una expresión esencial del amor. Si no existe el perdón, la fe no dará ningún resultado. Sólo se quedará ahí, como cuando un auto tiene la batería descargada, sin poder ir a ningún lugar.

    Muchos cristianos aún no han entendido esta revelación. Han tenido la idea de que el perdón es opcional, y dicen: “¡Tú no sabes lo que esa persona me hizo! Durante muchos años he tratado de perdonarla, sin embargo, no he podido hacerlo. Creo que necesito un poco más de tiempo”.

    Ese tipo de expresiones contradicen directamente lo que Jesús nos enseñó. Él no nos dijo que debería tomarnos años perdonar a las personas. Nos mandó a perdonarlas ahora mismo, inmediatamente, mientras estamos orando. Nos pidió hacerlo antes de decir: “Amén”. Y no lo hizo porque es testarudo, sino porque nuestra fe (y por consiguiente, la respuesta a nuestras oraciones) depende de eso.

    El poder que perdona, es el mismo poder que sana

    Si quieres ver que tan vital es perdonar, piensa en la historia que encontramos en el Nuevo Testamento, acerca del hombre paralítico que fue llevado por sus cuatro amigos ante Jesús para que recibiera sanidad. Es probable que recuerdes esa historia. Sus amigos no podían entrar en la casa donde Jesús estaba predicando, ya que había muchas personas dentro de la misma. Así que rompieron parte del techo, lo pusieron en una camilla, y lo bajaron hasta donde estaba llevándose a cabo la reunión.

    Evidentemente el plan de ellos dio resultados positivos, y Jesús ministró al paralítico. No obstante, Jesús no comenzó enfocándose en la parálisis del hombre. En lugar de eso, Él le dijo: «…Hijo, los pecados te son perdonados» (Marcos 2:5).

    Esas palabras no cayeron muy bien, en especial con la multitud religiosa. Ellos pensaron: “Eso es blasfemia. ¡Sólo Dios puede perdonar los pecados!”.

    «Enseguida Jesús se dio cuenta de lo que estaban pensando, así que les preguntó: «¿Qué es lo que cavilan en su corazón? ¿Qué es más fácil? ¿Que le diga al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o que le diga: “Levántate, toma tu camilla y anda”? Pues para que ustedes sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, éste le dice al paralítico: “Levántate, toma tu camilla, y vete a tu casa.”»  Enseguida el paralítico se levantó, tomó su camilla y salió delante de todos, que se quedaron asombrados y glorificando a Dios, al tiempo que decían: «¡Nunca hemos visto nada parecido!» (Marcos 2:8-12).

    ¿Ves lo que sucedió en ese lugar? Jesús declaró y demostró el hecho de que el poder del perdón es exactamente el mismo poder que sana.

    La Biblia lo denomina: el poder de la unción, el cual es una fuerza espiritual que es tangible. Es el mismo poder del que Jesús estaba hablando en Lucas 4:18, cuando dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha ungido para proclamar buenas noticias a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos».

    Esa unción que destruye yugos y liberta a los oprimidos, es el mismo poder que está detrás del perdón. Así que cuando nos rehusemos o no queramos perdonar, ahogaremos esa unción y obstruiremos Su obra en nuestra vida.

    ¡Eso es muy peligroso!

    Quizá digas: “Lo sé hermano Copeland, ¿pero qué debo hacer si una persona me ha lastimado tanto, que ya ni puedo siquiera pensar en ella?”.

    Sólo obedécele a Jesús. Él no te pidió que te sintieras mejor cuando pensaras en la persona que te causó daño. Él sólo te ordenó perdonarla. El perdón no se trata de sentimientos — es un acto de obediencia. Tu decides poner la PALABRA de Dios por encima de tus emociones, al tomar la decisión de decir: “Te perdono”.

    Mientras más rápido lo hagas, mejor será.

    Ahora bien, lo contrario también es una realidad. Mientras más tiempo te tomes en perdonar, más empeorarán las cosas, y te hundirás más hondo en el pantano de tu falta de perdón.

    Es probable que sin quererlo, y en medio de tu vida normal, recuerdes de repente las cosas malas que alguien te hizo, o te dijo. Te imaginarás a ti mismo diciendo las cosas que hubieras querido decirle a esa persona en ese momento. Y cada vez que la recuerdes, esa conversación comenzará a empeorar en tu mente. Los efectos negativos resurgirán. Revivirás el dolor, y te hará aún más daño.

    Todos hemos hecho esto en alguna ocasión. Nos hemos quedado atrapados en un ciclo de falta de perdón y hemos pasado horas, días, y hasta meses sintiéndonos enojados, lastimados, y molestos con alguien. Esa experiencia, realmente es miserable.

    Sin embargo, como creyentes nacidos de nuevo, nunca más debemos quedarnos atrapados en la falta de perdón. En su lugar, podemos hacer lo que Jesús nos mandó, y lo podemos hacer instantáneamente. Tan pronto nos damos cuenta de que “tenemos algo contra alguien”, ¡pongámonos en oración para perdonar!

    Ahora bien, tampoco debemos hacer de esto un escándalo. Si hay otras personas a nuestro alrededor en ese momento, podemos orar en voz baja para que nadie escuche: “SEÑOR, perdono a esa persona”. Y si esos pensamientos regresan después de 30 minutos, pidámosle otra vez al Señor: “SEÑOR, no soy alguien que condena. Soy alguien que perdona —y lo perdono—”.

    ¿Sabes qué sucederá al hacer esto?

    La unción comenzará a fluir en esa área de nuestra vida. El poder de Dios que remueve toda carga y destruye todo yugo comenzará a obrar, dándonos la sabiduría para resolver esa situación problemática. Él nos mostrará lo que debemos hacer para corregir el problema. Comenzará a obrar en nosotros, y a través de nosotros, para traer sanidad a todos y todo lo que haya estado involucrado.

    Y lo mejor que sucederá cuando vivamos en amor, es que Jesús mismo se nos manifestará. Nuestro motor espiritual se encontrará rugiendo, y nuestra fe estará obrando exactamente como Dios la diseñó —cumpliendo Sus promesas y llevándonos a donde quiera que queramos llegar—.

    ¡Todo el tiempo! ¡En cada momento! ¡Sin falta!

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición agosto 2014, página 4

  • Edición Digital de Agosto 2014

    Ya puedes disfrutar la edición del mes de agosto en formato digital.
    Esperamos que te llene de gozo y esperanza – La producimos con mucho amor para con todos ustedes.
    Bendiciones desde Texas.

  • Cómo cosechar tu cosecha (por Pastor George Pearsons)

    7-14_georgeÉsa era una palabra que no estaba esperando.

    El día 28 de Septiembre de 1999, el hermano Keith Moore estaba en nuestra iglesia como un predicador invitado. Se dirigió hacia la tarima y empezó a declarar una palabra del Señor para nuestra congregación.

    A través del hermano Keith, el Señor nos dejó saber que estaba bendecido con nuestras ofrendas, pero que estaba triste y molesto porque no estábamos cosechando. ¡Ay… Ay!

    Por medio del hermano Keith, el Señor nos informó que de una u otra manera algunos en la congregación estaban desilusionados, enojados con Él, preguntándose “¿Cuánto más puedo dar?”

    Pero aquí estaba la respuesta. El Señor dijo: Piensas que estás esperando en mí. Piensas que cosechar es algo automático. Piensas que una vez que pones el dinero todo queda en mis manos. Eso es ignorancia y confusión. Te reto a oír la palabra del Señor y a decir: “No sólo soy un buen dador, también soy un buen cosechador. Y voy a convertirme en un muy buen cosechador.”

    Esa noche me tomé el reto seriamente. Y decidí que nos íbamos a convertir en “muy buenos” cosechadores.

    La primera cosa que hice fue ordenar una colección de enseñanzas del hermano Moore llamada las reglas de la cosecha. Escuché esos mensajes una y otra vez. Tomé notas y revisé cada escritura. En menos de un mes,  enseñé un seminario de tres días basado en este mensaje. Desde ese momento mi vida y la vida de nuestra iglesia comenzaron a cambiar. Esta palabra revolucionó nuestro pensamiento. Cosechar nuestra cosecha era la parte en la que estábamos fallando — una clave importante que abre la puerta para el incremento. Cada vez que recibíamos la ofrenda, llamábamos la cosecha. Estábamos determinados a convertirnos en muy buenos cosechadores.

    Cosechar no es algo automático

    Considera el granjero que invierte tiempo y dinero sembrando semillas. Luego, al momento de cosechar, simplemente se sienta en el frente de su casa y mira el campo. Nuestra respuesta a una situación de ese tipo sería: “Eso es una locura”. Pero desafortunadamente, ésa es la manera que algunos cristianos piensan. Muchos están durmiendo en tiempo de cosecha. Proverbios 10:5 en la versión Nueva traducción viviente dice: “El joven sabio cosecha durante el verano pero el que duerme durante tiempo de cosecha es una desgracia”. Muchos plantan su semilla y sólo esperan que Dios recoja su cosecha. Ésa no es la forma en que funciona. Una cosecha no se tralada por sí misma a los graneros. Alguien tiene que salir y cosecharla. ¡Ese alguien somos nosotros!

    Marcos 4:26-29 nos confirma que la cosecha es nuestra responsabilidad. Jesús dijo también: «El reino de Dios es como cuando un hombre arroja semilla sobre la tierra: ya sea que él duerma o esté despierto, de día y de noche la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo. Y es que la tierra da fruto por sí misma: primero sale una hierba, luego la espiga, y después el grano se llena en la espiga;  y cuando el grano madura, enseguida se mete la hoz, porque ya es tiempo de cosechar.»

    Sé que no estabas esperándolo, pero aquí tienes un examen de lo que acabas de leer. Y vas a pasarlo fácilmente — te estoy dando las respuestas.

    ¿Quién hizo la siembra? (el hombre).

    ¿Quién hizo que crezca? (Dios).

    ¿Quién recogió la cosecha? (el hombre).

    En el devocional diario “Crezcamos de Fe en Fe” por Kenneth y Gloria Copeland del día 9 de Julio, el hermano Copeland escribe: “Jesús comparó el reino de Dios con plantar una semilla y recoger la cosecha. Es un concepto simple. Uno que todos entendemos. ¿Por qué, entonces no todos estamos produciendo cosechas cada temporada? Porque estamos sentados esperando que Dios haga todo el trabajo.”

    Fuimos creados para cosechar

    Al comienzo de este año Gloria Copeland y yo invertimos dos semanas en el programa “La Voz de Victoria del Creyente” enseñando sobre este tema: Cómo recoger tu cosecha. Si te perdiste alguna de esas enseñanzas que estuvieron al aire durante el mes de Mayo, te invito a visitar el sitio web de KCM y encontrar esos 10 días de programación en los archivos y mirarlos. Te ayudarán a renovar tu mente en cuanto a la importancia de recoger tu cosecha.

    Durante las grabaciones, Gloria y yo hablamos del hecho de que Dios creó a Adán para cosechar. Génesis 2:15 dice: «Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara.»

    Eso definitivamente incluye sembrar y cosechar. Al leer Génesis 8:22, determinamos que sembrar y cosechar no han pasado de moda.

    Luego Gloria dijo algo que yo nunca había escuchado.

    Ella declaró: “todavía tenemos el gen de cosechar; está en nuestro ADN.”

    Dios nos creó para cosechar. Esto es lo que LA BENDICIÓN nos ha capacitado para hacer. Todavía tenemos dentro nuestro lo necesario para recoger una cosecha de cada buena semilla que sembremos.

    Aquí tienes otro ejemplo. Mira en Mateo 6:26: «Miren las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y el Padre celestial las alimenta. ¿Acaso no valen ustedes mucho más que ellas?»

    Mientras meditaba en esa escritura, le pregunte al Señor porqué nosotros somos mejores que los pájaros. Sin ninguna duda me respondió: “Porque tú fuiste creado para sembrar y cosechar, y ellos no.” Piénsalo; tú y yo fuimos creados por Dios para sembrar nuestra semilla, recoger nuestra cosecha, y almacenarla en graneros. Pero es importante que nunca jamás olvides el propósito de cosechar: “Nuestra motivación para acumular es distribuir.”

    Cómo cosechar tu cosecha

    Una vez escuché a un predicador que estaba teniendo problemas financieros. Físicamente, él estaba bien y fornido. Experimentaba poderosas manifestaciones del Espíritu en sus reuniones y su ministerio estaba creciendo rápidamente. La única área en la que tenía problemas era la financiera. A pesar de que diezmaba y sembraba, no estaba viendo los resultados que deseaba y necesitaba. Decidió que ayunaría y oraría. El buscó al Señor para descubrir porqué estaba teniendo tanta dificultad financiera. Como resultado de este tiempo de retiro, el Señor le mostró que tenía que recibir sus finanzas de la misma manera que recibía su sanidad — por fe. En otras palabras, le dijo: “llama a tu cosecha.”

    ¿Cómo lo hacemos? Llamamos nuestra cosecha con nuestras palabras de Fe.

    Isaías 41:15 dice: «Serás un nuevo instrumento para trillar, con muchos dientes afilados. Despedazarás a tus enemigos, convirtiendo a los montes en paja.» (NTV).

    La palabra dientes en el Hebreo es la palabra bocas. Nuestras bocas están diseñadas por Dios para ser cosechadoras poderosas — Las cosechadoras son máquinas usadas en los campos para recoger la cosecha.

    Gloria mencionó algo durante ese programa concerniente a la diferencia entre una cosecha natural y una cosecha espiritual. Ella dijo que la cosecha natural está sujeta a temporadas: depende de las estaciones climáticas. Por el contrario, una cosecha espiritual es continua; no depende del clima o de la economía. Se produce durante todo el año.

    El reino de los cielos está siempre aumentando sin importar las circunstancias. Leamos Jeremías 17:7-8: «Pero bendito el hombre que confía en mí, que soy el Señor, y que en mí pone su confianza. Ese hombre es como un árbol plantado junto a los arroyos; echa sus raíces junto a las corrientes, y no se da cuenta cuando llega el calor; sus hojas siempre están verdes, y en los años de sequía no se marchita ni deja de dar fruto.»

    De hecho, nosotros podemos llegar a un punto en nuestras vidas en el que estamos cosechando todo el tiempo.

    ¡Piensa en la cosecha!

    Considera lo que dijo el hermano Copeland hace algunos años en un artículo que escribió, titulado: “Pon tu mente en la cosecha” Él dijo: “Si no has pensado antes acerca de ti mismo como un cosechador, empieza a pensar de ti mismo de esa manera. Renueva tu mente en la verdad de la PALABRA de Dios. Atrévete a creer que el SEÑOR de la cosecha está llamándote — sí, a ti — para ayudarlo a traer en el final de los tiempos la cosecha. Él te está diciendo: “hasta ahora, me has conocido como el SEÑOR sobre tu cosecha. Me has conocido como el proveedor de tu pan. Pero, quiero que ahora me conozcas como EL SEÑOR y el ministro de la cosecha”

    Cosechador, no esperes un minuto más. Abre tu boca — tu combinación espiritual — y llama a tu cosecha. Como Joel 3:3 dice: «¡Echen mano a la hoz, que la mies ya está madura! ¡Vengan acá, que el lagar está rebosante!»

    “Padre, Me comprometo a ser un buen sembrador y un buen cosechador. Veo en tu Palabra que cosechar es mi responsabilidad. Por medio de mis palabras de fe, cosecharé completamente la cosecha de las semillas que he sembrado. Cosechas: les ordeno venir a mí. Me rehuso a retroceder y entristecerme. Me mantendré fuerte en fe. Tomo mi retorno del ciento por ciento para mi cosecha. Satanás, quita tus manos de mi cosecha. Ángeles, vayan y tráiganmela en el Nombre de Jesús.”

    ¡Alabado sea Dios! No sólo somos buenos dadores. Somos buenos cosechadores. Y juntos vamos a convertirnos en… ¡muy buenos cosechadores!

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición julio 2014, página 22

  • Nada que temer (por Gloria Copeland)

    7-14_gloriaPoco tiempo después del atentado terrorista a los Estados Unidos de América de Septiembre 11 del 2011 Kenneth y yo viajamos a Europa a predicar. Mientras estábamos allí abrí un periódico Inglés en el que leí un artículo muy peculiar. Al comienzo no podía entender porqué lo imprimieron.

    ¡Este artículo trataba completamente sobre plagas! Hablaba de la peste bubónica, y toda otra clase de plagas que habían azotado la humanidad durante los siglos. Explicaba cuanta gente había muerto, el tiempo que una persona podía vivir después de haber sido expuesta y la sintomatología. Era tan grande la cantidad de detalles que cubría media página entera.

    Para cuando terminé de leerlo estaba asqueada y perpleja. Me preguntaba: ¿Qué cosa buena podría producir en alguien tal información?

    Tiempo después, la respuesta vino a mí. El artículo intentaba preparar a la gente ante la posibilidad de una guerra biológica. Fue una revelación chocante. Quien hubiera pensando 30 o 40 años atrás que tendríamos que estar de cara ante tal amenaza. ¿Quién lo podría haber anticipado, y mucho más estar preparado para algo así — el día en que enfermedades podrían ser usadas como armas de destrucción masiva?

    Te diré quién ya lo sabía: ¡Nuestro maravilloso y poderoso Dios! El no solamente sabía que seríamos amenazados por cosas como la guerra biológica, sino que también preparó un antídoto.

    Cientos de años atrás, cuando la gente todavía peleaba guerras con rocas y lanzas, Dios nos dio una Biblia llena de promesas tan poderosas que pueden protegernos de cualquier daño que pudiera existir. Él nos provee un refugio que es más grande que cualquier arma de destrucción masiva que el enemigo pueda crear.

    Cuando estamos en ese refugio, estamos completamente seguros. Nada peligroso puede tocarnos. El Salmo 91 lo asegura, y dice así: “El que habita al abrigo del Altísimo (Cuyo poder ningún enemigo puede soportar) y se acoge a la sombra del Omnipotente, dice al Señor: «Tú eres mi esperanza, mi Dios, ¡el castillo en el que pongo mi confianza!» El Señor te librará de las trampas del cazador; te librará de la peste destructora.” (Versículos 1-3, AMP)

    En mi Biblia al lado de las palabras “peste destructora” escribí las palabras “guerra biológica” para sirmpre recordar que Dios puede librarnos de enfermedades y plagas de toda clase — aún de las creadas en un tubo de ensayo. La verdad es que Dios es tan grande que los impíos no pueden inventar ningún poder que Él no pueda manejar. Y de cara a lo peor que ellos pudieran hacer,  ¡Su verdad es un escudo protector! para aquellos que creen en Él. (Versículo 4, AMP)

    ¡Hablando de la seguridad que incluye todo! El escudo protector de Dios es mejor que cualquier clase de seguridad policial en la tierra. De acuerdo con los estudios Hebreos, este tipo de escudo (como el de la policía) provee tres capas de protección: en el frente y en ambos lados; mientras que el escudo protector que está descrito en el Salmo 91 por la palabra hebrea significa “círculo”, y envuelve todo su alrededor. Eso significa que cuando estás usando la armadura de Dios, estás completamente rodeado por su poder admirable. Estás viviendo adentro de un círculo sobrenatural de protección.

    No es de extrañar entonces lo que dice el Salmo 91:5-12:

    «No tendrás temor de los terrores nocturnos, ni de las flechas lanzadas de día; no temerás a la peste que ronda en la oscuridad, ni a la mortandad que destruye a pleno sol. A tu izquierda caerán mil, y a tu derecha caerán diez mil, pero a ti no te alcanzará la mortandad. ¡Tú lo verás con tus propios ojos! ¡Tú verás a los impíos recibir su merecido! Por haber puesto al Señor por tu esperanza, por poner al Altísimo como tu protector, no te sobrevendrá ningún mal, ni plaga alguna tocará tu casa. El Señor mandará sus ángeles a ti, para que te cuiden en todos tus caminos. Ellos te llevarán en sus brazos, y no tropezarán tus pies con ninguna piedra.»

    Piénsalo: cuando estás en el refugio de Dios, tienes guardias de seguridad contigo todo el tiempo. Tienes ángeles, las mejores tropas del Altísimo, escoltándote a cualquier lugar al que vayas. Si necesitan ayuda para mantenerte seguro, Dios enviará refuerzos porque El personalmente hizo esta promesa a toda persona que lo ama.

    «Él me invocará, y yo le responderé; estaré con él en medio de la angustia. Yo lo pondré a salvo y lo glorificaré. Le concederé muchos años de vida, y
    le daré a conocer mi salvación.» (Salmos 91:15-16)

    No vayas al cielo antes de tiempo

    Gloria a Dios, esta maravillosa protección divina es nuestra simplemente porque estamos en Jesucristo. Nos pertenece porque El pagó por ella con su preciosa Sangre. Pero, es importante que recordemos que no cae sobre nosotros automáticamente sólo porque nacimos de nuevo. Como todo otro beneficio de la salvación, si queremos experimentarla debemos alcanzarla y recibirla por fe.

    Debemos ser como David cuando escribió en los Salmos 144:1-2: «¡Bendito seas, Señor, mi roca! Tú me entrenas para la batalla; fortaleces mis manos para el combate.  Tú eres mi castillo de misericordia, mi fortaleza, mi libertador; eres mi escudo, y en ti me refugio.»

    Nota que David no solamente estuvo de acuerdo silenciosamente con la promesa del Salmo 91. El no solamente lo leyó y deseó que todo estuviera bien, sino que con seguridad y valentía dijo: “me refugio en Dios”

    Esto también es lo que nosotros tenemos que hacer — y ¡debemos hacerlo por fe! Si no lo hacemos, seremos como cualquier otra persona en este mundo. Estaremos sujetos a los mismos peligros que los no creyentes. Aunque aún así iremos al cielo después de morir, lo haremos antes de lo que teníamos planeado.

    Yo no quiero que esto me pase, ¿Y tú?

    Por supuesto que no, quieres disfrutar de una vida larga y satisfactoria. Quieres vivir el número completo de tus días dentro de ese círculo de protección de Dios.

    “Pero, Gloria”, podrías decir, “¿Cómo puedo estar seguro de que estoy viviendo dentro de ese círculo?

    ¿Cómo puedo saber que he tomado por fe refugio en Dios?”

    Mira nuevamente los versículos que leímos en los Salmos 91 y verás que hay 3 requisitos primordiales:

    Primero, debes ser como la persona del versículo 1: “El que habita al abrigo del Altísimo” Ésta no es la descripción de alguien que fue salvo hace 5 años y nunca ha estado en la iglesia o ha hecho algo para buscar de Dios desde entonces. No es la figura de alguien que está desobedeciendo a Dios y corriendo detrás del mundo.

    No, ésta es una persona que con propósito se pone a sí misma bajo la autoridad de Dios. Es alguien que camina en toda la luz que tiene y busca continuamente por más luz. El que habita en el lugar secreto es el cristiano que encuentra lo que la Palabra de Dios dice, lo cree y lo obedece.

    Si no estás viviendo así, haz un cambio. Arrepiéntete y recibe el perdón de Dios por las cosas que has hecho mal. Haz un compromiso de obedecerlo y lee tú Biblia todos los días para que así encuentres y sepas lo que Él quiere que hagas. Es muy importante que mientras la luz de la Palabra te revele cosas en tu vida que no son agradables a Él, hagas los cambios necesarios.

    A pesar de que he estado caminando con Dios por medio siglo, todavía tengo que hacerlo. Tengo que dejar que la Palabra me corrija. Por eso soy diligente en leer mi Biblia. Me mantiene en el camino correcto. Me dice cómo vivir. Me ayuda a evitar situaciones no placenteras y hasta peligrosas. Y se que hará lo mismo por ti. La Palabra de Dios en tu corazón y tu boca te trae seguridad en cada situación.

    Tu liberación y tus palabras están conectadas

    El segundo elemento que está conectado para recibir la protección de Dios lo encontramos en el versículo 2: “diré al Señor: «Tú eres mi esperanza, mi Dios, ¡mi castillo y mi fortaleza! En Él me apoyo y dependo confiadamente»” (AMP)

    De acuerdo a este versículo, no es solamente lo que crees lo que importa, también es lo que dices. Cuando hablas palabra de fe acerca de Dios siendo tu refugio, «El Señor te librará» (versículo 3).

    ¿Por qué tus palabras y tu liberación del peligro están conectadas? Porque, como Proverbios 8:21 lo dice: «La muerte y la vida están en poder de la lengua…» (RVR1960) ¡Obtienes lo que dices!

    En Marcos 11:23 Jesús lo dijo de esta manera: «Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho.»

    Nunca olvidaré la primera vez que la verdad de esa escritura me alcanzó. Fue años atrás cuando Kenneth empezaba a predicar. Yo escuchaba un audio de Kenneth E.  Hagin llamado “Puedes tener lo que dices”

    De repente, el Señor habló a mi espíritu y me dijo: “En la consistencia radica el poder.”

    Fue ahí cuando la revelación me golpeó: Si quiero ver las promesas manifestadas en mi vida, no puedo solamente hablar Su Palabra cuando oro. ¡Debo hablar en fe todo el tiempo! Debo decir únicamente ¡lo que quiero que pase!

    Esa revelación cambio mi vida. Hasta ese momento había estado operando como la mayoría de la gente. Cuando estaba en problemas, hablaba de ellos, hablaba de lo mal que las cosas estaban. Pero la fe no puede hacer lo mismo. No puedo hablar del problema. La fe habla (declara) la respuesta.

    No puedes hablar de miedo y al mismo tiempo estar en fe.

    Cuando estás caminando en fe por protección, no puedes ir por ahí diciendo: “Estoy asustado de los ataques terroristas. Tengo miedo de morir joven. Temo que me de cáncer…” Debes decir lo que quieres que pase. Debes decir cosas como: “Dios me librará de todo peligro, Él es mi refugio y mi  fortaleza. Ningún mal vendrá cerca mío y ninguna plaga o calamidad se acercará a mi familia”

    Si accidentalmente resbalas y dejas que palabras de incredulidad salgan de tu boca, repréndelas. Llámalas de regreso y di: “Reprendo esas palabras tontas, no son lo que creo; creo que mi familia y yo estamos rodeadas por la armadura de Dios. Estamos seguros en el Nombre de Jesús”

    Personalmente, hago declaraciones de fe cada día. Cada mañana cuando oro, hablo el círculo de la BENDICIÓN y protección de Dios alrededor mío y de Kenneth, nuestros hijos, nietos y biznietos. Te aliento a hacer lo mismo. Hay mucha maldad en el mundo. La gente afuera esta enloquecida, asesinando, robando y destruyendo. ¡Es peligroso, si no estás armado con la armadura de Dios! Así que empieza orando palabras llenas de fe como las del Salmo 91.

    ¡Agarra tu pistola de la fe y dispara!

    Cuando habitas en el lugar secreto del altísimo Dios y continuamente habla palabras de fe acerca de su protección, el tercer elemento listado en el Salmo 91 caerá en su lugar:

    “No tendrás temor” (versículo 5)

    De nada.

    ¿Por qué es importante que no estés asustado o temeroso? Porque la fe y el miedo no trabajan juntos. O tienes uno, o tienes el otro. Si permites el miedo en tu vida, abrirás la puerta al diablo en la misma forma en la que la fe le abre la puerta a Dios. Te robará tu seguridad sobrenatural. Así que decídete a no darle ningún lugar al miedo en tu vida. Determina  destruir cualquier reminiscencia de temor antes de que pueda entrar en tu boca o en tu corazón.

    Puede sonar gracioso, pero personalmente, trato al miedo en la misma forma en que trato a los apestosos armadillos que intentan esconderse afuera del patio de la cabaña que Kenneth y yo tenemos en Arkansas. ¡Esos armadillos son pequeños diablos! Intentarán destruir mis jardines y acabar con mis hermosas flores y arbustos. Así que estoy en guerra con ellos.

    Si me despierto en la madrugada y pienso que escuché alguno cavando y rasguñando, no sólo me quedo acostada escuchando. Me levanto de la cama y camino en puntillas hacia la puerta para ver que está pasando. Una vez que verifico que es un armadillo, despierto a Ken.

    “Agarra tu pistola” le digo.

    A Kenneth no le importan los armadillos — o las flores o arbustos — pero yo le importo y el cuida de mí. Así que tomará su arma y saldrá a la entrada en su pijama mientras yo le sigo por detrás. Lucimos como la abuela y Jed Clampett al estar ahí afuera, pero hacemos el trabajo. Nos deshacemos de los armadillos.

    Puedes hacer la misma cosa en lo concerniente al miedo. La próxima vez que levante su horrible cabeza en tu vida, trátalo como el ladrón espiritual que realmente es. En vez de sólo sentarte mientras el cava y rasguña alrededor de tu jardín de la fe, ponte agresivo y ve detrás de él.

    Carga tu pistola espiritual con la Palabra de Dios. Busca por escrituras acerca de protección divina y léelas todos los días hasta que puedas dispararle y matar cualquier cosa; desde la gripe porcina hasta la guerra biológica. Pon el Salmo 91 en tu corazón hasta que sin duda alguna y sin importar qué pase en este mundo loco, tu estés completamente seguro.

    Si haces estas cosas, no hay peligro que pueda tocarte. Estarás rodeado por el impenetrable círculo de la protección sobrenatural de Dios. Realmente no tendrás nada que temer.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición julio 2014, página 26