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  • Permanece firme en tus sueños (por Gloria Copeland)

    6-14_gloriaLos creyentes deberíamos ser famosos por soñar en grande.

    Como hijos amados del Dios todopoderoso, y en posesión de una Biblia llena de promesas, deberíamos vivir con una gran sonrisa en nuestro rostro todo el tiempo, a la expectativa de que algo bueno nos suceda. Deberíamos vivir tan llenos de la Palabra, y tan llenos de visiones inspiradas por el Espíritu Santo acerca de nuestro futuro, que al entrar en cualquier lugar las personas debieran decir lo mismo que decían los hermanos de José en el Antiguo Testamento: «¡Aquí viene el soñador!» (Génesis 37:19, NTV).

    No sé si alguna vez se ha dicho eso de Kenneth o de mí, pero estoy segura de que se han expresado cosas parecidas porque hemos tenido grandes sueños en Dios por más de 45 años. Y desde que descubrimos cómo vivir por fe en la Palabra, hemos mantenido grandes expectativas.

    Toma como ejemplo lo que nosotros esperábamos obtener al inicio de nuestro ministerio en 1967. En ese año, el Señor le dijo a Kenneth que predicara la Palabra no adulterada, desde la cima más alta hasta el valle más profundo y a todos los confines de la tierra. Ken aceptó ese llamado, y desde ese entonces, es lo que hacemos.

    No importa que en aquella época estuviéramos en la quiebra, y que Ken no tuviera ni una sola invitación para predicar. Éramos soñadores de fe. Nos vimos como un ministerio internacional antes de tener el dinero suficiente para salir de nuestra ciudad.

    Además de nuestros sueños de ministerio, también comenzamos a tener sueños en lo natural. Yo siempre soñé con tener una casa propia, una que satisfaciera los deseos de mi corazón. Hablando en lo natural, parecía que eso jamás iba a suceder —en especial porque Kenneth y yo habíamos hecho el compromiso ante Dios de no pedir dinero prestado—. Pero aún así, me negué a renunciar a mi sueño.

    Con el paso de los años, mientras esperaba que mi sueño se cumpliera, el Señor cuidó bien de nosotros. Nunca vivimos en la calle, Dios siempre nos proveyó buenas casas para vivir, y yo las valoré. Pero porque nunca renuncié a mi sueño, llegó el día en que nos mudamos a la casa de mis sueños —y sin pedir dinero prestado.

    ¡Qué gran bendición ha sido esa casa! Estoy tan agradecida con Dios por ella. Sin embargo, pude haber renunciado fácilmente a mi sueño.

    Si le hubiera creído a Dios por diez años, y después hubiera dicho: “Si en realidad fuera a recibir esa casa, debería tenerla en este momento”. El resultado habría sido muy diferente. Si hubiera renunciado a mi sueño y hubiera desechado la Palabra sobre la cual permanecí firme por esa casa, quizá hoy estaría viviendo en una casa rentada.

    Pero alabado sea el Señor, no renuncié. Me aferré a mi sueño y seguí creyendo. Decidí que mi sueño era valioso.

    Y el tuyo también lo es.

    Por tanto, no te desanimes si le has estado creyendo a Dios por algo durante un tiempo y aún no has visto los resultados. No renuncies a tus sueños sólo porque están tardando más tiempo del que esperabas. Si tus sueños están basados en la Palabra de Dios, y si permaneces firme en el programa de la fe, puedes estar seguro de que Dios estará trabajando en ellos. Él está haciendo que tus sueños se cumplan, y cuando éstos se hagan realidad, te alegrarás.

    Primero enfócate en agradar a Dios

    Quizá digas: “Pero Gloria, no estoy seguro de saber con exactitud qué significa: ‘Permanecer firme en el programa de la fe’”.

    En realidad, es sencillo. El programa de la fe, es simplemente creer, confesar y obedecer la Palabra de Dios. Es disfrutar la vida de acuerdo con lo que está escrito en la Biblia.

    Pero no sólo me refiero a vivir de acuerdo con lo que la Palabra dice acerca de tus sueños (aunque eso es importante), sino también a apegarnos a lo que dice acerca de otras cosas. Por ejemplo, caminar en amor y en santidad. No podemos llevar una vida de perdición e inmoralidad, y creer sinceramente que Dios cumplirá nuestros sueños, pues desobedecerle a Dios en cualquier área debilitará nuestra fe. Como receptores sobrenaturales, el deseo de nuestro corazón debe ser, ante todo, agradar a Dios. Todo lo demás debe ser secundario.

    Eso significa que no podemos escoger las escrituras que más nos gusten, y enfocarnos sólo en ellas. Por ejemplo, no debemos concentrarnos sólo en los versículos referentes a la prosperidad. Aunque es maravilloso prosperar (en especial si has vivido en escasez por algunos años), si deseas tener una fe fuerte, también debes ponerle atención a los versículos que hablan del diezmo y de la obediencia en cualquier área de la vida.

    En otras palabras, debes dedicarte a cumplir la voluntad de Dios en forma total, y seguir las instrucciones que se nos dan en Romanos 12:1-2: «Así que, hermanos, yo les ruego, por las misericordias de Dios, que se presenten ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. ¡Así es como se debe adorar a Dios! Y no adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto».

    Como personas de fe, no debemos conformarnos a este mundo, porque el mismo está tratando de irse al infierno bien rápido. Las personas que no conocen a Dios están colocando tanta basura frente a sus ojos y en sus oídos que apenas saben que todavía existen los diez mandamientos. Ven demasiados programas de televisión paganos y películas que piensan que vivir en pecado es la manera normal de vivir.

    Para nosotros como creyentes, el pecado no es normal. La santidad es normal. Obedecer a Dios y vivir por fe en Él es normal. Es por eso que otra parte vital del programa de la fe es invertir tiempo alimentando nuestro corazón y nuestra mente con la Palabra de Dios. En la Palabra se nos enseña cómo desea Dios que vivamos. Ahí encontramos promesas extremadamente grandiosas y preciosas, que nos hacen partícipes de Su naturaleza divina; y además, nos brinda el poder para escapar de la corrupción que hay en este mundo (2 Pedro 1:4).

    Y «la fe proviene del oír… la palabra de Dios» (Romanos 10:17). Por tanto, a medida que leemos y meditamos en la Palabra, nuestra fe se fortalece —y Dios necesita que tengamos fe para cumplir nuestros sueños—.

    La decisión es tuya

    La Biblia es verdaderamente un libro sobrenatural. No importa qué esté sucediendo en tu vida en cualquier momento, tú puedes abrir la Biblia todos los días, y el Espíritu de Dios te mostrará de inmediato las palabras que necesitas para llenarte de poder y sustentarte. Él te guiará hacia las escrituras que te llevarán hacia el cumplimiento de tus sueños.

    Sin embargo, aunque la Biblia sea muy importante para tu éxito, Dios no te obligará a leerla. Él te permitirá escoger tu propio nivel de fe. El Señor te permitirá profundizar en Su Palabra tanto como tú lo desees. Dependerá de cuánta atención le prestes —de cuánto mantengas esa Palabra frente a tus ojos y en tus oídos—, de cuánto la recibas, la creas y actúes de acuerdo con ella. Puedes tener una fe tan fuerte como para convertir tu más grande sueño en una realidad, o  puedes cojear todo el camino con solamente la suficiente fe para llegar al cielo.

    Como Dios dijo en Deuteronomio 30:14-16: “La palabra está cerca de ti, en tu boca, en tu mente y en tu corazón; a fin de que puedas escucharla. Hoy, he puesto delante de ti la vida y el bien, y la muerte y el mal. (Si obedeces los mandamientos del Señor tu Dios los cuales) Yo te mando hoy, que ames al Señor tu Dios, que andes en Sus caminos, y que guardes Sus mandamientos, Sus estatutos y Sus ordenanzas; entonces vivirás y te multiplicarás, y el Señor tu Dios te bendecirá” (AMP).

    Un aspecto importante de Dios, es que Él no titubea. Él dice las cosas como son: Tenemos una opción. Dios nos ha dado Su Palabra, y a través de ésta, Él ha puesto delante de nosotros la vida y el bien, la bendición y la maldición. Ahora, depende de nosotros decidir qué haremos al respecto. ¿Cuál será tu elección?

    No sé tú, pero cuando fui salva, estaba cansada de hacer las cosas a mi manera, y anhelaba hacer las cosas a la manera de Dios. Aunque era joven, estaba desesperada, y Kenneth también lo estaba. Ambos estábamos cansados de vivir sin dinero, de dormir en una cama plegable alquilada, de cocinar papas en una cafetera, y de ver una pila de facturas de gastos por pagar.

    Queríamos salir de esa situación. Queríamos salir de la escasez. Queríamos un automóvil decente —uno que en realidad nos llevara a donde queríamos ir—. ¡Teníamos el sueño de ser BENDECIDOS!

    Por tanto, cuando leímos en esos versículos que sólo debíamos creer y obedecer la Palabra de Dios para recibir LA BENDICIÓN, nos lanzamos de lleno a la piscina; y nos sumergimos por completo en la Palabra.

    No nos sentíamos satisfechos con sólo asistir a la iglesia y escuchar un sermón una vez a la semana. Invertíamos tiempo leyendo la Palabra todos los días. De contínuo buscábamos versículos y escuchábamos los consejos del Espíritu Santo, a fin de descubrir lo que Dios deseaba que hiciéramos.

    Da el siguiente paso

    ¡Jamás olvidaré esos primeros días en la Palabra! Una de las primeras cosas que el Señor nos mostró fue que nos mudáramos a Tulsa para que Kenneth estudiara en Oral Roberts University. Hasta este día, ése ha sido uno de los más grandes pasos de fe que Dios nos ha pedido.

    En ese entonces, no sabíamos nada acerca de cómo vivir a la manera de Dios. Pero lo que sí sabíamos era que teníamos hijos pequeños, estábamos sin dinero y sin idea de cómo sobreviviríamos financieramente si Kenneth iba a la universidad.

    Dios tampoco nos mostró todo el plan. De hecho, rara vez lo hace. Y casi nunca cide: “Si cumples con esto, Yo haré esto otro, y obtendrás este maravilloso resultado”. No, la mayoría de las veces Él sólo te dará una indicación para llevar a cabo algo, y no te explicará todo lo bueno que sucederá si das ese siguiente paso. Por esa razón, se llama: “Vivir por fe”.

    Si Dios nos hubiera dicho con anticipación: “Vayan a Tulsa, Oral Roberts contratará a Kenneth para ser su piloto y, personalmente, lo preparará para el ministerio. Luego conocerán a Kenneth E. Hagin y serán más bendecidos en cada área de su vida de lo que hayan podido soñar”. Nos habríamos inscrito lo más rápido posible. Pero no nos habló de ninguno de esos beneficios.

    El Señor esperaba que lo conociéramos lo suficiente, por medio de la lectura de Su Palabra escrita, a fin de que aprendiéramos a confiar en Él. Dios estuvo a la expectativa de que lleváramos a cabo cualquier cosa que nos indicara, sólo porque en la Biblia se nos dice que al hacer cualquier cosa que Él nos guia, es donde encontraremos LAS BENDICIONES.

    Aunque nos tomó un tiempo, al final obedecimos. Subimos nuestros muebles viejos y de segunda mano en un pequeño remolque, subimos a los niños al automóvil y manejamos a Oklahoma. ¡Apenas teníamos el dinero suficiente para echar combustible para llegar!

    Cuando llegamos a Tulsa, los obstáculos que enfrentamos parecían insuperables. No teníamos idea de cómo vencerlos. Rentamos una casa en mal estado (si mal no recuerdo, pagábamos USD $115 al mes). Tenía las paredes color marrón con pintura descascarada. Se parecía tanto a un basurero que no pude desempacar por dos semanas.

    Esa casa estaba muy lejos de ser la casa de mis sueños. Sin embargo, Dios nos proveyó cada una de las cosas que fuimos necesitando. Comenzó por enseñarnos a vivir por fe en Su Palabra, y hoy día, aún vivimos conforme a lo que aprendimos en ese tiempo.

    Incluso creo que no estaríamos donde estamos ahora, si no hubiéramos hecho esa mudanza años atrás. Quizá estaríamos en el ministerio, pero no viviríamos en la perfecta voluntad de Dios. Y tampoco habríamos visto el cumplimiento de algunos de nuestros sueños espirituales. ¿Por qué? Porque para nosotros, permanecer firme en el programa de la fe donde se encontraban esos sueños, implicaba dar el siguiente paso, el cual era ir a Tulsa.

    Con el paso de los años, una y otra vez, hemos hecho lo mismo en diferentes ocasiones. Hemos repetido el mismo procedimiento, pues es así como funciona el programa de la fe. Es así como los sueños que Dios te da se hacen realidad; no sólo para Kenneth y para mí, pero también para ti.

    Así que ¡Persevera en el programa! Sin importar cuánto debas esperar para ver tus sueños cumplirse, no renuncies a ellos. No creas por ellos sólo por algunos meses o por unos años, para luego darte por vencido, diciendo: “Me rindo, nada está sucediendo”.

    Siempre mantén grandes expectativas. Mantén tu corazón enfocado en agradar a Dios por sobre todas las cosas. Fielmente invierte tiempo en Su Palabra, edifica tu fe y descubre qué desea Él que hagas en cada área de tu vida. Luego, si recibes en tu corazón alguna instrucción de parte de Dios, no trates de razonar  cómo se llevará a cabo en lo natural, sólo da el siguiente paso.

    Haz cualquier cosa que el Señor te diga, pues allí se encuentra LA BENDICIÓN. Allí es donde se encuentra tu provisión. Ése es el lugar donde, uno de estos días, te encontrarás viviendo tus propios sueños.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 27

  • Invierte tiempo en el trono (por Jesse Duplantis)

    6-14_jesseLa gente frecuentemente me dice: “Hermano Jesse, tú tienes una relación extraordinariamente única con Dios, ¿Por qué es así?”.

    Pienso que ellos están esperando una gran respuesta filosófica, pero, esa no es la respuesta que les doy. Simplemente les digo lo que te estoy diciendo a ti: “Le dedico tiempo a Dios. Invierto tiempo en el trono”.

    Amo estar con Dios, y cuando estamos a solas le pregunto: ¿Cuáles son tus deseos (aspiraciones) Señor?, ¿Dios, qué quieres hacer hoy?. Hablo con Él, y le pregunto cómo se siente.

    Conozco muy bien a Dios e invierto tanto tiempo en comunión íntima con Él ante Su trono que puedo percibir cuando Él no se siente bien. Por ejemplo: el otro día entré a mi oficina para mi estudio bíblico y charlar por un momento con el Señor, y me di cuenta que algo estaba mal. Así que le pregunté: “¿Señor, pasa algo malo?”.

    “Así es… tú me conoces Jesse”, me respondió.

    Y le pregunté: “¿Qué pasa Señor?”.

    «Mi pueblo me ha desobedecido hoy», respondió.

    Percibí que estaba herido de la misma forma que sé cuando mi esposa Cathy se siente herida, pues lo conozco. He pasado muchas horas junto a Él; lo he escuchado reírse, hablar, y hasta ha compartido secretos conmigo.

    Ahora, me imagino que estos comentarios te pueden molestar, o ciertamente indignar a algunos teólogos. Sin embargo, ese mismo tipo de relación íntima está disponible para cualquier persona que invierta tiempo en el trono.

    No tendrás ese tipo de experiencias sentado en una banca de la iglesia, porque que estás muy ocupado aprendiendo acerca de Dios. Ese es tiempo de enseñanza. La iglesia es donde tú aprendes acerca de Dios  para hacer Su voluntad, obedecer Sus mandamientos y seguir Sus estatutos en la Tierra. Sin embargo, el tiempo invertido en el trono no es lo mismo que ir a la iglesia. Muy a menudo, las personas lo mal interpretan: piensan que como ya fueron a la iglesia o asistieron a una reunión especial, están pasando tiempo de calidad con Dios. No; sólo pasaron tiempo con un maestro de Dios —y no tiempo de calidad con Dios mismo—. Por supuesto, puedes sentir la presencia de Dios en un servicio en la iglesia, y espero que así sea. También puedes correr, gritar y alabar a Dios en medio de la iglesia; no obstante, eso no califica como tiempo invertido en el trono.

    Cuando conociste por primera vez a tu mejor amigo, comenzaste a conocerlo poco a poco. Y mientras transcurrió el tiempo, empezaste a conocerlo mejor. Y eso también aplica a tu relación con Dios. Mientras desarrollas más intimidad con Él, comenzarás a conocerlo de una forma completamente nueva.

    Dios quiere tener comunión contigo

    Para hacer la voluntad de Dios sobre la Tierra, tienes que invertir tiempo en el trono; es decir, tener comunión con el Padre. Primera de Juan 1:3 dice: «Así que, lo que hemos visto y oído es lo que les anunciamos a ustedes, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Porque nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo». Juan, el discípulo amado, tenía comunión con Jesús. El montó en burros con Él. Cenó con Él. Incluso durmió en la misma casa que Jesús. Quizá pienses que Juan conocía en realidad al Señor. Sin embargo, existen tantas caras del Señor, que nunca las alcanzaremos a conocer y a comprender por completo.

    Nota la forma en la Juan que se expresó en sus escritos, cuando estuvo en la Isla de Patmos: «Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último…» (Apocalipsis 1:10-11).

    Juan dice: «Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor…», porque él nunca había visto o escuchado a Jesús de esa forma. También nos explica que lo vio en un trono alto y sublime, y que el borde de Sus vestiduras llenaba el templo. En ese momento, en ese día del Señor, Juan estaba teniendo comunión con Jesús. No era tiempo de enseñanza; era un tiempo a solas entre Juan y Jesús.

    Cuando estoy en el Espíritu, es un tiempo de comunión entre Jesse y Jesús. Yo digo: “Hola Jesús”, y Él me contesta: Hola Jesse. Una vez que experimentas tiempo en el trono, querrás invertir más tiempo en ese lugar.

    El tiempo invertido en el trono no está diseñado como una reunión de oración. En mi tiempo ante el trono, no le pido a Dios que conteste tal o cual oración, ni que supla alguna esta o aquella necesidad. Sólo voy delante del trono a hablar con Dios. A Él le gusta; y en medio de ese tiempo me revela respuestas a interrogantes que tengo en mi corazón y en mi mente. Se obtienen revelaciones poderosas durante el tiempo del trono —y no en el tiempo de la iglesia—. En la iglesia es donde aprendes acerca de las cosas de Dios para llevar a cabo Su misión. En cambio, el tiempo que inviertes en el trono es un buen rato entre tú y Dios, charlando juntos de lo que deseen.

    Rehúsate a estar confundido

    Cuando visitas el trono regularmente, vendrá claridad a tu mente. Muchas personas se confunden cuando Dios les da entendimiento, porque las verdades espirituales deben discernirse con el espíritu. En otras palabras, no puedes entender una verdad espiritual con tu intelecto. A medida que inviertas más tiempo en el trono y rechaces la confusión, tomarás decisiones sin siquiera debatirlas con Dios. Pues sabrás lo que debes hacer, y lo harás sin razonar o dudar.

    Éso nos sucedió a nosotros hace poco. Mientras me encontraba de viaje le pedí a Cathy que buscara un terreno con un buen edificio. Ella encontró una propiedad con un gran edificio que estaba valorado en un millón de dólares. Cuando me lo mostró, le dije; “¡Cathy, ése es un edificio que cuesta un millón de dólares!”.

    “Lo sé, pero podemos comprarlo por USD $250.000”, me respondió.

    Me reí, y le dije: “No podrías ni siquiera comprar el primer piso con esa cantidad”.

    Luego, escuché al Señor decirme que me quedara tranquilo porque Cathy estaba en una misión. Como puedes ver, Cathy había escuchado de Dios. Así que cuando habló con los dueños del edificio, ellos estaban muy ansiosos por venderlo, y acordaron venderlo en USD $250.000. Después de darme la noticia, Cathy me dijo: “Ahora entra a tu oficina, y ora por eso, porque tú eres el que tiene que pagar ese dinero”.

    Y así lo hice. Comencé a orar diciendo “Dios…” cuando de repente Él me interrumpió y dijo: «Jesse, tú puedes pagar USD $250.000, pero Yo pagaré USD $240.000».

    Al salir de mi oficina le di la noticia a Cathy, y ella mi dijo: “Eso es lo más absurdo que he escuchado. Entra a tu oficina, y ora otra vez”.

    “Mujer, eso fue lo que el Señor me dijo”, le respondí.

    “¿Y qué significa eso”, me preguntó.

    “No sé lo que significa, sólo cierra el trato”, le contesté.

    Cerramos el negocio con nuestro abogado y sólo quedaba una cosa por hacer —explicarle a los arrendatarios  de la propiedad que no renovaríamos sus contratos de alquiler. Compramos el edificio por USD $250.000, y resultó que luego de finalizadas las cuentas, los arrendatarios debían USD $10.000 de alquiler. Y después de que ellos nos pagaron ese monto, la cantidad que pagamos por el edificio y el terreno fue exactamente la misma cantidad que Dios había dicho —nosotros podíamos pagar USD $250.000, pero Él estaba pagando sólo USD $240.000—.

    Invertir tiempo en el trono trae como resultado una fe inquebrantable

    La primera vez que escuché a Dios decirme: “Tú puedes pagar USD $250.000, pero yo pagaré USD $240.000”, no tenía ningún sentido para mí. Sin embargo, estaba seguro que había escuchado a Dios, pues ya había invertido suficiente tiempo en el trono para reconocer Su voz. Y también porque tengo la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), la cual es una mente que piensa con claridad total. A medida que visites con más frecuencia el trono, tú también podrás experimentar ese mismo tipo de discernimiento. Cuando tú visitas el trono, no regresarás con ideas conflictivas  acerca de cómo afrontar la vida. Tantos cristianos tienen distintas formas de ver la vida. ¿Por qué? Porque no han invertido suficiente tiempo en el trono. Romanos 12:2 dice: «Y no adopten…sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto». Cuando invierto tiempo en el trono, no importa si Dios me pide que haga algo que parece imposible de alcanzar; lo haré pues no tengo pensamientos conflictivos. Mientras más tiempo inviertas en el trono, menos tiempo gastarás dudando.

    Por ese motivo no dudé cuando Dios me dijo: “Yo pagaré USD $240.000” por esa propiedad con ese hermoso edificio. Tenía fe que había escuchado correctamente, y tenía fe para creer que Él haría lo que había dicho. Ese tipo de confianza sólo la puedes obtener al invertir tiempo en el trono.

    Vivir dentro de la voluntad de Dios requiere de una fe inquebrantable. Cuando inviertes tiempo en Su trono no discutirás, sino que harás decisiones. Tu fe nunca vacila. Y saltarás del ámbito de sólo creer, al de saber; y una vez allí, tendrás la capacidad y el poder.

    Durante una de mis sesiones en el trono con Dios le pregunté: “¿Por qué tienes tantos nombres?”.

    Porque Soy muy grande, me contestó.

    Queria más asi que le pregunté “¿Podrías explicármelo de una forma más clara?”

    Entonces Él me respondió: Tengo muchas facetas que el cerebro humano no puede comprender, y la forma en que las enseño es a través de palabras. De esa manera, Mis hijos pueden tener un concepto de Mí, pues la mayoría de ellos nunca me visitan, sólo visitan mi casa.

    Aparta tiempo hoy para visitar a Dios en Su trono. Dedícale tiempo de calidad y sin interrupciones, de modo que puedas comenzar a vivir en la voluntad de Dios sobre la Tierra. Él está esperándote.

    Jesse Duplantis es presidente y fundador de los Ministerios Jesse Duplantis, con oficina central en Louisiana, y oficinas en el Reino Unido y Australia. Es uno de los autores de mayor venta de Libros y conductor de un programa televisivo que se transmite semanalmente. Para obtener materiales del ministerio y mayor información, escribe a: Jesse Duplantis Ministries, P.O. Box 1089, Destrehan, LA 70047, llama al teléfono 1-985-764-2000 o visita jdm.org.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 24

  • Joven, fuerte y Bendecido (por Kenneth Copeland)

    6-14_kennethSi estás interesado en permanecer joven, presta mucha atención a lo que voy a decirte. Porque voy a darte un secreto contra la vejez, el cual no sólo es efectivo, sino que proviene directo de la Biblia. Gloria y yo lo hemos practicado, y estamos viviendo en sus resultados.

    El año pasado cumplí 77 años, y me siento mejor que cuando tenía 20. Tengo tan buena vista que aún puedo volar aviones. Mi audición es buena. No tomo ningún medicamento y no tengo tiempo para estar enfermo. Pues estoy muy ocupado predicando por todo el mundo y disfrutando la vida con Jesús.

    Hace unos meses, otro predicador de fe y amigo de mucho tiempo, Stanley Black, quien tiene la misma edad que yo, estaba ministrando junto a mí en una reunión en Venezuela. Ambos decidimos que somos la antítesis de “hombres ancianos”, y nos pusimos de acuerdo con el salmo 103 que nos afirma que somos hombres de fe rejuvenecidos.

    Quizá digas: “Bueno Hermano Copeland, ésa es una actitud admirable. Pero ya sabemos cómo es el proceso. Al final, todos envejecemos y nos cansamos. Es algo inevitable”.

    No. Me rehuso a estar de acuerdo con esas declaraciones. De hecho, no he confesado algo como eso en 40 años. Y no porque no haya tenido la oportunidad. En años anteriores, hubo ocasiones en las que parecía que todo mi cuerpo me gritaba que estaba envejeciendo y agotándose.

    Hubo días en que mi espalda me lo decía… mis rodillas… y mi cabeza también. Pero cuando lo hicieron, no me senté a escucharlos, ¡sino que les respondí! Y les declaré el Salmo 103:2-5: «¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones! El Señor perdona todas tus maldades, y sana todas tus dolencias. El Señor te rescata de la muerte, y te colma de favores y de su misericordia. El Señor te sacia con los mejores alimentos para que renueves tus fuerzas, como el águila».

    Luego dije: Cuerpo, escúchame. ¡No soy un hombre anciano! Me rejuvenezco como el águila. Ése es uno de mis beneficios como hijo de Dios. Además, en Génesis 6:3, se afirma que los días del hombre sobre la Tierra serán 120 años, por tanto, ¡aún estoy en lo mejor de mi vida!

    He confesado palabras como ésas todos los días por décadas. ¿Por qué? Porque sé que cuando lo hago, cada célula de mi cuerpo, de mis huesos, de mis coyunturas, de mis ojos, e incluso de mi cabello, las escuchan.

    También responden cuando yo las declaro, porque yo no me inventé esas palabras, éstas provienen de mi Padre celestial.  Son Sus palabras y Su poder reside en ellas. Él las dijo a través de la Biblia, y las activa y revela en mí a través del Espíritu Santo. Y cuando las confieso, Él las respalda con Su poder y hace que pasen.

    Asi que ahí lo tienes. Ése es mi secreto. En pocas Palabras, ése es el secreto más efectivo contra el envejecimiento que alguien haya descubierto —y ésta es la mejor parte: Este secreto hará más que sólo mantenerte joven. Obrará en tus finanzas, en tus circunstancias, eliminará los efectos de la maldición que se mencionan en Deuteronomio 28 y hará que LA BENDICIÓN se manifieste en cada área de tu vida.

    El árbol que habló

    Alguien podría decir: “Bien, no comprendo cómo puede hacer alguna diferencia el hablarle a mis huesos, mis rodillas, mi dinero y a mis circunstancias. Después de todo, no pueden escuchar”.

    De acuerdo con Jesús, sí pueden escuchar.

    Por esa razón, en el Nuevo Testamento, en los relatos de los comienzos de Su ministerio terrenal, vemos con frecuencia que Él le habla a las cosas. Por ejemplo, la vez en que Él visitó la casa de Simón Pedro. Cuando llegó allí, y encontró a la suegra de Pedro enferma con una fiebre muy alta: «Él se inclinó hacia ella y reprendió a la fiebre, y la fiebre se le quitó. Al instante, ella se levantó y comenzó a atenderlos» (Lucas 4:39).

    Aunque la mayoría de las personas  se reirán de la idea de que la fiebre escucha, ésta claramente escuchó porque: «se le quitó. Al instante, ella se levantó y comenzó a atenderlos».

    En otra ocasión, encontramos a Jesús hablándole a los elementos naturales de la Tierra. Quizá recuerdes la historia. Jesús atravesaba el mar de Galilea con Sus discípulos, cuando:

    «…se levantó en el lago una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca, pero él dormía. Sus discípulos lo despertaron y le dijeron: «¡Señor, sálvanos, que estamos por naufragar!» Él les dijo: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» Entonces se levantó, reprendió al viento y a las aguas, y sobrevino una calma impresionante. Y esos hombres se quedaron asombrados, y decían: «¿Qué clase de hombre es éste, que hasta el viento y las aguas lo obedecen?» (Mateo 8:24-27).

    Déjame preguntarte algo: ¿Puede el viento escuchar? ¿Puede el agua escuchar? Sí, es obvio que pueden porque escucharon a Jesús… y en el instante que escucharon, la tormenta cesó.

    “Pero hermano Copeland, ése era Jesús. Él es el Hijo eterno de Dios”.

    Sí, lo es. Sin embargo, ésa no es la razón por la que la tormenta le respondió. La tormenta le habría obedecido a los discípulos también si ellos le hubieran hablado como Él lo hizo. Jesús les dijo lo mismo cuando les preguntó por qué tenían tan poca fe: ¿Por qué tuvieron que despertarme? ¿Por qué no usaron su fe y se hicieron cargo de la tormenta ustedes mismos?

    Si deseas una confirmación más profunda de estas preguntas, lee lo que sucedió en Marcos 11:13-14, allí vemos a Jesús, una vez más, hablándole a algo. En esta ocasión, fue a una higuera: «Al ver de lejos una higuera con hojas, fue a ver si hallaba en ella algún higo; pero al llegar no encontró en ella más que hojas, pues no era el tiempo de los higos. Entonces Jesús le dijo a la higuera: «¡Que nadie vuelva a comer fruto de ti!» Y sus discípulos lo oyeron».

    Sé que aquí estoy siendo repetitivo, pero para enfatizar más este aspecto, permíteme preguntarte una vez más: ¿Pueden escuchar los árboles?

    Sí, claro que pueden. De hecho, no sólo pueden escuchar —también pueden hablar.

    Esta higuera en particular, le dijo a Jesús: “No recibirás ningún fruto de mí hoy”. Pero en lugar de alejarse y permitir que la higuera tuviera la última palabra, como lo haría la mayoría de las personas, Jesús le respondió.

    ¿Cómo supo cuál sería Su respuesta?

    Él escuchó en Su interior, oyó lo que Su Padre le estaba diciendo, y lo repitió. Jesús siempre actuó de esa manera. Así como Él lo explicó en el evangelio de Juan: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve que el Padre hace; porque todo lo que el Padre hace, eso mismo lo hace el Hijo. Yo no puedo hacer nada por mí mismo. Yo juzgo según lo que oigo… yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí… Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras» (Juan 5:19, 30, 14:11, 10).

    Esto significa que cuando Jesús le habló a la fiebre, a la tormenta y a la higuera, no dijo algo que se le ocurrió. Él no estaba hablando Sus propias palabras. Él estaba declarando las palabras del Padre. Cuando las dijo, el Padre, quien habitaba en Su interior, llevó a cabo la obra.

    Éste es el proceso mediante el cual opera todo el reino de Dios, y funcionará para nosotros de la misma forma que funcionó para Jesús.

    Desconecta el ruido ambiental

    “Pienso que eso no es cierto.” dirá alguien, “Jamás he podido actuar como Jesús lo hizo”.

    ¿Por qué no? Como creyente, ¿no has sido tú recreado a Su imagen? ¿Acaso el mismo Espíritu Santo que habitó en Jesús cuando estuvo en la Tierra no habita en tu interior? ¿Acaso no tienes la misma habilidad de escuchar y confesar la PALABRA de Dios?

    ¡Ciertamente la tienes!

    Entonces, ¿por qué el Padre, que habita en ti, no respaldaría Su PALABRA cuando tú la declaras en fe? ¿Por qué no haría la obra necesaria para que se cumpla esa Palabra en tu vida, así como lo hizo con Jesús?

    La respuesta es obvia. ¡Sí lo hará!, Jesús expresó: «De cierto, de cierto les digo: El que cree en mí, hará también las obras que yo hago; y aun mayores obras hará, porque yo voy al Padre» (Juan 14:12).

    Y también por eso, Él les dijo lo que les dijo a los discípulos cuando vieron la higuera, y exclamaron: «¡Mira, Maestro! ¡La higuera que maldijiste se ha secado!». Jesús les dijo: «Tengan fe en Dios. Porque de cierto les digo que cualquiera que diga a este monte: “¡Quítate de ahí y échate en el mar!”, su orden se cumplirá, siempre y cuando no dude en su corazón, sino que crea que se cumplirá» (Marcos 11:21-23).

    Observa que Jesús no declaró: “Bueno, ahora esperen un minuto. No intenten hacer esto. No vayan por ahí hablándole a los árboles, pues no los escucharán. El viento tampoco ni el agua. Ellos sólo me escucharán a Mí porque yo soy el Hijo de Dios”.

    No, él les dijo todo lo contrario. Y hasta les dijo que incluso las montañas escucharían y se moverían ¡si alguno les habla en fe!

    A esto, agrégale el hecho de que la fe viene por oír la PALABRA de Dios (Romanos 10:17). Y rápidamente, entenderás que, si quieres hacer las obras que Jesús hizo, lo primero que debes hacer es permanecer tranquilo y tener oídos para escuchar lo que Dios te esta diciendo. Desconéctate del ruido ambiental que te rodea. Deja de escuchar a la higuera, a la fiebre y a la tormenta.

    Si continúas escuchándolos, terminarás repitiendo lo que ellos dicen; y exactamente  eso es lo que el diablo quiere que hagas. El enemigo desea engañarte para hacerte declarar que te estás volviendo viejo a los 30 años. Cada vez que olvides algo, quiere que digas: “Siempre escuché que la memoria es lo primero que se pierde. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”.

    ¡Eso no es gracioso! Eso abre la puerta para que el diablo tergiverse el proceso del reino. Cuando tú declaras lo que él dice, autorizas que él obre y que se cumplan esas palabras negativas.

    ¡No se lo permitas! Si una enfermedad ha atacado tu cuerpo y te está diciendo que te quitará la vida, no te pongas de acuerdo con eso ni repitas lo que está diciendo. ¡Díle a esa enfermedad que se calle! Luego sintoniza la frecuencia de Dios, pues Él está diciendo algo completamente diferente: «Por sus heridas fueron ustedes sanados» (1 Pedro 2:24).

    No solamente lo ha dicho en la Biblia, sino te lo revela de forma directa a tu espíritu. Tampoco te habla desde algún lugar lejano en el cielo, Él te habla a tu interior porque es allí donde Él vive. Por tanto, si escuchas tu interior, escucharás a Dios.

    Dios no te condenará con la maldición como lo hace con la higuera, la fiebre y las tormentas de la vida. El Señor declarará LA BENDICIÓN sobre ti. El Señor te recordará Gálatas 3:13-14: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»), para que en Cristo Jesús la bendición de Abrahán alcanzara a los no judíos».

    Tú, como hijo de Dios nacido de nuevo, tienes el derecho comprado con sangre de disfrutar una vida BENDECIDA. Sin embargo, para vivir de esa manera, necesitas escuchar y confesar las palabras de LA BENDICIÓN. Debes inclinar tu oído por completo a Dios y adoptar la siguiente actitud: Sé lo que están diciendo las circunstancias, sé lo qué están hablando mis vecinos, pero lo único que importa es lo que Dios afirma; ¡pues lo que Él declara es la verdad!

    Hace varios años, tomé esa actitud cuando me encontraba predicando en la isla de Jamaica, en las Antillas. Estuve ministrando casi los siete días de la semana por meses. Un día después de haber predicado desde las 9 a.m. hasta las 5 p.m., al dirigirme a mi siguiente reunión —la cual había sido programada para durar todo el día— me quedé sin voz.

    Como ya casi era la hora del almuerzo, entonces les dije a las personas que fueran a comer, y yo volví al cuarto de oración para pedir por la situación. Cuando lo hice, estas palabras surgieron de mi corazón: Por Sus heridas fueron ustedes sanados. Abrí mi Biblia, leí ese versículo y susurré: ¡Amén! Declaré ese versículo como la verdad y expresé: Padre, en lo que a mí respecta, estoy sano; por tanto, saldré y predicaré.

    En ese momento, no hubo ningún cambio notorio en mi cuerpo. Cuando regresé al podio para la reunión de la tarde, difícilmente podía emitir una palabra. No obstante, sostuve el micrófono junto a mi boca para que la gente pudiera escucharme, y comencé a declarar las palabras que Dios me ha dicho.

    “Si le hubiera preguntado a mi voz si yo estaba sano, me habría contestado: No. Yo sólo susurraba. Si les hubiera preguntado a ustedes si yo estaba sano, hubieran dicho: No. Pero no les estoy preguntando a ustedes ni a mi cuerpo”. Y mientras hablaba, mi voz comenzó a escucharse más fuerte.

    “Le pregunté a la PALABRA de Dios”. Continué diciendo, a medida que mi voz se hacía más fuerte.

    ¡Y en ella se afirma que soy sano! Exclamé a gran voz.

    Para cuando terminé la última oración, mi voz era tan fuerte que pude predicar por tres horas más. Después de terminar el servicio, me dirigí hacia la siguiente reunión y prediqué por otras dos horas. Me sentí contento de hacerlo, pues al terminar la reunión, una mujer que estaba completamente ciega, fue sana.

    ¿Por qué paso de esta manera? Porque mi cuerpo estuvo escuchando y también el de ella, y cuando declaré lo que Dios dijo, el Padre que mora en mí, ¡llevó a cabo la obra!

    Y lo mismo puede sucederte a ti.

    Todos los días, tu vida está escuchando. Por tanto, dale a Dios la oportunidad de obrar. Sintoniza Su voz, abre tu boca y permite que las fiebres, las higueras y las tormentas escuchen lo que Él está diciendo.

    Declara lo que Dios te habla, mantente joven, fuerte y sé BENDECIDO. Pues, ¡es una maravillosa forma de vivir!

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 4

  • El elogio más grande (por Jeremy Pearsons)

    6-14_jeremyAdemás de la Palabra de Dios y escuchar al Espíritu Santo, creo que no hay maestro más grande en la vida, que la misma vida.

    Pues las cosas que experimentamos, frecuentemente nos sirven como bloques de construcción, que nos ayudan a moldearnos para ser quienes somos. En este mes, celebramos el Día del padre y me gustaría tomarme un tiempo para compartirles algunas experiencias personales que viví con mi papá, las cuales han impactado mi vida.

    Déjame empezar diciéndote que mi padre sería el primero en decirte que él está lejos de ser una persona perfecta… pero no ante mis ojos. Pues no sólo me enseñó a amar a Dios y a Su Palabra, sino también él es responsable de mi amor por la música. Cuando era un bebé,  me sentaba sobre los hombros de mi papá para escucharlo y verlo tocar el piano. Y al transcurrir el tiempo, lograba sentarme a su lado mientras con mucha paciencia me enseñaba a tocar.

    Gracias a mis padres, sé cómo creer en Dios por sanidad para mi cuerpo. Pues cuando era un niño y me enfermaba, la primera medicina que me daban era 1 Pedro 2:24, y luego una saludable dosis de casetes con enseñanzas acerca de la sanidad, de mi abuelito Kenneth.

    Otro bloque de construcción en mi fe fue puesto cuando mi papá nos dio la noticia de que regalaríamos nuestra casa —¡una casa que había sido pagada por completo!—. Eso para mí, fue un ejemplo brillante de cómo darle a Dios nuestra mejor semilla.

    Recuerdo a mi padre vistiendo sus pijamas a las dos de la mañana, tratando de permanecer despierto para ayudarme a terminar un proyecto de ciencias que yo tenía que entregar el próximo día. Esa experiencia no sólo me enseñó acerca del amor incondicional de un padre, ¡sino también me enseñó a que no debo dejar las cosas para última hora!

    Mi padre me amaba tanto que cada vez que me comportaba mal me corregía y me castigaba. ¡Y estoy muy agradecido por eso! Eso me mostró que existen cosas que no debo hacer… y ésa es una de las cosas más valiosas que una persona debe saber.

    Ahora veo en George Pearsons a un hombre que está siendo perfeccionado a través de su devoción por la Palabra. Los bloques de construcción de honor e integridad están puestos en mi vida porque fueron los mismos que sirvieron en la vida de mi padre. Al ver su vida de humildad, aprendí el valor de preferir a otros. Probablemente una de las lecciones más importantes que me enseñó, fue cada vez que me decía: «Hijo, en esto me equivoqué».

    Como puedes ver, ¡amo a mi papá! Y cada vez que alguien me dice: «Oye Jeremy, me recuerdas mucho a tu papá », ¡es uno de los elogios más grandes que puedo recibir!

    Acerca del Autor

    Jeremy Pearsons es hijo de los pastores George y Terry Pearsons, y el nieto mayor de Kenneth y Gloria Copeland. Jeremy y su esposa, Sarah, son fundadores de Pearsons Ministries International. Para obtener más información, puedes visitar la página de internet pearsonsministries.com

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 9

  • Un nuevo estilo de vida por fe (por Melanie Hemry)

    6-14_profileLos teléfonos sonaban, las fotocopiadoras zumbaban y las oficinas de IBM en el centro de Chicago estaban cargadas de trabajo, a medida que terminaba el día laboral. Bill Winston, de treinta años, suspiró mientras realizaba una llamada. Nada. Cero. Eso era lo que reflejaban sus últimos seis meses de arduo trabajo.

    Tomó su chaqueta, se despidió de sus compañeros y salió. El viento que silbaba entre la copa de los edificios, sopló el cuello de su chaqueta contra su espalda como si fuera una mano invisible. El sonido de un avión provocó que se detuviera en la acera llena de transeúntes, y mirara hacia arriba.

    Una estela blanca de vapor atravesaba el cielo azul. Y como si se tratara de un mensaje de su pasado, aquella vista llenó a Bill de recuerdos de su infancia en Tuskegee, Alabama y de los héroes que tanto lo habían influenciado. Y su ejemplo siempre lo animaban a seguir en tiempos difíciles, como éste.

    Los pilotos de Tuskegee —los primeros pilotos afroamericanos de la fuerza aérea de los Estados Unidos de América—.

    Durante la 2da. Guerra Mundial, y mientras muchas personas pensaban que los afroamericanos no tenían la inteligencia, la habilidad, la sabiduría ni el valor para volar en combate, se agolparon desde toda la nación en el campo de la fuerza aérea en Tuskegee, demostrando a quienes los criticaban que estaban equivocados. Cientos de ellos sirvieron en la 2da. Guerra Mundial con tal distinción que sus nombres quedaron plasmados en la historia.

    Bill estaba en segundo grado cuando uno de esos pilotos, el padre de su amigo Denise James, había regresado de África. Cuando Bill conoció a Daniel “Chappie” James Jr. le cambió la vida. Incluso hoy, unos 20 años después, él puede recordar la emoción que sintió y la promesa que le hizo a aquel piloto, quien llegó a ser el primer general de cuatro estrellas afroamericano.

    “¡Yo volaré!”, exclamó Bill.

    Y así lo hizo. Ingresó al Instituto Tuskegee (actualmente la Universidad de Tuskegee), se enlistó en ROTC y tomó el examen de calificación para pilotos en el último año. La formación como piloto en las fuerzas armadas había sido un reto. Aún había algunos pilotos afroamericanos, y el racismo estaba en su máximo nivel. Sin embargo, Bill se rehusó a desenfocarse de su meta. Y aprendió a volar aviones de hélice, aviones de turbohélice;  y por último, aviones supersónicos.

    Luego de cumplir una asignación temporal en la escuela de supervivencia en la jungla coreana, Bill fue trasladado a Vietnam. Un año después, al regresar a casa fue condecorado con la Cruz de Vuelo Distinguido y la Medalla Aérea por actos de heroísmo en combate.

    Bill Winston creció creyendo que todo era posible. Los pilotos afroamericanos, los emprendedores, los estudiantes, los profesores y los líderes que a diario lo rodearon durante años no le dejaron duda alguna al respecto. Por esa razón, tuvo éxito en casi todo lo que se propuso hacer.

    Hasta ese momento.

    Bill fue contratado por IBM en su primer empleo como civil; luego de su entrenamiento ingresó al departamento de ventas, con un salario basado principalmente en comisiones …y él no estaba vendiendo mucho. Así que al sacar de su bolsillo el cheque con su sueldo, lo abrió y se quejó.

    No ganaba lo suficiente para sobrevivir, y el estrés le estaba causando problemas estomacales. Encima, sentía una ira que emergía de su alma al recordar las experiencias vividas creciendo en Tuskegee, cuando no tenía permitido nadar en una piscina de gente blanca y cuando tampoco podía estudiar en sus escuelas. Mientras sus amigos blancos entraban por la puerta principal de un restaurante, él debía entrar por la trasera. Ese pasado lleno de injusticias lo estaba comiendo vivo.

    Bill miró hacia el cielo azul, y observando la estela del avión desaparecer en el horizonte, lo comparó con el éxito alcanzado en IBM. No había nada mejor que estar a 13.000 metros del suelo.

    Si tan sólo pudiera estar ahí.

    Accediendo al poder de Dios

    Bill relata: “Ése fue el punto donde toqué fondo. Me crié en un hogar cristiano; sin embargo, nunca había aceptado a Jesús como mi Salvador. Cuando todo comenzó a venirse cuesta abajo en mi vida, pensé en regresar a la iglesia; pero no sabía a donde asistir”.

    “Conocí a una mujer católica carismática, quien me invitó a una reunión en el lado Norte de Chicago. En esa reunión acepté a Jesús. Y al hacerlo, el amor de Dios renovó mi corazón y toda la ira desapareció”.

    “Otra mujer me profetizaba: “¡Serás un predicador!”. No quería saber nada de eso, así que dondequiera que la encontrara, yo huía en la dirección opuesta.”

    Aun así, el apetito espiritual de Bill era voraz. Un día sintonizó una emisora cristiana mientras se dirigía a una llamada de vendedores, y escuchó la voz en la radio: “Hola, aquí les saluda Charles Capps…”. Al Escuchar las prédicas de aquel hombre, Bill quedó atrapado. Y desde ese día, aprovechaba cada oportunidad para escucharlo. En esa misma emisora escuchó a Kenneth Copeland, Kenneth Hagin, Fred Price y Lester Sumrall. Y de ellos, aprendió acerca de la integridad de la Palabra de Dios, las leyes de la fe y el poder de sus propias palabras.

    En su casa veía el programa de televisión La voz de victoria del creyente de Kenneth Copeland, y se hizo colaborador de KCM. Escuchaba los mensajes de Kenneth y Gloria Copeland, y leía sus libros. Poco a poco, aprendió a solucionar sus problemas por fe.

    ¡La Palabra funciona!

    Pronto, las ventas de Bill aumentaron y sin darse cuenta, se convirtió en el mejor vendedor de la oficina. Luego fue ascendido a supervisor de ventas de primer nivel. ¡La Palabra de Dios estaba dando resultados en su vida!

    Todo marchaba bien, hasta que una recesión económica afectó las ventas de toda la compañía. A finales de mes, su jefe estaba desesperado por ver algún tipo de ingreso.

    Bill había aprendido de la Palabra que cuando actuamos conforme a las leyes de la fe, debemos decir algo. Por consiguiente, cuando su hermana lo llamó temprano en la mañana del último día del mes para preguntarle cómo se encontraba, Bill escogió sus palabras con sabiduría: “¡Estoy bien, gracias!—respondió. Si me llamas a las 5:00 de la tarde, tendré más ventas de las que puedan ingresar a los libros contables.”

    Para el medio día, los vendedores a cargo de Bill comenzaron a recibir órdenes. Y para las 5:00 p.m., él había generado tantas ventas que su jefe lo miró y le dijo: “¡Bill, es suficiente! ¡Guarda algo para el próximo mes!”. Las ventas no sólo llenaron la cuota de Bill, sino la de los demás supervisores.

    Bill pronto ascendió al puesto de jefe de supervisores.

    Cumpliendo el llamado

    Bill declara: “Trabajé para IBM durante 14 años y aprendí mucho acerca de negocios y organización. Durante esos años, a menudo compartí mi fe, pero llegó el momento donde comprendí que el Señor me había llamado a predicar.

    “Renuncié a IBM, y en 1985 mi esposa Verónica y yo nos mudamos a Tulsa, donde ingresé a Oral Roberts University. Creo que Dios me envió ahí para aprender algo que cambió mi vida. Leí Isaías 48:17: «Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor tu Dios, cuya enseñanza es provechosa, y que te dirige por el camino que debes seguir».

    No fue hasta que Bill descubrió esa escritura que se dio cuenta que Dios estaba interesado en su incremento. Sin embargo, entre más meditaba al respecto, más claro se volvía para él. Bienestar —o incremento— era el plan de Dios para Su gente y Él había prometido enseñarles cómo hacerlo.

    Ésa era la diferencia que Bill notó entre “asistir a la iglesia”, y actuar conforme al reino de Dios. De acuerdo con la Biblia, no hay límites para prosperar en el reino de Dios.

    Todos sus paradigmas cambiaron.

    Esa porción de la Biblia le dio nacimiento a un sueño en su espíritu: El sueño de crear una escuela de negocios que le enseñara a los empresarios cristianos cómo actuar conforme a los principios del Reino —y cómo sacarle provecho a los principios del Señor, al margen de la economía global—.

    Dando a luz un sueño

    Después de un tiempo, Bill y Verónica empezaron a tener reuniones los sábados en un hotel cerca del centro de Chicago. Y la gente se aglomeraba en masas. Bill visitó a un ex-colega de IBM, quien le ofreció un puesto de trabajo. Sonaba tentador, pero en lugar de aceptarlo, Bill siguió adelante con Dios y Su asignación divina. Luego una puerta se abrió —le ofrecieron una pequeña iglesia en una de las zonas más peligrosas de Chicago—, y Bill aceptó. Siguió enseñando los principios de la fe e instruyendo a las personas a verse bendecidas. Bill enseñaba la Palabra párrafo por párrafo, precepto por precepto. Actuaba conforme a las leyes de la fe, y la Palabra no regresaba vacía. La iglesia Living Word Church (Iglesia de la Palabra viva) se convirtió en Living Word Christian Center (Centro cristiano de la Palabra viva), y se trasladó a los suburbios de Forest Park en Chicago, donde las personas comenzaron a congregarse en masa.

    A medida que Bill seguía meditando en Isaías 48:17, su visión de la iglesia creció  como un mandato del Reino. El Señor empezó a revelarle el papel de los reyes y sacerdotes dentro del reino de Dios. Y Bill descubrió que cuando Dios quería que le construyeran un templo en el Antiguo Testamento, Él no enviaba a los sacerdotes a bañar camellos. Ellos nunca recaudaron fondos.

    Eran los reyes quienes proveían las finanzas.

    El rey David le dio a Salomón todo el dinero necesario para edificar el templo. El rey Salomón compró los materiales y supervisó el proyecto. Los sacerdotes lo bendijeron, lo dedicaron y ministraron al pueblo. Claro, era el Antiguo Testamento, razonó Bill; pero ahora tenemos un nuevo pacto con mejores promesas. ¿Debían los sacerdotes o pastores sufrir escasez? ¿Necesitaban tratar de recaudar fondos?

    No, no tenían que hacerlo —no en la cultura del Reino—. Bill le preguntó al Señor: “¿Quiénes son los reyes —del Nuevo Testamento— que han sido llamados, ungidos y destinados a dar finanzas dentro del Reino?”. Y la respuesta fue: Primariamente, emprendedores y líderes de negocios.

    ¡Él es uno de los nuestros!

    A medida que su revelación crecía, Bill expandió su ministerio en el área de la televisión. Un día, Kenneth y Gloria Copeland visitaban Chicago; Kenneth encontró el programa televisivo de Bill y al verlo, le dijo a Gloria: “¡Él es uno de los nuestros!”

    No pasó mucho tiempo para que estos dos hombres se conocieran y establecieran una gran amistad. No sólo compartían su amor por Dios y Su Palabra, sino que ambos eran pilotos, y a los pilotos les gusta pasar tiempo juntos. Kenneth invitó a predicar a Bill a sus reuniones, y Bill hizo lo mismo.

    En 1999, Bill dio a luz su sueño al fundar la escuela Living Word School of Ministry (Escuela de Ministros Palabra Viva), diseñada para entrenar “sacerdotes” o ministros de tiempo completo para el Reino. Además, estableció la escuela de negocios Joseph Business School, la cual está diseñada para “los reyes” —gente de negocios que desea convertirse en emprendedores—. Las clases se dictan los días sábados durante nueve meses al año. Su objetivo es recuperar la economía global y erradicar la pobreza dondequiera que ésta se encuentre.

    Bill explica: «Ser un emprendedor es un llamado, al igual que el llamado al ministerio. La palabra emprendedor se deriva de una palabra francesa que significa: “Alguien que crea algo nuevo”, y su objetivo es traer crecimiento y progreso a una comunidad o a una nación. Cuando Dios transforma una ciudad o una región para Su Reino, asocia a emprendedores y líderes de negocios con misioneros y sacerdotes. Estos dos grupos tienen la gracia de transformar la economía a su alrededor y sacar adelante el reino de Dios».

    Recientemente la escuela de negocios Joseph Business School recibió reconocimiento nacional. Además, el Departamento de Veteranos de los EE.UU. aprobó el financiamiento de veteranos que deseen asistir a dicha escuela a través del programa de beneficios Montgomery GI Bill.

    Adicionalmente, la iglesia no se detuvo con la escuela de negocios ni con la escuela ministerial.

    Bill comenta: «Compramos un centro comercial (shopping mall) de 133.518 m2. Necesitábamos un milagro, y el Señor me guió a sembrar una gran semilla, que produjo ¡una gran cosecha! Adquirimos la propiedad, y ahora cada local nos paga renta, y proveemos más de 400 empleos a la comunidad. También tenemos una embotelladora de agua, y estamos trabajando para que llegue a las comunidades que necesitan agua potable. Hacemos transacciones en oro y plata por medio de la financiera Great Lakes Monetary Consultants, y compramos el aeropuerto Golden Eagle Aviation, ubicado en el campo histórico de Moten, Tuskegee. Las ganancias generadas representan millones de dólares en impuestos, ayudando a la economía de nuestra comunidad y del estado».

    Para crecer, hay que sembrar

    Bill comparte: «Una de las razones por las que crecimos tan rápido fue por nuestra colaboración con KCM. La ley de asociación con ministerios exitosos trajo esa misma unción a mi vida. He descubierto que si quieres crecer, debes sembrar, y no sólo debes sembrarle a los necesitados. El libro de Gloria (La voluntad de Dios es la prosperidad) fue otro recurso que nos ayudó a darle un giro a nuestras vidas. Creo que la integridad de Kenneth y Gloria los ha convertido en modelos a seguir para los ministerios cristianos».

    Cada año Bill Winston realiza dos congresos: International Faith Conference (Conferencia de Fe Internacional) y Missions Marketplace Empowerment Conference (Conferencia de Potenciación del Mercado Misionero), los cuales conectan a reyes y sacerdotes. Además, por medio de Faith Ministries Alliance (Alianza de Ministros de Fe), Bill supervisa más de 540 iglesias y ministerios alrededor del mundo, y recorre la Tierra enseñando fe.

    ¿Cuál es el siguiente paso? “Vamos a añadir un departamento de patentes e invenciones a nuestra escuela de negocios Joseph Center, porque hay una ola magnífica de nuevos inventos a punto de explotar en la Iglesia. El reino de Dios no sólo es un sistema de gobierno, sino un nuevo orden de vida por fe. No sólo es un futuro esperanzador, sino un presente. Una realidad donde hombres y mujeres nacen, y son potenciados con el poder de La Bendición para transformar nuestro entorno en un Jardín del Edén. Es tiempo de que todos nos regocijemos, en grande, pues cosas grandiosas están a punto de suceder”.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 10

  • Una palabra acerca de tus hijos (por Gloria Copeland)

    5-14_gloria-miniEl mundo tiene mucho que decir acerca de tus hijos en estos días —y la mayoría de lo que dice es malo—. Nos dice que el futuro económico de ellos es desalentador, que su ética está disminuyendo, y que van cuesta abajo.

    Sin embargo, si has aceptado a Jesús como el Señor de tu vida, Dios tiene una declaración diferente acerca de tus hijos. Él dice que tus hijos van hacia el cielo, y no al infierno. Por una bendición, no una maldición. Así que ignora lo que el mundo dice y confía en la Palabra. ¡Ésta tiene el poder de cambiar la vida de tus hijos! A continuación te presento algunos versículos que te ayudarán a mantenerte enfocado en las promesas de Dios en lo que concierne a tus hijos.

    Así ha dicho el Señor: “Reprime tu llanto y tus sollozos; seca las lágrimas de tus ojos, porque no has trabajado en vano”: tus hijos volverán de ese país enemigo. “Tus descendientes tienen esperanza; tus hijos volverán a su propia tierra”
    (Jeremías 31:16-17).

    “Yo, el Señor, enseñaré a todos tus hijos, y su paz se verá multiplicada” (Isaías 54:13).

    “Tarde o temprano, el malvado será castigado, pero los justos y los suyos saldrán bien librados” (Proverbios 11:21).

    “Dichoso el hombre que honra al Señor y se deleita obedeciendo sus mandatos. Sus hijos tendrán poder en la tierra, y serán bendecidos por
    su rectitud” (Salmos 112:1-2).

    “… yo defenderé tu causa, y salvaré a tus hijos” (Isaías 49:25).

    “El Señor es bueno con todos, y se compadece de toda su creación” (Salmos 145:9).

    “…voy a derramar mi espíritu sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos” (Isaías 44:3).

    “Éste será el pacto que haré con ellos: Mi espíritu está sobre ti, y desde ahora y para siempre las palabras que puse en tu boca nunca se apartarán de tus labios, ni de los labios de tus hijos, ni de los labios
    de tus nietos” (Isaías 59:21).

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición mayo 2014, página 21

  • Aumenta el poder (por Kenneth Copeland)

    6-14_kenneth-timelessAlguna vez has orado de esta manera: ¡Oh, Dios, necesito más poder! ¡Por favor… Por favor… Por favor dame más poder, SEÑOR! Yo sí. De hecho, hace algunos años oré de esa manera, seriamente suplicándole a Dios para que me diera un mayor poder para ministrar.   Esa oración estaba bien, era una oración muy espiritual. Sin embargo, el SEÑOR me interrumpió justo a la mitad. —Kenneth, ¿A dónde puedo ir para obtener más poder? —Dijo Él. La pregunta me dejó helado.

    —Nadie tiene más poder del que Yo tengo —añadió—. Y Yo ya te llené con Mi Espíritu. He depositado dentro de ti la misma fuerza milagrosa que creó el cielo y la Tierra, la misma fuerza sobrenatural que resucitó a Jesús de entre los muertos. ¿Dónde voy a conseguir un poder mayor que ése?

    El punto fue claro. Como creyentes nacidos de nuevo y llenos del Espíritu Santo, tú y yo no necesitamos más poder. Simplemente necesitamos desatar la plenitud de lo que ya nos ha sido dado. Debemos permitirle al Espíritu de Dios, quien habita en nosotros, que fluya a través nuestro en una medida más grande.

    Si no estamos viendo milagros en nuestra vida y en nuestro ministerio, no es culpa de Dios. ¡No es Él quien nos limita; somos nosotros!

    Quizá ésas no te parezcan buenas noticias, pero lo son.

    Y ésta es la razón: Si tú eres el único que está limitando el poder de Dios en tu vida, entonces ¡tú eres el único que puede solucionarlo! No tienes que sentarte a esperar que algún profeta súper ungido venga a la ciudad e imponga manos sobre ti. No tienes que esperar a que Dios te envíe un ángel para que te toque con su varita gloriosa. No tienes que esperar nada.

    Puedes tomar una firme decisión de incrementar el fluir del poder de Dios en tu vida, ¡a partir de hoy!

    Dios siempre está encendido

    “Hermano Copeland, yo no creo que podamos activar el poder de Dios a nuestra voluntad”.

    Yo tampoco lo creo. Pero gracias a Dios, ¡no tenemos que creerlo! Pues ¡Su poder siempre está encendido! Él lo encendió y lo puso a disposición de cada uno de nosotros hace casi 2.000 años el Día de Pentecostés, y desde entonces no lo ha apagado. Soy yo quien se enciende o apaga. ¡Dios siempre está encendido!

    Él simplemente está esperando que nosotros nos encendamos por completo y fluyamos en ese poder. Está esperando que sigamos el programa y comencemos a realizar las obras que Jesús llevó a cabo, y aún mayores (Juan 14:12).

    El problema radica en que hemos mantenido a Dios esperando por mucho tiempo. Y esto es porque la mayoría de los cristianos no creen en realidad que puedan llegar a hacer lo mismo que Jesús hizo, a pesar de que la Biblia lo afirma. Después de todo, Él tiene naturaleza divina, es el primogénito Hijo de Dios, y claramente tuvo una mayor medida del poder de Dios fluyendo a través de Él durante Su ministerio terrenal más que cualquiera de nosotros.

    Es cierto. Jesús operó en un nivel mayor de poder que nosotros. Pero no por la razón que la mayoría de las personas piensa. Su gran unción no se debía al hecho de que Él es el Hijo de Dios. ¡Ésa no fue la razón! En Filipenses 2:7, leemos que cuando Jesús vino a la Tierra, se despojó a Sí mismo de Sus privilegios divinos. Él hizo a un lado sus derechos de deidad y ministró como un hombre.

    ¿Entonces, cuál fue el secreto de Su asombroso poder?

    Puedes descubrirlo en Juan 3:34: “Porque el que Dios ha enviado habla las palabras de Dios… Dios no le entregó a Su Espíritu con moderación o con medida, sino ilimitado es el don que Dios hace de Su Espíritu” (AMP).

    De acuerdo con ese versículo, la razón por la que Jesús pudo actuar con un poder ilimitado fue porque habló la PALABRA de Dios.

    Jesús no declaró la PALABRA de Dios sólo cuando ministraba o cuando se sentía espiritual. Él no se paró en la iglesia y dijo: “Alabado sea Dios. Muchas son las aflicciones del justo, pero el SEÑOR te librará de todas ellas!”… y luego salió para decirle a Sus discípulos: “Las cosas están muy mal. Judas se está robando nuestro dinero. Los líderes religiosos intentan matarme. No sé si lograremos salir bien de esto”.

    No, Jesús no habló palabras de fe un momento y al siguiente palabras de duda. Él siempre confesó la PALABRA de Dios: «…hablo según lo que el Padre me enseñó» (Juan 8:28).

    Más que un libro de pasta negra

    Quizá tú digas: “Sé que la PALABRA es importante. Pero no puedo ver cómo ésta puede encender el poder de Dios en mi vida”.

    Eso es porque no comprendes en realidad lo que es la PALABRA. Piensas que tan sólo es un libro de pasta negra que llevas a la iglesia el domingo y que después dejas en la mesa del café el resto de la semana. Pero la verdad es que la PALABRA de Dios no es un libro. Ha sido plasmada como un libro, pero la PALABRA misma es lo que Dios nos ha dicho.

    Aparta por un momento tu mentalidad tradicional y míralo desde este punto de vista. Si alguien te dijera: “Kenneth Copeland te dio su palabra”, ¿cómo le responderías? ¿Actuarías religiosamente al respecto?

    No, tú querrías saber qué dije que haría. También desearías saber si mi palabra es buena. Desearías saber si soy del tipo de persona que cumple su palabra o no.

    Ésas son preguntas sensibles. ¿Por qué entonces muchos cristianos que aseguran valorar la PALABRA de Dios nunca se las han formulado?

    Ellos declaran: “Sí, amén, hermano. Creemos en la PALABRA de Dios”. Sin embargo, no pueden decirte con exactitud lo que Dios ha dicho que hará por ellos. Y una vez que lo descubren, consideran que es presuntuoso esperar que Él la cumpla. Al parecer, piensan eso porque Dios es Dios, Él tiene la opción de quebrantar Su PALABRA si así lo desea, sin que esto afecte Su naturaleza.

    Eso es absurdo. La palabra de una persona es su compromiso, es la medida de su carácter. Si un hombre honra su palabra cumpliéndola, entonces es un hombre honorable. Si deshonra su palabra incumpliéndola, será un hombre deshonroso. Te agrade o no, la integridad de todos —incluyendo la de Dios—, se juzga basado en el cumplimiento de su palabra.

    Sin duda, esa declaración podría erizarle la piel a algunos religiosos. Quizá digan: “¿Quién te crees que eres estableciendo un criterio para juzgar a Dios?”.

    ¡Yo no establecí ese criterio! Dios lo hizo. Fue Él quien nos enseñó a juzgar la integridad de esa manera. Él inventó la integridad de las palabras, y estableció ese parámetro.

    Dios y Su PALABRA son uno, no porque nosotros lo digamos; sino porque Él lo dijo. El Señor aclaró que no podemos separarlo de Su PALABRA. Así como Él jamás cambia, Su PALABRA tampoco. Ambos son lo mismo, ayer, hoy y siempre.

    Además, la PALABRA de Dios es tan poderosa como lo es Él.

    Eso puede sonar chocante para ti, pero si te detienes a meditar en ello por un momento, verás que tiene un perfecto sentido. Una palabra es siempre tan poderosa como la persona que la expresa.

    Por ejemplo, si Carlitos, el vendedor de la cuadra, te prometiera un empleo en General Motors Co., no habría mucho poder en esa palabra, pues él puede tener buenas intenciones, pero no tiene la autoridad para respaldar su palabra. En cambio, si el presidente de GM te llamara y te dijera que tienes que trabajar allí, puedes creer sus palabras como garantía, ya que él tiene el poder para hacer que esa palabra se cumpla. Su palabra escrita en una carta tendría el mismo poder para darte ese empleo que las palabras que te dijo.

    La PALABRA fue primero

    Debido a que Dios es todo poderoso, Su PALABRA también es poderosa. Él puede y respalda todo lo que dice.

    Ya que Él es el Creador, Su PALABRA contiene el poder para crear. Tú puedes ver esa palabra hecha realidad en el primer versículo de la Biblia: «Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, las tinieblas cubrían la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios: «¡Que haya luz!» Y hubo luz» (Génesis 1:1-3).

    Observa que el Espíritu de Dios ya se movía antes que Dios hablara, pero nada sucedió hasta que Dios dijo. La Creación no ocurrió hasta que Dios declaró palabras de fe.

    Todo en esta creación material, todo lo que puedes ver, tocar, probar u oler llegó a existir como resultado de la PALABRA de Dios. Eso significa que la PALABRA de Dios es la sustancia originaria de toda la materia. ¡Piénsalo! El papel con el cual se hizo esta revista, provino de un árbol que antes fue semilla, y ésta vino de un árbol que fue semilla; y así hasta llegar a la PALABRA de Dios: “Sea”.

    A la luz de esa revelación, ¿piensas que Su PALABRA aún tiene el poder para cambiar este mundo físico y natural? ¿Crees que la PALABRA que creó el polvo del cual fue hecho tu cuerpo, tiene el poder suficiente para sanarlo? ¿Piensas que la PALABRA que creó toda la plata y el oro, todas las riquezas de este mundo, tenga el poder suficiente para suplirte de recursos para pagar tu factura de luz?

    ¡Claro que sí, por supuesto!

    La PALABRA de Dios es eterna, es soberana y no puede ser cambiada. (Somos nosotros quienes intentamos cambiarla cuando decimos que realmente no significa lo que dice. Pero, gracias a Dios, sí significa lo que dice y no hay nada que podamos hacer para cambiar ese hecho). En Salmos 119:89, leemos: «Señor, tu palabra es eterna, y permanece firme como los cielos».

    Por otro lado, este Universo material, es temporal. Éste sí puede y sí cambia. Como Jesús lo indicó: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Marcos 13:31).

    Si tomas algo que es incambiable y lo usas para aplicar presión sobre algo que sí cambia, es obvio que uno de los dos cederá: ¡el que sí cambia! Por tanto, siempre que tomes la PALABRA de Dios y la apliques con fe en el ámbito temporal, ese ámbito debe rendirse y conformarse a la PALABRA.

    Jesús entendió esta verdad y vivió conforme a ella. Él tenía tanta fe en la PALABRA de Dios que cuando la confesaba, esta creación material se postraba y le obedecía, los demonios huían, las enfermedades desaparecían, la muerte entregó su dominio, el pan se multiplicaba, los vientos dejaban de soplar y las olas cesaban.

    De hecho, a través del poder de la PALABRA de Dios; Jesús ministró y vivió completamente libre de todas las ataduras de este planeta que está atado a la muerte. Luego, antes de irse nos dijo cómo hacer lo mismo.

    Él dijo: «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:31-32).

    La mayoría de nosotros le ha dado un significado tan religioso a la palabra discípulo que hemos perdido el verdadero significado de lo que Jesús dijo en ese versículo. Un discípulo es simplemente una persona que sigue o llega a ser como alguien más. Por tanto, Jesús en realidad estaba diciendo: “Permanezcan en Mi PALABRA, y serán como Yo. Conocerán la PALABRA (lee Juan 17:17), y ésta los hará tan libres como a Mí”.

    Contenedores del poder

    Para comprender cómo la PALABRA de Dios puede tener un profundo efecto sobre tu vida, debes darte cuenta de que las palabras hacen más que sólo expresar información. Sirven como contenedores de poder espiritual. Éstas poseen la habilidad de llevar fe o temor, bendición o maldición, muerte o vida (lee Proverbios 18:21).

    En ocasiones, las personas declaran palabras ociosas o vacías, pero Dios jamás lo hace. Cada palabra que Él declara, está llena de fe, de poder y de vida. En Hebreos 4:12, leemos que Su PALABRA es «viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu…».

    De hecho, la PALABRA de Dios en realidad contiene en sí misma el poder para que se cumpla. Por ejemplo, en Isaías 55:11, Él afirma: «mi palabra… no vuelve a mí vacía, sino que hace todo lo que yo quiero, y tiene éxito en todo aquello para lo cual la envié».

    Cada palabra que Dios ha dicho, ha sido respaldada por Su fe; y está tan llena de poder hoy como lo estuvo en el momento en que la pronunció. Por tanto, cuando crees esa PALABRA, y luego tu fe se une a Su fe, el poder de esa PALABRA se desata, el Espíritu Santo actúa y la PALABRA explota en este mundo natural, ¡y se hace realidad en tu vida!

    Fue así como naciste de nuevo. Escuchaste o leíste la PALABRA de Dios: «Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo» (Romanos 10:9). Tú creíste esa PALABRA, la confesaste en fe y el poder del Espíritu Santo fue desatado; transformando tu espíritu muerto y caído en un espíritu renacido, recreado a la imagen de Jesús mismo.

    ¡Qué milagro más asombroso! Tú fuiste arrebatado del dominio de las tinieblas, y el diablo no pudo hacer nada para impedirlo. Las palabras de Dios realizaron por ti lo mismo que hicieron con Jesús cuando Él estuvo en el abismo del infierno. Demolieron el poder del enemigo sobre ti y te resucitaron juntamente con el SEÑOR Jesús, ¡a fin de sentarte en los lugares celestiales con Él! (Lee Efesios 2:6).

    Transforma el mundo

    Aunque tú fueses el único confesando la PALABRA, ésta tiene el mismo poder como si Jesús mismo la confesara. Pues son las palabras de Dios, y cuando las confiesas y actúas basado en ellas con fe, ¡siempre desatan su poder!

    Pedro y Juan demostraron esa verdad en Hechos 3, el día que se acercaron al hombre cojo que se encontraba a la puerta llamada “Hermosa”. En ese momento, ellos sólo tenían unas pocas palabras del Nuevo Pacto. Sólo tenían las palabras que Jesús les dijo antes de que ascendiera:

    «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado, se salvará; pero el que no crea, será condenado. Y estas señales acompañarán a los que crean: En mi nombre expulsarán demonios, hablarán nuevas lenguas, tomarán en sus manos serpientes, y si beben algo venenoso, no les hará daño. Además, pondrán sus manos sobre los enfermos, y éstos sanarán» (Marcos 16:15-18).

    Pero ésas eran todas las palabras que ellos necesitaban. Cuando ellos creyeron y actuaron de acuerdo con esas palabras, el Espíritu Santo actuó a favor de ellos como lo había hecho con Jesús —y un milagro sucedió—. Cuando abrieron su boca y dijeron: «En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda! Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó, ¡y al momento se le afirmaron los pies y los tobillos! El cojo se puso en pie de un salto, y se echó a andar; luego entró con ellos en el templo, mientras saltaba y alababa a Dios» (Hechos 3:6-8).

    Ellos no sólo realizaron ese milagro. Pedro y Juan, y el resto de los primeros discípulos creyeron en esas primeras PALABRAS del Nuevo Pacto; ¡y trastornaron el mundo entero! (Hechos 17:6).

    “Hermano Copeland, tu sabes que esos hombres eran apóstoles; por tanto, estaban ungidos para hacer tales milagros”.

    ¡No, no es así! Si ésa fuera la razón, entonces en Hechos 19:20, diría: “Fuertemente crecían los apóstoles en la palabra de Dios y prevalecían”. Esos primeros apóstoles estaban ungidos para hacer esos milagros porque ellos hablaron y actuaron de acuerdo con la PALABRA de Dios. Y fue la PALABRA y la unción que esa PALABRA liberó, la que hizo la obra.

    Debido a que la PALABRA nunca cambia, podemos confiar en que ésta prevalecerá por nosotros de una forma tan segura como lo hizo con Pedro, con Juan y con Jesús. Incluso prevalecerá de forma tan poderosa como cuando Dios dijo: ¡Sea la luz!

    ¿Qué estamos esperando?

    Nosotros tenemos el poder y la unción de Dios mismo moviéndose en nuestro espíritu renacido. Tenemos la PALABRA de Dios en la punta de nuestros dedos. Y entre más llenemos nuestro corazón con esa PALABRA, más actuaremos de acuerdo con ella y la confesaremos en fe; y esa unción podrá actuar con más libertad a través de nosotros.

    Tenemos todo lo que necesitamos para activar el poder de Dios en nuestra vida. Tenemos todo lo que necesitamos para sanar enfermos, echar fuera demonios, dar vista a los ciegos y resucitar a los muertos. No somos nosotros quienes estamos esperando por Dios. Él está esperando por nosotros.

    Alabado sea Dios, ¡no lo hagamos esperar más! Toma tu Biblia, comprométete a cumplirla y ¡avancemos!

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 18

  • ¡Cuando Dios dice, ‘Pssst!’ (por Gloria Copeland)

    5-14_timeless¿Sabías que tus hijos se encuentran en tu corazón? Eso es cierto. Los llevas dentro, así como Dios te tiene a ti dentro del Suyo.

    Puedes sentir lo que les sucede, incluso cuando están del otro lado del mundo. Si están heridos, solos, o jugando con el pecado y desviándose del camino, o cuando las cosas van bien o mal. Puedes sentirlo.

    Recuerdo que en cierta ocasión Kenneth y yo estábamos en Australia. Volábamos de una ciudad a otra, y de repente unos pensamientos inundaron  mi corazón con respecto a nuestro hijo John. En ese entonces, él era un adolescente: todo un muchacho. Él manejaba cualquier cosa que tuviera ruedas —automóviles, camiones, motocicletas, y cuadriciclos. Y parecía que siempre volcaba algo.

    Ese día en el avión estaba consternada por él, pues sabía cuánto le gustaría a Satanás entrar de forma inesperada y quitarle la vida; me sentía angustiaba porque los accidentes de John le podían brindar la oportunidad al diablo para lograr su objetivo.

    Pero el Espíritu Santo irrumpió en mis pensamientos. Le habló a Kenneth y le dijo: Mi misericordia permanece sobre John. Cuando Kenneth me dijo lo que el Espíritu le había revelado, todos mis temores se desvanecieron.

    Mi misericordia permanece sobre John. Jamás olvidaré esa promesa. A través de los años, cuando he orado por él, esa maravillosa Palabra frecuentemente crecía dentro mío y me recordaba que la vida de John estaba a salvo. Me aseguraba que el Señor lo guardaría y lo sostendría hasta el día en que él volviera a tomar el camino correcto.

    Mi misericordia permanece sobre tu hijo. Esta es una palabra maravillosa de Dios. Si Él cuidó de mi hijo, también cuidará de los tuyos. El pacto que el Padre ha hecho contigo mediante la sangre de Jesús, se extiende a tus hijos y tus nietos. En Salmos 103:17, dice: “Pero el Señor es eternamente misericordioso; él les hace justicia a quienes le honran, y también a sus hijos y descendientes”.

    Nuestros nietos también están cubiertos bajo nuestro pacto con Dios. Todo lo que el Señor me da, se lo dará a ellos. Toda la protección que tengo, Él se la brindará a mi familia.

    Si eres creyente, y estás dispuesto a confiar en Él por la liberación y la salvación de tus hijos, Dios los librará y los salvará.

    Estudia Zacarías 10:7-9. En esos versículos Dios nos enseña acerca del derramamiento de Su Espíritu en los últimos tiempos —los días que estamos viviendo.

    Él nos dice:

    “Efraín será semejante a un guerrero, y su corazón se regocijará como si bebiera vino. También sus hijos lo verán, y se alegrarán; su corazón se gozará en el Señor.

    Yo les daré la señal de que vuelvan, y volveré a reunirlos. Cuando los haya redimido; volverán a multiplicarse como antes. Aunque los esparcí entre los pueblos, aun en los países más lejanos se acordarán de mí; y volverán con los hijos con quienes vivieron.”

    Tal vez ni siquiera sepas dónde se encuentran tus hijos ahora mismo. Quizá ellos están en otra ciudad o en otro país. Pero eso no importa, las Escrituras dicen que cuando te regocijas en el Señor —no cuando te sientes deprimido, preocupado o atemorizado, sino cuando crees y confías en Dios plenamente al punto de llenarte de gozo— entonces tus hijos lo verán y volverán.

    “…Yo les daré la señal de que vuelvan…” ¿Qué quiere decir esto? Significa que el Señor les susurrará: ¡Pssst! ¡Ven aquí! Y ellos correrán hacia Él.

    Déjame contarte algo. Dios sabe cómo llamar la atención de alguien. Y también cómo atraer a las personas por quienes Su pueblo está orando. La madre de Kenneth oró por mí, y un día Él me dijo: ¡Pssst, Gloria! Yo lo escuché, y nací de nuevo.

    Yo no sabía mucho acerca de Dios antes de ese momento. Sabía que existía, pero no tenía un conocimiento real sobre Él. Aun así, Dios supo cómo atraer mi atención. Me llamó, y aquí estoy ¡predicando Su Palabra!

    Él hará lo mismo por tu hijo, no importa en qué clase de perversidad haya caído; Dios puede rescatarlo.

    Conozco a un hombre que pastorea una gran iglesia en Sacramento, California; su nombre es Phil Goudeaux. Él formaba parte del movimiento militar Black power (poder negro), y estaba a cargo de la seguridad de las Black Panthers (Panteras negras).

    Él no conocía a Dios y tampoco le interesaba conocerlo. Pero un día, cuando se encontraba en la universidad, un joven blanco se acercó a su mesa y comenzó a hablarle de Jesús. Este líder de las Black Panthers no podía creer ¡la valentía de este joven! Trató de deshacerse de él, lo amenazó, e incluso trató de golpearlo… pero no pudo.

    Por semanas, este joven blanco de apariencia menuda continuó siguiendo a este “malo” y corpulento hombre de color, hablándole acerca de Jesús. Finalmente, el Black Panther oró con este joven sólo para quitárselo de encima; después trató de olvidar lo que había hecho… pero no pudo. Dos semanas más tarde, por sí mismo, recibió a Jesucristo como el Señor de su vida.

    ¡Dios sabe cómo llamar la atención de alguien! Él los derribará y les hablará con voz fuerte si es necesario. Él lo demostró en la vida de un hombre llamado Saulo. Años después de que éste fuera salvo, escribió: “…fui también alcanzado por Cristo Jesús” (Filipenses 3:12).

    Dios alcanzó a Pablo en el camino a Damasco. Según el diccionario, la palabra alcanzar, significa: “capturar o arrestar”. En otras palabras, el Señor capturó la atención de Pablo. Lo último que este hombre hubiera deseado era convertirse en un seguidor Jesús. Se había declarado su enemigo. Sin embargo, el Señor supo cómo conquistarlo.

    No te preocupes. Dios sabe con exactitud cómo conquistar a tus hijos. Y cuando sea el momento, Él lo hará. Después de todo, tú no te encontrabas orando dentro de tu clóset cuando te encontró.

    Pero hasta que eso suceda, debes permanecer firme en fe por ellos. No importa en qué se involucren, ni qué tan lejos del camino parezcan estar, continúa declarando lo que la Biblia afirma acerca de ellos. Mantén tu mirada enfocada en el pacto de misericordia de Dios, y no en los síntomas de maldad que observes en sus vidas.

    Nunca te des por vencido con tus hijos. Si últimamente te has debilitado y desanimado, es tiempo de que el fuego regrese a tus huesos. Escudriña la Palabra y extrae las promesas que Él te ha dado para tus hijos. Aférrate a éstas y no las dejes escapar.

    Aprende a llamar las cosas que no son, como si lo fueran (Romanos 4:17). Cuando escuches malas noticias acerca de tus hijos o los mires haciendo algo que lastima tu corazón, sólo confiesa:

    “Dios, te agradezco porque tu tierna misericordia cubre a mi hijo. Te doy gracias Señor, porque él ha nacido de nuevo, ha sido lleno del Espíritu Santo, y es obediente a ti. Te agradezco porque Tú Palabra está en sus labios (Isaías 59:21), le enseñas con Tu Espíritu y grande es su paz (Isaías 54:13). No me muevo por lo que siento o por lo que veo. Pues soy movido por Tú Palabra y lo declaro hecho ¡en el nombre de Jesús!”

    Te lo diré una vez más: Tienes un pacto con el Padre, que cubre a tus hijos. Por tanto, ¡regocíjate! Dios será fiel contigo. Un día tu hijo o hija estarán ocupados en sus propios asuntos, y de repente Dios les dirá: ¡Psssst! Y escucharán la voz del Señor.

    Cuando eso suceda, ellos correrán hacia Él.

    Puedes estar seguro de eso.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición mayo 2014, página 18

  • ¡Ora hasta que ganes! (por Marilyn Hickey)

    5-14_marilynEs probable que te sientas desanimado cuando no recibes la respuesta a alguna oración que has estado haciendo por mucho tiempo. Puedes percibirlo como si Dios se estuviera escondiendo de ti. David también se sintió de esa manera. En Salmos 55:1, leemos: “Dios mío, ¡escucha mi oración!”.

    ¿Está escondiéndose Dios de tu oración?, ¿acaso se ha ido de pesca? o ¿Está sucediendo algo más?, ¿qué haces cuando pareciera que Dios está “escondiéndose” de ti?

    “Pidan, y se les dará, busquen, y encontrarán, llamen, y se les abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre.” (Mateo 7:7-8).

    Las palabras: pidan, busquen y llamen; están escritas en griego en un tiempo verbal que indica acción continua. La oración debe ser constante. En ese versículo, Jesús nos está enseñando como orar. Debemos insistir cuando se trata de pedir, perseverar en la búsqueda, y continuar llamando a la puerta hasta que logremos prevalecer.

    ¡No dejes de orar! Si te dejas desanimar y te das por vencido, puedes perder tu respuesta. Si ya te rendiste orando por algo o por alguien, arrepiéntete y comienza a orar de nuevo.

    De acuerdo con Santiago 5:16: “…La oración ferviente de una persona justa tiene mucho poder y da resultados maravillosos” (NTV) ¡Tus oraciones tienen energía! Y cuando oras fervientemente desatas el poder de Dios en cualquier situación.

    Cuando parece que Dios no responde, ¡Él está haciendo cambios!

    A veces, Dios tarda en responder algunas oraciones porque está haciendo cambios en tu vida. Puede que no estés listo para manejar la respuesta a tu oración, hasta que tú hayas cambiado. Cuando oras por alguna situación, particularmente si es algo relacionado con tu vida, Dios tratará primero contigo. Algunas veces, Dios no se está escondiendo de nuestras oraciones; Él está tratando de llamar nuestra atención acerca de algo que desea que cambiemos en nuestras vidas. Frecuentemente, ese cambio conlleva un proceso, ypor lo tanto requiere de tiempo. A veces pensamos que Dios está siendo lento en responder nuestras oraciones, pero, ¿qué pasa si Él está esperando que tú cambies primero?

    Considera la vida de Jacob. Él tenía un problema con su carácter. Mintió, engañó y hasta conspiró para robar la bendición y la primogenitura de su hermano. Cuando le llegó el tiempo de regresar a la Tierra Prometida, y entrar a recibir su bendición, su carácter aún no estaba preparado. Aun después de haberle servido 20 años a un suegro engañador, Jacob todavía tuvo que luchar con Dios para estar listo y recibir su respuesta.

    José es otro ejemplo.

    A la edad de 17 años, Dios le dio sueños, en los cuales veía que un día toda su familia se postraría ante él. Durante los siguientes 13 años, todas las pruebas y tribulaciones por las que atravesó lo prepararon para obtener su milagro. A la edad de 30 años, José se convirtió en el primer ministro de la nación más poderosa y civilizada sobre la Tierra: ¡Egipto! La espera y los cambios que Jacob y José tuvieron que hacer fueron valiosos para que recibieran su bendición. ¡Y también para ti valdrán la pena la espera y los cambios!

    ¡Ensancha tu fe!

    Hebreos 6:12, dice: “…por la fe y la paciencia heredan [nosotros] las promesas”. Deberías repetir ese versículo todos los días, a fin de recordarte que nada viene de Dios, si no tienes fe y paciencia.

    Abraham tuvo que esperar 25 años para que su hijo prometido naciera. En el transcurso de esos años, él cometió algunos errores muy serios. Algunas veces mintió, en lugar de confiar en Dios. En otra ocasión, trató de ayudar a Dios a cumplir Su promesa; sin embargo, el resultado fue desastroso. No obstante, recibió su promesa; y hoy en día es llamado: “el Padre de la fe”.

    Después de que Isaac nació, Abraham necesitó fe. Pues Dios le pidió que tomara a Isaac y lo llevara hacia la montaña para sacrificarlo. Abraham ni siquiera parpadeó, discutió, lloró o se quejó. Sólo preparó su burro y obedeció. ¿Cómo pudo Abraham obedecerle a Dios una petición como esa? Obedeció gracias a la fe tan poderosa que había desarrollado durante su tiempo de espera a la respuesta de su oración por un hijo. Pues él creía que Dios podía resucitar a su hijo. Dios tardará en responder tus oraciones para edificar tu fe también.

    Persevera hasta que recibas tu respuesta

    Estamos viviendo en los últimos tiempos. Dios necesita personas que sean perseverantes, conformes a Su imagen y poderosas en fe. ¿Deberías enojarte, deprimirte, dejar de asistir a la iglesia o tirar tu Biblia por la ventana cuando Dios se esconde? ¡No! Debes perseverar hasta recibir tu respuesta. Sé agresivo, y háblate a ti mismo diciendo: No dejaré de orar y creeré hasta que obtenga mi milagro.

    Elías tuvo que orar siete veces para que lloviera. Moisés oró por 40 días por las personas que estaban murmurando. Daniel oró durante tres semanas, antes de escuchar del Señor. Jesús oró toda una noche antes de escoger a Sus discípulos.

    Cada una de esas personas perseveró, hasta que Dios contestó sus oraciones. Así que, cuando parezca que Dios está escondiéndose, ¡debes esperar y perseverar!

    Marilyn Hickes es fundadora y presidenta de Marilyn Hickey Ministries. Junto a su esposo, Wallace, ella es la fundadora de Orchard Road Christian Center in Greenwood Village, Colorado. Marilyn y su hija, Sarah Bowling, son anfitrionas de un programa de televisión llamado: Today with Marilyn and Sarah (Hoy con Marilyn y Sarah). Para más información, visita marilynandsarah.org.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición mayo 2014, página 24

  • Agentes de prosperidad para el reino de Dios (por Kenneth Copeland)

    5-14_kennethHace 47 años, cuando era un estudiante de la universidad de Oral Roberts, tuve la oportunidad de almorzar con el gran evangelista T. L. Osborne. Estaba tan emocionado al respecto que una hora antes de reunirme con él, se me erizó todo el cuerpo. Si sabes algo acerca del hermano Osborne puedes entender a qué me refiero.

    Había algo extremadamente poderoso acerca de él. El conocía a Dios y tenía un ministerio de milagros. El hermano Osborne ya partió a la presencia del SEÑOR; sin embargo, durante su estadía en la Tierra, su ministerio fue uno de los más sobresalientes que el mundo jamás haya visto.

    Nunca olvidaré la primera reunión que tuve con él. Antes de ordenar la comida, me miró a los ojos y me preguntó: “¿Kenneth, te gustaría saber cómo volverte rico?”.

    Mi situación financiera era precaria en aquel entonces, así que no pensé dos veces como responderle.

    “¡Sí!”, le respondí.

    “Encuentra a un predicador al que Dios le haya encomendado una obra muy grande y financieramente imposible, ve a ese lugar y ayúdalo a llevarla a cabo.”

    Con esas palabras, el hermano Osborne, me introdujo a un principio económico celestial. Lo recibí en mi corazón, lo puse en práctica y —evidentemente— el SEÑOR me enriqueció. Dios me llevó de ser una persona tan pobre, que si mudarme de la ciudad requería de un dólar, no hubiera podido hacerlo, a una vida llena de fe para prosperar al punto que puedo hacer todas las buenas obras que Él me ha llamado a hacer, y aun así puedo tener mucho más de sobra para disfrutar. El me enseñó a ser una persona que no sólo recibe, sino que da; y en el proceso, me reveló que como creyente he sido llamado a ser: “Un agente de prosperidad para el reino de Dios”.

    Aunque me tomo este llamado de manera muy personal y lo disfruto al saber que no tiene límites, sé que no es algo exclusivo para mí. Sino que es parte del llamado de todo Cristiano.

    El deseo de Dios es que todos vivamos en esa gracia abundante, a fin de: “…que siempre y en toda circunstancia tengan todo lo necesario, y abunde en ustedes toda buena obra” (2 Corintios 9:8). Dios anhela que cada creyente sea lo suficientemente rico, con el propósito de ser todo el tiempo una BENDICIÓN financiera constante para otras personas.

    Lamentablemente, a muchos cristianos se les ha enseñado durante muchos años (¡en la iglesia de todo lugar!), que la voluntad de Dios es que algunas personas sean pobres. Sin embargo, ésa es una mentira anti-bíblica. La pobreza nunca ha sido parte del plan de Dios para nadie. Él la odia. La pobreza es un agente exterminador y destructor de las personas. Es parte de la maldición, Dios no es la fuente de la pobreza.

    Dios jamás ha hecho a alguien pobre.

    Al contrario, veamos lo que dice en Deuteronomio 15:4: “Entre ustedes no deberá haber pobres, porque el SEÑOR tu Dios te colmará de bendiciones en la tierra que él mismo te da para que la poseas como herencia” (NVI). Él está tratando de sacar las personas de la pobreza. Por esa razón, incluyó la prosperidad dentro del plan de redención. Y también es una de las razones por las cuales Jesús, siendo rico, se hizo pobre para que: “…con su pobreza ustedes fueran enriquecidos” (2 Corintios 8:9).

    ¡Deja que comiencen los milagros!

    “Bueno hermano Copeland, todo eso suena muy bien, y en realidad me gustaría tener suficiente dinero para BENDECIR a algunas personas; ya sé que me vas a decir que haga lo mismo que te dijo el evangelista. Vas a decirme que dé, pero francamente, no puedo hacerlo”.

    Te entiendo, pues yo tampoco tenía suficiente dinero cuando comencé con todo esto. En 1967, cuando el SEÑOR me pidió en una de las reuniones del hermano Oral Roberts que me convirtiera en colaborador financiero, dando USD $10 al mes, no tenía ni diez centavos. Pero, sabiendo en mi corazón que Dios me había hablado, estaba tan determinado a dar que tomé el pequeño lápiz que me habían pasado con las tarjetas de colaborador, y lo metí en el sobre que me dieron; luego lo deposité en el arca de las ofrendas.

    Y dije: “SEÑOR, esto es todo lo que tengo ahora, así que eso representará mi compromiso.  Quiero que sepas que en cuanto tenga los USD $10, los daré”.

    En ese preciso momento, una señora que estaba sentada unas filas atrás, me gritó: “¡Oye tú!”, miré a mi alrededor para buscar a quién le estaba hablando, y me di cuenta que me estaba apuntando a mí. Y aunque no había forma de que esa señora hubiera escuchado mi oración, estaba agitando con su mano la respuesta a mi oración; en la dirección donde yo me encontraba. Y me dijo: “¡Ven aquí! El SEÑOR me pidió que te diera estos USD $10”.

    Emocionado, tomé los 10 dólares que ella me dio, saqué el sobre que había dado junto con el lápiz, y deposité el dinero.

    Desde ese día, comencé a recibir milagros de USD $10, uno tras otro. Y en el transcurso de un tiempo, esos USD $10 se incrementaron  y se convirtieron en USD $20.

    Uno de los milagros más inolvidables ocurrió una tarde cuando Gloria, los niños y yo nos dirigíamos hacia Oklahoma desde Tulsa. Tenía agendada una reunión en ese lugar, y había gastado hasta el último centavo que tenía para llenar el tanque de gasolina de nuestro auto, un viejo Oldsmobile en muy mala condición. Cuando llegamos a las afueras de la ciudad, era hora de la cena y los niños comenzaron a decir: “¡Papi, tenemos hambre! ¿A qué hora vamos a comer?”.

    “En cualquier momento”, les respondí. No mencioné que no teníamos dinero para comprar comida. Y Gloria tampoco lo hizo.

    Gloria sólo sonrió, y creyó en Dios conmigo.

    Unos kilómetros más adelante, pasamos por un lugar donde había restaurantes por todos lados y los niños comenzaron a gritar más fuerte. Pero  algo más atrajo mi atención: era un pedazo de papel verde que pasó frente a mi automóvil, y se quedó atorado en la medianera que dividía la avenida.

    “¡Dinero!” exclamé.

    Gloria me miró sorprendida.

    “¿Qué?”, me preguntó.

    “Acabo de ver dinero volando por la calle”.

    Hice un giro en U, regresé, y encontré un billete de USD $20 pegado a la medianera; lo quité de ahí, me subí al automóvil y les pregunté a mis hijos: “¿Dónde quieren comer?”.

    Cosas como esas nos sucedieron semana tras semana. Recibíamos una bendición tras otra, y nunca pasó un mes sin que ofrendáramos nuestra semilla al ministerio del hermano Roberts, o en cualquier otro lugar en donde Dios nos guiaba a sembrar.

    Liberémonos de la mentalidad de escasez

    “Si, pero hermano Copeland, ese tipo de cosas te suceden porque eres un predicador”.

    No, no es por eso, La razón por la esas cosas me pasan es porque Dios cumple Su PALABRA, en la cual se nos enseña que: “(Dios) quien provee la semilla para la siembra y el pan para alimentarnos, también provee y multiplica tus (recursos para) sembrar e incrementar los frutos de tu justicia… a fin de que seas enriquecido en todas las áreas, y de esa forma puedas ser generoso, y…así dar gracias a Dios”
    (2 Corintios 9:10-11, AMP).

    Quizá digas: “Pero no puedo ver cómo Dios hará esas cosas por mí, en especial sabiendo cómo está la economía  en estos días”.

    No sabes cómo, porque aun estás viendo las cosas conforme al sistema de este mundo babilónico. Todos los que viven bajo ese sistema, no importa cuánto dinero posean, sólo piensan en escasez y pobreza. Incluso las personas adineradas del mundo viven con el constante temor a perder su dinero, y eso se debe a que mantienen pensamientos de escasez en su mente.

    Como creyente, no debes pensar de esa forma, pues has sido liberado de la mentalidad de escasez. Puedes sumergirte en la PALABRA, y descubrir lo que la misma dice acerca del plan de Dios para prosperarte. Deja de conformarte a este mundo y “…transfórmense por medio de la renovación de su mente…” (Romanos 12:2).

    Entre más lo hagas, más dejarás de pensar como una persona mundana que está atada a la economía de este mundo; y comenzarás a verte de la manera en que Dios te ve.

    Uno de los errores más grandes que puedes cometer

    ¿Y cómo Dios te ve exactamente?

    Él te ve de la misma manera que Jesús vio a Sus discípulos durante Su ministerio terrenal. ¿Recuerdas lo que Él les dijo cuándo quería alimentar a la multitud hambrienta en aquel lugar desértico y desolado? Jesús les dijo: “…Denles ustedes de comer”.

    Jesús no buscó a alguien lo suficientemente rico para pedirle que comprara comida para esa multitud de personas. Tampoco buscó a un granjero rico que acabara de recoger una gran cosecha. Él les pidió a Sus discípulos que los alimentaran porque ellos eran Sus agentes de prosperidad.

    No obstante, al igual que muchos cristianos en la actualidad, Sus discípulos pensaron que no calificaban, y debido a eso, protestaron: “…Aquí tenemos sólo cinco panes y dos pescados.” (Mateo 14:17).

    Obviamente eso no era suficiente ni siquiera para comenzar a satisfacer la necesidad, pero Jesús no se preocupó. Él sabía que Su Padre se encargaría de multiplicar ese poco de comida, hasta que la multitud quedara tan saciada que sobraría. Por esa razón, les indicó: “…Traédmelos acá”.

    Uno de los errores más grandes que puedes cometer cuando Dios te llama a hacer algo, es mirar tus propios recursos y ver si calificas para ese llamado. ¡Dios ya vio que calificabas desde el momento en que te llamó!

    Cuando Dios te dice: Da esta ofrenda, o Suple esta necesidad, significa que Él ya te ha provisto más que suficiente para que puedas hacerlo. Tu responsabilidad simplemente consiste en que traigas lo que tienes ante Él. Luego, Dios multiplicará eso que traes, y hará a través de ti y por ti, más allá de lo que puedas pedir o pensar.

    Conozco a un hombre que descubrió esa verdad hace muchos años, en un momento de su vida cuando todo indicaba que no tenía la capacidad financiera de BENDECIR a nadie. Este hombre era un ex empleado de una de las fábricas más grandes de automóviles, y había tenido que jubilarse antes de tiempo por problemas físicos y de salud. El cheque que recibía por su discapacidad no era suficiente para cubrir sus gastos mensuales, y encima de eso, no gozaba de buena salud para trabajar, así que no sólo necesitaba sanidad, sino también un milagro financiero.

    Este hombre fue a una reunión de sanidad de Oral Roberts, y durante el tiempo de la ofrenda, él estaba sentando con USD $5 en su bolsillo. Era todo lo que tenía para sobrevivir el resto del mes (y aún faltaba mucho tiempo para que el mes terminara). Pero escuchó al hermano Roberts predicar acerca de la importancia de sembrar en el reino de Dios, y se dispuso a escuchar con su corazón las instrucciones que el SEÑOR deseaba que siguiera.

    Cuando el SEÑOR le pidió que ofrendara los cinco dólares que tenía, le contestó: “¡Está bien, SEÑOR Jesús! Aquí está. Es todo lo que tengo. Tú me dijiste que lo diera, y eso es lo que estoy haciendo”. El recibió su sanidad, pero eso no fue todo.

    Después de un tiempo, mientras trabajaba en su casa, comenzó a sentir la necesidad de subir al ático, y sacar unos planos que había diseñado hacía algunos años para un componente de la tracción en camionetas 4×4. El SEÑOR le dijo: Quiero que tomes esos planos y que se los enseñes a tus antiguos jefes.

    “Pero ya lo hice, y se burlaron de mí sacándome de la reunión”, se quejó.

    Esta vez no se burlarán de ti, porque Yo estoy yendo contigo.

    Y así sucedió; los ingenieros aceptaron ver los planos del hombre una vez más, y esta vez quedaron asombrados. Y le dijeron: “¡Esto es exactamente lo que hemos estado buscando!”. La compañía le compró el diseño, y desde ese día, cada vez que esa compañía vende una camioneta con tracción 4×4, este hombre hizo dinero.

    ¿Sabes qué hizo con ese dinero?

    Se convirtió en uno de los donantes más importantes de ORU. Éste fue el plan de Dios todo el tiempo. El nunca vio a ese hombre como alguien pobre porque, como un creyente nacido de nuevo, él no lo era. Aun cuando aquel hombre sólo tenía USD $5 en su bolsillo, él era un Agente de prosperidad del reino de Dios.

    Esa misma verdad es para ti. El SEÑOR Jesús te ha llamado y dado el poder para que seas una BENDICIÓN financiera para la humanidad. No importa en qué estado se encuentre tu cuenta bancaria ahora mismo, tú no eres pobre. Tú eres coheredero con Cristo, y un heredero al trono.

    Incluso si estás en bancarrota y no tienes nada para sembrar, pon tu mirada en Dios y Él te proveerá. Luego, Él te mostrará en dónde debes sembrar esa semilla, y la multiplicará e incrementará.

    Así que, activa tu fe para recibir la gracia de dar y ponte a Su disposición. Declara: “Señor, estoy a tu disposición. Quiero que me conviertas en una BENDICIÓN para alguien. ¡Dame una necesidad para suplir y haz que sea una gran, gran, GRAN necesidad! ¡Permíteme alimentar a 20.000! Déjame hacer lo que el hermano Osborne dijo, encontrar a un predicador con una obra que sea muy grande para él, y déjame involucrarme y ayudarlo a llevarla a cabo”.

    No te escondas debajo de la banca que esta frente al altar, esperando que Dios no te llame porque tienes muchas facturas que pagar. No pienses más en esas facturas. Deja de enfocarte en ti mismo, y comienza a enfocarte en los demás. Y en lugar de decir: “No puedo dar”, haz lo mismo que hice cuando por primera vez me inscribí en el equipo de fútbol americano de la escuela primaria: ¡Yo estaba determinado a jugar!

    Durante el primer partido de la temporada, el entrenador trató de dejarme sentado en la banca; sin embargo, yo no podía quedarme sentado ahí. A intervalos regulares, salía de la banca y le gritaba: “¡entrenador, quiero entrar a jugar! ¡Yo puedo hacerlo!”. El entrenador me pedía que me sentara, pero cuando trataba de quedarme sentado, sentía que mis pantalones tenían resortes y volvía a salir de la banca.

    Mientras más veas en la PALABRA de Dios quién realmente eres, y para qué has sido llamado, tendrás más entusiasmo para dar y ganar almas para Jesús. Te levantarás cada mañana, y le dirás al SEÑOR: “Muéstrame una persona a la que pueda BENDECIR. ¡Entrenador, quiero entrar al juego! ¡Yo puedo hacerlo!”.

    Vivirás cada día como un Agente de prosperidad para el reino de Dios.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición mayo 2014, página 28