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  • Del basurero a la junta directiva (por Kenneth Copeland)

    2-14_mainSi has estado luchando contra la escasez financiera, te diré algo que quizá te sorprenda: La solución a tu problema no es el dinero.

    La mayoría de personas te dirán que sí lo es, pero están equivocadas.

    La pobreza—o escasez de cualquier clase—no es un problema de dinero, sino un problema espiritual que vino sobre la humanidad a través de la maldición del pecado. Y podemos resolver este problema mediante la revelación de lo que Jesús llevó a cabo en la Cruz. Eso significa que sólo puedes vencerlo al renovar tu mente con el hecho de que Jesús: «se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos» (2 Corintios 8:9).

    En mis 46 años de ministerio, me ha sorprendido ver cómo esa verdad espiritual ha transformado la vida de las personas. Cuando dejan de creer lo que el mundo les dice acerca de su situación financiera, y comienzan a creer lo que Dios declara, la pobreza pierde por completo su autoridad sobre ellas. Y se mudan del basurero a la junta directiva. Se convierten en testimonios vivos, demostrando que Dios: «…levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar, para hacerlos sentar con los príncipes, con los príncipes de su pueblo» (Salmos 113:7-8).

    He visto cómo pasa una y otra vez. No sólo en naciones prósperas como Estados Unidos, sino en algunos de los lugares más afectados por la pobreza en este mundo.

    Por ejemplo, Nigeria. Hace algunos años, estuve allí predicando en la iglesia del obispo Benson Idahosa, y él llegó en una limosina Mercedes de color blanco a buscarme para ir la reunión. Ése era uno de los automóviles más bonitos que había visto, y en aquellos días que hasta una bicicleta era considerada un transporte lujoso, esa limosina era una señal y una maravilla sobre ruedas.

    Yo sé cómo el obispo Idahosa, —quien ya partió a casa para estar con el SEÑOR— hacía las cosas en el ministerio. Él vivía por fe, y le enseñó a su congregación a hacer lo mismo. Por tanto, yo sabía que había una historia detrás de ese automóvil.

    Mientras recorríamos las calles, él comenzó a relatarme esa historia. Señalando a los harapientos vendedores ambulantes a la orilla del camino, el obispo Idahosa me dijo: «¿Ves a esas personas? Están vendiendo aceite de motor usado. Ellos lo limpian, lo filtran, y luego lo venden barato a las personas que no tienen suficiente dinero para comprar aceite nuevo».

    Con sólo mirarlos, me di cuenta de que no era un negocio muy provechoso. Los pobres le vendían a los pobres, y así todos seguían pobres en el proceso. Sin embargo, la siguiente declaración del obispo Idahosa me tomó por sorpresa.

    Me dijo: «La dama que me obsequió este automóvil solía ser uno de esos vendedores ambulantes. Ella sobrevivía con monedas cada día. Pero se aferró a la PALABRA de Dios, y descubrió que Jesús la había liberado de la pobreza, y aprendió acerca de la siembra y la cosecha. Ella creyó, y comenzó a practicar este principio. Poco tiempo después, Dios la colocó en el verdadero negocio del aceite. Dejó de vender aceite usado para vender del nuevo ¡a lo grande!».

    No tuve que preguntarle cómo le había ido, pues la respuesta era el automóvil que conducíamos. Era claro que Dios había hecho por aquella mujer algo que ninguna cantidad de limosnas hubiese logrado. El SEÑOR la sacó de la pobreza, no enviándole personas a darle dinero; ¡sino enviándole Su PALABRA para erradicar la pobreza misma de su vida!

    Buenas noticias para los pobres

    No me malinterpretes. No estoy en contra de darle a los necesitados. Por el contrario, estoy muy a favor de eso. En mi vida y en mi ministerio, ayudar al necesitado es una prioridad, pues Jesús así lo hizo. Además, me gusta y para mí es un gozo. Pero aún así soy consciente de que sólo darle dinero a alguien no puede solucionar el problema de la pobreza en su vida.

    Si así fuera, la cita de Lucas 4:18, se leería diferente. Jesús habría dicho: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para recaudar dinero para los pobres”.

    Pero eso no fue lo que Jesús dijo. Él declaró: «El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres…».

    ¿Cúales son las buenas nuevas a los pobres? Son las buenas noticias de que no tenemos que volver a ser pobres jamás porque Jesús nos liberó. Él llevó la maldición de la pobreza por nosotros, a fin de que LA BENDICIÓN de Abraham pueda ser nuestra a través de Él.

    Jamás olvidaré la emoción que sentí la primera vez que escuché esa verdad. Era una revelación tan maravillosa que pensé que todo aquel que la escuchara, se emocionaría como yo. Una misionera que vivía en un país pobre donde fui a ministrar, me ordenó que ni siquiera mencionara esa parte del evangelio. Me dijo: «No le prediques a la gente de prosperidad. No les enseñes de la siembra y la cosecha. Ellos son demasiado pobres para darle algo a alguien».

    Aparentemente ella desconocía que 2,000 años atrás, la gente dijo lo mismo de los creyentes en Macedonia. De acuerdo con la Biblia, estos creyentes vivían en “extrema pobreza”. No era simplemente que vivían de la ayuda social del gobierno. Eran tan pobres que la mayoría de nosotros ni siquiera podría imaginarlo. Sin embargo, cuando escucharon que Pablo estaba recibiendo una ofrenda para ayudar a los cristianos en otra ciudad, le rogaron que les permitiera dar.

    ¿Por qué tuvieron que rogar? Porque la misma idea errónea que prevalecía en esa época, prevalece hoy. La gente pensaba que los pobres no podían dar cuando se les pidiera porque dar los dejaría más pobres que nunca.

    ¡Ésa es la forma de pensar que mantiene pobres a las personas! Pero los creyentes en Macedonia se negaron a creer de esa manera. Ellos deseaban dar, y no permitieron que se les negara ese derecho. Como resultado, Pablo escribió lo siguiente acerca de ellos en 2 Corintios 8:2-5:

    «Que en grande prueba de tribulación, la abundancia de su gozo y su profunda pobreza abundaron en riquezas de su generosidad. Pues doy testimonio de que con agrado han dado conforme a sus fuerzas, y aun más allá de sus fuerzas, pidiéndonos con muchos ruegos que les concediésemos el privilegio de participar en este servicio para los santos. Y no como lo esperábamos, sino que a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios».

    Lee de nuevo esa última oración. En ella se afirma que en Macedonia los creyentes tenían un gran deseo de ser de bendición para los demás, al punto de dar cualquier cosa que tuvieran —¡incluso a sí mismos!—. Decían: “¡Aquí estoy! Sólo díganme qué puedo hacer para ayudar. Muéstrenme cómo puedo servirles. Quizá no tenga mucho dinero, pero les daré mi tiempo. Pongo a su disposición mi fuerza. ¡Sólo permítanme dar!”.

    ¿Sabes cómo le llamó Pablo a esa actitud? Lo llamó: “La gracia de dar”. Y animó a otros creyentes a que abundaran en ella, siguiendo el ejemplo de los macedonios.

    «Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos. Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra» (2 Corintios 8:9, 9:6-8).

    Comienza a prestar atención

    Medita en lo siguiente: Esos versículos no se estaban refiriendo a las personas adineradas, sino a los más pobres entre los pobres. Fueron escritos acerca de la gente en extrema pobreza quienes no tenían casi nada para dar, excepto a sí mismos. Sin embargo, Pablo afirmó que Dios multiplicaría la semilla sembrada hasta que fueran enriquecidos lo suficiente ¡para abundar en toda buena obra!

    Quizá digas: “No sé cómo podría cumplirse esa escritura”.

    Entonces necesitas leer Mateo 14, porque en la Biblia se nos muestra con exactitud cómo se cumple. Allí se nos habla acerca de una ocasión en la que Jesús enriqueció a Sus discípulos tanto que pudieron alimentar a miles de personas hambrientas, aunque unos minutos antes ni siquiera tenían lo suficiente para su propia cena. Es probable que recuerdes esa historia.

    Esto ocurrió en medio del desierto. Jesús se dirigió a ese lugar para estar a solas, y las multitudes lo siguieron. Él actuó con tanta compasión por ellos que terminó teniendo una reunión de sanidad que duró todo el día. Cerca del atardecer, sus discípulos comenzaron a ponerse nerviosos. Después de todo, estaban en las afueras justo en medio de la nada —sin comida ni agua y en un lugar peligroso—.

    Entonces, ¿qué hicieron?. Interrumpieron la reunión. Se acercaron a Jesús, quien por horas había estado sanando a las personas de toda clase de enfermedades y dolencias, y le dijeron: «El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer» (Mateo 14:15).

    Estoy seguro que en ese momento, los discípulos pensaron que sus palabras tenían mucho sentido. Pero en realidad, eran ridículas. ¿Creían ellos que Jesús —quien había obrado milagros todo el día— no se las arreglaría para saber qué hacer con la cena? ¿Pensarían ellos que Él había perdido la noción del tiempo, o que se le había olvidado que estaban en el desierto?

    La idea en sí misma es absurda. Sin embargo, si somos sinceros, tenemos que admitir que nosotros también hemos actuado de la misma manera. Todos sabemos lo que se siente al enfrentar problemas que parecen tan grandes que abarcan todo lo que podemos ver. Todos hemos sentido la presión que surge al tener pensamientos de pánico: “Si me atraso en este pago, ¡embargarán mi automóvil! ¿Qué voy a hacer?”.

    Cuando comiences a pensar: “¿Qué voy a hacer?”, ya te equivocaste; te daré un buen consejo para cuando eso ocurra: detente y recuerda que Dios no depende de tu habilidad. Sólo porque algo parezca difícil para ti, no significa que sea difícil para Él. ¡Para Él todo es posible!

    Los discípulos debieron saber esa verdad, y la habrían sabido si se hubieran enfocado en lo que Jesús estuvo realizando y declarando durante ese día. Pero su temor por la falta de comida los distrajo. No estaban prestando atención… pero todo cambió cuando Jesús realizó la siguiente declaración:

    «No tienen necesidad de irse; dadles vosotros de comer».

    Con esa declaración, los discípulos le prestaron toda su atención.

    Quizá ellos pensaron: “¿Qué? ¡Debes estar bromeando!”.

    “Sólo tenemos cinco panes y dos peces”.

    Y Jesús les dijo: «Traédmelos acá».

    Un mandamiento fácil de obedecer

    Si deseas saber cómo Dios promueve a las personas del basurero de la pobreza a la junta directiva de la abundancia, la respuesta está allí, justo en ese versículo. Él nos indica a todos lo que Jesús le dijo a Sus discípulos ese día: «Traédmelos acá».

    Algunas personas piensan que obedecer ese mandamiento es difícil, pero en realidad no lo es. Cuando obtengas la revelación de lo que Jesús quiere hacer por ti y cuando en realidad creas que en la Cruz Él se convirtió en la persona más pobre del mundo y llevó la maldición de la pobreza a fin de que tú pudieras ser tan próspero como lo es Él, será sencillo entregarle en Sus manos lo que tengas.

    Incluso si no tienes ni un centavo, estarás tan ansioso de darle algo a Jesús que saldrás a buscar aunque sea una roca que se vea bonita, la pulirás y se la entregarás. Serás como los macedonios, ¡te ofrecerás a ti mismo!

    ¿Por qué? Porque sabes que Él hará por ti lo mismo que llevó a cabo por Sus discípulos, cuando ellos le entregaron los panes y los peces. Jesús tomará lo que le entregues, y lo bendecirá; y como leemos en Proverbios 10:22: «La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella».

    LA BENDICIÓN del SEÑOR transformó la pequeña provisión de los discípulos en una cena donde las multitudes comieron hasta saciarse. LA BENDICIÓN hizo que la comida se multiplicara en las manos de los discípulos, y a medida que la repartían: «… comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró de los pedazos, doce cestas llenas» (Mateo 14:20).

    ¿Hará la BENDICIÓN lo mismo por ti con respecto a tu situación?

    ¡Por supuesto que sí!

    Sólo debes cooperar con ella depositando tu fe en la PALABRA de Dios. Cree lo que Él declara acerca de tu condición financiera, y no lo que el mundo dice. Después, llévale lo que tengas y confiesa: SEÑOR, ¿qué deseas que yo haga? ¿A quién debo alimentar? ¿A quién debo servir?

    No importa si lo único que tienes son cinco bolsillos vacíos con agujeros. Tampoco si ya es fin de mes, y te encuentras atrapado en medio de un desierto financiero. Deja de pensar en ti mismo, y toma la determinación de ser una bendición para alguien más. Entrégale a Dios algo para que lo multiplique en tu vida.

    Él puede hacer que el desierto florezca como una rosa, justo allí donde te encuentras. Él puede convertir tu nada en un jardín del Edén; y Él obrará antes de que tú digas: “¡Bendice mis finanzas otra vez!”.

    Pero esa determinación debe comenzar primero en tu interior. Por tanto, toma tu Biblia y renueva tu mente. Toma el agua de la PALABRA, y lava todo rastro de esa mentalidad antigua de pobreza. Múdate del basurero de la escasez a la junta directiva de la abundancia. Pues, como heredero con Jesús, es allí donde perteneces.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición febrero 2014, página 4

  • Aprendiendo a Vivir en el Reino (por Kenneth Copeland)

    1-14_mainEn la década de los ochentas, justo después de la caída del comunismo en la Unión Soviética, vi algo que nunca olvidaré.

    En aquella época, estaba ministrando en Ucrania en un antiguo teatro de opera. Gloria y yo predicábamos en la parte de arriba del escenario donde se encontraba el ministerio de alabanza, sin embargo, el sótano de aquel teatro tenía una historia de horror en sus antecedentes.

    Era un lugar horrible.

    Durante años, la agencia de inteligencia KGB había usado ese lugar para realizar el trabajo sucio. Ahí capturaban a quienes denominaban: “enemigos del estado”, a quienes sacaban de su asiento durante el espectáculo de la ópera arrastrándolos brutalmente hacia el sótano, a fin de interrogarlos. Muchos de ellos desaparecían para siempre.

    No obstante, Gloria y yo lo veíamos como  un lugar maravilloso para tener reuniones. Lo pasábamos muy bien predicándole a personas que escuchaban, por primera vez en su vida, con libertad la proclamación del evangelio. La gente respondía con cánticos y gritos de alabanza a Dios. Todos parecían estar emocionados… excepto los ujieres que estaban a cargo de dar la bienvenida en las puertas.

    Estaban llenos de temor. Ellos no sabían qué hacer, pues pocos días antes muchos cristianos habían sido asesinados en una actividad de ese tipo. Por tanto,  entraron en pánico y cerraron las puertas.

    Al no comprender preguntamos: «¿Qué están haciendo? ¿Están intentando evitar que salgamos o cerraron para que alguien de afuera no entre?».

    ¡No comprendieron! Estaban confundidos porque no sabían aún cómo obrar en ese nuevo sistema de libertad. Era un misterio para ellos.

    Sin embargo, no era un misterio para nosotros, pues nosotros crecimos en dicho sistema. Por consiguiente, nos encargamos de la situación. Les dijimos: “¡Abran las puertas!” y obedecieron.

    Estos servidores no eran los únicos que tenían problemas acerca de qué hacer en aquel entonces. Uno de nuestros colaboradores en el ministerio, quien vivía en Europa Oriental, nos dijo que ése era un problema recurrente. Él enseñó a su familia diciéndoles: «Desde ahora, todos debemos prestarle especial atención a los programas televisivos de los Copeland, porque aún no sabemos cómo vivir en la libertad que ellos viven».

    ¡Siempre recordaré esos días llenos de emoción! Siempre recordaré de manera clara, cómo aprendieron esta poderosa lección espiritual: Personas que habían vivido bajo un sistema de opresión y que de pronto fueron libres, debían ser instruídos a vivir en libertad.

    Fue una realidad para los creyentes de Ucrania, y los es para ti y para mí.

    Aunque no hemos vivido en un país comunista, como creyentes todos hemos enfrentado los mismos retos. Todos sabemos lo que fue vivir en un sistema de esclavitud para luego ser liberados; fuimos liberados del régimen de opresión del enemigo y fuimos trasladados a la libertad del reino de Dios al nacer de nuevo.

    Al nacer de nuevo, todos éramos como los servidores de ese teatro. Al principio, no teníamos ni la menor idea de cómo actuar en nuestro nuevo ámbito espiritual. La forma en que obraba el reino de Dios era un misterio para nosotros.

    Y para muchos cristianos lo sigue siendo. Como alguien les dijo que el Señor obra de maneras misteriosas, por tanto, asisten a la iglesia y leen la Biblia sin la expectativa de aprender algo nuevo. Y afirman: “Bueno, nadie sabe cómo va a obrar Dios, pues el Señor obra de maneras misteriosas”.

    Aunque esa declaración suena muy espiritual, ellos están errados. Jesús nunca dijo que los caminos de Dios serían un misterio para nosotros, Él dijo lo contrario: «…A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios…» (Lucas 8:10).

    ¿Ya te diste cuenta de qué significa eso?

    Significa que, como ciudadanos del cielo, tenemos acceso a información secreta. Podemos llegar a entender los métodos por los que Dios obra. Podemos estudiar Su PALABRA y aprender los procesos que Él usa para obrar.

    En Juan 8:31-32, Jesús nos lo explicó de la siguiente manera: «…Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».

    Lecciones del Maestro

    ¡Esa información secreta cambiará tu vida!

    Si quieres saber cómo obtenerla, presta atención a lo que le sucedió a Pedro en el Nuevo Testamento. La primera vez que Jesús le dio una orden, él no sabía cómo obraba el Reino. No tenía ni idea de cómo actuar. Por consiguiente, se perdió de una gran oportunidad.

    Probablemente ya sepas la historia. Jesús tomó prestado el bote pesquero de Pedro, y le predicó a la multitud de la costa de Galilea. Al terminar Su mensaje, Jesús se volvió a Pedro y le dijo: «…Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar».

    «Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red» (Lucas 5:4-5).

    Nota que Jesús le dijo “redes” (en plural), y Pedro respondió “red” (en singular). ¿Por qué Pedro alteró la instrucción que Jesús le dio? Porque estaba cansado de trabajar toda la noche, ya había lavado todas sus redes y no quería regresar al mar para que se volvieran a ensuciar, sólo porque este predicador —quien era obvio que no sabía nada acerca de la pesca— creía que era una buena idea. Así que, escogió la red más vieja, la que estaba deteriorada, de la cual no tenía que preocuparse por lavar más tarde.

    Por supuesto, Pedro se arrepintió de haber tomado esa decisión, pues cuando lanzó la red al agua, se llenó de peces a tal punto que ésta se rompía. Y se vio forzado a pedir ayuda a otra barca. Mientras los otros pescadores levantaba la pesca de su vida, Pedro cayó de rodillas ante Jesús y cuando aún los peces le aleteaban en el rostro, exclamó: «… Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él» (Lucas 5:8-9).

    ¡Imagínate cómo se sintió Pedro! Aunque para sus compañeros el viaje fue un éxito, para él fue un total fracaso. ¿Por qué? Porque aún no sabía descifrar los misterios del reino de Dios.

    Sin embargo, poco tiempo después la historia fue completamente diferente. Cuando el recaudador de impuestos del templo quería dinero, Pedro no titubeó cuando Jesús lo envió de nuevo a a pescar: «…ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti» (Mateo 17:27).

    ¡Esas instrucciones eran extrañas! Jesús ni siquiera le dijo a Pedro que utilizara un cebo. Sólo le indicó: “Lanza el anzuelo y una pez con dinero lo morderá” (Paráfrasis del autor).

    Si Jesús le hubiera dicho algo como eso a Pedro cuando lo conoció, él quizá le habría respondido: “Señor, ¿has estado bebiendo?”. No obstante, en esta ocasión él ya tenía tiempo de andar con Jesús, y ya lo había escuchado predicar.

    Pedro escuchó las frases que Jesús expresaba: «…Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras… No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente» (Juan 14:10, 5:19).

    Al ser testigo de lo que sucedía cuando Jesús escuchaba y obedecía la PALABRA del Padre, Pedro había aprendido a descifrar los misterios del Reino. Aprendió que cuando dices y haces lo que Jesús te pide, ¡el poder de Dios obrará y saldrás vencedor!

    Viajando sin equipaje

    Pedro no fue el único que aprendió esa lección. Jesús se las enseñó a todos Sus discípulos. Una de las maneras en que les enseñó, fue enviándolos a predicar por todo el país; llevando como equipaje sólo la ropa que llevaban puesta. Él les indicó: “¡Viajen sin equipaje! Dejen todo, no lleven ni siquiera ropa para cambiarse” (Traducción libre de Mateo 10:5-10).

    Algunas personas piensan que Jesús dijo eso porque Él quería que todos fueran pobres. ¡Nada más equivocado! Jesús no les pidió que fueran pobres. Él les estaba ofreciendo la oportunidad de liberarse de las cadenas del sistema de la economía del mundo, y que experimentaran lo emocionante que es que sus necesidades fueran suplidas por el reino de Dios.

    Él les estaba queriendo decir: “Muchachos, vengan a trabajar para mí. Obedézcanme y el Padre se encargará de proveerles”.

    Ellos obedecieron, y sucedió tal cual Él se los había prometido. Al culminar Su ministerio terrenal, Jesús les preguntó: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja, y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: Nada» (Lucas 22:35). Aprendieron a vivir libres.

    Lee lo que se nos enseña en la Biblia acerca del joven rico y descubrirás que a él también se le dio la misma oportunidad. Jesús se la ofreció el día que él vino a preguntarle cómo obtener la vida eterna. Al final de su conversación, Jesús le dijo algo similar a lo que les indicó a Sus 12 discípulos: «…vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme» (Lucas 18:22).

    Sin embargo, en lugar de aprovechar la oportunidad, el joven rico se entristeció porque no sabía nada acerca de los misterios del reino de Dios. Él no entendió que si obedecía a Jesús, no sólo llegaría a formar parte de Su ministerio, sino que llegaría a ser más rico de lo que siempre soñó.

    Al igual que los discípulos, él también pudo haber aprendido a vivir libre.

    Pídele al Señor que te entrene

    ¡Todo el reino de Dios funciona con el mismo proceso! Ésta es la manera en que vas a salir de deudas, en que vas a recibir tu sanidad, en que vas a hacer que el diablo huya de ti y en que puedes disfrutar de días celestiales en la Tierra.

    Sólo debes escuchar a Jesús. Di y haz todo lo que Él te indique que digas y hagas; y podrás tener el mismo éxito que Él tuvo cuando estuvo en la Tierra, en todas las áreas de la vida.

    “Pero hermano Copeland, ¡no estoy seguro de lograrlo! La mayoría del tiempo siento que no puedo escuchar a Dios”.

    Entonces deja de lado los sentimientos, y enfócate en las Escrituras como Juan 10:4-5 en donde Jesús expresó: «…las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Mas al extraño no seguirán…». Cree esa verdad y declárala, dile al SEÑOR: Tengo oídos par oírte y sé cuando me estás hablando. Por tanto, inclino mis oídos a Tus razones. Señor, estoy a Tus órdenes.

    Luego, haz tu parte para familiarizarte con la voz de Dios, al darle el primer lugar a Su PALABRA escrita en tu vida. Invierte tiempo leyendo y estudiando la Biblia. Ora a diario y practica escuchar la voz del Espíritu Santo en tu espíritu. Pídele al Señor que te entrene. Y por último, confía que Él te revelará cualquier cosa que no entiendas.

    Te garantizo, Él lo hará.

    Él lo ha hecho por mí incontables veces. Viene a mi mente un incidente en particular, que se suscitó en los primeros días de mi ministerio. Estaba caminando por una calle en Tulsa, Okla., donde se me había invitado a predicar, y el SEÑOR me habló y me dio una instrucción. Sabía que venía del Señor, sin embargo, unos minutos después escuché algo en mi espíritu que no parecía del todo correcto.

    Sentía que no se alineaba con la PALABRA escrita —por lo menos, con lo poco que sabía de ella en aquel entonces—. Por consiguiente, me detuve en la acera, le repetí lo que había escuchado y expresé: «Estoy dispuesto y estoy listo para obedecerte, pero la última parte me parece confusa. Por tanto, con Tu permiso, voy a obedecer hasta que lo vea en la PALABRA escrita».

    En respuesta, escuché que el SEÑOR dijo muy claro dentro de mí: Eso es algo elogiable, y te mostraré lo que necesitas saber.

    Poco tiempo después, Él me reveló lo que sucedía. Dios me mostró que justo después de que me habló, Satanás vino por detrás e intentó imitar Su voz. Luego, Él me llevó a la Biblia, y me mostró las Escrituras que el diablo había alterado, y añadió: No vuelvas a seguir esa voz.

    Por supuesto que no lo hice. Y cuando el diablo intentó volverme a engañar, lo reconocí y le dije: «No, señor diablo, no me vas a volver a engañar con eso. Conozco la diferencia entre tu voz y la voz del Padre, ¡y me rehúso a obedecerte!».

    Tú también puedes hacer lo mismo. Por tanto adelante, continúa atendiendo la PALABRA, caminando en Jesús, y manteniendo tus oídos atentos a Él. Sigue diciendo y haciendo cualquier cosa que Él te indique que digas y hagas. Y ten la certeza de que saldrás vencedor todo el tiempo.

    Sé libre del sistema de esclavitud del enemigo, sigue escudriñando los misterios del reino de Dios, y cada día aprenderás más acerca de cómo vivir libre.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición enero 2014, página 4

  • Nunca Más Pobre (por Melanie Hemry)

    IMG_7939_SP-blogTommy Smith dejó caer un montón de recibos sobre la mesa de la cocina y apoyó su cabeza sobre sus manos. ¿Cómo podían tantas esperanzas y sueños desvanecerse tan rápido como el humo? Él escuchó gemidos que parecían nunca terminar. Los lamentos de Pam eran el sonido más triste que Tommy había escuchado.

    Bueno, excepto cuando escuchó caer la tierra sobre el ataúd de su primogénito. Ése fue el sonido más desolador y triste de todos.

    Dos años atrás cuando se casaron, la vida parecía ser muy prometedora y llena de esperanza para Tommy y Pam. Cuando Pam quedó embarazada, se convirtieron en la pareja más feliz del mundo. Ellos se maravillaban y regocijaban cada mes durante el proceso. Cada movimiento y cada patada se convertía en una celebración. Ellos disfrutaron cada momento; es decir, cuando compraron la cuna, las cobijas y la ropa para el bebé.

    El nacimiento de Jonathan fue una montaña rusa de emociones. Tommy estaba tan lleno de gozo que hasta le costaba respirar. Aún se llena de escalofríos al recordar el sonido de la ambulancia que se abría paso en el trayecto hacia el hospital Fayette, Ala., que llevaba a la persona más especial para él. Al ser admitido en el hospital de niños en Tuscaloosa, Jonathan fue sometido a una cirugía.

    Tres días después, el bebé falleció. Y como si el cuarto del bebé, y la cuna no fueran suficientes recordatorios de su pérdida, la cuenta de los gastos médicos que llegaba en su correspondencia era parte de su recordatorio. Cuando Tommy vio el detalle de la cuenta, se sintió abrumado: La cuenta del hospital, el costo de la ambulancia, el costo de la cirugía y los Cuidados Intensivos en la Unidad Neonatal. Gracias a Dios por todas las primas de seguro que había pagado en su trabajo.

    Un día, mientras revisaba la correspondencia Tommy encontró una carta de su compañía de seguros. Al leer la carta la primera vez, no la comprendió. Y las manos le temblaban al leerla de nuevo.

    «Lamentamos informarle que su caso es una excepción… pues el seguro no cubre a un recién nacido hasta que éste cumple una semana de nacido… debido a que su hijo falleció antes de cumplir dicha semana… esa cuenta no puede ser cubierta por su póliza».

    Tommy fijó su mirada en la carta, como si se tratara de una serpiente. Si aún dando hasta el último centavo de su salario anual, le llevaría años saldar la deuda.

    Sueños rotos

    Tommy expresa: «No sabíamos cómo salir de eso. Perder a Jonathan fue horrible y encima de eso toda esa deuda nos abrumaba. Seguimos orando, leyendo la Biblia y asistiendo a la iglesia, pero habíamos perdido nuestro gozo».

    «Mi esperanza era llegar a tener una mejor vida financiera, pues crecí en pobreza. De niño, yo no tenía dinero para comprar almuerzo o comida para llevar a la escuela. La pobreza no sólo se limitaba a mi familia actual, sino que estuvo en nuestra familia durante generaciones. No conocí a nadie en nuestra familia que hubiera asistido a la universidad. La mayoría, abandonó la secundaria y buscó empleo».

    «Pam era la mayor entre siete hermanos y sus padres eran pastores. Cada domingo después de la reunión en la iglesia, realizaban una humillante visita a la casa de los abuelos para pedir dinero para los almuerzos escolares de la semana. La diferencia entre Pam y yo era que ella tenía sueños. Ella siempre soñó con ir a la universidad y convertirse en maestra. Después de que nos casamos, ella comenzó a recortar fotografía de revistas y diseños de la casa de sus sueños. Y a mí no me gustaba ni verlos».

    Aunque siguieron luchando con sus finanzas, Dios les dio una familia. En 1975, nació su hijo Brad. Dos años más tarde, Pam dio a luz a su hija, Dwanla.

    En 1981, Tommy inició su propio negocio. Además, aceptó el llamado a ser pastor de una iglesia.

    Tommy afirma que su denominación era tan legalista que tenía una lista más larga de: “No harás”, que la lista que Dios le dio a Moisés. Entre las muchas cosas de la lista que pueden provocar que te expulsen de la iglesia, y te devuelvan a los brazos del diablo está usar un anillo de matrimonio.

    Sin embargo, de todas las cosas que los miembros tenían prohibidas, la que se encontraba en primer lugar de la lista era que nunca escucharan predicadores en la televisión. Escuchar una prédica de alguien que no perteneciera a la denominación, era considerado adulterio espiritual.

    El fruto prohibido

    Por esa razón, en 1985 Pam entró en pánico cuando encontró a Tommy sintonizando el programa televisivo La Voz de Victoria del Creyente. Ella lo sermoneó, le suplicó y le debatió, sin embargo, no pudo detenerlo.

    Un día, le preguntó: «¿Tommy por qué vez eso?».

    «Sólo siéntate y escucha».

    Cruzándose de brazos, se sentó y vio el programa televisivo en silencio. A la semana siguiente, no esperó a que él la invitara. Semana tras semana, mes tras mes, se asombraban de lo que escuchaban. Aunque todo se encontraba en la Biblia, sonaba demasiado bueno para ser cierto.

    Tommy expresa: «De todas las cosas que aprendí del hermano Copeland, la más poderosa fue que Dios me ama. Pues nuestra denominación se enfocaba más en la maldición. Nunca habíamos escuchado acerca de LA BENDICIÓN. Por tanto, en vez de sólo enseñar acerca de la doctrina de la iglesia, comencé a predicar acerca de la bendición y el amor de Dios».

    Tommy sabía cual sería la consecuencia de sus acciones. Si era sorprendido escuchando al hermano Copeland, sería desterrado de la iglesia. Sin embargo, dos años después de que escuchara a hermano Copeland, Tommy se enteró que los Copeland estarían en una convención en Atlanta, y no sólo asistió; sino que se hizo colaborador del ministerio.

    Pam relata: «Aprender a vivir por fe me hizo soñar aún más en grande. A través de los años, seguí trabajando en los planos de nuestra casa. Luego, tan pronto Brad y Dwanla empezaron a ir a la escuela, inicié clases en el colegio universitario. Cuando terminé todo lo que ellos tenían que ofrecerme, me transferí a la Universidad de Alabama y obtuve la licenciatura en educación especial con una certificación para trabajar con niños con discapacidad auditiva».

    Permaneciendo firme

    Tommy aún seguía hundido en la deuda. Los ingresos de su negocio eran estables, no obstante; cada vez que hacía un intento para progresar, algo sucedía y todo se venía a pique. Un día de 1989, Tommy entró en depresión a causa de su situación —sentía que a nadie le importaba su vida—.

    Tommy nos describe cómo le habló el Señor de una manera clara y precisa.

    —¿Vez esa fotografía?

    Tommy vio la fotografía de sus hijos.

    —¡Sí Señor!

    ¿Los amas mucho?

    —¡Sí Señor!

    Pues no se compara con el gran amor que te tengo.

    Esas palabras fueron una fresca revelación para Tommy. ¡Jesús murió para redimirlo de la maldición! La pobreza y la deuda estaban en su vida porque ellos le habían dado lugar; no porque Dios no los amara.

    Tommy clamó a Dios, doblando sus rodillas: «Señor, ¡ya fui redimido de la maldición de la ley! En el nombre de Jesús, declaro que ya no seré pobre jamás».

    A partir de ese momento en adelante, las cosas cambiaron.

    Tommy explica: «Dos años después de que realizara esa oración, salimos de deudas. Y en lugar de pobreza, parecía que tenía el toque del rey Midas. Todo lo que tocaba, prosperaba. Cuando Brad se graduó de la secundaria, ganó una beca para estudiar en la Universidad de Alabama donde obtuvo una licenciatura. Luego de eso, quería ingresar a la escuela de medicina».

    Tommy pensó que debía hipotecar su casa para que su hijo estudiara, y estaba dispuesto a hacerlo. Y cuando oró al respecto, el Señor le dijo: Yo soy tu Papi y el de tu hijo también.

    Brad expresa: «Papá, me han ofrecido una beca completa para ir a la escuela de medicina. Y lo único que tengo que hacer es estar de acuerdo con trabajar dos años en el área rural, después de graduarme».

    «Pero…» —argumentó Tommy, percibiendo la duda en su hijo—.

    «Bueno, quiero ser cirujano. Pero si acepto la beca no voy a poder sacar la especialidad» —replicó Brad.

    Y Tommy respondió: «Entonces no aceptes la beca, Dios es tu Papi».

    Fe para recibir un milagro

    El verano antes de que ingresara a la escuela de medicina, Brad empezó a expulsar flemas con sangre. Un doctor de la comunidad le hizo una radiografía de sus pulmones, y descubrió que Brad tenía un quiste en el pulmón; por consiguiente, Tommy y Pam lo llevaron con un especialista pulmonar.

    En la sala de exámenes ellos se dieron cuenta que Brad estaba usando una mascarilla. El médico comparó la radiografía que ellos traían de su casa, con la que se había tomado allí. Ambas revelaban un quiste del tamaño de medio dólar en su pulmón.

    «No habrá escuela de medicina para él, —dijo el médico mientras les daba mascarillas— pues tiene tuberculosis. Todos tienen que someterse a cuarentena». Después de que el especialista terminara de decir eso, abandonó la habitación.

    Brad volteó a ver a su padre.

    Y le expresó: «Me haz predicado de sanidad durante años. Es tiempo de clamar o hacer silencio».

    Tommy y Pam oraron para que la gloria de Dios descendiera en aquella habitación, y activaron su fe para reclamar la sanidad de Brad. Poco tiempo después, el médico regresó al lugar. Entonces Tommy le pidió: «¿Podría hacerme el favor de realizarle otra radiografía a mi hijo?».

    «Ambas radiografías muestran el mismo resultado —respondió el médico».

    «Lo sé, pero apreciaría mucho que le hiciera otra».

    El médico colocó las tres radiografías en el negatoscopio. Y no se requería de un título en medicina para ver que en la última, ya no aparecía ningún tumor.

    Tommy explicó: «Creemos en Dios».

    El médico, quien después se enteraron que era ateo, salió consternado del lugar.

    Tommy comenta: «Veinte años después, me volví a encontrar con ese médico. Yo no lo reconocí, pero él sí. Lo primero que hizo fue preguntarme por Brad. Le dije que estaba sano y que ahora era oftalmólogo. Lo que no le conté era que Brad asistió cuatro años a la escuela de medicina, cuatro en su residencia general y especialidad, y que estuvo dos años becado y se graduó sin deberle ni un centavo a nadie. Y yo tampoco le debo nada a nadie. Hoy, Brad es mentor de los nuevos becados en la especialidad de oftalmología de la escuela de medicina, y trabaja como cirujano ocular en el área de St. Louis».

    Los sueños se hacen realidad

    Mientras Brad estudiaba en la escuela de medicina, Dwanla obtuvo un master en trabajo social.

    Era evidente para cualquiera que los conociera que la maldición de la pobreza había sido erradicada de la familia. En un día de 1999, Tommy regresó a casa, y expresó: «Pam, ahora podemos construir la casa de tus sueños».

    En 2001, Tommy vendió su compañía de control de plagas e inició la construcción de cobertizos para almacenamiento. Su meta era construir 10 de ellos y colocarlos en un terreno para venderlos. Sin embargo, las personas se los compraban tan rápido, que él construía y vendía 5 por semana. Además de tener la casa de sus sueños, libre de deudas, Tommy y Pam compraron cinco casas más las cuales dan en alquiler.

    Tommy declara: «Si hubiera sabido lo que ahora sé, Jonathan no estaría muerto. Ser colaborador de KCM ha cambiado mi vida. No sé con exactitud cuántas veces escuché a hermano Copeland confesar: “¡No tienes que ser pobre jamás!”. Pero cuando obtuve la revelación de esas palabras, y permanecí firme; éstas revolucionaron nuestras vidas. Y como si eso no fuera suficiente, la unción del profeta está sobre nosotros. A causa de que somos colaboradores, cuando el hermano Copeland va a ministrar a Japón nosotros también participamos de su recompensa».

    Tommy y Pam Smith fueron expulsados de su denominación, por predicar acerca de Jesús, en lugar de predicar acerca de una doctrina denominacional. Y es algo que ellos admiten que lo disfrutan. Hoy, sus vidas son testimonio para todos los que los conocen. Ellos son embajadores de la bondad de Dios, Su gracia y LA BENDICIÓN.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición enero 2014, página 8

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