Category: Revista LVVC

  • La carta al colaborador de Kenneth

    7-14_letterEl Señor me ha bendecido con muy buenos amigos a través de los años, pero los mejores amigos que tengo son las personas que han decidido colaborar con el ministerio. Esas son las personas a las que le escribo una carta cada mes.

    Y cada mes, desde la primera vez que escribió su primera carta al colaborador en Febrero de 1986, Kenneth Copeland ha cumplido fielmente con su compromiso de escribir una carta y enviarla a sus colaboradores, año tras año, sin excepción. Esta carta es real, personal y siempre llega en el momento preciso… Porque en lo que concierne a Kenneth Copeland, está escribiéndoles a sus amigos más cercanos.

    Un compromiso para toda la vida

    Kenneth Copeland aprendió la importancia de escribir una carta años atrás de su padre espiritual, Oral Roberts, una mañana en la que se reunieron por petición del hermano Roberts para que Kenneth lo ayudara a escribir su propia carta. El hermano Roberts levantó su Biblia en alto y le preguntó:

    ¿Qué es esto?

    “Esa es la Palabra de Dios” Kenneth le respondió.

    ¿Qué es esto? Le preguntó de nuevo.

    Kenneth sabía que tenía que darle la respuesta correcta, y trató nuevamente.

    “Bueno, es el viejo pacto y el nuevo pacto”

    ¿Qué es esto? Le preguntó por tercera vez.

    “Es la Biblia”

    Sin aviso alguno, el hermano Roberts lanzó la Biblia a través del escritorio y golpeó a Kenneth  en el medio del pecho, casi tumbándolo de la silla.

    Con la unción sobre él le dijo: “son cartas, y están tan ungidas hoy como lo estaban el día en que fueron escritas.”

    ¡Cartas!

    Esa palabra resonaba en el interior de Kenneth. Y pensó: el nuevo testamento está compuesto en su mayoría de cartas que el Apóstol Pablo le escribió a sus colaboradores en las iglesias de Éfeso, Filadelfia, Galacia, Corinto, Roma, Colosas y Tesalónica — las cartas eran escritas para animarlos, alentarlos y ayudarlos a sobrepasar cada obstáculo.

    Luego, el hermano Roberts habló nuevamente:

    Y le dijo: “Voy a pedirte que hagas uno de los compromisos más serios que hayas hecho en toda tu vida; quiero que te comprometas con Dios que cada 30 días, por el resto de tu vida, orarás al Espíritu Santo hasta que tengas algo ungido para escribirle a tus colaboradores, de la misma forma que Pablo escribió sus cartas.”

    Ese mismo día, Kenneth se comprometió de por vida. El SEÑOR lo motivó a estudiar la carta a los Filipenses — una carta de Pablo a sus colaboradores en el ministerio —, como un ejemplo de cómo el Espíritu Santo podría usarlo para escribir a sus propios colaboradores.

    Kenneth explica: “Desde ese momento hasta entonces, he estado escribiendo una carta cada mes a mis amigos colaboradores. No son cartas para conseguir dinero. No las escribo por esa razón. Dios es mi proveedor y Él suple a todas mis necesidades. Escribo las cartas porque quiero bendecir a mis colaboradores, porque ellos comparten mi gracia (Filipenses 1:7), quiero compartir con ellos las revelaciones que Dios me da.”

    Estas nos son revelaciones repentinas. Cada carta representa horas y horas de oración de parte del hermano Copeland. A través de ellas comparte personalmente las cosas que el SEÑOR está enseñándole con el deseo de fortalecer y animar a todos los que las reciben.

    Kenneth relata: “Agonizo con esas cartas, oro… y oro… y oro… y oro. Luego vuelvo y oro hasta que escucho lo que Dios tiene en su corazón. Algunas veces recibo en la madrugada. Pero una cosa es segura — Espero hasta que escucho del cielo. No sólo me siento y escribo cualquier cosa en el papel.”

    Tal vez nadie conoce mejor que los miembros de su familia el tiempo y el compromiso que Kenneth dedica cada mes para escribir la carta a sus colaboradores.

    “Mi mamá y papá siempre han estado comprometidos a nuestros colaboradores” dice su hija Kellie Copeland Swisher, quien recuerda haber crecido viendo a su papá escribir a mano la carta para los colaboradores cada mes.

    “Siendo niños, siempre estuvimos conscientes de los colaboradores porque nuestros padres hablaban y oraban por ellos todo el tiempo” dice Kellie. “Siempre existía la presencia de los colaboradores en nuestra casa. Su amor y compromiso por los colaboradores también se estableció en nuestros corazones, y a medida que crecíamos esa conciencia se transformó en algo propio en nosotros al llegar a la edad adulta”

    Kellie también recuerda cómo su papá invertía horas con bolígrafo y papel en mano, “orando por la carta de los colaboradores hasta que oía del Señor.”

    “Nos íbamos de  vacaciones, y si era el momento de escribir la carta, mi papá no hacía nada más hasta que estaba escrita. El no esquiaba. No iba al lago. Él no se levantaba de su silla hasta que la carta estaba terminada. Era como si los colaboradores estuvieran de vacaciones con nosotros. “Y al terminar de escribirla, si él no podía levantar esa carta al cielo y decirle desde su corazón al Señor: ‘Esto es lo que Tú le estás diciendo a tu gente, y es lo que proveerá a sus necesidades — no las mías’, no importaba que tan grandiosa fuera esa carta;  la arrugaba, la tiraba al piso y empezaba de nuevo.”

    El latido del corazón del ministerio

    Desde sus inicios, la carta al colaborador de Kenneth Copeland no solamente ha sido un estímulo para sus recipientes, sino también una fuerte de verdad y victoria. Por ejemplo: cuando la recesión golpeó al Canadá hace algunos años, una colaboradora de ese país recordó las instrucciones que el Señor le había dado a través de la carta al colaborador de Kenneth Copeland de Febrero de 1992: ¡No te unas a la recesión! Así que no lo hizo. Después de recibir esa carta, el Espíritu Santo la instruyó a tomar el paso adicional de orar que la recesión trabajaría a su favor y no en su contra.

    El hermano Copeland recuerda que “la primera cosa que sucedió fue que en vez de ser víctima de la reducción de personal en su compañía como resultado de la recesión, fue promovida a una posición en recursos humanos.” Poco tiempo después, le dieron la oportunidad de terminar con sus estudios, “y mientras el mundo a su alrededor atravesaba la recesión, ella escogió participar de ¡LA BENDICIÓN de provisión y promoción de Dios!”

    Más que nunca, las cartas de Kenneth Copeland se han convertido en el palpitar del corazón del ministerio. “Estimo que entre el 85–90 por ciento de lo que predico en las reuniones… lo recibo como parte de la revelación mientras escribo la carta,” dice Kenneth. “Lo he hecho por muchos años y es un flujo y una fuente constante de revelación para mí.”

    Hoy en día la carta al colaborador es enviada a casi 300.000 personas alrededor del mundo cada mes, y es una de las herramientas más importantes de los Ministerios Kenneth Copeland. Ésta viaja a todo el mundo, desde la cima más alta al valle más profundo, y a todos los confines de la tierra, fortaleciendo y produciendo miles de testimonios de salvación, sanidad, liberación, restauración y crecimiento.

    A pesar de que la mayoría de los materiales de KCM tardan meses en ser producidos, la carta al colaborador es considerada prioridad número uno y toma únicamente algunos días desde su concepción hasta su culminación.

    “Estas cartas han cambiado vidas — las de mis colaboradores y la mía” dice Kenneth. “Gracias a  Dios, y al Espíritu Santo que obró a través del Apóstol Pablo y el hermano Roberts, todos hemos sido bendecidos.”

    Con el paso de los años, hemos visto que la colaboración es dinámica. La colaboración no es una relación unilateral. Por definición, colaboración significa “Participar en”. Como el Apóstol Pablo dijo, “Doy gracias a mi Dios cada vez que me acuerdo de ustedes…por su comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora…Es justo que yo sienta esto por todos ustedes, porque los llevo en el corazón. Tanto en mis prisiones como en la defensa y confirmación del evangelio, todos ustedes participan conmigo de la gracia.” (Filipenses 1:3,5,7)

    Si todavía no eres colaborador de KCM, te invito hoy a que te unas a Gloria y a mí como tal. Si tú y el Señor han decidido que éste es el momento para establecer esta conexión de alianza, me gustaría enviarte nuestro Paquete de Nuevo Colaborador. El mismo incluye información detallada acerca de la colaboración y sus beneficios, incluyendo nuestros compromisos contigo. Llámanos ahora a los teléfonos:

    1-800-600-7395 (EE.UU.)

    +1-817-852-6000 (Internacional)

    lunes a viernes / 9:30am – 5:00pm (Hora central de EE.UU.)

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    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición julio 2014, página 18

  • ¡Esta es una vida maravillosa! (por Kenneth Copeland)

    7-14_kennethLa vida Cristiana no es dura.

    Me doy cuenta que esta declaración puede ser alarmante para algunas personas, sin embargo es verdad. Cuando vivimos en la manera que Dios lo predestinó, la vida Cristiana es maravillosamente simple. Es como Jesús dijo en Mateo 11:30: fácil y liviana.

    No tenemos que cansarnos y quedar exhaustos tratando de encontrar la solución a los problemas que enfrentamos. No tenemos que luchar para llegar a fin de mes, o preguntarnos y preocuparnos acerca del futuro.

    Todo lo que tenemos que hacer es seguir a nuestro Buen Pastor. Todo lo que tenemos que hacer es ir a donde Dios nos guía, decir lo que Él nos dice, y hacer lo que nos muestra que hagamos, y Él se hará cargo del resto. Él nos hace descansar en pastos verdes para que no tengamos que desear o querer nada. Nos conduce a arroyos de fuentes tranquilas para que constantemente descansemos y nos refresquemos. Nos mantiene en el camino correcto para que nunca estemos perdidos, confundidos o asustados.

    ¿Suena esto como una vida difícil o dura?

    Para mí, ciertamente no.  Suena como la clase de vida descrita en el Salmo 23. ¡Una vida tan maravillosa que cada día nuestra copa rebosa con las bondades y la misericordia del SEÑOR!

    Quizá digas: “Bueno hermano Copeland, tenemos que ser sabios acerca de estas cosas. Después de todo, el salmo 23 está hablando acerca de la vida que tendremos después de que dejemos esta tierra. Está hablando de lo que tendremos algún día en el cielo.”

    No, no es así. Si fuera así no diría cosas como: “Aunque deba yo pasar por el valle más sombrío, no temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo” y “Me preparas un banquete a la vista de mis adversarios” (Versículos 4-5)

    El cielo no tiene valles sombríos, y nuestros enemigos no están reunidos en la mesa de Dios. Las sombras y los enemigos están en la tierra.

    Esa es la razón por la que necesitamos a Jesús con nosotros. ¡Este mundo es un lugar peligroso! Y nosotros no tenemos lo que se necesita para navegarlo a solas. Lo necesitamos a Él para liderarnos a través de todos esos peligros y la escasez que el diablo crea, para que así podamos atravesarlos y salir de los mismos abundantemente BENDECIDOS.

    Te preguntas: ¿Hará Jesús realmente eso por nosotros?

    ¡Absolutamente! Él nos lo asegura todo el tiempo. Como dice en Juan 10:10,14-16: «El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia… Yo soy el buen pastor. Yo conozco a mis ovejas, y ellas me conocen a mí,  así como el Padre me conoce a mí, y yo conozco al Padre; y yo pongo mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a aquéllas debo traer, y oirán mi voz, y habrá un rebaño y un pastor.»

    Fíjate que en esos versículos Jesús no dijo que El sería nuestro Pastor algún día. Él dijo “Yo soy” el Buen Pastor. Tiempo presente, aquí mismo y ahora mismo.

    También nos dice que Él es un buen Pastor — un pastor que está personalmente interesado y envuelto con su rebaño y que “llama a las ovejas por su nombre, y las saca.” (Versículo 3). Un pastor que “…una vez que ha sacado a todas sus ovejas, va delante de ellas; y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz.” (Versículo 4).

    Las ovejas no seguirán a un pastor que es rudo y descortés. No pueden ser guiadas como otra clase de ganado. Tienen que ser lideradas por alguien al que estén dispuestas a seguir — y, ¡Gloria a Dios! — Ésa es la clase de pastor que tenemos. Él nunca tratará de manejarnos; nunca nos forzará para que hagamos algo.

    Él es gentil y atento. Lleno de amor, misericordia y gracia. Constantemente está llamándonos y diciéndonos: “Vamos, Kenneth, vamos, Sussie, vamos preciosos míos, los pastos verdes están por este lado, síganme que los guiaré hacia ellos.”

    Sin embargo, tristemente, la mayoría del tiempo las ovejas están muy ocupadas balando acerca de sus problemas para escucharlo. Muy de vez en cuando ponen suficiente atención como para pensar, ¿Alguien está llamándome?. Pero inmediatamente vuelven a empezar con el “¡Baa! ¡Baa!, ¡estoy tan sedienta y tan hambrienta!”

    Lo sé porque yo mismo lo he hecho. Desperdicié años de mi vida ignorando o corriendo lejos de mi Bueno Pastor. Como resultado, hice que mi vida fuera mucho más difícil de lo que tenía que ser.

    Pero Jesús, en Su gran amor y misericordia, nunca me abandonó. Se mantuvo hablándome día tras día, liderándome y animándome a seguirlo, hasta que finalmente le di mi vida y dije las palabras que cambiaron todo: “Si, Señor. Te escucho y desde este momento en adelante obedeceré tu voz; cualquier cosa que digas, la haré. Soy tuyo Señor, estoy atento a tus órdenes”

    No trates de comprenderlo

    “Hermano Copeland, pienso que es grandioso que haya hecho esa clase de compromiso de calidad con el Señor, pero para ser totalmente honesto, yo estoy asustado de hacerlo; no puedo saber lo que me pedirá. Podría mandarme a algún lugar como China o África y yo no quiero ir a ningún lugar así, y aunque lo quisiera, no sabría cómo hacerlo.”

    La belleza de tener al SEÑOR como tu Pastor está en esto: no tienes que preocuparte por esas cosas. Si Él quiere que vayas a China, te guiará a ese lugar colocando dentro de ti el deseo de ir. «Porque Dios es el que produce en ustedes lo mismo el querer como el hacer, por su buena voluntad.» (Filipenses 2:13). También te suplirá con el poder, la sabiduría y los recursos necesarios para realizar el viaje (Lee Mateo 6:33.)

    No tienes que tratar de comprender el rompecabezas. Entender no es tu trabajo; tu trabajo es solamente escuchar y obedecer, creyendo que Él irá delante tuyo preparando el camino.

    Éso es lo que los Israelitas debieron haber hecho la primera vez que Dios trató de guiarlos a la Tierra Prometida. Debieron haberle escuchado y creído que el cuidaría de ellos. Pero, como probablemente ya lo sabes porque has leído la historia, no lo hicieron. Ellos decidieron que mejor escucharían a los que dudaban diciendo: «…La tierra que recorrimos para explorarla se traga a sus habitantes. Toda la gente que allí vimos son hombres de gran estatura. Allí vimos también gigantes. Son los hijos de Anac, esa raza de gigantes. Ante ellos, a nosotros nos parecía que éramos como langostas; y a ellos también así les parecíamos.» (Números 13:32-33)

    Cuando los Israelitas escucharon esas palabras, sintieron pánico. No pudieron entender como las langostas podrían derrotar a los gigantes. Así, en lugar de entrar a la tierra y disfrutar de los pastos verdes y aguas tranquilas que Dios tenía preparadas para ellos, deambularon en el desierto llorando y gimiendo por 40 años.

    Eso es a lo que yo llamo una ¡vida dura y difícil! Y lo peor es que estaba basado en una mentira. La realidad demostró ser todo lo contrario: los gigantes no vieron a los Israelitas como langostas, sino como poderosos conquistadores con un Dios invisible, y estaban totalmente asustados de ellos.

    La siguiente generación de Israelitas descubrió esta realidad. Uno de los residentes del lugar les confesó cuando entraron a la tierra prometida que la población entera había temblado con terror durante las últimas 4 décadas: «Yo sé que el Señor les ha dado esta tierra. Todos los habitantes del país les tienen miedo. Por causa de ustedes están tan atemorizados, que su ánimo está por los suelos. Sabemos que, cuando ustedes salieron de Egipto, el Señor hizo que el Mar Rojo se secara al paso de ustedes. También sabemos lo que ustedes hicieron con Sijón y Og, los dos reyes amorreos al otro lado del Jordán, a quienes ustedes destruyeron. Cuando lo supimos, nuestro ánimo decayó. Por culpa de ustedes, ya no les queda ánimo a nuestros hombres, pues el Señor es Dios en los cielos y en la tierra.» (Josué 2:9-11)

    Puedes imaginarte a los Israelitas golpeándose la frente y diciendo: “Que desperdicio de tiempo ¡40 años! Podríamos haber venido a esta tierra siendo niños, los gigantes se habrían rendido inmediatamente. Si tan solo nuestros padres lo hubieran sabido.”

    Entre más difícil el lugar, más grandes los milagros

    Siempre vale la pena seguir al Buen Pastor. No importa como luce la situación. El mejor lugar para estar es donde Él te está guiando, porque Él ya ha ido antes y preparado todas las cosas. Así que no le pongas atención a las dudas y mentiras del diablo. Cuando él te hable de los gigantes que encontrarás en tu Tierra Prometida, solamente ignóralo y dile: “Dios me ha hablado y yo estoy en mi camino. La victoria ya es mía. Dios está ahora mismo trabajando para mí en ese lugar. Él ha enviado ángeles delante de mí, tiene un lugar preparado, ha preparado provisión abundante. Me ha autorizado y dado poder. No estoy esperando tener tiempos duros; estoy esperando vivir el mejor tiempo de mi vida.”

    No me malentiendas. No estoy sugiriéndote que puedes ir flotando por la vida sin enfrentar ninguna clase de problemas. Estoy diciéndote que si sigues al Buen Pastor y pones tu fe en Él, no tienes que preocuparte acerca de los problemas, pues podrás conquistar cada uno de ellos con gusto, porque Dios lo hará a través tuyo y por ti. Hará que todas las cosas excedan a lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en ti. (Efesios 3:20)

    Quizá te preguntes: “¿Pero, no tenemos que sufrir algunas veces por Jesús?”

    Sí, pero para mí esa clase de sufrimiento es como el que experimenté en el bachillerato cuando era un jugador de futbol americano. En el momento en el que salía a la cancha a jugar el partido, jugaba tan duro que me dolía todo el cuerpo, me dolían mi cabeza, mi pelo y mis cejas. Pero, disfrutaba cada minuto del mismo.

    No estaba sufriendo. Estaba jugando un partido.

    Me siento de la misma manera cuando juego para Jesús. Amo estar en su equipo. Siempre le estoy preguntando: “¿A dónde quieres que vaya, Señor? ¿Qué quieres que diga? ¿Qué quieres que haga? ¡Aquí estoy, envíame!”

    Tampoco, espero que me envíe a un lugar fácil. Estoy esperando que él me dé una asignación que requiera fortaleza. Por supuesto, no desarrollé esa actitud de la noche a la mañana, y tú tampoco lo harás. Pero si te mantienes cerca de Jesús y te alimentas constantemente de su PALABRA, llegará el momento en el que sabrás que entre más difícil sea el lugar al que te envía, más grandes serán los milagros cuando llegues al mismo.

    Con ambos pulgares levantados

    Hace muchos años, uno de nuestros colaboradores experimentoóesta verdad de la manera más extraordinaria en el momento que ella siguió al Buen Pastor en uno de los lugares más difíciles que alguien puede imaginar. Se enfrentó cara a cara con un asesino serial.

    El día en que sus caminos se cruzaron, él estaba huyendo de la policía y necesitaba un auto. Así, que robó el de ella — con ella adentro. Para ese momento él ya había asesinado 21 mujeres, asi que pensó que matarla a ella no sería ningún problema. Supo que si quería matarla sólo tenía que hacerlo.

    Sin embargo, muy pronto se dio cuenta que esta mujer era inusual. No se impresionaba fácilmente, no lloró o tembló de miedo ante sus amenazas. Por el contrario, lo miró directamente a sus ojos y le dijo las palabras que El SEÑOR puso en su corazón: “No vas  matarme, porque yo te amo”

    Él no podía creer lo que sus oídos escuchaban. “Señora ¡Cállese!” le dijo. “No sabe quién soy”

    “No me importa quién eres” ella le respondió. “Te amo y voy a hablarte acerca de Jesús”

    Él le dijo: “No quiero oír acerca de Jesús. Solamente quiero estar en silencio”

    Ella acepto con una condición: Quería continuar escuchando la grabación que estaba escuchando esa mañana en su auto, la cual era uno de mis mensajes y hablaba acerca del amor de Dios. Después de que la grabación sonó por un tiempo, el asesino detuvo repentinamente el auto, la miró y le preguntó: “¿Quién dijo eso?, ¿Quién más está con nosotros?”

    Ella le aseguró: “No estamos más que tú y yo”

    El la refutó: “No, hay alguien más, porque yo acabo de escuchar a alguien que me llamó. Era un hombre y me dijo: ‘Esta es tu ultima oportunidad. Te amo. Hoy puedes recibirme y ser salvo’. ”

    A la orilla de la calle, el aceptó la invitación de Jesús ese día. Confesó la oración de salvación con su rehén — del cielo — y fue nacido de nuevo. Después, el mismo se entregó a la policía y ella se fue a su hogar sin sufrir daño alguno.

    Una semana después, recibí una llamada de la Cárcel Bexar en San Antonio, Texas, preguntándome si podría ir y bautizarlo. Acepté con gozo. Cuando llegué, fui escoltado a un cuarto lleno de policías que observaron el bautismo con sus armas en las manos.

    En los meses siguientes fue juzgado por sus crímenes, declarado culpable y sentenciado a la pena de muerte. Se rehusó a cualquier clase de apelación a pesar de que algunos trataron de convencerlo; estaba cerrado a la idea. Y dijo: “No, quiero ir a casa y estar con Jesús”, “Y quiero hacerlo en la primera oportunidad que tenga”

    Estuve allí con él cuándo se ejecutó su sentencia. En la sala de ejecución le predicó a todos el Evangelio. Antes de que se lo llevaran, le pedí que me diera una señal y le dije: “Justo antes de que toquen el interruptor, déjame saber si la gracia de Dios es suficiente realmente, ¿SÍ?” Unos minutos después, antes de que activaran el interruptor, con una sonrisa de oreja a oreja en su rostro, él levanto su dedo pulgar de ambas manos para dejarme saber que es ¡Más que suficiente!

    A pesar de que ha estado en el cielo por muchos años, si estuviera acá, sería el primero en decirte que la vida cristiana no es difícil. Lo que es difícil es huir del Buen Pastor que te ama. Cuando sigues a Jesús a cualquier lugar que él te guíe, su yugo es fácil y Su carga ligera.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición julio 2014, página 4

  • CONSEJOS PRÁCTICOS: Cumple tus sueños

    6-14_consejos-practicosDios desea que tengas grandes expectativas. Quiere que tengas grandes sueños basados en la Palabra e inspirados por el Espíritu Santo, y anhela cumplir esos sueños. Sin embargo, para que Él pueda llevarlos a cabo, debes perseverar en el programa de la fe y ser paciente. Sigue creyendo y niégate a renunciar a tus sueños, sin importar cuánto tarden en cumplirse. A continuación te daré algunos consejos que te ayudarán:

    El deseo de nuestro corazón debe ser, ante todo, agradar a Dios. 1 Tesalonicenses 4:1: «Finalmente, amados hermanos, les rogamos en el nombre del Señor Jesús a que vivan de una manera que le agrada a Dios, tal como les enseñamos. Ustedes ya viven de esta manera, y los animamos a que lo sigan haciendo aún más» (NTV).

    Invierte tiempo a diario en la Palabra para fortalecer tu fe. Romanos 10:17: «Así que la fe proviene del oír, y el oír proviene de la palabra de Dios».

    Actúa de acuerdo con la Palabra en cada área de tu vida. Deuteronomio 30:14: «la palabra está muy cerca de ti: está en tu boca y en tu corazón, para que la cumplas».

    Cuando el Espíritu Santo te muestre el siguiente paso, dálo. Romanos 8:14: «Porque los hijos de Dios son todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios».

    Rechaza el desánimo. Hebreos 6:12: «a fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas» (RV95).

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 31

  • La Verdad los Hará Libres (por Gloria Copeland)

    ¿Alguna vez has deseado ser absolutamente libre del egoísmo? ¿Has anhelado deshacerte de toda esclavitud de la carne, y de cada estorbo que te ha impedido caminar en amor?

    Aunque parezca asombroso, ¡podemos lograrlo!

    Jesús nos enseñó cómo: «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.». (Juan 8:31-32, RVC).

    Por esa razón, debemos meditar una y otra vez en los versículos referentes a que somos partícipes de la naturaleza divina y amorosa de Dios. Necesitamos incrementar nuestra revelación del amor de Dios derramado en nuestros corazones. A medida que crezcamos completa y profundamente en esa verdad, ¡más libres seremos!.

    Tratar de liberarnos de esos hábitos y comportamientos faltos de amor, utilizando la disciplina humana; no funcionará. Tampoco funcionará “intentar ser amables” en nuestras propias fuerzas. Pues fallaremos de forma inevitable, nos frustraremos y nos desanimaremos. Y como consecuencia, terminaremos más molestos y malhumorados ¡que cuando empezamos!

    La única manera de tener éxito para caminar en amor es cuando lo hacemos basados en la gracia de Dios que se encuentra en nuestro interior. Sólo cuando permitimos que Su naturaleza, la cual habita en nuestro espíritu humano renacido, fluya a través nuestro, podemos amar como Jesús. Entre más conozcamos de Su naturaleza, más podremos amar como Él.

    En 2 Pedro 1:2, leemos que la gracia de Dios se multiplica por medio del conocimiento de Dios y de Jesús ¡nuestro SEÑOR! Y eso es cierto en cada área de la vida cristiana. No podemos recibir nada de Dios sin tener antes un conocimiento acerca de ello. Primero, debemos escuchar la verdad, y cuando las escuchemos, la fe vendrá. A medida que creamos y comencemos a actuar basados en esa verdad, veremos el poder de la misma  obrando en nuestra vida.

    Por tanto, escudriña la PALABRA y descubre más acerca de la naturaleza del amor de Dios que mora en ti. Medita en ella. Confiésala y declara: ¡El amor de Dios habita en mí! Después, comienza a actuar por fe, y las ataduras de la carne serán destruidas. Entonces ¡conocerás la verdad, y ésta te hará libre!

    «Que la gracia y la paz les sea multiplicada por medio del conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús. Todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia. Por medio de ellas nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas ustedes lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina, puesto que han huido de la corrupción que hay en el mundo por causa de los malos deseos.»
    (2 Pedro 1:2-4, RVC).

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición marzo 2014, página 19

  • Permanece firme en tus sueños (por Gloria Copeland)

    6-14_gloriaLos creyentes deberíamos ser famosos por soñar en grande.

    Como hijos amados del Dios todopoderoso, y en posesión de una Biblia llena de promesas, deberíamos vivir con una gran sonrisa en nuestro rostro todo el tiempo, a la expectativa de que algo bueno nos suceda. Deberíamos vivir tan llenos de la Palabra, y tan llenos de visiones inspiradas por el Espíritu Santo acerca de nuestro futuro, que al entrar en cualquier lugar las personas debieran decir lo mismo que decían los hermanos de José en el Antiguo Testamento: «¡Aquí viene el soñador!» (Génesis 37:19, NTV).

    No sé si alguna vez se ha dicho eso de Kenneth o de mí, pero estoy segura de que se han expresado cosas parecidas porque hemos tenido grandes sueños en Dios por más de 45 años. Y desde que descubrimos cómo vivir por fe en la Palabra, hemos mantenido grandes expectativas.

    Toma como ejemplo lo que nosotros esperábamos obtener al inicio de nuestro ministerio en 1967. En ese año, el Señor le dijo a Kenneth que predicara la Palabra no adulterada, desde la cima más alta hasta el valle más profundo y a todos los confines de la tierra. Ken aceptó ese llamado, y desde ese entonces, es lo que hacemos.

    No importa que en aquella época estuviéramos en la quiebra, y que Ken no tuviera ni una sola invitación para predicar. Éramos soñadores de fe. Nos vimos como un ministerio internacional antes de tener el dinero suficiente para salir de nuestra ciudad.

    Además de nuestros sueños de ministerio, también comenzamos a tener sueños en lo natural. Yo siempre soñé con tener una casa propia, una que satisfaciera los deseos de mi corazón. Hablando en lo natural, parecía que eso jamás iba a suceder —en especial porque Kenneth y yo habíamos hecho el compromiso ante Dios de no pedir dinero prestado—. Pero aún así, me negué a renunciar a mi sueño.

    Con el paso de los años, mientras esperaba que mi sueño se cumpliera, el Señor cuidó bien de nosotros. Nunca vivimos en la calle, Dios siempre nos proveyó buenas casas para vivir, y yo las valoré. Pero porque nunca renuncié a mi sueño, llegó el día en que nos mudamos a la casa de mis sueños —y sin pedir dinero prestado.

    ¡Qué gran bendición ha sido esa casa! Estoy tan agradecida con Dios por ella. Sin embargo, pude haber renunciado fácilmente a mi sueño.

    Si le hubiera creído a Dios por diez años, y después hubiera dicho: “Si en realidad fuera a recibir esa casa, debería tenerla en este momento”. El resultado habría sido muy diferente. Si hubiera renunciado a mi sueño y hubiera desechado la Palabra sobre la cual permanecí firme por esa casa, quizá hoy estaría viviendo en una casa rentada.

    Pero alabado sea el Señor, no renuncié. Me aferré a mi sueño y seguí creyendo. Decidí que mi sueño era valioso.

    Y el tuyo también lo es.

    Por tanto, no te desanimes si le has estado creyendo a Dios por algo durante un tiempo y aún no has visto los resultados. No renuncies a tus sueños sólo porque están tardando más tiempo del que esperabas. Si tus sueños están basados en la Palabra de Dios, y si permaneces firme en el programa de la fe, puedes estar seguro de que Dios estará trabajando en ellos. Él está haciendo que tus sueños se cumplan, y cuando éstos se hagan realidad, te alegrarás.

    Primero enfócate en agradar a Dios

    Quizá digas: “Pero Gloria, no estoy seguro de saber con exactitud qué significa: ‘Permanecer firme en el programa de la fe’”.

    En realidad, es sencillo. El programa de la fe, es simplemente creer, confesar y obedecer la Palabra de Dios. Es disfrutar la vida de acuerdo con lo que está escrito en la Biblia.

    Pero no sólo me refiero a vivir de acuerdo con lo que la Palabra dice acerca de tus sueños (aunque eso es importante), sino también a apegarnos a lo que dice acerca de otras cosas. Por ejemplo, caminar en amor y en santidad. No podemos llevar una vida de perdición e inmoralidad, y creer sinceramente que Dios cumplirá nuestros sueños, pues desobedecerle a Dios en cualquier área debilitará nuestra fe. Como receptores sobrenaturales, el deseo de nuestro corazón debe ser, ante todo, agradar a Dios. Todo lo demás debe ser secundario.

    Eso significa que no podemos escoger las escrituras que más nos gusten, y enfocarnos sólo en ellas. Por ejemplo, no debemos concentrarnos sólo en los versículos referentes a la prosperidad. Aunque es maravilloso prosperar (en especial si has vivido en escasez por algunos años), si deseas tener una fe fuerte, también debes ponerle atención a los versículos que hablan del diezmo y de la obediencia en cualquier área de la vida.

    En otras palabras, debes dedicarte a cumplir la voluntad de Dios en forma total, y seguir las instrucciones que se nos dan en Romanos 12:1-2: «Así que, hermanos, yo les ruego, por las misericordias de Dios, que se presenten ustedes mismos como un sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. ¡Así es como se debe adorar a Dios! Y no adopten las costumbres de este mundo, sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto».

    Como personas de fe, no debemos conformarnos a este mundo, porque el mismo está tratando de irse al infierno bien rápido. Las personas que no conocen a Dios están colocando tanta basura frente a sus ojos y en sus oídos que apenas saben que todavía existen los diez mandamientos. Ven demasiados programas de televisión paganos y películas que piensan que vivir en pecado es la manera normal de vivir.

    Para nosotros como creyentes, el pecado no es normal. La santidad es normal. Obedecer a Dios y vivir por fe en Él es normal. Es por eso que otra parte vital del programa de la fe es invertir tiempo alimentando nuestro corazón y nuestra mente con la Palabra de Dios. En la Palabra se nos enseña cómo desea Dios que vivamos. Ahí encontramos promesas extremadamente grandiosas y preciosas, que nos hacen partícipes de Su naturaleza divina; y además, nos brinda el poder para escapar de la corrupción que hay en este mundo (2 Pedro 1:4).

    Y «la fe proviene del oír… la palabra de Dios» (Romanos 10:17). Por tanto, a medida que leemos y meditamos en la Palabra, nuestra fe se fortalece —y Dios necesita que tengamos fe para cumplir nuestros sueños—.

    La decisión es tuya

    La Biblia es verdaderamente un libro sobrenatural. No importa qué esté sucediendo en tu vida en cualquier momento, tú puedes abrir la Biblia todos los días, y el Espíritu de Dios te mostrará de inmediato las palabras que necesitas para llenarte de poder y sustentarte. Él te guiará hacia las escrituras que te llevarán hacia el cumplimiento de tus sueños.

    Sin embargo, aunque la Biblia sea muy importante para tu éxito, Dios no te obligará a leerla. Él te permitirá escoger tu propio nivel de fe. El Señor te permitirá profundizar en Su Palabra tanto como tú lo desees. Dependerá de cuánta atención le prestes —de cuánto mantengas esa Palabra frente a tus ojos y en tus oídos—, de cuánto la recibas, la creas y actúes de acuerdo con ella. Puedes tener una fe tan fuerte como para convertir tu más grande sueño en una realidad, o  puedes cojear todo el camino con solamente la suficiente fe para llegar al cielo.

    Como Dios dijo en Deuteronomio 30:14-16: “La palabra está cerca de ti, en tu boca, en tu mente y en tu corazón; a fin de que puedas escucharla. Hoy, he puesto delante de ti la vida y el bien, y la muerte y el mal. (Si obedeces los mandamientos del Señor tu Dios los cuales) Yo te mando hoy, que ames al Señor tu Dios, que andes en Sus caminos, y que guardes Sus mandamientos, Sus estatutos y Sus ordenanzas; entonces vivirás y te multiplicarás, y el Señor tu Dios te bendecirá” (AMP).

    Un aspecto importante de Dios, es que Él no titubea. Él dice las cosas como son: Tenemos una opción. Dios nos ha dado Su Palabra, y a través de ésta, Él ha puesto delante de nosotros la vida y el bien, la bendición y la maldición. Ahora, depende de nosotros decidir qué haremos al respecto. ¿Cuál será tu elección?

    No sé tú, pero cuando fui salva, estaba cansada de hacer las cosas a mi manera, y anhelaba hacer las cosas a la manera de Dios. Aunque era joven, estaba desesperada, y Kenneth también lo estaba. Ambos estábamos cansados de vivir sin dinero, de dormir en una cama plegable alquilada, de cocinar papas en una cafetera, y de ver una pila de facturas de gastos por pagar.

    Queríamos salir de esa situación. Queríamos salir de la escasez. Queríamos un automóvil decente —uno que en realidad nos llevara a donde queríamos ir—. ¡Teníamos el sueño de ser BENDECIDOS!

    Por tanto, cuando leímos en esos versículos que sólo debíamos creer y obedecer la Palabra de Dios para recibir LA BENDICIÓN, nos lanzamos de lleno a la piscina; y nos sumergimos por completo en la Palabra.

    No nos sentíamos satisfechos con sólo asistir a la iglesia y escuchar un sermón una vez a la semana. Invertíamos tiempo leyendo la Palabra todos los días. De contínuo buscábamos versículos y escuchábamos los consejos del Espíritu Santo, a fin de descubrir lo que Dios deseaba que hiciéramos.

    Da el siguiente paso

    ¡Jamás olvidaré esos primeros días en la Palabra! Una de las primeras cosas que el Señor nos mostró fue que nos mudáramos a Tulsa para que Kenneth estudiara en Oral Roberts University. Hasta este día, ése ha sido uno de los más grandes pasos de fe que Dios nos ha pedido.

    En ese entonces, no sabíamos nada acerca de cómo vivir a la manera de Dios. Pero lo que sí sabíamos era que teníamos hijos pequeños, estábamos sin dinero y sin idea de cómo sobreviviríamos financieramente si Kenneth iba a la universidad.

    Dios tampoco nos mostró todo el plan. De hecho, rara vez lo hace. Y casi nunca cide: “Si cumples con esto, Yo haré esto otro, y obtendrás este maravilloso resultado”. No, la mayoría de las veces Él sólo te dará una indicación para llevar a cabo algo, y no te explicará todo lo bueno que sucederá si das ese siguiente paso. Por esa razón, se llama: “Vivir por fe”.

    Si Dios nos hubiera dicho con anticipación: “Vayan a Tulsa, Oral Roberts contratará a Kenneth para ser su piloto y, personalmente, lo preparará para el ministerio. Luego conocerán a Kenneth E. Hagin y serán más bendecidos en cada área de su vida de lo que hayan podido soñar”. Nos habríamos inscrito lo más rápido posible. Pero no nos habló de ninguno de esos beneficios.

    El Señor esperaba que lo conociéramos lo suficiente, por medio de la lectura de Su Palabra escrita, a fin de que aprendiéramos a confiar en Él. Dios estuvo a la expectativa de que lleváramos a cabo cualquier cosa que nos indicara, sólo porque en la Biblia se nos dice que al hacer cualquier cosa que Él nos guia, es donde encontraremos LAS BENDICIONES.

    Aunque nos tomó un tiempo, al final obedecimos. Subimos nuestros muebles viejos y de segunda mano en un pequeño remolque, subimos a los niños al automóvil y manejamos a Oklahoma. ¡Apenas teníamos el dinero suficiente para echar combustible para llegar!

    Cuando llegamos a Tulsa, los obstáculos que enfrentamos parecían insuperables. No teníamos idea de cómo vencerlos. Rentamos una casa en mal estado (si mal no recuerdo, pagábamos USD $115 al mes). Tenía las paredes color marrón con pintura descascarada. Se parecía tanto a un basurero que no pude desempacar por dos semanas.

    Esa casa estaba muy lejos de ser la casa de mis sueños. Sin embargo, Dios nos proveyó cada una de las cosas que fuimos necesitando. Comenzó por enseñarnos a vivir por fe en Su Palabra, y hoy día, aún vivimos conforme a lo que aprendimos en ese tiempo.

    Incluso creo que no estaríamos donde estamos ahora, si no hubiéramos hecho esa mudanza años atrás. Quizá estaríamos en el ministerio, pero no viviríamos en la perfecta voluntad de Dios. Y tampoco habríamos visto el cumplimiento de algunos de nuestros sueños espirituales. ¿Por qué? Porque para nosotros, permanecer firme en el programa de la fe donde se encontraban esos sueños, implicaba dar el siguiente paso, el cual era ir a Tulsa.

    Con el paso de los años, una y otra vez, hemos hecho lo mismo en diferentes ocasiones. Hemos repetido el mismo procedimiento, pues es así como funciona el programa de la fe. Es así como los sueños que Dios te da se hacen realidad; no sólo para Kenneth y para mí, pero también para ti.

    Así que ¡Persevera en el programa! Sin importar cuánto debas esperar para ver tus sueños cumplirse, no renuncies a ellos. No creas por ellos sólo por algunos meses o por unos años, para luego darte por vencido, diciendo: “Me rindo, nada está sucediendo”.

    Siempre mantén grandes expectativas. Mantén tu corazón enfocado en agradar a Dios por sobre todas las cosas. Fielmente invierte tiempo en Su Palabra, edifica tu fe y descubre qué desea Él que hagas en cada área de tu vida. Luego, si recibes en tu corazón alguna instrucción de parte de Dios, no trates de razonar  cómo se llevará a cabo en lo natural, sólo da el siguiente paso.

    Haz cualquier cosa que el Señor te diga, pues allí se encuentra LA BENDICIÓN. Allí es donde se encuentra tu provisión. Ése es el lugar donde, uno de estos días, te encontrarás viviendo tus propios sueños.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 27

  • Invierte tiempo en el trono (por Jesse Duplantis)

    6-14_jesseLa gente frecuentemente me dice: “Hermano Jesse, tú tienes una relación extraordinariamente única con Dios, ¿Por qué es así?”.

    Pienso que ellos están esperando una gran respuesta filosófica, pero, esa no es la respuesta que les doy. Simplemente les digo lo que te estoy diciendo a ti: “Le dedico tiempo a Dios. Invierto tiempo en el trono”.

    Amo estar con Dios, y cuando estamos a solas le pregunto: ¿Cuáles son tus deseos (aspiraciones) Señor?, ¿Dios, qué quieres hacer hoy?. Hablo con Él, y le pregunto cómo se siente.

    Conozco muy bien a Dios e invierto tanto tiempo en comunión íntima con Él ante Su trono que puedo percibir cuando Él no se siente bien. Por ejemplo: el otro día entré a mi oficina para mi estudio bíblico y charlar por un momento con el Señor, y me di cuenta que algo estaba mal. Así que le pregunté: “¿Señor, pasa algo malo?”.

    “Así es… tú me conoces Jesse”, me respondió.

    Y le pregunté: “¿Qué pasa Señor?”.

    «Mi pueblo me ha desobedecido hoy», respondió.

    Percibí que estaba herido de la misma forma que sé cuando mi esposa Cathy se siente herida, pues lo conozco. He pasado muchas horas junto a Él; lo he escuchado reírse, hablar, y hasta ha compartido secretos conmigo.

    Ahora, me imagino que estos comentarios te pueden molestar, o ciertamente indignar a algunos teólogos. Sin embargo, ese mismo tipo de relación íntima está disponible para cualquier persona que invierta tiempo en el trono.

    No tendrás ese tipo de experiencias sentado en una banca de la iglesia, porque que estás muy ocupado aprendiendo acerca de Dios. Ese es tiempo de enseñanza. La iglesia es donde tú aprendes acerca de Dios  para hacer Su voluntad, obedecer Sus mandamientos y seguir Sus estatutos en la Tierra. Sin embargo, el tiempo invertido en el trono no es lo mismo que ir a la iglesia. Muy a menudo, las personas lo mal interpretan: piensan que como ya fueron a la iglesia o asistieron a una reunión especial, están pasando tiempo de calidad con Dios. No; sólo pasaron tiempo con un maestro de Dios —y no tiempo de calidad con Dios mismo—. Por supuesto, puedes sentir la presencia de Dios en un servicio en la iglesia, y espero que así sea. También puedes correr, gritar y alabar a Dios en medio de la iglesia; no obstante, eso no califica como tiempo invertido en el trono.

    Cuando conociste por primera vez a tu mejor amigo, comenzaste a conocerlo poco a poco. Y mientras transcurrió el tiempo, empezaste a conocerlo mejor. Y eso también aplica a tu relación con Dios. Mientras desarrollas más intimidad con Él, comenzarás a conocerlo de una forma completamente nueva.

    Dios quiere tener comunión contigo

    Para hacer la voluntad de Dios sobre la Tierra, tienes que invertir tiempo en el trono; es decir, tener comunión con el Padre. Primera de Juan 1:3 dice: «Así que, lo que hemos visto y oído es lo que les anunciamos a ustedes, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. Porque nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo». Juan, el discípulo amado, tenía comunión con Jesús. El montó en burros con Él. Cenó con Él. Incluso durmió en la misma casa que Jesús. Quizá pienses que Juan conocía en realidad al Señor. Sin embargo, existen tantas caras del Señor, que nunca las alcanzaremos a conocer y a comprender por completo.

    Nota la forma en la Juan que se expresó en sus escritos, cuando estuvo en la Isla de Patmos: «Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último…» (Apocalipsis 1:10-11).

    Juan dice: «Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor…», porque él nunca había visto o escuchado a Jesús de esa forma. También nos explica que lo vio en un trono alto y sublime, y que el borde de Sus vestiduras llenaba el templo. En ese momento, en ese día del Señor, Juan estaba teniendo comunión con Jesús. No era tiempo de enseñanza; era un tiempo a solas entre Juan y Jesús.

    Cuando estoy en el Espíritu, es un tiempo de comunión entre Jesse y Jesús. Yo digo: “Hola Jesús”, y Él me contesta: Hola Jesse. Una vez que experimentas tiempo en el trono, querrás invertir más tiempo en ese lugar.

    El tiempo invertido en el trono no está diseñado como una reunión de oración. En mi tiempo ante el trono, no le pido a Dios que conteste tal o cual oración, ni que supla alguna esta o aquella necesidad. Sólo voy delante del trono a hablar con Dios. A Él le gusta; y en medio de ese tiempo me revela respuestas a interrogantes que tengo en mi corazón y en mi mente. Se obtienen revelaciones poderosas durante el tiempo del trono —y no en el tiempo de la iglesia—. En la iglesia es donde aprendes acerca de las cosas de Dios para llevar a cabo Su misión. En cambio, el tiempo que inviertes en el trono es un buen rato entre tú y Dios, charlando juntos de lo que deseen.

    Rehúsate a estar confundido

    Cuando visitas el trono regularmente, vendrá claridad a tu mente. Muchas personas se confunden cuando Dios les da entendimiento, porque las verdades espirituales deben discernirse con el espíritu. En otras palabras, no puedes entender una verdad espiritual con tu intelecto. A medida que inviertas más tiempo en el trono y rechaces la confusión, tomarás decisiones sin siquiera debatirlas con Dios. Pues sabrás lo que debes hacer, y lo harás sin razonar o dudar.

    Éso nos sucedió a nosotros hace poco. Mientras me encontraba de viaje le pedí a Cathy que buscara un terreno con un buen edificio. Ella encontró una propiedad con un gran edificio que estaba valorado en un millón de dólares. Cuando me lo mostró, le dije; “¡Cathy, ése es un edificio que cuesta un millón de dólares!”.

    “Lo sé, pero podemos comprarlo por USD $250.000”, me respondió.

    Me reí, y le dije: “No podrías ni siquiera comprar el primer piso con esa cantidad”.

    Luego, escuché al Señor decirme que me quedara tranquilo porque Cathy estaba en una misión. Como puedes ver, Cathy había escuchado de Dios. Así que cuando habló con los dueños del edificio, ellos estaban muy ansiosos por venderlo, y acordaron venderlo en USD $250.000. Después de darme la noticia, Cathy me dijo: “Ahora entra a tu oficina, y ora por eso, porque tú eres el que tiene que pagar ese dinero”.

    Y así lo hice. Comencé a orar diciendo “Dios…” cuando de repente Él me interrumpió y dijo: «Jesse, tú puedes pagar USD $250.000, pero Yo pagaré USD $240.000».

    Al salir de mi oficina le di la noticia a Cathy, y ella mi dijo: “Eso es lo más absurdo que he escuchado. Entra a tu oficina, y ora otra vez”.

    “Mujer, eso fue lo que el Señor me dijo”, le respondí.

    “¿Y qué significa eso”, me preguntó.

    “No sé lo que significa, sólo cierra el trato”, le contesté.

    Cerramos el negocio con nuestro abogado y sólo quedaba una cosa por hacer —explicarle a los arrendatarios  de la propiedad que no renovaríamos sus contratos de alquiler. Compramos el edificio por USD $250.000, y resultó que luego de finalizadas las cuentas, los arrendatarios debían USD $10.000 de alquiler. Y después de que ellos nos pagaron ese monto, la cantidad que pagamos por el edificio y el terreno fue exactamente la misma cantidad que Dios había dicho —nosotros podíamos pagar USD $250.000, pero Él estaba pagando sólo USD $240.000—.

    Invertir tiempo en el trono trae como resultado una fe inquebrantable

    La primera vez que escuché a Dios decirme: “Tú puedes pagar USD $250.000, pero yo pagaré USD $240.000”, no tenía ningún sentido para mí. Sin embargo, estaba seguro que había escuchado a Dios, pues ya había invertido suficiente tiempo en el trono para reconocer Su voz. Y también porque tengo la mente de Cristo (1 Corintios 2:16), la cual es una mente que piensa con claridad total. A medida que visites con más frecuencia el trono, tú también podrás experimentar ese mismo tipo de discernimiento. Cuando tú visitas el trono, no regresarás con ideas conflictivas  acerca de cómo afrontar la vida. Tantos cristianos tienen distintas formas de ver la vida. ¿Por qué? Porque no han invertido suficiente tiempo en el trono. Romanos 12:2 dice: «Y no adopten…sino transfórmense por medio de la renovación de su mente, para que comprueben cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto». Cuando invierto tiempo en el trono, no importa si Dios me pide que haga algo que parece imposible de alcanzar; lo haré pues no tengo pensamientos conflictivos. Mientras más tiempo inviertas en el trono, menos tiempo gastarás dudando.

    Por ese motivo no dudé cuando Dios me dijo: “Yo pagaré USD $240.000” por esa propiedad con ese hermoso edificio. Tenía fe que había escuchado correctamente, y tenía fe para creer que Él haría lo que había dicho. Ese tipo de confianza sólo la puedes obtener al invertir tiempo en el trono.

    Vivir dentro de la voluntad de Dios requiere de una fe inquebrantable. Cuando inviertes tiempo en Su trono no discutirás, sino que harás decisiones. Tu fe nunca vacila. Y saltarás del ámbito de sólo creer, al de saber; y una vez allí, tendrás la capacidad y el poder.

    Durante una de mis sesiones en el trono con Dios le pregunté: “¿Por qué tienes tantos nombres?”.

    Porque Soy muy grande, me contestó.

    Queria más asi que le pregunté “¿Podrías explicármelo de una forma más clara?”

    Entonces Él me respondió: Tengo muchas facetas que el cerebro humano no puede comprender, y la forma en que las enseño es a través de palabras. De esa manera, Mis hijos pueden tener un concepto de Mí, pues la mayoría de ellos nunca me visitan, sólo visitan mi casa.

    Aparta tiempo hoy para visitar a Dios en Su trono. Dedícale tiempo de calidad y sin interrupciones, de modo que puedas comenzar a vivir en la voluntad de Dios sobre la Tierra. Él está esperándote.

    Jesse Duplantis es presidente y fundador de los Ministerios Jesse Duplantis, con oficina central en Louisiana, y oficinas en el Reino Unido y Australia. Es uno de los autores de mayor venta de Libros y conductor de un programa televisivo que se transmite semanalmente. Para obtener materiales del ministerio y mayor información, escribe a: Jesse Duplantis Ministries, P.O. Box 1089, Destrehan, LA 70047, llama al teléfono 1-985-764-2000 o visita jdm.org.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 24

  • Joven, fuerte y Bendecido (por Kenneth Copeland)

    6-14_kennethSi estás interesado en permanecer joven, presta mucha atención a lo que voy a decirte. Porque voy a darte un secreto contra la vejez, el cual no sólo es efectivo, sino que proviene directo de la Biblia. Gloria y yo lo hemos practicado, y estamos viviendo en sus resultados.

    El año pasado cumplí 77 años, y me siento mejor que cuando tenía 20. Tengo tan buena vista que aún puedo volar aviones. Mi audición es buena. No tomo ningún medicamento y no tengo tiempo para estar enfermo. Pues estoy muy ocupado predicando por todo el mundo y disfrutando la vida con Jesús.

    Hace unos meses, otro predicador de fe y amigo de mucho tiempo, Stanley Black, quien tiene la misma edad que yo, estaba ministrando junto a mí en una reunión en Venezuela. Ambos decidimos que somos la antítesis de “hombres ancianos”, y nos pusimos de acuerdo con el salmo 103 que nos afirma que somos hombres de fe rejuvenecidos.

    Quizá digas: “Bueno Hermano Copeland, ésa es una actitud admirable. Pero ya sabemos cómo es el proceso. Al final, todos envejecemos y nos cansamos. Es algo inevitable”.

    No. Me rehuso a estar de acuerdo con esas declaraciones. De hecho, no he confesado algo como eso en 40 años. Y no porque no haya tenido la oportunidad. En años anteriores, hubo ocasiones en las que parecía que todo mi cuerpo me gritaba que estaba envejeciendo y agotándose.

    Hubo días en que mi espalda me lo decía… mis rodillas… y mi cabeza también. Pero cuando lo hicieron, no me senté a escucharlos, ¡sino que les respondí! Y les declaré el Salmo 103:2-5: «¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones! El Señor perdona todas tus maldades, y sana todas tus dolencias. El Señor te rescata de la muerte, y te colma de favores y de su misericordia. El Señor te sacia con los mejores alimentos para que renueves tus fuerzas, como el águila».

    Luego dije: Cuerpo, escúchame. ¡No soy un hombre anciano! Me rejuvenezco como el águila. Ése es uno de mis beneficios como hijo de Dios. Además, en Génesis 6:3, se afirma que los días del hombre sobre la Tierra serán 120 años, por tanto, ¡aún estoy en lo mejor de mi vida!

    He confesado palabras como ésas todos los días por décadas. ¿Por qué? Porque sé que cuando lo hago, cada célula de mi cuerpo, de mis huesos, de mis coyunturas, de mis ojos, e incluso de mi cabello, las escuchan.

    También responden cuando yo las declaro, porque yo no me inventé esas palabras, éstas provienen de mi Padre celestial.  Son Sus palabras y Su poder reside en ellas. Él las dijo a través de la Biblia, y las activa y revela en mí a través del Espíritu Santo. Y cuando las confieso, Él las respalda con Su poder y hace que pasen.

    Asi que ahí lo tienes. Ése es mi secreto. En pocas Palabras, ése es el secreto más efectivo contra el envejecimiento que alguien haya descubierto —y ésta es la mejor parte: Este secreto hará más que sólo mantenerte joven. Obrará en tus finanzas, en tus circunstancias, eliminará los efectos de la maldición que se mencionan en Deuteronomio 28 y hará que LA BENDICIÓN se manifieste en cada área de tu vida.

    El árbol que habló

    Alguien podría decir: “Bien, no comprendo cómo puede hacer alguna diferencia el hablarle a mis huesos, mis rodillas, mi dinero y a mis circunstancias. Después de todo, no pueden escuchar”.

    De acuerdo con Jesús, sí pueden escuchar.

    Por esa razón, en el Nuevo Testamento, en los relatos de los comienzos de Su ministerio terrenal, vemos con frecuencia que Él le habla a las cosas. Por ejemplo, la vez en que Él visitó la casa de Simón Pedro. Cuando llegó allí, y encontró a la suegra de Pedro enferma con una fiebre muy alta: «Él se inclinó hacia ella y reprendió a la fiebre, y la fiebre se le quitó. Al instante, ella se levantó y comenzó a atenderlos» (Lucas 4:39).

    Aunque la mayoría de las personas  se reirán de la idea de que la fiebre escucha, ésta claramente escuchó porque: «se le quitó. Al instante, ella se levantó y comenzó a atenderlos».

    En otra ocasión, encontramos a Jesús hablándole a los elementos naturales de la Tierra. Quizá recuerdes la historia. Jesús atravesaba el mar de Galilea con Sus discípulos, cuando:

    «…se levantó en el lago una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca, pero él dormía. Sus discípulos lo despertaron y le dijeron: «¡Señor, sálvanos, que estamos por naufragar!» Él les dijo: «¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» Entonces se levantó, reprendió al viento y a las aguas, y sobrevino una calma impresionante. Y esos hombres se quedaron asombrados, y decían: «¿Qué clase de hombre es éste, que hasta el viento y las aguas lo obedecen?» (Mateo 8:24-27).

    Déjame preguntarte algo: ¿Puede el viento escuchar? ¿Puede el agua escuchar? Sí, es obvio que pueden porque escucharon a Jesús… y en el instante que escucharon, la tormenta cesó.

    “Pero hermano Copeland, ése era Jesús. Él es el Hijo eterno de Dios”.

    Sí, lo es. Sin embargo, ésa no es la razón por la que la tormenta le respondió. La tormenta le habría obedecido a los discípulos también si ellos le hubieran hablado como Él lo hizo. Jesús les dijo lo mismo cuando les preguntó por qué tenían tan poca fe: ¿Por qué tuvieron que despertarme? ¿Por qué no usaron su fe y se hicieron cargo de la tormenta ustedes mismos?

    Si deseas una confirmación más profunda de estas preguntas, lee lo que sucedió en Marcos 11:13-14, allí vemos a Jesús, una vez más, hablándole a algo. En esta ocasión, fue a una higuera: «Al ver de lejos una higuera con hojas, fue a ver si hallaba en ella algún higo; pero al llegar no encontró en ella más que hojas, pues no era el tiempo de los higos. Entonces Jesús le dijo a la higuera: «¡Que nadie vuelva a comer fruto de ti!» Y sus discípulos lo oyeron».

    Sé que aquí estoy siendo repetitivo, pero para enfatizar más este aspecto, permíteme preguntarte una vez más: ¿Pueden escuchar los árboles?

    Sí, claro que pueden. De hecho, no sólo pueden escuchar —también pueden hablar.

    Esta higuera en particular, le dijo a Jesús: “No recibirás ningún fruto de mí hoy”. Pero en lugar de alejarse y permitir que la higuera tuviera la última palabra, como lo haría la mayoría de las personas, Jesús le respondió.

    ¿Cómo supo cuál sería Su respuesta?

    Él escuchó en Su interior, oyó lo que Su Padre le estaba diciendo, y lo repitió. Jesús siempre actuó de esa manera. Así como Él lo explicó en el evangelio de Juan: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve que el Padre hace; porque todo lo que el Padre hace, eso mismo lo hace el Hijo. Yo no puedo hacer nada por mí mismo. Yo juzgo según lo que oigo… yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí… Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras» (Juan 5:19, 30, 14:11, 10).

    Esto significa que cuando Jesús le habló a la fiebre, a la tormenta y a la higuera, no dijo algo que se le ocurrió. Él no estaba hablando Sus propias palabras. Él estaba declarando las palabras del Padre. Cuando las dijo, el Padre, quien habitaba en Su interior, llevó a cabo la obra.

    Éste es el proceso mediante el cual opera todo el reino de Dios, y funcionará para nosotros de la misma forma que funcionó para Jesús.

    Desconecta el ruido ambiental

    “Pienso que eso no es cierto.” dirá alguien, “Jamás he podido actuar como Jesús lo hizo”.

    ¿Por qué no? Como creyente, ¿no has sido tú recreado a Su imagen? ¿Acaso el mismo Espíritu Santo que habitó en Jesús cuando estuvo en la Tierra no habita en tu interior? ¿Acaso no tienes la misma habilidad de escuchar y confesar la PALABRA de Dios?

    ¡Ciertamente la tienes!

    Entonces, ¿por qué el Padre, que habita en ti, no respaldaría Su PALABRA cuando tú la declaras en fe? ¿Por qué no haría la obra necesaria para que se cumpla esa Palabra en tu vida, así como lo hizo con Jesús?

    La respuesta es obvia. ¡Sí lo hará!, Jesús expresó: «De cierto, de cierto les digo: El que cree en mí, hará también las obras que yo hago; y aun mayores obras hará, porque yo voy al Padre» (Juan 14:12).

    Y también por eso, Él les dijo lo que les dijo a los discípulos cuando vieron la higuera, y exclamaron: «¡Mira, Maestro! ¡La higuera que maldijiste se ha secado!». Jesús les dijo: «Tengan fe en Dios. Porque de cierto les digo que cualquiera que diga a este monte: “¡Quítate de ahí y échate en el mar!”, su orden se cumplirá, siempre y cuando no dude en su corazón, sino que crea que se cumplirá» (Marcos 11:21-23).

    Observa que Jesús no declaró: “Bueno, ahora esperen un minuto. No intenten hacer esto. No vayan por ahí hablándole a los árboles, pues no los escucharán. El viento tampoco ni el agua. Ellos sólo me escucharán a Mí porque yo soy el Hijo de Dios”.

    No, él les dijo todo lo contrario. Y hasta les dijo que incluso las montañas escucharían y se moverían ¡si alguno les habla en fe!

    A esto, agrégale el hecho de que la fe viene por oír la PALABRA de Dios (Romanos 10:17). Y rápidamente, entenderás que, si quieres hacer las obras que Jesús hizo, lo primero que debes hacer es permanecer tranquilo y tener oídos para escuchar lo que Dios te esta diciendo. Desconéctate del ruido ambiental que te rodea. Deja de escuchar a la higuera, a la fiebre y a la tormenta.

    Si continúas escuchándolos, terminarás repitiendo lo que ellos dicen; y exactamente  eso es lo que el diablo quiere que hagas. El enemigo desea engañarte para hacerte declarar que te estás volviendo viejo a los 30 años. Cada vez que olvides algo, quiere que digas: “Siempre escuché que la memoria es lo primero que se pierde. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!”.

    ¡Eso no es gracioso! Eso abre la puerta para que el diablo tergiverse el proceso del reino. Cuando tú declaras lo que él dice, autorizas que él obre y que se cumplan esas palabras negativas.

    ¡No se lo permitas! Si una enfermedad ha atacado tu cuerpo y te está diciendo que te quitará la vida, no te pongas de acuerdo con eso ni repitas lo que está diciendo. ¡Díle a esa enfermedad que se calle! Luego sintoniza la frecuencia de Dios, pues Él está diciendo algo completamente diferente: «Por sus heridas fueron ustedes sanados» (1 Pedro 2:24).

    No solamente lo ha dicho en la Biblia, sino te lo revela de forma directa a tu espíritu. Tampoco te habla desde algún lugar lejano en el cielo, Él te habla a tu interior porque es allí donde Él vive. Por tanto, si escuchas tu interior, escucharás a Dios.

    Dios no te condenará con la maldición como lo hace con la higuera, la fiebre y las tormentas de la vida. El Señor declarará LA BENDICIÓN sobre ti. El Señor te recordará Gálatas 3:13-14: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, y por nosotros se hizo maldición (porque está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero»), para que en Cristo Jesús la bendición de Abrahán alcanzara a los no judíos».

    Tú, como hijo de Dios nacido de nuevo, tienes el derecho comprado con sangre de disfrutar una vida BENDECIDA. Sin embargo, para vivir de esa manera, necesitas escuchar y confesar las palabras de LA BENDICIÓN. Debes inclinar tu oído por completo a Dios y adoptar la siguiente actitud: Sé lo que están diciendo las circunstancias, sé lo qué están hablando mis vecinos, pero lo único que importa es lo que Dios afirma; ¡pues lo que Él declara es la verdad!

    Hace varios años, tomé esa actitud cuando me encontraba predicando en la isla de Jamaica, en las Antillas. Estuve ministrando casi los siete días de la semana por meses. Un día después de haber predicado desde las 9 a.m. hasta las 5 p.m., al dirigirme a mi siguiente reunión —la cual había sido programada para durar todo el día— me quedé sin voz.

    Como ya casi era la hora del almuerzo, entonces les dije a las personas que fueran a comer, y yo volví al cuarto de oración para pedir por la situación. Cuando lo hice, estas palabras surgieron de mi corazón: Por Sus heridas fueron ustedes sanados. Abrí mi Biblia, leí ese versículo y susurré: ¡Amén! Declaré ese versículo como la verdad y expresé: Padre, en lo que a mí respecta, estoy sano; por tanto, saldré y predicaré.

    En ese momento, no hubo ningún cambio notorio en mi cuerpo. Cuando regresé al podio para la reunión de la tarde, difícilmente podía emitir una palabra. No obstante, sostuve el micrófono junto a mi boca para que la gente pudiera escucharme, y comencé a declarar las palabras que Dios me ha dicho.

    “Si le hubiera preguntado a mi voz si yo estaba sano, me habría contestado: No. Yo sólo susurraba. Si les hubiera preguntado a ustedes si yo estaba sano, hubieran dicho: No. Pero no les estoy preguntando a ustedes ni a mi cuerpo”. Y mientras hablaba, mi voz comenzó a escucharse más fuerte.

    “Le pregunté a la PALABRA de Dios”. Continué diciendo, a medida que mi voz se hacía más fuerte.

    ¡Y en ella se afirma que soy sano! Exclamé a gran voz.

    Para cuando terminé la última oración, mi voz era tan fuerte que pude predicar por tres horas más. Después de terminar el servicio, me dirigí hacia la siguiente reunión y prediqué por otras dos horas. Me sentí contento de hacerlo, pues al terminar la reunión, una mujer que estaba completamente ciega, fue sana.

    ¿Por qué paso de esta manera? Porque mi cuerpo estuvo escuchando y también el de ella, y cuando declaré lo que Dios dijo, el Padre que mora en mí, ¡llevó a cabo la obra!

    Y lo mismo puede sucederte a ti.

    Todos los días, tu vida está escuchando. Por tanto, dale a Dios la oportunidad de obrar. Sintoniza Su voz, abre tu boca y permite que las fiebres, las higueras y las tormentas escuchen lo que Él está diciendo.

    Declara lo que Dios te habla, mantente joven, fuerte y sé BENDECIDO. Pues, ¡es una maravillosa forma de vivir!

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 4

  • El elogio más grande (por Jeremy Pearsons)

    6-14_jeremyAdemás de la Palabra de Dios y escuchar al Espíritu Santo, creo que no hay maestro más grande en la vida, que la misma vida.

    Pues las cosas que experimentamos, frecuentemente nos sirven como bloques de construcción, que nos ayudan a moldearnos para ser quienes somos. En este mes, celebramos el Día del padre y me gustaría tomarme un tiempo para compartirles algunas experiencias personales que viví con mi papá, las cuales han impactado mi vida.

    Déjame empezar diciéndote que mi padre sería el primero en decirte que él está lejos de ser una persona perfecta… pero no ante mis ojos. Pues no sólo me enseñó a amar a Dios y a Su Palabra, sino también él es responsable de mi amor por la música. Cuando era un bebé,  me sentaba sobre los hombros de mi papá para escucharlo y verlo tocar el piano. Y al transcurrir el tiempo, lograba sentarme a su lado mientras con mucha paciencia me enseñaba a tocar.

    Gracias a mis padres, sé cómo creer en Dios por sanidad para mi cuerpo. Pues cuando era un niño y me enfermaba, la primera medicina que me daban era 1 Pedro 2:24, y luego una saludable dosis de casetes con enseñanzas acerca de la sanidad, de mi abuelito Kenneth.

    Otro bloque de construcción en mi fe fue puesto cuando mi papá nos dio la noticia de que regalaríamos nuestra casa —¡una casa que había sido pagada por completo!—. Eso para mí, fue un ejemplo brillante de cómo darle a Dios nuestra mejor semilla.

    Recuerdo a mi padre vistiendo sus pijamas a las dos de la mañana, tratando de permanecer despierto para ayudarme a terminar un proyecto de ciencias que yo tenía que entregar el próximo día. Esa experiencia no sólo me enseñó acerca del amor incondicional de un padre, ¡sino también me enseñó a que no debo dejar las cosas para última hora!

    Mi padre me amaba tanto que cada vez que me comportaba mal me corregía y me castigaba. ¡Y estoy muy agradecido por eso! Eso me mostró que existen cosas que no debo hacer… y ésa es una de las cosas más valiosas que una persona debe saber.

    Ahora veo en George Pearsons a un hombre que está siendo perfeccionado a través de su devoción por la Palabra. Los bloques de construcción de honor e integridad están puestos en mi vida porque fueron los mismos que sirvieron en la vida de mi padre. Al ver su vida de humildad, aprendí el valor de preferir a otros. Probablemente una de las lecciones más importantes que me enseñó, fue cada vez que me decía: «Hijo, en esto me equivoqué».

    Como puedes ver, ¡amo a mi papá! Y cada vez que alguien me dice: «Oye Jeremy, me recuerdas mucho a tu papá », ¡es uno de los elogios más grandes que puedo recibir!

    Acerca del Autor

    Jeremy Pearsons es hijo de los pastores George y Terry Pearsons, y el nieto mayor de Kenneth y Gloria Copeland. Jeremy y su esposa, Sarah, son fundadores de Pearsons Ministries International. Para obtener más información, puedes visitar la página de internet pearsonsministries.com

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 9

  • Un nuevo estilo de vida por fe (por Melanie Hemry)

    6-14_profileLos teléfonos sonaban, las fotocopiadoras zumbaban y las oficinas de IBM en el centro de Chicago estaban cargadas de trabajo, a medida que terminaba el día laboral. Bill Winston, de treinta años, suspiró mientras realizaba una llamada. Nada. Cero. Eso era lo que reflejaban sus últimos seis meses de arduo trabajo.

    Tomó su chaqueta, se despidió de sus compañeros y salió. El viento que silbaba entre la copa de los edificios, sopló el cuello de su chaqueta contra su espalda como si fuera una mano invisible. El sonido de un avión provocó que se detuviera en la acera llena de transeúntes, y mirara hacia arriba.

    Una estela blanca de vapor atravesaba el cielo azul. Y como si se tratara de un mensaje de su pasado, aquella vista llenó a Bill de recuerdos de su infancia en Tuskegee, Alabama y de los héroes que tanto lo habían influenciado. Y su ejemplo siempre lo animaban a seguir en tiempos difíciles, como éste.

    Los pilotos de Tuskegee —los primeros pilotos afroamericanos de la fuerza aérea de los Estados Unidos de América—.

    Durante la 2da. Guerra Mundial, y mientras muchas personas pensaban que los afroamericanos no tenían la inteligencia, la habilidad, la sabiduría ni el valor para volar en combate, se agolparon desde toda la nación en el campo de la fuerza aérea en Tuskegee, demostrando a quienes los criticaban que estaban equivocados. Cientos de ellos sirvieron en la 2da. Guerra Mundial con tal distinción que sus nombres quedaron plasmados en la historia.

    Bill estaba en segundo grado cuando uno de esos pilotos, el padre de su amigo Denise James, había regresado de África. Cuando Bill conoció a Daniel “Chappie” James Jr. le cambió la vida. Incluso hoy, unos 20 años después, él puede recordar la emoción que sintió y la promesa que le hizo a aquel piloto, quien llegó a ser el primer general de cuatro estrellas afroamericano.

    “¡Yo volaré!”, exclamó Bill.

    Y así lo hizo. Ingresó al Instituto Tuskegee (actualmente la Universidad de Tuskegee), se enlistó en ROTC y tomó el examen de calificación para pilotos en el último año. La formación como piloto en las fuerzas armadas había sido un reto. Aún había algunos pilotos afroamericanos, y el racismo estaba en su máximo nivel. Sin embargo, Bill se rehusó a desenfocarse de su meta. Y aprendió a volar aviones de hélice, aviones de turbohélice;  y por último, aviones supersónicos.

    Luego de cumplir una asignación temporal en la escuela de supervivencia en la jungla coreana, Bill fue trasladado a Vietnam. Un año después, al regresar a casa fue condecorado con la Cruz de Vuelo Distinguido y la Medalla Aérea por actos de heroísmo en combate.

    Bill Winston creció creyendo que todo era posible. Los pilotos afroamericanos, los emprendedores, los estudiantes, los profesores y los líderes que a diario lo rodearon durante años no le dejaron duda alguna al respecto. Por esa razón, tuvo éxito en casi todo lo que se propuso hacer.

    Hasta ese momento.

    Bill fue contratado por IBM en su primer empleo como civil; luego de su entrenamiento ingresó al departamento de ventas, con un salario basado principalmente en comisiones …y él no estaba vendiendo mucho. Así que al sacar de su bolsillo el cheque con su sueldo, lo abrió y se quejó.

    No ganaba lo suficiente para sobrevivir, y el estrés le estaba causando problemas estomacales. Encima, sentía una ira que emergía de su alma al recordar las experiencias vividas creciendo en Tuskegee, cuando no tenía permitido nadar en una piscina de gente blanca y cuando tampoco podía estudiar en sus escuelas. Mientras sus amigos blancos entraban por la puerta principal de un restaurante, él debía entrar por la trasera. Ese pasado lleno de injusticias lo estaba comiendo vivo.

    Bill miró hacia el cielo azul, y observando la estela del avión desaparecer en el horizonte, lo comparó con el éxito alcanzado en IBM. No había nada mejor que estar a 13.000 metros del suelo.

    Si tan sólo pudiera estar ahí.

    Accediendo al poder de Dios

    Bill relata: “Ése fue el punto donde toqué fondo. Me crié en un hogar cristiano; sin embargo, nunca había aceptado a Jesús como mi Salvador. Cuando todo comenzó a venirse cuesta abajo en mi vida, pensé en regresar a la iglesia; pero no sabía a donde asistir”.

    “Conocí a una mujer católica carismática, quien me invitó a una reunión en el lado Norte de Chicago. En esa reunión acepté a Jesús. Y al hacerlo, el amor de Dios renovó mi corazón y toda la ira desapareció”.

    “Otra mujer me profetizaba: “¡Serás un predicador!”. No quería saber nada de eso, así que dondequiera que la encontrara, yo huía en la dirección opuesta.”

    Aun así, el apetito espiritual de Bill era voraz. Un día sintonizó una emisora cristiana mientras se dirigía a una llamada de vendedores, y escuchó la voz en la radio: “Hola, aquí les saluda Charles Capps…”. Al Escuchar las prédicas de aquel hombre, Bill quedó atrapado. Y desde ese día, aprovechaba cada oportunidad para escucharlo. En esa misma emisora escuchó a Kenneth Copeland, Kenneth Hagin, Fred Price y Lester Sumrall. Y de ellos, aprendió acerca de la integridad de la Palabra de Dios, las leyes de la fe y el poder de sus propias palabras.

    En su casa veía el programa de televisión La voz de victoria del creyente de Kenneth Copeland, y se hizo colaborador de KCM. Escuchaba los mensajes de Kenneth y Gloria Copeland, y leía sus libros. Poco a poco, aprendió a solucionar sus problemas por fe.

    ¡La Palabra funciona!

    Pronto, las ventas de Bill aumentaron y sin darse cuenta, se convirtió en el mejor vendedor de la oficina. Luego fue ascendido a supervisor de ventas de primer nivel. ¡La Palabra de Dios estaba dando resultados en su vida!

    Todo marchaba bien, hasta que una recesión económica afectó las ventas de toda la compañía. A finales de mes, su jefe estaba desesperado por ver algún tipo de ingreso.

    Bill había aprendido de la Palabra que cuando actuamos conforme a las leyes de la fe, debemos decir algo. Por consiguiente, cuando su hermana lo llamó temprano en la mañana del último día del mes para preguntarle cómo se encontraba, Bill escogió sus palabras con sabiduría: “¡Estoy bien, gracias!—respondió. Si me llamas a las 5:00 de la tarde, tendré más ventas de las que puedan ingresar a los libros contables.”

    Para el medio día, los vendedores a cargo de Bill comenzaron a recibir órdenes. Y para las 5:00 p.m., él había generado tantas ventas que su jefe lo miró y le dijo: “¡Bill, es suficiente! ¡Guarda algo para el próximo mes!”. Las ventas no sólo llenaron la cuota de Bill, sino la de los demás supervisores.

    Bill pronto ascendió al puesto de jefe de supervisores.

    Cumpliendo el llamado

    Bill declara: “Trabajé para IBM durante 14 años y aprendí mucho acerca de negocios y organización. Durante esos años, a menudo compartí mi fe, pero llegó el momento donde comprendí que el Señor me había llamado a predicar.

    “Renuncié a IBM, y en 1985 mi esposa Verónica y yo nos mudamos a Tulsa, donde ingresé a Oral Roberts University. Creo que Dios me envió ahí para aprender algo que cambió mi vida. Leí Isaías 48:17: «Así dice el Señor, tu Redentor, el Santo de Israel: Yo soy el Señor tu Dios, cuya enseñanza es provechosa, y que te dirige por el camino que debes seguir».

    No fue hasta que Bill descubrió esa escritura que se dio cuenta que Dios estaba interesado en su incremento. Sin embargo, entre más meditaba al respecto, más claro se volvía para él. Bienestar —o incremento— era el plan de Dios para Su gente y Él había prometido enseñarles cómo hacerlo.

    Ésa era la diferencia que Bill notó entre “asistir a la iglesia”, y actuar conforme al reino de Dios. De acuerdo con la Biblia, no hay límites para prosperar en el reino de Dios.

    Todos sus paradigmas cambiaron.

    Esa porción de la Biblia le dio nacimiento a un sueño en su espíritu: El sueño de crear una escuela de negocios que le enseñara a los empresarios cristianos cómo actuar conforme a los principios del Reino —y cómo sacarle provecho a los principios del Señor, al margen de la economía global—.

    Dando a luz un sueño

    Después de un tiempo, Bill y Verónica empezaron a tener reuniones los sábados en un hotel cerca del centro de Chicago. Y la gente se aglomeraba en masas. Bill visitó a un ex-colega de IBM, quien le ofreció un puesto de trabajo. Sonaba tentador, pero en lugar de aceptarlo, Bill siguió adelante con Dios y Su asignación divina. Luego una puerta se abrió —le ofrecieron una pequeña iglesia en una de las zonas más peligrosas de Chicago—, y Bill aceptó. Siguió enseñando los principios de la fe e instruyendo a las personas a verse bendecidas. Bill enseñaba la Palabra párrafo por párrafo, precepto por precepto. Actuaba conforme a las leyes de la fe, y la Palabra no regresaba vacía. La iglesia Living Word Church (Iglesia de la Palabra viva) se convirtió en Living Word Christian Center (Centro cristiano de la Palabra viva), y se trasladó a los suburbios de Forest Park en Chicago, donde las personas comenzaron a congregarse en masa.

    A medida que Bill seguía meditando en Isaías 48:17, su visión de la iglesia creció  como un mandato del Reino. El Señor empezó a revelarle el papel de los reyes y sacerdotes dentro del reino de Dios. Y Bill descubrió que cuando Dios quería que le construyeran un templo en el Antiguo Testamento, Él no enviaba a los sacerdotes a bañar camellos. Ellos nunca recaudaron fondos.

    Eran los reyes quienes proveían las finanzas.

    El rey David le dio a Salomón todo el dinero necesario para edificar el templo. El rey Salomón compró los materiales y supervisó el proyecto. Los sacerdotes lo bendijeron, lo dedicaron y ministraron al pueblo. Claro, era el Antiguo Testamento, razonó Bill; pero ahora tenemos un nuevo pacto con mejores promesas. ¿Debían los sacerdotes o pastores sufrir escasez? ¿Necesitaban tratar de recaudar fondos?

    No, no tenían que hacerlo —no en la cultura del Reino—. Bill le preguntó al Señor: “¿Quiénes son los reyes —del Nuevo Testamento— que han sido llamados, ungidos y destinados a dar finanzas dentro del Reino?”. Y la respuesta fue: Primariamente, emprendedores y líderes de negocios.

    ¡Él es uno de los nuestros!

    A medida que su revelación crecía, Bill expandió su ministerio en el área de la televisión. Un día, Kenneth y Gloria Copeland visitaban Chicago; Kenneth encontró el programa televisivo de Bill y al verlo, le dijo a Gloria: “¡Él es uno de los nuestros!”

    No pasó mucho tiempo para que estos dos hombres se conocieran y establecieran una gran amistad. No sólo compartían su amor por Dios y Su Palabra, sino que ambos eran pilotos, y a los pilotos les gusta pasar tiempo juntos. Kenneth invitó a predicar a Bill a sus reuniones, y Bill hizo lo mismo.

    En 1999, Bill dio a luz su sueño al fundar la escuela Living Word School of Ministry (Escuela de Ministros Palabra Viva), diseñada para entrenar “sacerdotes” o ministros de tiempo completo para el Reino. Además, estableció la escuela de negocios Joseph Business School, la cual está diseñada para “los reyes” —gente de negocios que desea convertirse en emprendedores—. Las clases se dictan los días sábados durante nueve meses al año. Su objetivo es recuperar la economía global y erradicar la pobreza dondequiera que ésta se encuentre.

    Bill explica: «Ser un emprendedor es un llamado, al igual que el llamado al ministerio. La palabra emprendedor se deriva de una palabra francesa que significa: “Alguien que crea algo nuevo”, y su objetivo es traer crecimiento y progreso a una comunidad o a una nación. Cuando Dios transforma una ciudad o una región para Su Reino, asocia a emprendedores y líderes de negocios con misioneros y sacerdotes. Estos dos grupos tienen la gracia de transformar la economía a su alrededor y sacar adelante el reino de Dios».

    Recientemente la escuela de negocios Joseph Business School recibió reconocimiento nacional. Además, el Departamento de Veteranos de los EE.UU. aprobó el financiamiento de veteranos que deseen asistir a dicha escuela a través del programa de beneficios Montgomery GI Bill.

    Adicionalmente, la iglesia no se detuvo con la escuela de negocios ni con la escuela ministerial.

    Bill comenta: «Compramos un centro comercial (shopping mall) de 133.518 m2. Necesitábamos un milagro, y el Señor me guió a sembrar una gran semilla, que produjo ¡una gran cosecha! Adquirimos la propiedad, y ahora cada local nos paga renta, y proveemos más de 400 empleos a la comunidad. También tenemos una embotelladora de agua, y estamos trabajando para que llegue a las comunidades que necesitan agua potable. Hacemos transacciones en oro y plata por medio de la financiera Great Lakes Monetary Consultants, y compramos el aeropuerto Golden Eagle Aviation, ubicado en el campo histórico de Moten, Tuskegee. Las ganancias generadas representan millones de dólares en impuestos, ayudando a la economía de nuestra comunidad y del estado».

    Para crecer, hay que sembrar

    Bill comparte: «Una de las razones por las que crecimos tan rápido fue por nuestra colaboración con KCM. La ley de asociación con ministerios exitosos trajo esa misma unción a mi vida. He descubierto que si quieres crecer, debes sembrar, y no sólo debes sembrarle a los necesitados. El libro de Gloria (La voluntad de Dios es la prosperidad) fue otro recurso que nos ayudó a darle un giro a nuestras vidas. Creo que la integridad de Kenneth y Gloria los ha convertido en modelos a seguir para los ministerios cristianos».

    Cada año Bill Winston realiza dos congresos: International Faith Conference (Conferencia de Fe Internacional) y Missions Marketplace Empowerment Conference (Conferencia de Potenciación del Mercado Misionero), los cuales conectan a reyes y sacerdotes. Además, por medio de Faith Ministries Alliance (Alianza de Ministros de Fe), Bill supervisa más de 540 iglesias y ministerios alrededor del mundo, y recorre la Tierra enseñando fe.

    ¿Cuál es el siguiente paso? “Vamos a añadir un departamento de patentes e invenciones a nuestra escuela de negocios Joseph Center, porque hay una ola magnífica de nuevos inventos a punto de explotar en la Iglesia. El reino de Dios no sólo es un sistema de gobierno, sino un nuevo orden de vida por fe. No sólo es un futuro esperanzador, sino un presente. Una realidad donde hombres y mujeres nacen, y son potenciados con el poder de La Bendición para transformar nuestro entorno en un Jardín del Edén. Es tiempo de que todos nos regocijemos, en grande, pues cosas grandiosas están a punto de suceder”.

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición junio 2014, página 10

  • Una palabra acerca de tus hijos (por Gloria Copeland)

    5-14_gloria-miniEl mundo tiene mucho que decir acerca de tus hijos en estos días —y la mayoría de lo que dice es malo—. Nos dice que el futuro económico de ellos es desalentador, que su ética está disminuyendo, y que van cuesta abajo.

    Sin embargo, si has aceptado a Jesús como el Señor de tu vida, Dios tiene una declaración diferente acerca de tus hijos. Él dice que tus hijos van hacia el cielo, y no al infierno. Por una bendición, no una maldición. Así que ignora lo que el mundo dice y confía en la Palabra. ¡Ésta tiene el poder de cambiar la vida de tus hijos! A continuación te presento algunos versículos que te ayudarán a mantenerte enfocado en las promesas de Dios en lo que concierne a tus hijos.

    Así ha dicho el Señor: “Reprime tu llanto y tus sollozos; seca las lágrimas de tus ojos, porque no has trabajado en vano”: tus hijos volverán de ese país enemigo. “Tus descendientes tienen esperanza; tus hijos volverán a su propia tierra”
    (Jeremías 31:16-17).

    “Yo, el Señor, enseñaré a todos tus hijos, y su paz se verá multiplicada” (Isaías 54:13).

    “Tarde o temprano, el malvado será castigado, pero los justos y los suyos saldrán bien librados” (Proverbios 11:21).

    “Dichoso el hombre que honra al Señor y se deleita obedeciendo sus mandatos. Sus hijos tendrán poder en la tierra, y serán bendecidos por
    su rectitud” (Salmos 112:1-2).

    “… yo defenderé tu causa, y salvaré a tus hijos” (Isaías 49:25).

    “El Señor es bueno con todos, y se compadece de toda su creación” (Salmos 145:9).

    “…voy a derramar mi espíritu sobre tu generación, y mi bendición sobre tus renuevos” (Isaías 44:3).

    “Éste será el pacto que haré con ellos: Mi espíritu está sobre ti, y desde ahora y para siempre las palabras que puse en tu boca nunca se apartarán de tus labios, ni de los labios de tus hijos, ni de los labios
    de tus nietos” (Isaías 59:21).

    Texto extraído de: Revista LVVC – Edición mayo 2014, página 21