Blog

  • La vida próspera – por Gloria Copeland

    No soy una experta en la economía del mundo, pero juzgando por los reportes que escucho en las noticias, sé que tiene muchos problemas. Siempre ha estado plagada de algún altibajo. Y está perpetuamente en peligro de recesión, o depresión.

    Me alegra que tú y yo no dependemos de ella. Yo soy una ciudadana del cielo — ¡y la economía del cielo está muy bien!

    La economía del cielo no sube y baja de acuerdo al mercado de valores. No depende del índice de los precios al consumidor o del producto bruto interno. Depende de Dios, y Él es el mismo ayer, hoy y por toda la eternidad. Sus recursos nunca se acaban y Él nunca se cansa de derramarlos sobre Su gente.

    Dios siempre ha sido, y siempre será, el Dios de la abundancia. Nunca ha sido tacaño en nada. Aún desde el Jardín del Edén, se mostró a Sí mismo como un Padre generoso. Cuando creó a Adán y Eva, no les dio solamente lo suficiente para que vivieran cada día; les dio en abundancia todo lo bueno. ¡Después los BENDIJO y les dijo que se multiplicaran e incrementaran aún más!

    Y hoy en día, sigue haciendo lo mismo por nosotros, Su gente. Todavía está diciéndonos: «Amado, deseo que seas prosperado en todo, y que tengas salud, a la vez que tu alma prospera» (3 Juan 1:2).

    Basados en nuestra experiencia, Kenneth y yo podemos dar este testimonio: ¡El Señor no tiene ni una pizca de tacaño! Cuando empezamos a aprender cómo recibir de Él, estábamos en una muy mala situación económica. Teníamos necesidad de todo. Vivíamos en una pequeña casa rentada cerca a la orilla del río en Tulsa, Oklahoma, y aunque estábamos agradecidos por tenerla, estaba tan deteriorada que no quise desempacar hasta después de dos semanas de habernos mudado.

    Para mí, tener una casa hermosa era una de las prioridades más importantes en mi lista, así que cuando descubrí que Dios quiere que prosperemos, una casa fue la primera cosa por la que empecé a creer. Ken, por el otro lado, empezó a creer por un avión (las casas son importantes para las mujeres, los aviones para los hombres. Ken es piloto, así que si fuera por él, ¡podría haber vivido en un avión!)

    No puedo recordar cómo estaba la economía del mundo durante 1967, pero puedo decirte esto: la economía de los Copeland estaba yendo hacia arriba. El Señor empezó a prosperarnos, y después de un tiempo, no sólo tuvimos una casa linda y un avión para nuestro ministerio, sino también muchas otras cosas.

    Hoy en día, 48 años más tarde, puedo decir que todo por lo que he creído lo he recibido. Las cosas no aparecieron de la noche a la mañana, sino con el transcurso del tiempo. Mientras nos mantuvimos firmes en fe, y dejamos que la paciencia hiciera su obra perfecta, todas las cosas que le pedimos a Dios se manifestaron. Y lo que es aún mejor, se mantienen incrementando todo el tiempo. Porque Dios es un Dios bueno, Él siempre está BENDICIÉNDONOS.

    Él hará lo mismo por ti. No importa por cuánto tiempo has estado caminado con Él o cómo están las cosas, Dios te dará más en cada área de tu vida. Él no dice algo como: “Bueno, ya tienes suficiente, tienes una casa, un auto y un trabajo; ya no pidas más”.

    No, probablemente tus padres te dijeron algo así cuando eras un niño. La gente dice cosas como esas. Si escuchan que estás creyendo por un auto nuevo, puede que te digan: “no necesitas uno nuevo, el que tienes ahora todavía funciona”. Pero Dios no piensa así. Para Él no se trata acerca de la necesidad. ¡Todo es acerca de la BENDICIÓN y Sus BENDICIONES siempre vienen en aumento!

    ¿Cuál eligirás?

    A pesar de que Dios desea incrementar nuestras vidas, no puede solamente derramar Su prosperidad indiscriminadamente. Si nos da más de lo que estamos listos para administrar, podría lastimarnos. Por ese motivo, nos prospera a medida que “nuestra alma prospera”.

    Podrías preguntarte: ¿Cómo prospera nuestra alma?

    De acuerdo con 3 de Juan 1:4, nuestra alma prospera cuando “andamos en la verdad”, al vivir de acuerdo con la Palabra de Dios.

    Jesús habló acerca de este tema en Juan 17:16-17. Mientras oraba por Sus discípulos, dijo: «Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad».

    Esos versículos aplican a nosotros, los creyentes. La verdad de la Palabra de Dios nos santifica al separarnos de los caminos del mundo. Tal separación es vital porque, como esos 12 primeros apóstoles, nosotros no pertenecemos más a este mundo. A pesar de que vivimos en el mundo, no somos parte del mismo.

    Eso significa que no se supone que sigamos actuando como el mundo lo hace. No se supone que pensemos y hablemos como el mundo. Debemos actuar, pensar y hablar como quienes realmente somos — ¡ciudadanos del cielo!

    Aprendemos este nuevo proceso al renovar nuestras mentes con la Palabra de Dios. Mientras modelamos nuestras vidas de acuerdo a la Palabra, descubrimos que podemos hacer aquellas cosas que no podíamos antes de ser nacidos de nuevo. Podemos vivir en victoria. Podemos vivir sanos. Y podemos prosperar sobrenaturalmente.

    Cuando hacemos las cosas de la forma que Dios quiere, le damos libertad para moverse en nuestra vida, BENDECIRNOS y hacernos el bien. Así que, mientras más obedecemos Su Palabra, más próspera se hace nuestra vida.

    Siempre ha sido así. ¡El incremento siempre viene a través de la fe y la obediencia! Desde el Jardín del Edén hasta los Israelitas, y por toda la Biblia, consistentemente Dios ha puesto delante de Su pueblo LA BENDICIÓN y la maldición. Y ellos han tenido la libertad de escoger entre la una y la otra.

    Ya que LA BENDICIÓN incluye todo lo bueno y la maldición todo lo malo, tomar la decisión correcta parece algo obvio. Pero hay un pequeño inconveniente. Aunque es más difícil vivir bajo la maldición, es más fácil de conseguir. No necesitamos hacer nada para conseguirla. Sólo debemos relajarnos y seguir la corriente, como todo el mundo lo hace.

    Sin embargo, escoger LA BENDICIÓN requiere de un mayor esfuerzo. No podemos vivir en LA BENDICIÓN y seguir la corriente del mundo. Debemos hacer las cosas de la forma en que Dios las haría.

    Y eso es bueno, porque “los mandamientos de Dios no son difíciles de cumplir” (1 Juan 5:3). Lo que nos pide que hagamos es para nuestro beneficio. Quiere que hagamos las cosas a Su manera porque Su forma de hacerlas funciona. Hacerlo nos mantiene caminando en LA BENDICIÓN.

    Mateo 6:33 lo dice de esta manera: «Por lo tanto, busquen primeramente el reino de Dios y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas».

    Saca corriendo al perro sarnoso

    Podemos decir muchas cosas acerca de lo que significa buscar primero el reino de Dios, sin embargo la primer cosa que se me viene a la mente es la siguiente: si verdaderamente estamos buscando a Dios primero, le daremos a Su Palabra prioridad en nuestras vidas. No solamente leeremos la Biblia una vez a la semana los domingos en la iglesia. Leeremos y meditaremos la Palabra de Dios todos los días.

    Quizás digas: “Pero, Gloria, ¡no tengo tiempo para hacer eso!” Entonces estarás en problemas porque: «la fe proviene del oír, y el oír proviene de la palabra de Dios» (Romanos 10:17). Si no escuchas la Palabra, no tendrás fe. Si no tienes fe, no podrás creer y recibir la vida próspera que Dios tiene reservada para ti.

    Tampoco tendrás la fuerza para resistir a satanás. Cuando el diablo empiece a decirte que te despedirán de tu trabajo o que te irás en bancarrota, simplemente te vendrás abajo. Comenzarás a arrugar tus manos con miedo, preocupándote por cómo vas a sobrevivir.

    Tal comportamiento es característico de alguien del mundo. Pero, como creyente, no se supone que participes del mismo. Jesús lo dijo muy claro: «Por lo tanto, no se preocupen ni se pregunten “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos?” Porque la gente anda tras todo esto, pero su Padre celestial sabe que ustedes tienen necesidad de todas estas cosas» (Mateo 6:31-32).

    Como ciudadano del cielo, no debes recibir las cosas preocupándote y llenándote de ansiedad, ya que únicamente te traerá problemas. Lo que debes hacer, cuando estás bajo presión financiera y necesitas recibir dinero sobrenaturalmente, es creer la Palabra y resistir al diablo.

    ¿Cómo lo resistes?

    Usando la Palabra de Dios para ejercer tu autoridad sobre él. Dile, sin dudar, lo que la Palabra dice acerca de tu situación. Dile: “Diablo, te reprendo en el Nombre de Jesús. ¡No pondrás escasez sobre mi vida! Mi Dios suplirá a todas mis necesidades de acuerdo a Sus riquezas en Gloria por medio de Jesucristo. Él es mi pastor y no hay nada que pueda desear o querer”.

    Tampoco seas amable al respecto. Piensa cómo le hablarías a un viejo perro sarnoso que se metió en tu casa. No dirías: “Oh, se entró un perrito sarnoso. Pobre, está sucio, lleno de pulgas y acostado en mi cama. ¿Qué voy a hacer? Supongo que llamaré a la iglesia para que oren por la situación”.

    ¡No! Perseguirás al perro y le darás lo que se merece. ¡Tomarás un palo de escoba y lo sacarás de tu cama, y de tu casa! Deberías tratar al diablo de la misma manera. ¡No le des cabida!

    NO LE DES TUS PALABRAS AL DECIR COSAS NEGATIVAS. MANTENTE DECLARANDO UNICAMENTE LO QUE DIOS DICE, HASTA QUE EL DIABLO NO PUEDA AGUANTAR MÁS TIEMPO Y TENGA QUE SALIR CORRIENDO BUSCANDO REFUGIO.

     

    Un contrato financiero con Dios

    Diezmar es otra cosa que deberás hacer para buscar primero el reino de Dios — o como lo dice la Biblia Amplificada en Mateo 6:33: “Su manera de hacer las cosas y Su perfección”. Diezmar es un elemento muy importante de la prosperidad sobrenatural. Es una de las cosas que nos separa como creyentes del mundo.

    La gente del mundo piensa que diezmar es una locura. Dicen: “No puedes prosperar al regalar dinero. ¡Eso es lo peor que puedes hacer durante una mala temporada económica!”

    Pero, como ciudadanos del cielo, nosotros hemos aprendido algo mejor. Entendemos que lo mejor que podemos hacer por nuestras finanzas es dejar que Dios se involucre en ellas. No estamos regalando nuestro dinero. ¡Estamos dándoselo a Dios! Él puede hacer más con el dinero de lo que nosotros podríamos hacer alguna vez.

    Es más, todo lo que se requiere para abrirle la puerta es el 10% de nuestro ingreso. Eso es todo lo que Dios nos pide. Nosotros podemos quedarnos con el 90% restante — lo cual es más que justo ya que, sin Dios, no tendríamos absolutamente nada.

    De la manera que yo lo veo, ¡diezmar es un privilegio! Diezmar es un acto de fe que nos conecta como creyentes a la seguridad de la economía divina. Es como firmar un contrato financiero con Dios, así que sin importar lo que venga —recesión, depresión o cualquier cosa— ¡nada puede detener nuestra prosperidad!

    Adicionalmente, es emocionante saber que a pesar que nosotros diezmamos y ofrendamos para el trabajo de Dios en la Tierra, Hebreos 7:8 dice que Jesús los recibe en el cielo.

    Te lo digo, ¡las personas que diezman son BENDECIDAS! Así que no te pierdas la oportunidad. ¡Honra a Dios con tus diezmos!

     

    El amor no es opcional

    La tercera cosa que debes hacer para vivir una vida próspera, es caminar en amor. ¿Por qué? Porque la Biblia dice que es nuestro mandamiento: «Éste es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como Dios nos lo ha mandado» (1 Juan 3:23).

    Eso significa que para aquellos de nosotros que somos ciudadanos del cielo, el amor no es opcional. Es un mandamiento. No podemos vivir como Dios quiere sin cumplirlo.

    Primero, porque: “la fe obra por el amor” (Gálatas 5:6), así que sin amor la fe no funciona —¡y necesitas la fe todo el tiempo! Como el diablo lo sabe, una de las cosas que usa para impedir que prosperes es hacerte desviar del camino del amor. El usará a alguien que está actuando mal para comenzar peleas y rivalidades.

    Pero no se lo permitas. La rivalidad es mala: «Pues donde hay envidias y rivalidades, allí hay confusión y toda clase de mal» (Santiago 3:16). Así que haz todo lo que necesites para mantenerte lejos de la rivalidad, las peleas y las contiendas.

    Podrías decir: “Pero eso es muy difícil, ¡algunas personas me irritan!”

    Bueno, probablemente tú también los irritas a ellos. Así que perdónalos, y camina en amor con ellos de todos modos. En vez de irritarte pensando en las cosas que han hecho mal, medita en lo que 1 Corintios 13 dice:

     

    El amor es paciente y bondadoso; no es nunca envidioso, no hierve de celos, no se envanece o vanagloria de sí mismo, no es altivo. No es engreído (no es arrogante, ni se infla con orgullo). No es grosero (maleducado) y no actúa de manera indecorosa. El amor (el amor de Dios en nosotros) no insiste en sus propios derechos o en su manera de hacer las cosas, porque no es egoísta, ni se irrita; no es rencoroso, no lleva cuenta de lo malo (no le pone atención a los sufrimientos que le puedan causar). El amor todo lo sufre, siempre está listo para creer lo mejor de cada persona, sus esperanzas no se desvanecen bajo ninguna circunstancia (sin debilitarse). El amor nunca falla. (Versículos 4-5, 7-8, AMP)

     

    Recuerda: ¡la fe obra por el amor!

    ¡El amor de Dios es poderoso! Aún cuando el mundo entero pareciera derrumbarse a tu alrededor, el amor de Dios actuando en ti y fluyendo a través de ti hacia las otras personas nunca falla. Así que, apégate al amor, apégate a la Palabra y mantente diezmando.

    En otras palabras, busca primero el reino de Dios. Luego, sin importar lo que pueda pasar en la economía del mundo, ¡tú podrás disfrutar de una vida próspera!

  • EL TRIUNFO MÁS VALIOSO – por Kenneth Copeland

    Juzgando por el tamaño del regalo que me esperaba bajo el árbol de navidad el 25 de Diciembre de 1953, mis sueños no se habían hecho realidad. El regalo que había estado esperando de mis padres por 10 largos años, no estaba a la vista. La Navidad había llegado otra vez, y a pesar de que quería una motocicleta desde que había nacido, a los 16 años aún no la tenía.
    Después de que mi madre nos recordara —como siempre—, que éste era el cumpleaños de Jesús, y de nuestro tiempo de oración en familia, me estiré hacia la base del árbol para alcanzar mi regalo. No era más grande que un libro, pero el peso del mismo me sorprendió.
    Pensé: ¿Qué cosa podría ser tan pesada? Rasgando el papel y el moño, encontré una pila de revistas con una nota en la parte superior.
    Leía: estoy al frente del garaje.
    Por una fracción de segundo, observé fijamente las palabras, mientras mis rodillas se aflojaban. Luego, con mi corazón latiendo a mil por hora, corrí hacia la puerta, abriéndola. Lo que mis ojos veían, literalmente, me tumbó al piso.
    Frente al garaje, había una motocicleta 1952 modelo Triump Thunderbird. La palabra emocionado ni siquiera empieza a describir lo que sentí en ese momento.
    Levantándome del lugar donde había caído, les agradecí a mi mamá y a mi papá, agarré mi chaqueta, y salté en mi nueva motocicleta para probarla en la calle.
    Cuando regresé a la casa esa noche, había manejado más de 160 km en el frío invernal, y en mi cara se había congelado una sonrisa de oreja a oreja.
    ¡Qué Navidad más maravillosa! Estaba tan emocionado por esa motocicleta, que pensé que ése era el mejor de los regalos. Pero resultó no ser cierto. Algunos años después, descubrí que Dios nos ha dado un regalo muchísimo mejor.
    Nos ha dado a Su Hijo, Jesús — y lo que Dios ha hecho por nosotros a través de Él es mil veces más emocionante que cualquier otro regalo de Navidad que pueda existir.

    Más de lo que hayas soñado
    Quizás digas: “Pero hermano Copeland, he escuchado acerca del nacimiento de Jesús toda mi vida, y a pesar de que estoy feliz por ese acontecimiento, ya no me emociono más con ese tema”.
    Esto quizás se deba a que hay cosas que todavía no has escuchado. Tienes la misma actitud que yo tenía cuando vi el regalo bajo el árbol de Navidad: no puedes percibir todo lo que te ha sido dado. No has descubierto completamente que en Jesús has recibido más de lo que alguna vez puedas soñar.
    Puedes ver un destello de lo que estoy diciendo en Juan 1, donde la Biblia describe el nacimiento de Jesús de la siguiente manera: «En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba con Dios, y Dios mismo era la Palabra. La Palabra estaba en el principio con Dios. Por ella fueron hechas todas las cosas. Sin ella nada fue hecho de lo que ha sido hecho. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad… Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria (la gloria que corresponde al unigénito del Padre), llena de gracia y de verdad» (versículos 1-4, 14).
    Esos versículos no se asocian normalmente con la Navidad porque no se focalizan en las cualidades naturales de Jesús. No lo representan como ese bebé en un pesebre, la forma en que la gente generalmente piensa acerca de Jesús en esta temporada del año. En su lugar, lo revelan como lo que realmente era y es: un miembro eterno de la divinidad, el creador del universo, la luz divina de la humanidad y la PALABRA viva del Dios todo poderoso.
    Cuando Jesús nació, puede que luciera pequeño en su apariencia, tal como un bebé normal. Pero en Su interior, Él era la PALABRA de Dios hecha carne, tan humano como cualquier hombre que haya existido, y al mismo tiempo, la verdadera encarnación de Dios.
    El solo pensar en eso es asombroso — casi más de lo que podamos comprender. Pero, a pesar de ser lo suficientemente maravilloso, no es la historia completa. Justo en el medio de este pasaje bíblico en Juan se encuentra algo acreca de Jesús que es todavía más asombroso. De acuerdo con los versículos 12 y 13: «Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio la potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios».
    Lee esos versículos nuevamente y medita en ellos por un momento. ¿Puedes ver cómo se refiere a aquellos que son creyentes? ¡Estos versículos hablan acerca de nuestro nacimiento de nuevo de la misma forma en la que hablan del nacimiento de Jesús! Ponen en la misma categoría a aquellos que hemos nacido del Espíritu, con Él que fue nacido del Espíritu, revelando una unión divina entre Él y nosotros, la cual nos pone en igualdad de condiciones.
    “¿Qué?, ¡eso es ridículo!”, podrías decir. “¡Nosotros no somos iguales a Jesús!”
    Sí, por más alarmante que parezca, el Nuevo Testamento dice que lo somos. Lo declara una y otra vez, y a pesar de que Jesús es el Rey de Reyes y SEÑOR de Señores,
    Los que nos hemos unido al SEÑOR a través del nuevo nacimiento somos «un espíritu con Él» (1 Corintios 6:17).
    Nos hemos revestido del nuevo hombre y hemos sido renovados en la «imagen del que lo creó hasta el pleno conocimiento» (Colosenses 3:10).
    Hemos sido resucitados con Él, y sentados con Él en lugares celestiales (Efesios 2:6).
    He estudiado esas escrituras y otras similares por mucho tiempo, y me son muy familiares. La verdad es que las predico todo el tiempo. Sin embargo, recientemente, el SEÑOR me compartió algo acerca de ellas que me asombró. Me dijo que, como creyentes nacidos de nuevo, nosotros somos gemelos idénticos de Jesús.
    Correcto —gemelos idénticos—.
    En 48 años de ministerio, nunca había escuchado al SEÑOR decir tal cosa. Pero supe inmediatamente que era cierto, ya que 1 Pedro 1:23 dice que somos «renacidos, no de simiente (semilla) corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre» (RVR60).
    Todo el mundo sabe que cuando dos personas nacen de la misma semilla natural, nacen como gemelos idénticos. Así que lo que el SEÑOR estaba diciéndome era la misma verdad en el ámbito espiritual. Aunque nosotros, como creyentes, somos diferentes los unos de los otros física y externamente, en el interior, nuestro ser espiritual es exactamente como Jesús. Todos nosotros somos su gemelo idéntico — nacidos de la misma semilla, concebidos en el mismo proceso, por el mismo Padre… lo que significa que la historia de Navidad no se trata solamente acerca de Jesús.
    También es acerca de nosotros.

    La historia más grandiosa alguna vez contada y la pregunta que raramente se hace
    Es probable que recuerdes cómo comienza la historia. De acuerdo con Lucas 1, el ángel Gabriel se apareció a una virgen llamada María. Y le dijo que era bendita y altamente favorecida por el SEÑOR.
    «Cuando ella escuchó estas palabras, se sorprendió y se preguntaba qué clase de saludo era ése. El ángel le dijo: “María, no temas. Dios te ha concedido su gracia. Vas a quedar encinta, y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre JESÚS. Éste será un gran hombre, y lo llamarán Hijo del Altísimo. Dios, el Señor, le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”» (versículos 29-33).
    María respondió a este maravilloso anuncio con una pregunta muy simple. Ella dijo: «¿Y esto cómo va a suceder? ¡Nunca he estado con un hombre!» (Versículo 34). Ella no hace esa pregunta dudando en lo que el ángel le estaba diciendo. Al contrario, ella había escuchado atentamente y creído lo que se le había dicho.
    Ella solamente quería estar segura de que había entendido completamente lo que iba a pasar. ¿Iba a tener un hijo después de casarse? O, ¿Dios tenía algo más en mente? Ésas eran preguntas justas, y el ángel se las respondió diciendo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el Santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios… ¡Para Dios no hay nada imposible!» (Versículos 35, 37).
    Es importante darse cuenta que aquí Gabriel no estaba hablando por sí mismo cuando dijo esas cosas. Sus palabras no eran propias. Como el arcángel que estuvo ante la presencia del Dios todopoderoso, el simplemente estaba entregando la PALABRA del SEÑOR. Él solamente estaba diciendo lo que el Padre ya había dicho.
    Eso fue lo que Jesús hizo cuando estuvo en la Tierra. Como lo dijo en Juan 14:10: «¿No crees que yo estoy en el Padre, y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras». Aquí, Gabriel estaba haciendo lo mismo: estaba hablando como representante de Dios, y no por sí mismo.
    Al escuchar sus palabras, María respondió: «“Yo soy la sierva del Señor. ¡Cúmplase en mí lo que has dicho!” Y el ángel se fue de su presencia» (Lucas 1:38).
    La mayoría de la gente ha escuchado o leído esta parte de la historia de Navidad cantidad de veces, pero hay una pregunta que muy rara vez se hacen: ¿cuándo se cumplieron exactamente las palabras que Gabriel pronunció sobre María? ¿En qué momento el Espíritu Santo la cubrió, y sembró la semilla de la PALABRA viva de Dios en su vientre, haciéndola concebir?
    Te diré cuando.
    Pasó en el preciso momento que María se entregó a sí misma al SEÑOR, creyó Su PALABRA, y liberó su fe con las palabras de su boca. En esencia, ocurrió cuando dijo: “¡soy toda tuya, SEÑOR! Te pertenezco. Que se haga en mí, como lo has dicho”.
    En ese momento, María se entregó a sí misma en fe a Dios y Él le dio Su Hijo. El Espíritu Santo, quien había estado revoloteando sobre ese lugar, hizo de la PALABRA de Dios una realidad y Su PALABRA se hizo carne en el vientre de María.

    Del hijo único engendrado, al primogénito
    “Hermano Copeland, estoy de acuerdo. Ésa es una historia maravillosa, pero es acerca de Gabriel, María y Jesús; no acerca de creyentes como tú y yo”.
    Sí, lo es, y te diré el porqué: la misma cosa que le pasó a María cuando ella creyó la PALABRA de Dios y se entregó a sí misma en fe, ocurre en nosotros cuando somos salvos. En el momento que creemos la PALABRA y decimos: “Jesús, ven a mi corazón, te recibo como mi SEÑOR y Salvador”, el Espíritu Santo se posa sobre nosotros e implanta la semilla incorruptible de la PALABRA eterna de Dios en nuestro espíritu, y nacemos de nuevo.
    Eso significa que nosotros somos tan nacidos del Espíritu como Jesucristo de Nazaret. Nuestro ADN espiritual es la PALABRA del Dios viviente.
    Quizás te preguntes: ¿Pero, y qué acerca de Juan 1:4? “Ese versículo se refiere a Jesús como el Hijo único engendrado de Dios”.
    Ciertamente así es —y Él era el único engendrado cuando nació en la Tierra—. Pero, una vez crucificado y resucitado, nunca más fue llamado el Hijo único engendrado de Dios. Desde ese momento, fue llamado: «el primogénito de entre de los muertos» (Colosenses 1:18).
    ¿Por qué? Porque a través de la obra de la Cruz y la triunfante Resurrección, Él hizo posible que nacieran en la familia de Dios muchos hijos e hijas. Al destruir el poder del pecado que había dominado la humanidad desde la caída de Adán, y al reconciliar al mundo con Dios (2 Corintios 5:19), Él se convirtió no sólo en el Hijo de Dios, sino también en el hermano mayor de todo aquel que ponga su fe en Él.
    Como resultado, desde el día de Pentecostés, el Espíritu Santo ha estado revoloteando en la Tierra, tal como lo hizo sobre María. Él ha estado presente, listo para hacer que la PALABRA de Dios suceda en la vida de todo aquel que cree y dice como ella dijo: “!Que se haga en mi según tu Palabra!”
    Si eres un creyente, el Espíritu Santo estaba revoloteando sobre ti el día que naciste de nuevo, y ahora no sólo revolotea, sino que vive en tu interior. Él nunca está estancado; siempre está moviéndose. Siempre está esperando a que pongas la PALABRA de Dios en tu corazón y en tu boca para hacerla una realidad. Como Jesús dijo: «el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras» (Juan 14:10).
    Si necesitas sanidad, puedes declarar la PALABRA de Sanidad y el Espíritu Santo se moverá en ella para encarnarla en tu cuerpo. Si estás en alguna clase de esclavitud financiera, puedes declarar la PALABRA de prosperidad y el Espíritu Santo se moverá en ella y te liberará. Si eres padre o madre, puedes declarar la PALABRA de Dios sobre tus hijos y el Espíritu Santo se moverá en ella, encarnándola en sus vidas.
    ¡Estas son las buenas nuevas! Es lo que el ángel del SEÑOR estaba proclamando a los pastores cuando estaban cuidando de sus rebaños en los campos de Belén:

    «Pero el ángel les dijo: “No teman, que les traigo una buena noticia, que será para todo el pueblo motivo de mucha alegría. Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: Hallarán al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. En ese momento apareció, junto con el ángel, una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra a todos los que gozan de su favor!”» (Lucas 2:10‑14).

    Personalmente, creo que los ángeles que aparecieron al final de ese pasaje estaban tan emocionados acerca de este mensaje, que solamente explotaron en la escena. No pudieron contenerse. Estaban absolutamente deleitados de traer las buenas nuevas de que la guerra entre el Cielo y la Tierra había terminado; ¡Dios había hecho las paces con la humanidad y liberado Su buena voluntad hacia ellos!
    Por supuesto, en ese tiempo, aún los ángeles no podían entender completamente la magnitud de lo que estaba pasando. La mayoría del plan de Dios estaba oculto para ellos. Pero, mientras nosotros miramos al pasado, podemos ver completamente esta maravillosa verdad: en la primera Navidad, el sacrificio perfecto de Dios nació en la Tierra. Jesús, la PALABRA viva, había venido para pagar para siempre la deuda del pecado por todos los hombres. En menos de 33 años, Su sangre sería derramada; Él resucitaría de entre los muertos, y cualquier hombre, mujer o niño en la Tierra tendría el derecho de creer en Él y convertirse en una nueva creación. Sin importar cuán pecadora la persona hubiera sido, podría recibir a Jesús como Salvador y su vieja vida se terminaría, todas las cosas se transformarían en algo nuevo y su espíritu podría transformarse exactamente como Jesús —su gemelo idéntico—.
    ¡Qué emoción! El solo pensarlo me hace sentir nuevamente como en esa Navidad de 1953. Pero existe una gran diferencia: el triunfo que encontré esperando por mí al frente de mi casa cuando tenía 16 años ya se ha ido. Pero el triunfo que encontré en Jesús, durará por siempre. Estaré andando con Él por la eternidad, viviendo por fe y declarando Su PALABRA con una sonrisa en mi rostro que nunca se borrará. «Pero gracias a Dios, que en Cristo Jesús siempre nos hace salir triunfantes, y que por medio de nosotros manifiesta en todas partes el aroma de su conocimiento»
    (2 Corintios 2:14).
    Si Jesús es tu SEÑOR y Salvador, tú también lo harás. Así que adelante, emociónate. Celebra el nacimiento de Jesús como tu propio nacimiento —y vive por la eternidad un sueño hecho realidad—.

  • El cañón de la Guerra Espiritual – por Kenneth Copeland

    (Enseñanza clásica publicada originalmente en Noviembre del 2004)

    No todas las batallas espirituales son iguales.
    Algunas son pequeñas peleas que se ganan fácilmente y quedan en el olvido; otras, por el contrario, son peleas feroces en contra de la artillería pesada de un adversario que está empeñado en nuestra derrota.
    Cuando enfrentamos esa clase de batallas, debemos usar las armas más poderosas que Dios nos ha dado. Debemos sacar nuestra mejor artillería.

    Podrías preguntar: “¿Nuestra mejor artillería?” “¿No son todas nuestras armas espirituales poderosas a través de Dios?”

    Sí, son poderosas y efectivas. Todas ellas son municiones del fuego de la fe y todas son poderosas. Pero, eso no significa que todas son iguales. Por ejemplo, si las comparamos con armas naturales, podemos decir que una es como una pistola, otra es como un rifle y otra como un cañón.

    Si estamos enfrentando una batalla espiritual en la cual ya hemos usado la pistola y el rifle, pero el diablo aún está peleando en nuestra contra, sólo el cañón podrá ganar—el cañón de la acción de gracias.

    La acción de gracias es el “arma más poderosa” en nuestro arsenal espiritual. Nos mantiene conectados a Dios y recibiendo de Él, aún cuando las circunstancias luzcan negras. Nos mantiene en una actitud de fe, aún cuando el diablo esté bombardeando nuestros sentidos con miles de razones naturales por las que debiéramos dudar de la PALABRA y del poder de Dios.

    Cuando las tormentas de la vida están tronando a nuestro alrededor, si tan solo nos detenemos en medio de ellas y damos gracias, nos mantendremos con firmeza y seguridad.

    No esperes hasta que las cosas mejoren

    “Pero hermano Copeland, no siento que pueda dar gracias en momentos como esos”.

    Yo tampoco, pero no importa cómo me siento. La Biblia dice: «Den gracias a Dios en todo, porque ésta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús» (1 Tesalonicenses 5:18). Así que no podemos darnos el lujo de esperar hasta que las cosas mejoren. (¡Si no damos gracias, nunca mejorarán!) No podemos esperar hasta el domingo. La Biblia nos dice que demos gracias ahora, en medio de cualquier cosa que estemos pasando.

    Éso es lo que Jesús hizo aun cuando su ministerio estaba siendo rechazado por la gente en ciudades completas. Cuando Él se encontró con líderes religiosos de cuello rígido que se negaron a arrepentirse después de ser testigos del poder del Dios todopoderoso—aún así, Jesús oró y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque estas cosas las escondiste de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó» (Mateo 11:25-26).

    ¡Solamente piensa cuán fácil hubiera sido para Jesús frustrarse o desalentarse en esa situación! Él estaba predicándoles desde su corazón, moviéndose en tal autoridad que los demonios salían corriendo, los milagros se manifestaban, la gente se sanaba y era liberada. Y aún así, la gente ignoraba estas obras, y no sólo las ignoraba, sino que también acusaron a Jesús de estar poseído por demonios.

    Si nosotros hubiéramos estado en esa misma situación, ¡la mayoría nos hubiéramos enojado y dejado el ministerio! Hubiéramos levantado nuestras manos disgustados, diciendo: “¿Cuál es el problema con este grupo de gente tan ignorante? ¿No saben que Dios está moviéndose en medio de ellos? ¿Están escuchando algo de lo que les digo? ¡Me doy por vencido, no continuaré perdiendo mi tiempo con ellos!”

    Pero, Jesús hizo lo mismo que cuando fue a la tumba de Lázaro. ¡Ésa sí que fue una gran batalla espiritual! Para el momento en el que Jesús llegó, Lázaro ya estaba momificado. Los químicos con los que lo habían embalsamado ya estaban actuando en su cuerpo, y como si eso fuera poco, había estado muerto por cuatro días, con lo cual su cuerpo estaba empezando a descomponerse.

    Se necesitaba un milagro mayor para resucitar a Lázaro.

    Sabemos por las escrituras que Jesús ya había orado por esta situación. Él había recibido dirección del Padre antes de llegar a la escena. Pero, cuando el momento de la verdad llegó, se paró en frente de la tumba rodeado por una multitud que no creía, y la primer cosa que dijo fue: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado» (Juan 11:41).

    ¿Por qué dijo eso? Porque conocía bien la PALABRA de Dios. Él sabía que Salmos 8:2 dice: «Las alabanzas de los niños de pecho son tu mejor defensa contra tus enemigos; ellas silencian a tus vengativos adversarios».

    En la tumba de Lázaro, Jesús estaba enfrentado a una de las armas más siniestras de Satanás—la muerte. Este enemigo estaba jactándose y fanfarroneándose por su triunfo. Estaba provocando a la multitud, adolorida y en duelo, desafiándolos a romper sus cadenas.

    Jesús aceptó el desafío. Pero antes de hacerlo, puso su arma más grande en posición. Usó un arma que las escrituras nos garantizan silenciará cada enemigo de Dios—el arma de la acción de gracias y la alabanza.

     

    No sólo acción de gracias. También usa tu fe.

    Tú puedes hacer lo mismo. Por ejemplo: cuando vas a orar para que alguien sea sanado, has cargado tu pistola de la fe y tu rifle de la oración afirmada en la PALABRA, pero justo antes de entrar en el cuarto del hospital para imponerle tus manos a esa persona, también carga tu cañón. Empieza a darle gracias a Dios, diciendo: “Padre, te agradezco que ya me has oído, y entro a este cuarto en victoria. ¡Te agradezco que esta obra ya ha sido hecha y que esta persona es sana!”

    No esperes hasta que veas la persona levantarse. Dispara tu arma de acción de gracias antes de ir. Detén al enemigo y al vengador, neutralizándolo antes —no después— de que el milagro ocurra.

    Por supuesto, eso requerirá de fe. Cualquiera puede dar gracias después de que Dios actúa. Sin lugar a dudas, todos los incrédulos que estaban alrededor de la tumba de Lázaro empezaron a dar gracias y alabanzas a Dios después de que su amigo ya muerto salió caminando con su atuendo de entierro. Pero Jesús dio gracias por adelantado, y eso es lo que debemos hacer si nosotros vamos a ver el poder milagroso de Dios en nuestras vidas.

    Nosotros debemos hacer algo más que dar gracias después de recibir la respuesta a nuestras oraciones.Debemos dar gracias antes de recibir la respuesta, como un acto de fe. Eso significa que debemos aprender a agradecerle a Dios en el medio de lo que puede parecer como la situación más terrible y desesperanzadora. Debemos darle gracias a Dios cuando pareciera que el diablo ya ha ganado la batalla.

    ¿Cómo lo hacemos? Sabiendo lo que la Biblia dice. Sabemos que, sin importar cómo lucen las cosas, el diablo no ha ganado la batalla. Jesús lo derrotó de una vez por todas hace más de dos mil años. Y si nosotros nos atrevemos a levantarnos en Su victoria y dar gracias, nosotros podemos ganar todas las veces.

     

    No desentierres tu semilla

    También nos podemos encontrar recibiendo respuestas maravillosas a nuestras oraciones. Lee los siguientes versículos acerca de la oración, y rápidamente verás porqué.

    «Por tanto, les digo: Todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y se les concederá» (Marcos 11:24). «No se preocupen por nada. Que sus peticiones sean conocidas delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4:6).

    Al combinar esas dos escrituras, puedes ver cómo la oración y la acción de gracias trabajan juntas. Cuando oramos, creemos que recibimos lo que pedimos. Luego, demostramos nuestra fe dando gracias—¡no después, sino antes de que veamos la respuesta!

    Leamos 1 de Timoteo 2:1-3: «Así que recomiendo, ante todo, que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos, especialmente por los gobernantes y por todas las autoridades, para que tengamos paz y tranquilidad, y llevemos una vida piadosa y digna. Esto es bueno y agradable a Dios nuestro Salvador» (NVI). La acción de gracias está justo en el medio de las plegarias, la oración y la súplica.

    Si fallamos en seguir este concepto de oración, el diablo nos confundirá. El día siguiente a nuestra oración —cuando la presión haya aumentado y luzca como que todo el infierno anda descontrolado— él nos tentará para que abandonemos nuestra confianza. Pensaremos: Probablemente Dios no me escuchó ayer cuando oré. Será mejor que haga esa oración de nuevo.

    Así que empezaremos de nuevo. Oraremos la oración de fe. Creeremos que ya hemos recibido. Sin embargo, al día siguiente las cosas lucirán aún peor, así que terminaremos volviendo a orar esa oración una vez más…una vez más… y otra vez más.

    ¿Te das cuenta lo que estamos haciendo? ¡Estamos desenterrando nuestra semilla de fe! Al pensar que no está funcionando, la sembramos un día y la desenterramos al siguiente.

    Tú sabes tanto como yo que, si tratas a una semilla natural de esa manera, nunca crecerá. Nunca producirá fruto alguno.

    Bueno, lo mismo es cierto con una semilla espiritual. Debes dejarla en la tierra y darle tiempo para crecer. Debes protegerla, cuidarla y regarla con la PALABRA, hasta que brote.

    Una vez que haces tú petición ante el Señor, cree que recibes y dale gracias. Si te levantas a la mañana siguiente y la situación no ha cambiado, di: “no me muevo por lo que veo, no me muevo por lo que escucho. ¡Me muevo por lo que creo, así que te doy gracias, Padre, por responder a mi oración!”

     

    Carga tus armas

    Cuando actúas de esa manera, estás obedeciendo las instrucciones que Dios nos dio en Colosenses 4:2: «Dedíquense a la oración, y sean constantes en sus acciones de gracias».

    Estás protegiendo tu oración, para asegurarte de que el diablo no venga y se robe la respuesta. Eres como un guardia de seguridad que contínuamente detiene al enemigo y al vengador con su arma poderosa de la acción de gracias y la alabanza.

    Podrías preguntarte: “Pero hermano Copeland, ¿realmente funciona?”

    Absolutamente. Yo lo he visto funcionar milagrosamente en mi vida cantidades de veces. Por ejemplo: en agosto del 2000, oré con otros ministros de Dios que impusieron sus manos sobre mí, y creí que recibía restauración en mi espalda, la cual se había lastimado a través de los años por lesiones de fútbol americano, un accidente de tránsito y una caída de caballo. Mi espalda se había deteriorado a tal punto, que tenía un dolor insoportable.

    En esa área específica de mi cuerpo, necesitaba que se cumpliera Salmos 103:5. Necesitaba que mi juventud se renovara como la del águila. Y como ése es uno de los beneficios que Dios promete en su PALABRA, lo creí y lo recibí ese mismo día.

    Pero la manifestación completa no vino instantáneamente. Mi restauración completa ha sido un proceso.

    Los años siguientes, algunos días me subía a la caminadora y después de unos pocos minutos, me dolía tanto que ¡clamaba a Dios!, pero aún así continúe diciendo: “SEÑOR, te agradezco por un cuerpo libre del dolor, te agradezco porque el 1º de Agosto del 2000 a las 7:20 pm recibí la restauración de mi espalda. Te agradezco que la obra está terminada en el Nombre de Jesús. ¡Soy un hombre libre, soy libre del dolor de espalda!”

    Dios quiere hacer lo mismo por ti. La sanidad te pertenece. El desea liberarte y responder a tus oraciones. Él está viendo cada obra del diablo en tu vida, y quiere destruirla.

    Así que, carga tus armas. Trae el cañón de la acción de gracias al campo de batalla. Mantén tus ojos en Jesús y «por tanto, ofrezcamos continuamente mediante Él, sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan (alaban) Su nombre» (Hebreos 13:15, NBLH).

    ¡Él ha ganado la victoria—recíbela ahora mismo!

  • Un plan Celestial – por Terri Copeland Pearsons

    Soy una mujer a la que podríamos llamar tradicional. También me gusta lo moderno, pero cuando se trata de Navidad, prefiero las cosas “pasadas de moda”, sin demasiada innovación. Nunca me canso de escuchar los mismos villancicos que han sonado desde que era una niña, como por ejemplo: “Noche de Paz”, el cual habla de la Navidad como ningún otro.
    ¿A quién no le gusta pensar en un niño recién nacido durmiendo pacíficamente?
    Sin embargo, hay algo que está mal en esa dulce canción de cuna. La imagen descrita en “Noche de Paz” borra por completo el curso entero de los eventos que dieron lugar a la imagen del pesebre, y muy seguramente nos perderíamos la intención y la fe atrevida que la precedieron. Veamos algunos versículos en Lucas y considerémoslos de una manera más realista.

    Justo y sin falta
    Primero viene Elizabeth, quien quedó embarazada siendo mayor, después de que la palabra del Señor vino a su esposo Zacarías a través de un ángel. Lucas 1:24 nos dice que ella se escondió hasta que María fue a visitarla. ¿Por qué? Considera su forma de pensar. Elizabeth probablemente creía como muchas de las personas religiosas de su época que la esterilidad era un castigo por fallar en el cumplimiento de la Ley. Es verdad que había una maldición esperando por aquellos que fallaban en mantenerse bajo la sombrilla de la bendición, pero el versículo 6 nos dice que ella era justa y caminaba sin falta en todos los mandamientos. También considera que solamente hasta hace algunos años, el embarazo para una persona que está en sus 50 se ha convertido en algo aceptable, especialmente si el embarazo es resultado de alguna intervención médica (o aún algo sobrenatural). La condenación de parte de otras personas puede transmitirnos vergüenza, aun si nosotros quisiéramos alegrarnos.
    Sin importar si Elizabeth se sentía culpable, o si otras personas le habían impuesto la culpa, la vergüenza era su constante compañera. Pero, ¿acaso el embarazo no arregla ese problema? Únicamente si el embarazo no falla. ¡Eso hubiera sido una vergüenza doble! Así que el miedo la hizo recluirse. Pero ese no es el final de su historia.
    María, su prima, enfrentaba una situación similar.
    Primero, ella recibe la visita de un ángel. Quizás pienses que eso es algo positivo, pero no siempre lo es. Cuando era niña tuve una visión, y a pesar de que siempre fui cuidadosa de con quien la compartía, ésta me causó algunos problemas —aún años más adelante—. María podría haber discutido con el ángel como Zacarías, pero en su lugar aceptó muy segura y rápidamente la voluntad del Señor. ¡Qué fe tenía para creer que podría quedar embarazada antes de estar con un hombre! Sólo pasaría un tiempo muy corto antes de que todos pudieran ver que ella tendría un hijo. Y es en ese momento cuando la verdadera presión llegó. No solamente era un problema de pasar insinuaciones y desgracias, sino que podría ser forzada al exilio —o peor aún, a la muerte— si era declarada culpable de haber sido infiel sexualmente a José. Sin importar el escenario, ella y su bebé serían “rechazados entre los hombres”. La aceptación de María al decreto del ángel fue un paso de fe que alteró su vida y que requirió de una firmeza inamovible durante toda su vida, hasta la resurrección de Jesús.
    Al contrario que Elizabeth, María no se escondió, sino que fue rápidamente a ver a su prima cuando el ángel le dijo que ella también estaba embarazada. La fe de ambas se conectó cuando ella arribó ante la presencia de Elizabeth. Inmediatamente él bebé saltó en el vientre de Elizabeth, fue ungida por el Espíritu y empezó a profetizar —un hecho de por sí raro durante la época en la que vivían, especialmente para una mujer—. Gracias al Espíritu Santo, ella quitó cualquier vergüenza que podía estar en ella o en María, y proclamó que la bendición del Señor estaba obrando. Y ese mover del Espíritu sobre Elizabeth encendió una llama en María, y ella también profetizó, revelándole a ambas y a las futuras generaciones, el propósito del plan de salvación de Dios. La Palabra de Dios que fluyó a través de María confirmó la mano de Dios en todo lo que estaban atravesando.

    Construyendo un camino para la provisión de Dios
    ¿Y qué acerca de José? La Biblia dice que él era justo, un hombre recto, y claramente de corazón tierno. Pero debido a esa rectitud, no podía casarse con María, ya que hacerlo iría en contra de todo lo que él creía que era verdad. Sin embargo, a través de un sueño, recibió dirección para casarse con ella. José inmediatamente reconoció a Dios como la fuente de su sueño. Su fe fue inamovible; respondió rápida y decisivamente a cada orden divina que vino a través de este y otro sueños, sin importar lo que sentía, o cual podía ser el costo financiero.
    Más adelante se le pidió que llevara a su familia a Egipto. Imagínatelo abandonando su zona de protección para ir a un país extraño, el cual gozaba de una historia no muy placentera para los judíos, y sin garantías de lo que enfrentaría más adelante. ¿Y qué acerca de la amenaza contra el niño? ¿Quién podría tener una razón para lastimar ese pequeño niño? Pero como Dios dijo: “ve”, José puso toda su confianza en Dios, y creyendo, obedeció exactamente Su dirección.
    La voluntad de Dios se cumple cuando alguien cree por su cumplimiento, confiando con todo su corazón y apoyándose “no en su propio entendimiento” (Proverbios 3:5). Creo que esa fe tan fuerte de José fue la que construyó un camino para la provisión de Dios. El viaje a Belén fue seguro. Cuando parecía que no había lugar para ellos, encontraron un lugar. Cuando los reyes magos vinieron con sus tesoros abundantes, estos financiaron no sólo la huida a Egipto, sino que también les proveyó hasta su regreso a Israel. ¡Qué hombre de fe! Qué ejemplo tan maravilloso tenemos para seguir.
    ¿Y qué me dices acerca de la fe de Simeón? Él es uno de mis favoritos. ¡Estaba finamente en sintonía con el Señor! Sabía que la venida del Señor Jesucristo (el Ungido) era tan inminente que creía que lo vería antes de su propia muerte. En el momento preciso en el que María y José trajeron a Jesús al templo para la circuncisión, Simeón estaba allí para tomar al bebé y declarar de modo que todos escucharan exactamente a quien estaba teniendo en sus brazos. Unos instantes más adelante, Ana, una profeta anciana que había pasado más de 80 años orando diariamente en el Templo, le estaba contando a todos acerca de Jesús. ¡La Palabra profética de Simeón se propagó rápidamente! Simeón y Ana tuvieron fe para esperar. Tuvieron fe para ver y reconocer al Señor cuando vino.
    La Biblia documenta con claridad acerca de gente de mucha fe que se conectó con el plan de Dios para la primera venida del Señor. Durante esta temporada de Navidad, determina seguir sus ejemplos y transfórmate en una persona segura y de gran fe. ¡Conéctate con el plan celestial, para la segunda venida del Señor!

  • No encuentro ningún error en ti – por Pr. George Pearsons

    No hay nada que se compare con la Navidad en la casa de los Copeland.

    Como miembro de esta maravillosa familia, tengo el gozo de participar todos los años en la noche de la víspera de Navidad. Déjame darte un tour personal de esa noche gloriosa.

    Cuando llegamos, bajamos todos los regalos, los llevamos a la casa y los colocamos bajo el árbol. Casi instantáneamente, el aroma a comida deliciosa nos atrae directo a la cocina.

    “Vamos, veamos que están cocinando”.

    La cocina está llena de buenas cocineras en movimiento. Ten cuidado donde te paras, ¡te pueden llevar por delante! Todas las mujeres están corriendo, revolviendo las ollas y preparando la comida. Todos los hombres están parados alrededor esperando —todos, menos yo—. Yo tengo mi tarea asignada.

    Soy el encargado de cortar el pavo.

    No recuerdo exactamente cuándo pasó, pero hace algún tiempo, me fue concedido ese honor. Así que cuchillo eléctrico y bandeja en mano, aquí voy. Por supuesto, debo probar el pavo a medida que lo hago, para asegurarme que esté cortado a la perfección. Es un privilegio que viene con el trabajo.

     

    ¡Hora de comer!

    Cuando la comida por fin está lista, el hermano Copeland llama a toda la familia y oramos. Formamos un círculo tomándonos las manos, y le damos las gracias al Señor por todo lo que ha hecho durante el año.

    Declaramos “Amen”, y ¡es hora de comer!

    ¿Dónde comemos? Podemos elegir: el mesón de la cocina, el comedor auxiliar o el comedor formal; cuando estamos listos, podemos repetir una segunda — ¡y tercera vez!

    A pesar de que “Querida Ma” (Mary, la madre de Gloria) está en el cielo hace algunos años, su delicioso “pavo con salsa de pan de maíz” es la comida favorita de la familia. Los hombres estamos felices de que compartió la receta con las mujeres.

    Después de cenar, nos reunimos en la sala y es la hora de abrir los regalos.

    Cada uno tiene su lugar asignado.

    Kenneth y Gloria tienen las sillas de honor al lado de la chimenea.

    Varios miembros de la familia están encargados de distribuir los regalos. Yo estoy incluido en esta tarea.

    Después de repartir los regalos, una de las cosas que más me gusta hacer, es tomar distancia y ver como todos abren sus regalos, abrazándose y compartiendo los unos con los otros.

    Es una vista que me llena de gozo.

    Luego, llega el momento en la tarde que realmente estoy esperando.

    El hermano Copeland toma su Biblia y se prepara para ministrarle a la familia.

    Por esta razón, siempre traigo mi Biblia y mi libreta de apuntes. Los tópicos varían desde lo que está viendo para el próximo año, hasta lo que el SEÑOR está haciendo en nuestro país. Algunas veces recibimos un adelanto de las tareas que el SEÑOR tiene para KCM.

    En lo que a mí respecta, siempre estoy listo para escuchar al profeta declarar la PALABRA.

    Recuerdo una víspera de Navidad en particular; parecía que abrir los regalos se había tomado mucho tiempo. Ya era bastante tarde, y me preguntaba si tendríamos nuestro tiempo de “la palabra de Navidad del Profeta”. Ese día también caía una gran tormenta de nieve y comenzaba a apilarse. Algunos teníamos nuestros abrigos puestos y estábamos listos para irnos. Los niños estaban cansados y listos para irse a la cama.

     

    ¡Una Palabra de confirmación!

    De repente, una presencia muy fuerte del Señor descendió en la habitación. Algo en el espíritu cambió de dirección a medida que empezamos a hablar de las cosas de Dios.

    Hablábamos de los movimientos espirituales que habían ocurrido en la Tierra, del aumento de las manifestaciones de los regalos del Espíritu y las manifestaciones sobrenaturales en el Cuerpo de Cristo.

    La conversación se tornó cada vez más profunda.

    Y luego, algo pasó.

    El ambiente se enmudeció.

    El hermano Copeland observó en silencio a cada uno de los presentes, y expresó su amor y aprecio por la familia. Después nos miró por turnos a cada uno, con amor y ternura.

    Y dijo: “Kellie, no encuentro ningún error en ti”.

    “Terri, no encuentro ningún error en ti”.

    Mirando de lleno a cada persona en la habitación, repetía esas palabras: “no encuentro ningún error en ti”.

    Cuando llegó mi turno, el hermano Copeland me miró a los ojos y dijo: “George, no encuentro ningún error en ti”.

    Es difícil describir exactamente lo que experimenté en ese momento. Una carga muy pesada fue removida de mi corazón y me sentía de frente al amor mismo de Dios. Esas siete palabras tuvieron tal impacto en mi vida, que ese día marcó una diferencia en mi espíritu. Fui amado, aceptado y declarado libre de toda falta.

    Con el tiempo descubrí que fue Gloria la primera persona en ministrar esas mismas palabras al hermano Copeland. El había estado luchando con una situación difícil, y estaba orando para saber qué hacer cuando Gloria entró caminando, se paró detrás de su silla, puso sus manos en la parte trasera de su cabeza y empezó a orar.

    Después lo miró y le dijo: “Kenneth, no encuentro ningún error en ti”.

    Mientras el hermano Copeland compartía esta historia, dijo que esas palabras derritieron su corazón. La gracia de Dios inundó todo su ser. De repente, ya no tenía más problemas.

    Desde ese momento, Dios le ha instruido ministrar esas mismas palabras a otras personas, especialmente con aquellos que se encuentran bajo espíritus fuertes de condenación. Al hacerlo, el sólo sonríe, les acaricia la cara y les dice: “Dios y yo te amamos; no encuentro ningún error en ti”.

    Los resultados han sido maravillosos.

    Lo que transpiraba en esa víspera de Navidad vive continuamente en mí. Ha cambiado mi relación con el hermano Copeland, mi querido suegro y padre espiritual. A pesar de que trabajamos juntos en el ministerio, podemos pasar semanas sin vernos o hablar debido a los horarios que cada uno tiene. Pero eso no importa. Gracias a esa víspera de Navidad, sé que todo está bien entre nosotros.

    Esa es la imagen de cómo nuestro Padre Celestial nos ve. Gracias a Jesús, tú y yo hemos sido hechos la justicia divina de Dios. Y tenemos la libertad de pararnos en frente de nuestro amoroso Padre sin ninguna sensación de miedo, culpa o condenación. Cada vez que hacemos algo mal, lo único que tenemos que hacer es acceder Su perdón y volver al camino correcto.

    Imagínate al Padre diciéndote: “no encuentro ningún error en ti”.

    ¿No es maravilloso saber que Él ha cancelado la deuda de nuestro pecado y nos ve de la misma forma que un padre ve a sus hijos?

    Mientras meditaba en esto, el SEÑOR en Su gracia me dio dos escrituras en la versión Nueva traducción Viviente.

    Primero, Colosenses 1:20-22:

    «Y, por medio de Él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la Tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la Cruz. En otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos. Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte».

    Luego, Efesios 1:4 nos dice:

    «Dios nos escogió en Él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él».

    En esta Navidad, recibe el amor contundente y la gracia del Padre. Recibe Su regalo de justicia a través de Cristo mientras lo escuchas decir: “no encuentro ningún error en ti”.

  • ¡Eres Valioso! – por Jeremy Pearsons

    Jesús es el hijo de Dios. Probablemente ya lo sabes. ¿Pero que más es Él? Mucho más. Jesús es la Palabra hecha carne. Jesús es el cumplimiento de la profecía. Jesús es tu maestro, tu predicador y tu sanador. Jesús es tu regalo de parte Dios. Jesús es la medida de tu abundancia. Jesús es la medida de tu fortaleza. Jesús es la medida de tu habilidad, es la medida de tu valor. Jesús es todo esto, y más.
    En Mateo 13, Jesús da unos ejemplos muy interesantes acerca de cómo es el reino de los cielos. En el versículo 44, Jesús lo compara con un hombre que encuentra un tesoro en el campo, y vende todo para comprarlo. También, en los versículos 45-46, dice que el reino de los cielos es como un comerciante de perlas que encuentra una perla única y muy valiosa; luego, vende todo lo que tiene para comprarla.
    Encuentro similitudes con la parábola en Lucas 15. Jesús primero habla acerca de ir a buscar una oveja perdida. Después, el narra esta historia:
    «¿O qué mujer, si tiene diez monedas y pierde una de ellas, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con cuidado la moneda, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: “¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la moneda que se me había perdido!” Yo les digo a ustedes que el mismo gozo hay delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (versículos 8-10).

    Puede que encuentres interesante estudiar un poco la cultura del medio oriente en esa época. Podrías descubrir en esa historia lo que esa moneda significaba para la mujer que la perdió. Las mujeres jóvenes en esa área y en ese tiempo generalmente no tenían abundancia o riquezas. Ellas ahorraban y ahorraban desde que eran jóvenes adolescentes hasta que se casaban; el motivo por el cual lo hacían era porque debían usar un adorno en su cabeza, que era algo muy parecido a usar un anillo de matrimonio. Y este adorno significaba que estaban casadas. Estaba compuesto por 10 monedas de plata.
    En términos de valor, la moneda valía muchísimo para la mujer mencionada en la historia por Jesús. Para ella no tenía precio—significaba muchísimo más de lo que pudiera costar su precio en dólares—. Así que ella buscó por toda su casa, y cuando finalmente la encontró, se alegró —no por haber recobrado el valor de la moneda en sí misma, sino por el significado de tener todas esas monedas—. Tenerlas era el símbolo de algo mucho más grande que una inversión monetaria.
    Jesús nos dice que el Reino de los Cielos se compara con eso.
    Nos dice que fuimos valiosos para que se pagara el precio más alto que alguien se pudiera imaginar —la suma total—.
    Tú fuiste digno de Su propia vida. Él pagó el precio más costoso por ti.
    Jesús es la medida de tu valor. El determinó que tu valor era equivalente al precio de Su propia vida cuando pagó por ti al morir. Recuerda: el precio pagado determina el valor.

    La imagen de Dios
    Muchas personas no entienden el valor que Jesús determinó para sus vidas gracias al precio que pagó. Piensan muy bajo de sí mismos, de su valor. Ven el campo, y piensan que no es valioso. Ven la perla, y no pueden imaginarse porqué el hombre gastó todo lo que tenía en ella. Meditan en la moneda y no entienden porqué la mujer la buscó frenéticamente hasta encontrarla, o porqué estaba tan emocionada cuando la encontró.
    No entienden el valor.
    No entienden que el tesoro escondido bajo la superficie hizo que vendiera todo para comprar ese campo. No ven lo que él vio, ese tesoro profundo que hizo que gastar cada centavo fuera importante.
    No entienden la belleza única e incomparable de la perla que la hizo valiosa para el comerciante. Ellos no ven su impagable esplendor como él lo ve.
    Ellos no entienden el significado que la mujer puso en esa moneda, y que al encontrarla, le fue restaurado. No entienden el motivo de la celebración.
    No entienden que sus vidas valen mucho más de lo que el mundo les dice. No ven el valor que Él puso en cada uno de nosotros al voluntariamente dar Su vida como el precio por nuestra redención.
    Existe un tesoro en tu interior —la misma imagen de Dios que se transmite por tus ojos, que camina en tu misma piel. El tesoro que está en tu interior fue valioso para Él. Él vio y reconoció una belleza impagable en ti, aún antes de que nacieras, antes de que dieras tu primer paso, o antes de que hicieras cualquier cosa —buena o mala—. Al mirar en lo más profundo de tu corazón, Él vio tu tesoro escondido.
    Tú eres la cosa más hermosa que Él ha visto, y la que verá. ¿Cómo puede ser? Por Jesús, porque tú luces tal como Él. Por la belleza del tesoro que ve cuando te mira, Él declara: “¡Eres valioso!”. El pagó el precio más alto por ti, y el precio que pagó, determina tu valor.
    Jesús te llamó valioso —el significado de una buena relación entre tú y tu Padre—. Valioso como para morir por ti. El reconoció que restaurarte para Dios era digno de pagar el precio más alto. Fuiste digno de las llagas en su espalda, los clavos en sus manos y pies. ¡Eras valioso como para soportar una corona de espinas!
    Jesús es la medida de tu valor.
    Para Él significas mucho más que un valor monetario, al igual que la moneda significaba algo más para la mujer. Él te vio como alguien valioso. Tú representas en sus ojos algo —el plan original—. Representas una relación que no ha sido rota con su creación. Esa creación a la que le infundió vida con Su aliento. Representas el ser que Él creó para tener comunión. Y Él decidió que Jesús era el precio justo para pagar por ti.
    Lo que hayas logrado, o lo que has fallado en tu vida, no determina la medida de tu valor. Tampoco es determinada por qué tan hermoso empezaste, o por las cicatrices que ahora tienes. Su sangre es la medida de tu valor.
    Eso es lo que Jesús es. Jesús es la Palabra de Dios hecha carne. Jesús es la Palabra profética cumplida. Jesús es el maestro más maravilloso, el predicador más emocionante, el sanador más bondadoso. Jesús es la medida de tu riqueza. Jesús es la medida de tu fortaleza. Él es la medida de tu habilidad.
    Jesús es la medida de tu valor.

  • La palabra “rico” no es una mala palabra – por Gloria Copeland

    Desde el Jardín del Edén, el diablo ha seguido tratando de robar la Palabra de Dios para Su pueblo. Y durante las últimas generaciones, existe una palabra en particular que él ha tratado de eliminar de la iglesia. Es la palabra rico.

    El diablo ha hecho su mayor esfuerzo para convencer a los creyentes que esa palabra le pertenece. Ha desparramado tantas mentiras acerca de ella, y le ha dado una connotación tan negativa, que muchos cristianos hoy en día se sienten incómodos diciendo “soy rico”, como si estuvieran maldiciendo. La verdad es que el diablo los ha engañado haciéndolos creer que rico es una
    mala palabra.

    Pero en realidad, lo opuesto es la verdad.

    Rico es una palabra bíblica. Es una palabra de bendición. Es una palabra de Dios. Sí. Dios es el primero que tuvo la idea de las riquezas financieras. Él ha hecho que Su gente sea rica desde el comienzo de los tiempos.

    Por ejemplo: debió ser Dios el que le dijo a Adán y a Eva acerca del jardín del oro. Si no fuera por Él, ellos ni siquiera se hubieran dado cuenta que era algo precioso. No hubieran sabido de su valor.

    Aun después de que Adán y Eva pecaron, y le abrieron la puerta a la maldición para que entrara en la Tierra, Dios continuó estableciendo caminos para que Su gente se enriqueciera. Hizo pactos con ellos y les prometió que al obedecerle, los protegería de la maldición y los BENDECIRÍA.

    Para asegurarnos que las riquezas materiales están incluidas en la BENDICIÓN, Dios más adelante lo dejó por escrito en la Biblia. Él dijo: «La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella» (Proverbios 10:22, RVR1995).

    Claramente, Dios no hubiera dicho esto si rico fuera una mala palabra. Si estuviera en contra de las riquezas, no hubiera hecho que Abram fuera: «riquísimo en ganado, y en plata y oro» (Génesis 13:2). No hubiera bendecido a Isaac con: «más y más hasta que se enriqueció y fue prosperado, y se engrandeció hasta hacerse muy poderoso» (Génesis 26:13, AMP).

    Él no hubiera incrementado tanto a Jacob hasta que: «enriqueció Jacob muchísimo, y tuvo muchas ovejas, siervas y siervos, camellos y asnos» (Génesis 30:43).

    Si ser rico hubiera sido algo peligroso o vergonzoso, ciertamente Dios no hubiera hecho lo que hizo por Salomón.

    ¿Has leído alguna vez lo que pasó con él? Después de convertirse en rey de Israel, una noche Dios se le apareció y le dijo: «“Pídeme lo que quieras que yo te dé”. Y Salomón le dijo a Dios: “Tú has tenido gran misericordia de David, mi padre, y a mí me has puesto en su lugar como rey. Señor y Dios, confirma ahora la promesa que le hiciste a David, mi padre, pues tú me has puesto como rey de un pueblo tan numeroso como el polvo de la Tierra. Por favor, dame sabiduría y conocimiento para presentarme delante de este pueblo. A decir verdad, ¿quién podrá gobernar a tu pueblo? ¡Es tan grande!”.

    Y Dios le dijo a Salomón: «Por haber pensado así, y por no haber pedido riquezas, ni bienes ni gloria, ni la vida de los que no te quieren, ni una larga vida, sino que has pedido tener sabiduría y conocimiento para gobernar a mi pueblo, sobre el cual te he puesto como rey, recibirás sabiduría y conocimiento, y además te daré riquezas, bienes y gloria, como nunca antes tuvieron los reyes que te antecedieron, ni tendrán los reyes que te sucedan» (2 de Crónicas 1:7-12).

    Esta es la única manera segura de ser rico: primero la sabiduría y el conocimiento, después las riquezas.

     

    Sobrecogido por  la bondad de Dios

    Nota que Dios voluntariamente hizo que Salomón fuera rico. Salomón no se lo pidió. El solamente pidió por sabiduría y conocimiento, lo cual fue algo muy inteligente, porque de acuerdo con la Biblia, la sabiduría de Dios es lo principal o más importante en la vida. Es lo que abre la puerta a cosas como el honor, una larga vida y las riquezas.

    Como la sabiduría y las riquezas están conectadas, si Dios considerara el ser rico una cosa mala para Su gente, la respuesta a la oración de Salomón hubiera sido muy diferente. Él hubiera dicho: “no voy a darte sabiduría y conocimiento porque terminarás siendo muy rico. En lugar de eso, voy a dejarte ignorante. Voy a hacer que seas el más pobre de los pobres. Voy a bendecirte tanto que serás el rey más quebrado que alguna vez se haya visto”.

    Pero por supuesto que la conversación no ocurrió de esa manera. Al contario, Dios le dijo a Salomón que no solamente le daría sabiduría y conocimiento, sino que lo haría más rico que cualquier rey que hubiera existido o alguna vez pudiera existir.

    Desde el momento en que Dios le prometió a Salomón sabiduría y riquezas, Salomón tenía una unción para prosperar. Él continuó enriqueciéndose gracias a la palabra que el Señor había declarado sobre él. De acuerdo con la Biblia, «el peso del oro que venía a Salomón cada año, era seiscientos sesenta y seis talentos de oro» (2 Crónicas 9:13, RVR1960).

    Una vez le pedí a Kenneth que calculara cuánto equivaldría esto en la economía moderna. En ese entonces (unos 15 años atrás), el oro valía $300 dólares la onza, así que 666 talentos equivaldrían a $150 millones de dólares. Hoy en día, creo que el oro se está vendiendo por 4 veces más que ese valor. Así que el ingreso total que Salomón recibía al año eran ¡$600 millones de dólares!

    Pienso que Dios cumplió su Palabra con Salomón extremadamente bien, ¿no lo crees? La mayoría de nosotros podríamos estar muy bien con esa clase de ingreso. ¡Aun ministerios que gastan fortunas predicando y ministrando el evangelio a la gente por todo el mundo podrían estar bien con 600 millones de dólares al año!

    Pero Gloria, podrías decir, “no estoy seguro se ser tan rico es un buen testimonio para las otras personas. No estoy seguro si esto glorifica a Dios”.

    En el caso de Salomón, ciertamente lo hizo. Considera el efecto que tuvo en la reina de Sabá. Cuando ella escuchó acerca de lo que Dios había hecho por Salomón, quedó tan impresionada que quiso verlo con sus propios ojos. El compartió su sabiduría con ella y le dio un paseo por el palacio. «La reina de Sabá se quedó atónita al ver la sabiduría de Salomón y el palacio que él había construido, los manjares de su mesa, los asientos que ocupaban sus funcionarios, el servicio y la ropa de sus criados y coperos, y los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor» (2 Crónicas 9:3-4, NVI).

    ¡En otras palabras, la reina de Sabá estaba tan impresionada por la manifestación de la bondad de Dios en la vida de Salomón que casi
    se desmaya!

    ¿No sería maravilloso si nosotros, el pueblo de Dios, tuviéramos el efecto “Salomón” en aquellos que no creen hoy en día? ¿No sería maravilloso que quedaran absolutamente asombrados por la BENDICIÓN de Dios que ven en nuestras vidas? Imagínate teniendo que decirle a las personas cuando las invites a tu casa: “tengo que advertirte, Dios ha sido muy bondadoso conmigo. Mi casa es un lugar magnífico. ¡Así que cuando la veas, no te desmayes!”

    Por supuesto, esto enojaría muchísimo a los hipócritas religiosos, pero las personas que son realmente honestas y están espiritualmente hambrientas, responderían de la misma manera que la reina de Sabá: ¡Ella le dio Gloria a Dios! «Entonces le dijo al rey: «¡Todo lo que escuché en mi país acerca de tus triunfos y de tu sabiduría es cierto! No podía creer nada de eso hasta que vine y lo vi con mis propios ojos. Pero en realidad, ¡no me habían contado ni siquiera la mitad de tu extraordinaria sabiduría! Tú superas todo lo que había oído decir de ti. ¡Dichosos tus súbditos! ¡Dichosos estos servidores tuyos, que constantemente están en tu presencia bebiendo de tu sabiduría! ¡Y alabado sea el Señor tu Dios, que se ha deleitado en ti y te ha puesto en su trono para que lo representes como rey! En su amor por Israel, tu Dios te ha hecho rey de ellos para que gobiernes con justicia y rectitud, pues él quiere consolidar a su pueblo para siempre» (versículos 5-8, NVI). La reina de Sabá alabó al Señor.

    Esto fue verdad en la época de Salomón, y es verdad ahora: Dios quiere que todos los que forman Su pueblo vivan como “carteleras vivientes” en la Tierra, revelando Su bondad y Su poder. Él quiere que aquellos que no lo conocen nos miren y digan: “Necesito averiguar más acerca de ese Dios al que los cristianos sirven. Él es generoso, amoroso y amable. ¡Su gente está realmente BENDECIDA!

     

    La protección del lugar de almacenamiento

    Si las riquezas que Dios le dio a Abrahám, Isaac, Jacob y Salomón no son prueba suficiente para ti que la palabra rico no es mala, hay muchos otros ejemplos en la Biblia que lo confirman. Por ejemplo, considera estas citas bíblicas:

    Proverbios 10:4: «Las manos negligentes llevan a la pobreza; las manos diligentes conducen a la riqueza» (Si Dios no quisiera que fuéramos ricos, Él no nos hubiera animado a ser diligentes. Nos hubiera dicho: “disfruta de la pereza”).

    Eclesiastés 5:19: «A cada uno de nosotros Dios nos ha dado riquezas y bienes, y también nos ha dado el derecho de consumirlas. Tomar nuestra parte y disfrutar de nuestro trabajo es un don de Dios» (Obviamente, si las riquezas fuera del diablo no podrían ser llamadas ¡un don de Dios!).

    Salmos 104:24: «¡Cuán numerosas son tus obras, oh Señor! Con sabiduría las has hecho todas; llena está la Tierra de tus posesiones» (LBLA). (¿A quien se supone que El Señor tenía en mente cuando Él puso sus posesiones en esta Tierra? Ciertamente no al diablo y sus seguidores. Dios puso sus posesiones (riquezas) en la Tierra para sus hijos e hijas, ¡creyentes nacidos de nuevo como nosotros!).

    Podrías preguntarte: “¿Si todo esto es cierto, porqué no hay más gente de Dios haciéndose rica? ¿Por qué hay tantos cristianos sufriendo financieramente?”

    En algunos casos es porque no han escuchado o creído la Palabra de Dios acerca de la prosperidad. Pero en muchos casos, es porque no han calificado para recibirla.

    Para calificar para recibir riquezas de parte de Dios, debemos poner a Dios y a su reino en primer lugar en nuestras vidas. Debemos atender a Su Palabra y hacer lo que Él dice es nuestra prioridad Nº 1. Debemos estar conectados a Él, y dedicarle nuestras vidas.

    No podemos tan solo vivir como el mundo y esperar que Dios igual nos prospere. No funciona así. La única manera de ganar acceso a las riquezas que Él ha “reservado” para nosotros (Salmos 31:19) es a través de la fe y la obediencia.

    Estos son los protectores de seguridad en el lugar de almacenamiento de Dios. Es lo que nos protege. Si tenemos nuestros corazones puestos en Él, y vivimos como nos dice, sabremos cómo manejar las riquezas de Dios cuando lleguen a nuestras manos. No nos drogaremos con ellas, no las usaremos en cosas y actividades inmorales, ni nos lastimaremos a nosotros mismos con ellas. Las usaremos para hacer el bien y para servir al Señor.

    Dios es tan bueno y generoso. Él está buscando todo el tiempo por gente que califique para recibir Sus riquezas. Como 2 de Crónicas 16:9 dice: «Los ojos del Señor están contemplando toda la Tierra, para mostrar su poder a favor de los que mantienen hacia él un corazón perfecto». La versión James Moffatt lo dice de esta manera: “Los ojos del Eterno recorren aquí y allá alrededor del mundo, mientras Él ejerce su poder a favor de los que le son devotos”.

    La palabra devoto significa: “fiel, leal, consagrado”. Habla de alguien que ama a Dios con todo su corazón, persevera y mantiene su Palabra. Si ese eres tú, entonces Dios está buscándote; y Él siempre encuentra aquel al que busca, no se le pasa ni uno solo. Podrías estar en la selva más profunda, y si tienes fe en lo que Dios dice acerca de la prosperidad y lo pones a Él en primer lugar en tu vida y le obedeces, no pasarás desapercibido. Él te encontrará, y te hará rico.

    Estas son buenas noticias, ¿no crees? ¡Y puedes acceder a ellas si tú quieres!

    Pero no puedes fingir tus intenciones al hacerlo. No puedes tan solo unirte a los predicadores de prosperidad y mantener una vida carnal, desobediente y pensar que las riquezas de Dios caerán sobre ti sobrenaturalmente. No sucederá.

    Dios escudriña el corazón. Él ve a través de nuestros afectos y nos dice, hoy como creyentes, esencialmente lo mismo que le dijo a los Israelitas por medio de Moisés en el Antiguo Testamento: «Y ahora, Israel, ¿qué es lo que el Señor tu Dios pide de ti? Solamente que temas al Señor tu Dios, que vayas por todos Sus caminos, y que ames y sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que cumplas Sus mandamientos y estatutos, los cuales hoy te ordeno cumplir, para que tengas prosperidad» (Deuteronomio 10:12-13).

    Cuando tienes esa devoción de todo corazón hacia Dios, quieres hacer algo más que solamente ir al cielo cuando mueras. Quieres ser un buen testigo del Señor aquí en la Tierra. Quieres vivir en victoria y en BENDICIÓN, y hacer todo lo que esté a tu alcance para llevar la Palabra acerca de Jesús.

    ¡Ésa es la razón por la que necesitas prosperar! No solo se trata acerca de ti, tu familia y tus necesidades. Se trata de promover y avanzar el reino de Dios. Es acerca de publicar la “cartelera” de Su bondad y tener suficientes recursos para hacer todo aquello que sea necesario.

    Dios tiene predicadores y misioneros que quiere enviar. Tiene naciones y gente que quiere alcanzar con el evangelio. Tiene iglesias que necesitan apoyo y edificios que deben ser construidos.

    ¡Se necesitará mucho dinero para hacer las cosas que necesitamos hacer en el reino de Dios en el tiempo que tenemos antes de que Jesús regrese!

    Así que deja a un lado las tradiciones de los hombres que te han hecho sentir mal acerca de la prosperidad. Olvídate lo que dice la multitud religiosa. ¿Qué importa lo que piensen? Solamente sigue adelante, y créele a Dios.

    Toma Su Palabra, recibe las riquezas que Él ha preparado para ti, y ríete camino al banco. Disfruta tu prosperidad, disfruta dando millones de dólares en la obra del reino de Dios.

    Obviamente, esto hará que el diablo se enoje porque Él quiere ese dinero. Pero no le pertenece. Le pertenece a Dios, y Él quiere que nosotros, Sus hijos e hijas, lo tengamos. Él quiere que sepamos que rico no es una mala palabra.

     

    5 CONSEJOS PRÁCTICOS PARA ENTENDER Y ACCEDER LAS RIQUEZAS DE DIOS

    La palabra rico es bíblica. Así que sigue adelante y recibe las riquezas que Dios tiene preparadas para ti. Aquí tienes unos consejos prácticos que te ayudarán a alcanzarlas.

    1) Desde la época de Abrahám, Dios ha prosperado a la gente que está bajo su pacto.

    Génesis 13:2: «…Abrám era riquísimo en ganado, plata y oro».

    2) Las riquezas materiales siempre han sido parte de la BENDICIÓN de Dios.

    Proverbios 10:22: «La bendición del Señor es un tesoro; nunca viene acompañada de tristeza».

     3) Dios fue quien hizo de Salomón el hombre más rico de todos los tiempos.

    2 Crónicas 1:12: «Recibirás sabiduría y conocimiento, y además te daré riquezas, bienes y gloria, como nunca antes tuvieron los reyes que te antecedieron, ni tendrán los reyes que te sucedan».

    4) El amor por Dios, y un corazón completamente obediente a Su Palabra, es lo que nos califica para recibir Sus riquezas.

    Deuteronomio 10:12: «Y ahora, Israel, ¿qué es lo que el Señor tu Dios pide de ti? Solamente que temas al Señor tu Dios, que vayas por todos sus caminos, y que ames y sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma».

    5) Si crees en Dios y lo pones primero en tu vida, Él te encontrará y te prosperará.

    2 Crónicas 16:9: «Los ojos del Señor están contemplando toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que mantienen hacia él un corazón perfecto».

  • De las ratas de arena… a lo SOBRENATURAL – Por Kenneth Copeland

    A comienzos de los años 70, Kenneth Begishe cavó un hoyo en el desierto de Arizona y colocó un cartel anunciando la “Iglesia White Post”. En ese momento no había indicios de edificio alguno, o algo distinto a las ratas de la arena.
    En la reserva de los indios Navajo la gente estaba tan dispersa a lo largo y ancho que la mayoría del terreno lucia deshabitado.
    Pero eso no molestaba a Kenneth Begishe. Él era un hombre de fe.

    Él había conseguido algunas de nuestras cintas de audio y había escuchado la PALABRA de Dios. La creía, y para él eso era todo lo necesario. Así, después de plantar su cartel en el medio de la nada y decir: “esta es la Iglesia White Post”, el hermano Begishe comenzó viajando de una agrupación Navajo a otra, hablándole a la gente acerca de Jesús y haciendo que fueran salvos.
    En 1993, nos invitó a Jerry Savelle y a mí para que fuéramos y lo ayudáramos a tener la primera convención de fe en una reservación india. En ese momento, la Iglesia White Post era mucho más que un cartel. Era una iglesia en crecimiento con unos 250 miembros.
    ¡Nunca olvidaré la reunión que tuvimos allí! Antes de empezar, el hermano Begishe me dijo lo que podía esperar — particularmente durante el momento de la ofrenda. Me dijo: “Hermano Copeland, nuestra gente ha sido enseñada a nunca venir delante del SEÑOR con las manos vacías, así que siempre traen una ofrenda. Pero no siempre es dinero. Algunas veces dan pequeñas piedras pulidas que han encontrado en la tierra, su camisa favorita que ha sido lavada y planchada, o su joya favorita”.
    Pensé que eso era maravilloso, pero lo que realmente me emocionó fue lo que me dijo a continuación.
    “Cuando nuestra iglesia empezó, nadie tenía un auto o una camioneta. Todos caminaban, andaban a caballo o venían en un carruaje. Pero empecé a enseñarles la PALABRA de Dios, y ahora cada miembro de mi iglesia tiene un auto o una camioneta. Estamos prosperando”.
    Cuando escuché eso, supe que esto era un fenómeno sobrenatural. Esa área era famosa por ser uno de los lugares menos poblados, y en donde la pobreza estaba más arraigada en todo el país.  Y aún así, esta iglesia no sólo estaba floreciendo, si no que las personas de la congregación también — ¡sin importar si lo único que tenían para dar eran rocas!
    ¿Qué hacía que algo así fuera posible? ¿De dónde provenían los recursos?
    Te diré algo: el gobierno no les proveyó. Tampoco lo hizo el banco. Ellos no venían de una economía local floreciente, porque ésta no existía. La verdad es que los recursos de la iglesia White Post y su congregación no venían de este mundo natural en lo absoluto.
    Provenían de La PALABRA de Dios a través de la gente que se había atrevido a creer absolutamente que lo Jesús dijo en Mateo 4:4 es cierto: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

    ¿Parte del problema o parte de la solución?
    Podrías decir: “Hermano Copeland eso es maravilloso, pero no todos nosotros estamos llamados a hacer lo que el Hermano Begishe hizo”.
    Seguro que lo estamos. Puede que Dios no nos pida que empecemos una iglesia como él lo hizo, pero todos nosotros estamos llamados a hacer la obra de Jesús de una u otra forma. Todos estamos llamados a ser: «los que oyen la palabra y la reciben, y rinden fruto» (Marcos 4:20). Así es cómo Dios hace que su voluntad se cumpla en la Tierra como en el cielo. Dios lo dijo, nosotros creemos Su PALABRA y la declaramos, entonces el Padre que habita en nosotros hace la obra, y ésta se manifiesta.
    Ese es el proceso que Dios usó a través de toda la Biblia. Fue lo que hizo en la creación y quedó plasmando en el Génesis. Fue lo que Jesús hizo a lo largo de los evangelios, y es lo que Él espera que hagamos todos los días para manifestar Su BENDICIÓN en y a través de nuestra vida.
    Él no quiere que dependamos del mundo y sus sistemas. No quiere que pongamos nuestra mira en las personas, sus gobiernos y la economía por los recursos que necesitamos para llevar a cabo su voluntad. Él nos creó para que vivamos de adentro hacia afuera. ¡Dios desea que no dependamos de nadie más que Él!
    ¡En vez de estar sujetos a los problemas de este mundo, nosotros deberíamos obtener de la PALABRA y del Espíritu de Dios que habita en nosotros todas las respuestas!
    A pesar de que lo hemos hecho hasta cierto punto, ni siquiera hemos rasguñado la superficie de los planes que Dios tiene para nosotros, y aquí está el porqué: hemos subestimando en gran manera nuestra capacidad espiritual. Con ayuda del diablo y las ideas religiosas, hemos continuado pensando acerca de nosotros mismos como “sólo humanos”.
    Quizás te preguntes, “¿bueno, acaso no somos humanos?” Sí, pero no somos solamente humanos. Somos coherederos con Jesucristo de Nazaret. Él es tanto humano como divino a la vez. Él es totalmente hombre y totalmente Dios. Como creyentes nacidos de nuevo en Su imagen, somos tal como Él. Tenemos su ADN y Su capacidad espiritual porque: «pues como él es, así somos nosotros en este mundo» (1 Juan 4:17).
    Una vez que entendamos y empecemos a seguir Su ejemplo, podremos hacer lo que Él hizo, y obtener los mismos resultados. Así que vamos a mirar exactamente qué nos dijo en el Nuevo Testamento acerca de Su forma de operar. Él dijo:

    «Nada hago por mí mismo, sino que hablo según lo que el Padre me enseñó» (Juan 8:28).

    «Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre, que me envió, me dio también el mandamiento de lo que debo decir y de lo que debo hablar» (Juan 12:49).

    «Las palabras que yo les hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre, que vive en mí, es quien hace las obras» (Juan 14:10).

    Un día oraba acerca de estos versículos, meditando en el hecho de que tenemos la capacidad de oír y hablar la PALABRA de Dios tal como Jesús lo hizo, y me impactó el hecho de que Él dijo que vivimos por “cada palabra que sale de la boca de Dios”. ¡Cada palabra!
    De repente, comencé a pensar cuántas palabras están incluidas. Leí en alguna parte que existen más de un millón de palabras en el idioma inglés. Cerca de 175.000 están actualmente en uso. El promedio del vocabulario conversacional de una persona oscila entre 75.000 y 80.000 palabras. Me pregunté: ¿Cuántas palabras sabrá Dios?
    Mientras reflexionaba en esa pregunta, el Señor me habló: “Kenneth, podría hablar continuamente una palabra después de otra por toda la eternidad, y nunca repetiría una sola palabra”.
    Eso es maravilloso, ¿no es cierto? ¡Nuestro Dios es GRANDE y tiene mucho que decir! Pero lo que es maravilloso es lo siguiente: fuimos creados a Su imagen, así que si Él puede decirlo, nosotros podemos oírlo. Y si podemos oírlo, esto edificará fe en nosotros. Y si nosotros soltamos esa fe al hablar Sus palabras, Él puede hace que se manifiesten y podemos tener cualquier cosa que Él diga. ¡Nosotros estamos solo una palabra por detrás de Dios!

    Una herencia gloriosa
    Me doy cuenta que para algunos cristianos esto suena como una idea del más allá, algo que se nos ocurrió a nosotros, la gente de la fe. Pero no es así. Este fue el plan de Dios para la humanidad desde el comienzo. De hecho, si lees nuevamente y con una mirada fresca Génesis 1, verás que así fue cómo el hombre fue creado. Entonces dijo Dios: «¡Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza! ¡Que domine!…» (Versículo 26).
    Muchas personas leen ese versículo con la idea de que Dios simplemente estaba diciendo: “Tengo una idea, pienso que deberíamos hacer
    al hombre”.
    Eso no es así.
    Lo que Dios estaba haciendo era continuar el mismo proceso que había comenzado en Génesis 1:3 donde dijo: «“¡Luz, existe!” Y la luz fue» (Esa es la traducción literal de este versículo en el lenguaje hebreo). Dios estaba continuando con el método que había usado en los versículos 6-7 y el 11 donde dijo: «“¡Que haya algo firme en medio de las aguas, para que separe unas aguas de otras aguas!”… “¡Que se junten en un solo lugar las aguas que están debajo de los cielos, y que se descubra lo seco!” Y así fue… “¡Que produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla, y árboles frutales sobre la tierra que den fruto según su género, y cuya semilla esté en ellos!” Y así fue».
    Dios no estaba solamente comunicando en esos versículos. En realidad, Él (Dios Padre) estaba creando con Sus propias palabras; y Él no estaba operando solo en el proceso. Jesús también estaba involucrado.
    Quizás digas: “¿Qué?, nunca antes he oído eso”.
    Entonces necesitas leer tu Biblia con más cuidado, porque en Juan 1 se identifica a Jesús como: «la Palabra se hizo carne» (versículo 14), y dice: «En el principio ya existía la Palabra. La Palabra estaba con Dios, y Dios mismo era la Palabra. La Palabra estaba en el principio con Dios. Por ella fueron hechas todas las cosas. Sin ella nada fue hecho de lo que ha sido hecho» (Versículos 1-3).
    ¡Esta es la forma en que todo llegó a existir! Dios le dio palabras a Su Hijo, un hombre del futuro, quien las declaró y se transformaron en el universo. Lo mismo pasó cuando Dios creó a Adán. Lo hizo a través de Su Hijo. Tal como Génesis 2:7 dice: «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y fue el hombre un ser viviente» (RVR1995).
    Debido a que la traducción en español de este versículo dice “sopló” en la nariz, es fácil para los cristianos tener una imagen errónea de lo que sucedió en ese momento. Tendemos a imaginar que Dios sopló en la nariz de Adán inflándolo como si fuera un globo. Pero eso no es cómo lo dice el hebreo original. En hebreo, la palabra traducida como sopló también significa espíritu; podríamos traducir ese versículo con mayor fidelidad de esta manera: “El Señor espiritualizó el espíritu de vida dentro del cuerpo del hombre”.
    Como Jesús dijo: «Las palabras que yo les he hablado son espíritu y son vida» (Juan 6:63), entonces esto es lo que realmente pasó en Génesis 2:7: Dios y Jesús estaban en el Jardín del Edén, sosteniendo por sus hombros el cuerpo sin vida de Adán, lánguido y descolorido. Jesús está mirando ese cuerpo cara a cara, ya que este cuerpo tiene la misma forma y tamaño que Jesús. Ha sido creado para lucir exactamente como Él en todo aspecto, ya que ha sido diseñado para seres que   reinarán en la Tierra, bajo el mandato de Dios.
    De repente, Dios provee la palabra y Jesús la declara: “¡Hombre, se a nuestra imagen, y ten dominio!” Entonces, el Espíritu Santo que ha estado revoloteando sobre el cuerpo inanimado de Adán entra en acción, provocando que esa palabra se cumpla, y como la Biblia hebrea lo define: “el hombre se convirtió en un espíritu viviente que habla, tal como Dios”.
    ¡Qué comienzo más glorioso! Esta es nuestra herencia. Esto es para lo que tú y yo fuimos creados por Dios. Fuimos creados para ser como Él, lucir como Él, tener una relación personal con Él, y co-crear con Él siguiendo Su ejemplo y usando el mismo proceso que Él usó para crearnos —escuchando, creyendo y declarando las palabras de Dios—.

    Como si nunca hubiéramos pecado
    Por supuesto, el diablo y la religión no te dirán esto; te dirán lo contrario. Tratarán de degradarte y burlarse de ti porque tú eres solamente humano. Te dirán: “No eres nada más que un gusano bueno para nada”.
    Pero no eres un gusano, y yo tampoco lo soy. ¡Nosotros somos de la especie de Dios! Somos verdaderamente hijos e hijas de Dios tanto como Jesús mismo. Como 1 Juan 3:1 dice: «Miren cuánto nos ama el Padre, que nos ha concedido ser llamados hijos de Dios». Y la Biblia Amplificada lo ratifica así: “Y lo somos”.
    Pero hermano Copeland, ¿Qué pasa con el pecado? ¿Qué pasa con la caída del hombre y la maldición?
    Jesús ya solucionó todo eso por nosotros. El pagó el precio para que la gracia de Dios pudiera abundar hacia nosotros y Él pudiera tratarnos como si nunca hubiéramos pecado. Por esta razón, el apóstol Pablo pudo escribir estas emocionantes palabras en el Nuevo Testamento: «De modo que si alguno está en Cristo, ya es una nueva creación; atrás ha quedado lo viejo: ¡ahora ya todo es nuevo! Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo a través de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación» (2 Corintios 5:17-18,21).
    ¿Lo puedes ver? Cuando naciste de nuevo a ti te ocurrió lo mismo que a Adán cuando Dios dijo: “¡Hombre, se a nuestra imagen y ten dominio!” La única diferencia es que en esta ocasión tú estuviste involucrado en el proceso. Recibiste a Jesús al escuchar, creer y declarar las palabras de Dios. En respuesta a esto, el Espíritu Santo —que estaba revoloteando sobre tu cuerpo tal como una vez revoloteó sobre el cuerpo de Adán— entró en acción, y un nuevo hombre nació en tu interior. Las cosas viejas pasaron, todas las cosas se hicieron nuevas y tú fuiste re-creado a la misma imagen de Jesús. Su Espíritu cobró vida en tu interior y recibiste la capacidad de escuchar, y vivir por cada palabra que procede de la boca de Dios.
    ¡Esto es lo que le pasó a Kenneth Begishe! Fue salvo y escuchó lo que Dios dijo acerca de crear una iglesia llena de indios Navajo que creyeran LA PALABRA. Cuando el escuchó esa palabra, la fe brotó de su corazón y el hizo un cartel, y lo clavó en el medio de la nada. En esencia, él dijo: “Iglesia White post, existe”.
    Por supuesto, el Espíritu Santo se movió e hizo que la palabra sucediera, y poco tiempo después una iglesia estaba en ese terreno que una vez fue tierra vacante. Donde no existía nada más que ratas de arena, la PALABRA de Dios ahora es predicada, la gente es salva y próspera. Esas son la clase de cosas que pasan cuando los creyentes empiezan a vivir de adentro, hacia afuera.

  • ¡Cree que recibes tu SANIDAD! – por Gloria Copeland

    Ahora mismo puedes hacer tu decisión de vivir en salud divina, de la misma manera en la que tomaste tu decisión de aceptar a Jesús como Salvador. Primero, debes decidir estar sano. Luego, debes creer que has recibido la sanidad en tu cuerpo.
    Así como la Salvación se ofrece a “cualquiera” que la acepte (Juan 3:16), también la sanidad es ofrecida a todos lo que crean que está a su disposición.
    La palabra griega sozo que encontramos en Romanos 10:9 traducida como “salvo”, es la misma palabra traducida como “sano” en los evangelios. En Marcos 5:23, Jairo le pidió a Jesús: «…con mucha insistencia: “¡Ven que mi hija está agonizando! Pon tus manos sobre ella, para que sane (sozo) y siga con vida”». También vemos en Mateo 9:22 que a la mujer con el sangrado Jesús le dijo: «¡Ánimo, hija! Tu fe te ha sanado (sozo)» (NVI).
    Al resucitar de entre los muertos, Jesús compró sanidad para tu espíritu, tu alma y tu cuerpo. Has sido hecho completo.
    Ahora mismo por fe, confiesa a Jesús como tu sanador de la misma manera que lo hiciste el Señor de tu vida. Haz que Jesús sea el Señor sobre tu cuerpo de acuerdo con Romanos 10:10 que dice: «Porque con el corazón se cree para alcanzar la justicia, pero con la boca se confiesa para alcanzar la salvación».
    Haz de esta oración tu confesión: “De acuerdo con la Palabra de Dios, confieso con mi boca que Jesús es el Señor. Lo confieso ahora como mi sanador. Lo hago el Señor sobre mi cuerpo. Creo en mi corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos. Desde este momento mi cuerpo es salvo, sano, liberado y hecho completo.”

    Mantente Firme
    Ahora, resiste la tentación de estar enfermo de la misma manera que resistes la tentación de pecar. Esto te puede sonar muy simple, pero funciona porque la Palabra dice: «Por lo tanto, sométanse a Dios; opongan resistencia al diablo, y él huirá de ustedes» (Santiago 4:7).
    Satanás es la fuente de la enfermedad. Cuando trate de poner enfermedades en tu cuerpo, rehúsate a aceptarlas en el Nombre de Jesús, porque la enfermedad va en contra de la voluntad de Dios para tu vida. Cuando identifiques el pensamiento más pequeño de enfermedad que satanás esté tratando de sembrar, busca 1 de Pedro 2:24 y lee en voz alta lo que Jesús ha hecho por ti: «Él mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados al madero, para que nosotros, muertos ya al pecado, vivamos para la justicia. Por sus heridas fueron ustedes sanados».
    Recíbelo por fe y agradécele a Dios que por las heridas de Jesús has sido sanado.
    La Biblia nos dice: «Manténganse, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no se sometan otra vez al yugo de la esclavitud» (Gálatas 5:1). Tu puedes disfrutar de salud divina con Jesús como tu sanador por medio de Su Nombre, Su Palabra y Su Espíritu. ¡Éso es verdadera libertad!
    Pero para obtener resultados, debes creer que recibes cuando oras — no después que te sientas, o estés bien. Tienes que ser como Abraham: «su fe no flaqueó al considerar su cuerpo». En su lugar, consideró lo que Dios le dijo (Romanos 4:19-20).
    Después de que has creído que recibes, los síntomas de la enfermedad pueden continuar, pero ese es el momento en el que debes mantenerte firme, sin temor, confesando la Palabra. «Por lo tanto, no pierdan la confianza, que lleva consigo una gran y gloriosa recompensa. Lo que ustedes necesitan es tener paciencia y resistir; para que, una vez que hayan hecho la voluntad de Dios, reciban [y disfruten por completo] lo que él ha prometido darnos» (Hebreos 10:35-36, AMP).
    No permitas que esa confianza inamovible en Dios te sea arrebatada por satanás. Estás caminando por fe y no por vista.

    Ponte de acuerdo con la Palabra
    E.W. Kenyon enseña que existen tres testigos en recibir la sanidad: La Palabra, el dolor o la enfermedad, y tú.
    Tú eres el factor decisivo. Si unes tu confesión con el dolor, estarás pasando por alto la Palabra que dice que has sido sanado. Si unes tu confesión con la Palabra, habrás pasado por alto el dolor.
    La Biblia nos enseña que una cosa es establecida mediante dos testigos. La decisión está en ti. Te puedes poner de acuerdo con el dolor para que la enfermedad sea la que mande. O te atreves a ponerte de acuerdo con la Palabra, para que la sanidad sea establecida. Tus circunstancias copiarán a tus acciones y tu confesión.
    Firme y pacientemente reconoce que la Palabra de Dios no falla. Rehúsate a andar por lo que ves, y muévete únicamente por la Palabra, y por tu confesión de Jesús como Sanador.
    La Palabra cambiará lo que ves.
    Satanás tratará de decirte que no eres salvo. Sus síntomas de dolor o enfermedad te sugerirán que no has sido sano. No caigas en sus mentiras. Al contrario, mantente firme en el conocimiento de la Palabra de Dios, creyendo que has recibido.

    Ponte en posición para recibir
    La misericordia de Dios se derrama de acuerdo con Su pacto, la Palabra. Dios se ha atado a sí mismo a Su Palabra, y debido a esto, sólo puede moverse libremente hacia aquellos que se ubican a sí mismos en una posición receptiva. Al actuar en la Palabra te colocas en esa posición.
    Jesús le dijo a un hombre de la nobleza cuyo hijo estaba a punto de morir: «…tu hijo vive». Y ese hombre creyó en lo que Jesús le dijo, y se fue». La Biblia dice que el niño comenzó a estar mejor a la hora en que Jesús dijo «Tu hijo vive» (Juan 4:46-53).
    Cuando crees que recibes tu sanidad, puedes ser sano instantáneamente, o es posible que tengas que actuar en el pacto de sanidad, a pesar de que tu cuerpo no se sienta sano. Una cosa de la que tienes conocimiento es: Cuando crees que recibes, la sanidad comienza a tomar lugar en tu cuerpo. Dios no puede mantener Su pacto sin sanarte — si tú has cumplido con las condiciones de ese pacto.
    Estás aprendiendo a moverte por la Palabra de Dios, en lugar de lo que ves y sientes. Así es como funciona la fe. Te estás transformando en ese hombre o esa mujer de fe que has anhelado ser.
    Tu fe se fortalece a medida que la usas para actuar en la Palabra de Dios.
    A medida que aprendes a mantenerte en contra de satanás y sus síntomas, verás que cada vez se hace más fácil. Pero, no existe una fórmula efectiva a menos que continuamente ejerzas la fuerza de la fe a través de la alimentación en la Palabra.
    Si lo haces, llegará un momento en el cual simplemente irás a 1 de Pedro 2:24 para reforzar la Palabra de que fuiste sanado y agradecerle a Dios por su Palabra de sanidad, y luego continuarás en tu día. Haz tu decisión de estar bien. ¡Cree que recibes!

  • Alcanzando lo Sobrenatural – por Dennis Burke

    blog

    A dondequiera que vamos se nos enseña como ser buenas personas desde un punto de vista natural: Nos enseñan cómo tratarnos los unos a los otros. Cómo ser amables con nuestro cónyuge, y cómo ser personas íntegras.
    Todo eso está bien y es muy provechoso, pero, a veces necesitamos ir más allá de lo natural. Necesitamos ayudar a las personas a que descubran cómo escuchar al Espíritu Santo, y cómo responderle a Dios.
    ¡Necesitamos ayudarlas a alcanzar lo sobrenatural!

    Hace unos meses, Dios me usó para ayudar a una pasajera de un vuelo que se dirigía hacia Australia a tener un encuentro sobrenatural. El vuelo era largo, así que me levanté para ejercitar mis piernas. En la parte trasera del gran avión jumbo Airbus A380, había una cocina en donde un grupo de personas se habían reunido. En ese lugar, una señora y yo entablamos una conversación:
    ¿De dónde eres?, me preguntó.
    Soy de Texas, le respondí.
    No suenas como alguien de Texas.
    Bueno, es algo confuso. Nací en California, pero ahora vivo en Texas, le contesté.
    Luego, le pregunté: — ¿Y tú, de dónde eres?
    Vivo en Australia, pero crecí en Rusia.
    Lo imaginé, pues la señora tenía un acento ruso muy fuerte.
    Hablamos durante uno o dos minutos, cuando de pronto ella se puso muy seria y me dijo:
    Tienes la energía más pura y blanca que jamás haya visto.
    Ella captó mi atención.
    Y me dijo: «Tengo un don. Vivo en un pueblo pequeño, y muy a menudo las personas me visitan para que les haga un diagnóstico. Puedo ver oscuridad en ciertos órganos de sus cuerpos, y el nivel de energía». Luego, entrecerró sus ojos, y me dijo: «Pero nunca había visto nada tan fuerte».
    Después se quedó como si estuviera congelada.
    «Algo de gran importancia te sucedió en 1971. ¿Tu padre murió?».
    «No» le respondí.
    Y ella insistió: «Algo… algo muy dramático te sucedió».
    Yo sabía que esa señora había estado consultándole a los demonios mientras conversábamos; sin embargo, yo no estaba asustado.
    Después de unos momentos le dije: «Sé exactamente de qué estás hablando. Hay una “energía pura y blanca” en mi interior. Es algo que tú jamás has visto». Luego, aproveché la oportunidad para presentarle la verdadera fuente de energía.
    Finalmente, la señora admitió que en el pasado oraba a Dios, sin embargo, nunca supo con exactitud a quién le estaba hablando.
    Le dije: «Bueno, yo sé con quién quieres hablar. Yo he hablado con Él durante muchos años. Y sí tienes razón, en 1971 algo muy importante sucedió en mi vida. Ése fue el año en el que hice a Jesucristo el Señor de mi vida». Y luego le dije: «Él es al que has estado buscado durante toda tu vida. Él es la respuesta, y la energía “pura y blanca” que tú ves. Y no existe otra forma de recibir este tipo de vida, sólo a través de Jesucristo».
    Mientras conversábamos, la vida estaba confrontando a la muerte, ¡y yo participaba de esa acción! Alabado sea Dios, tuve la oportunidad de presentarle el regalo de la gracia a esta señora que estaba tan perdida, y no lo estaba haciendo solo. El Espíritu Santo anhela que cada creyente se convierta en un espíritu dador de vida que alcanza lo sobrenatural, e imparte el regalo de la gracia. No importa si somos pastores, ministros o personas comunes; todos pertenecemos al ejército del reino de Dios. Ése es nuestro privilegio, y nuestro trabajo.

    Cuando David alcanzó la eternidad
    Déjame mostrarte un ejemplo de esa impartición de gracia en la Biblia. En 2 Samuel 12, el profeta Natán llegó con David para confrontarlo por el pecado que había cometido con Betsabé. Basados en el Antiguo Testamento, para David y Betsabé no había perdón (Deuteronomio 22:22). La ley ordenaba que los líderes de Israel tomaran a David y lo sacaran a las afueras de la ciudad para apedrearlo hasta que muriera. Pero, David le suplicó a Dios pidiéndole perdón, y Él lo perdonó (Salmos 51).
    David vio algo en Dios que el pueblo de esa época no había descubierto en Él. Se dio cuenta que Dios estaba más interesado en perdonar, que en castigar, que estaba más interesado en libertar, que en destruir. Y Natán fue el canal para que David entrara a la dimensión sobrenatural, y encontrara la gracia de Dios. Luego, David entró a la presencia de Dios y descubrió que si confesaba su pecado ante Dios —si lo ponía ante el altar, sin hacer de esto un juego — entonces se le daría acceso a su libertad.
    Y en vez de morir, David se convirtió en el rey más poderoso que Israel haya conocido hasta que Jesús llegó como el Rey de reyes. David entendió algo que no se había entendido en la época en la que vivía. Literalmente, entró en el Nuevo Pacto —el Pacto que Jesús nos dio— a través de la gracia y el perdón, y lo recibió para su vida de manera sobrenatural.
    En 1 Crónicas 17, David experimentó otra impartición sobrenatural. Y una vez más, vemos que Natán fue el instrumento que Dios usó. Natán se acercó a David para hablar con él, respecto al tema de edificarle una casa a Dios. David había visto los templos que las naciones cercanas habían construido para sus dioses demoníacos y quiso construirle una casa a Dios para avergonzarlos. Eso parecía una buena idea, sin embargo, Dios nunca había pedido por una casa. Así que envió al profeta Natán para corregirlo, y para revelarle Su plan, que consistía en una casa mejor —Jesús—.
    «…Te hago saber también que yo, el Señor, te edificaré una casa. Cuando llegue el momento de que te reúnas con tus antepasados, yo haré que uno de entre tus hijos se levante para sucederte, y también afirmaré su reinado. Él me edificará casa, y yo confirmaré su trono para siempre. Yo seré su padre, y él será mi hijo, y jamás le negaré mi misericordia, como se la negué a quien reinó antes de ti; más bien, lo confirmaré en mi casa y en mi reino para siempre, y para siempre se afirmará su trono»
    (1 Crónicas 17:10-14).

    Nota la importancia del asunto.
    Dios le dijo a David, un hombre bajo pacto, un hombre que caminaba en revelación y en perdón, que Él establecería una nueva clase de reino. Dios nunca le había dado a conocer la promesa del Mesías a nadie como se la reveló a David. Y él reconoció la importancia de lo que Dios le había dicho. Había un trono, y éste vendría a través de su familia.
    David quedó abrumado por la promesa que el Señor le había dado. Alcanzó a ver en el ámbito de la eternidad que otro reino vendría, el cual sería el comienzo de otra raza humana, una especie que ayudaría a las demás personas a entrar en lo sobrenatural e impartir el don
    de la gracia.

    Acepta tu posición en la nueva raza
    El apóstol Pablo se dio cuenta de esa verdad en 1 Corintios 15:45: «Así también está escrito: «El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser con vida»; y el postrer Adán, un espíritu que da vida». El último Adán pertenece a la misma línea de la familia que Dios le anunció a David. David había visto que Dios haría algo sobrenatural por medio de un hombre, algo que va más allá de la capacidad humana. David vio una nueva raza.
    ¡Tú y yo somos esa raza! Somos una nueva creación en Cristo. No sólo fuimos perdonados, sino que ahora no estamos definidos por nuestro color de piel, nuestra etnia o nuestra historia. Por el contrario, Dios nos diseñó para ser espíritus dadores de vida, y que guían a los demás hacia lo sobrenatural. Debemos impactar a las personas a través de las palabras que hablamos, las oraciones que hacemos, y las cosas que Dios nos da. No solamente somos responsables de ser mejores personas o de tener una vida mejor y feliz; estamos llamados a edificar cosas para Dios.
    En 1 Pedro 4:10, leemos: «Ponga cada uno al servicio de los demás el don que haya recibido, y sea un buen administrador de la gracia de Dios en sus diferentes manifestaciones».El comentario del Nuevo Testamento de J.B. Phillips traduce este versículo de la siguiente manera: “Sírvanse los unos a los otros con el don particular que Dios les ha dado a cada uno de ustedes, como fieles distribuidores de la multiforme gracia de Dios”.
    La gracia de Dios abarca muchas áreas: La sanidad, los negocios, la predicación, y mucho más. Así como un diamante tiene diferentes cortes, cada corte tiene su propia faceta. Aunque todo el diamante es hermoso, cada faceta es diferente. Y algo similar sucede con nosotros, todos somos diferentes y debemos servirnos los unos a los otros con el don que se nos ha dado. Así es la gracia de Dios —y como ese versículo lo indica, nosotros somos distribuidores de esa gracia—.
    El favor de Dios está en nuestro interior para que sea revelado a través de nosotros y a través de los dones del Espíritu Santo.  2 Corintios 8:7 dice: «Por lo tanto, ya que ustedes sobresalen en todo, es decir, en fe, en palabra, en conocimiento, en todo esmero, y en su amor por nosotros, sobresalgan también en este acto de amor». Cada creyente debe crecer en los dones de la gracia para convertirse en una herramienta efectiva en las manos
    del Maestro.
    Todos necesitamos tomar y aceptar esta revelación, y permitirle al Espíritu Santo que lleve a cabo Su obra por medio de nuestra vida. Tenemos una tarea — usar los dones de la gracia de Dios para cambiar vidas para Su gloria. ¡Estamos aquí para ayudar a las personas a entrar a lo sobrenatural, y así ser distribuidores de la gracia
    de Dios!